La crisis monetaria y la amenaza del control de cambios

Cuando el mercado no se comporta como a los políticos les gustaría, su primera reacción es limitar la libertad de acción de los agentes económicos. Desde nuestro gobierno se pide hoy ya abiertamente volver al control de cambios.

Francisco Cabrillo

Por más que los partidarios del actual Sistema Monetario Europeo (SME) y de los acuerdos de Maastricht se empeñen, la actual crisis monetaria ha vuelto a dejar algo muy claro: el sistema de tipos de cambio fijos ajustables ha fracasado estrepitosamente como vía para conseguir la unión monetaria europea. Y esto es así al margen de que el SME nos guste o no, de que creamos o no en la conveniencia de una moneda única en Europa o de que defendamos los tipos fijos o los tipos flexibles en los acuerdos monetarios internacionales. Sólo desde la ceguera o desde la obcecación política se puede estar dispuesto a hacer recorrer a la peseta el largo camino por el que se arrastra desde hace más de dos años.

Pase lo que pase en las próximas semanas, el problema no va a quedar solucionado a corto plazo. Por ello conviene dejar, por un momento, las preocupaciones del día a día y plantearnos lo que puede suceder en el próximo futuro. El tema es importante porque los problemas monetarios pueden acabar teniendo implicaciones relevantes sobre la forma misma de gestionar la política económica española. Nos encontramos aquí, en efecto, con un propósito claro de establecer controles en el mercado de capitales por parte del presidente y de algunos ministros del gobierno, después de un período en el que parecía que se había renunciado definitivamente a este tipo de regulaciones. Los políticos han observado, en efecto, que el mercado puede vencer a los gobiernos. Esto que para el ciudadano común es —pese a lo que suele decirse— algo muy positivo, supone un auténtico drama para los gobernantes que quieren tener en su mano todas las variables económicas y se dan cuenta de que son incapaces de conseguirlo. González es hoy consciente de que sus historias para convencer a los españoles de la eficacia de su gestión y de su preocupación por sanear la vida política caen en saco roto cuando se dirigen al mundo financiero internacional. Ni siquiera es posible culpar en este caso a los enemigos políticos o a la prensa canallesca. Quienes deshacen sus posiciones en pesetas son desconocidos asesores financieros que trabajan para los grandes fondos de inversión en Nueva York, Londres o Luxemburgo, a los que les importa muy poco cómo se llama el presidente del gobierno español y mucho los datos económicos de nuestro país. No se les puede, por tanto, seducir con discursos o extrañas apelaciones a la democracia. La alternativa para nuestro gobierno parece ser, entonces, dificultar el funcionamiento de los mercados de capitales mediante el reestablecimiento de los controles de cambios, felizmente desaparecidos casi en su totalidad como consecuencia del mercado único europeo.

¿Tipos de cambio fijos o mercado único de capitales?

Esta crisis ha permitido también comprobar, una vez más, la inestabilidad de todo sistema de tipos de cambio fijos en el que los países miembros apliquen políticas internas divergentes. Si tal cosa sucede, el libre movimiento de capitales puede poner de manifiesto a muy corto plazo la incapacidad de cualquier gobierno para controlar la cotización externa de su moneda. Es cierto que el control de cambios por sí solo es incapaz de evitar la depreciación de una moneda de la que el mercado desconfía. Pero, a corto plazo, puede al menos facilitar la acción de un gobierno en dificultades, hasta que el ajuste sea inevitable. Y González, con la sensación de frustración e impotencia que debe producirle la actual desconfianza de los mercados con respecto a la peseta, parece que quiere agarrarse a cualquier clavo ardiendo.

Los efectos de restablecer el control de cambios serían, en todo caso, muy perjudiciales para nuestra economía. En primer lugar, sería muy grave para un país tomar en solitario medidas de este tipo, no sólo porque podría violar acuerdos internacionales, sino también porque crearía expectativas muy negativas en el mercado; de aquí la obsesión por una acción europea conjunta en este sentido. Pero peor aún sería que toda la Unión Europea se inclinara por aceptar el restablecimiento, aunque fuera parcial o temporal, de los controles de cambios, pues esto significaría básicamente el fin del mercado único de capitales, con las gravísimas implicaciones que tal decisión tendría. Si lo que se busca realmente es reducir la libertad de circulación de los capitales, expóngase la idea con sinceridad para que el proyecto sea valorado y discutido. Pero introducir controles en el mercado de capitales sólo para mantener vivo un sistema de cambios fijos, que además hace ya bastante tiempo que no funciona, sería simplemente un disparate.