La catedral y sus iconos

José Jiménez Lozano

Las guías de turismo, lo mismo que las referencias de los tratados de estética o de historia del arte, siguen mentando a las catedrales-y también a otras iglesias, naturalmente, pero ciñámonos ahora sólo a las catedrales como lugares de visita artística o como aquellos en los que se encuentran obras de arte de un valor altísimo, imprescindibles no sólo para el goce estético, sino también para ei estudio y la lucidez plena de la conciencia de lo que somos. De manera que las catedrales siguen estando ahí, por lo menos como «los otros museos» en los que, por cierto, la obra de arte está aún en su hábitat y ámbito naturales, y así puede hablarnos y nos habla con su antigua lengua. Y esta lengua fue en otro tiempo la de la cultura entera que alzó esas iglesias y catedrales. Ahora ya no son así las cosas y no solamente el hombre de nuestro tiempo secular tiene que aprender el lenguaje y situarse en la onda de los signos que emiten esas viejas obras artísticas, sino que también se siente perplejo y extraño ante esos lugares mismos en los que los viejos iconos están y hablan. La cuestión que se plantea, en suma, es la de qué hacer con las catedrales.

¿Qué se hace con las catedrales cuando el cristianismo cultural no es de catedrales? ¿Cómo sostener las catedrales? ¿Cómo sostener las catedrales en más de un lugar en el que la Iglesia local no puede hacerlo desde el punto de vista material?

Esta pregunta tiene una dimensión inmediatamente práctica en muchos lugares de esta vieja Europa y, al parecer, en las instancias de poder cultural de este tiempo «post-moderno» no sólo secular -a veces de un modo enragé como en los peores momentos en que se ensució el nombre de la Ilustración, sino decidido a conjurar toda memoria histórica. ¿Se van a hacer nuevos museos y casas de cultura democrática de las viejas catedrales? Parece al menos que no se van a emplear esta vez ni la piqueta para destruir ni el yeso para recubrir la barbarie del gótico y del románico, herencia de las edades oscuras, como se hizo con tanta seguridad y en nombre de la Razón en aquellos tiempos ilustrados.

Viejas catedrales

En cualquier caso, esa pregunta práctica y esa inclusión de las catedrales en una eventual «operación cultural» de la «nueva cultura» precisa sin duda confrontarse a algunas otras preguntas y reflexiones, y la cuestión podría enunciarse diciendo que «la Europa de las catedrales ha llegado a su fin y no se sabe qué hacer con ellas, lo que, en un plano de cosas primario y más profundo, hay que reflejar en otra inquisición: ¿qué se hace con las catedrales cuando el cristianismo actual no es de catedrales?, o ¿cómo sostener las catedrales en más de un lugar en el que la iglesia local no puede hacerlo desde el punto de vista material? Y esto no solamente por lo que respecta al esplendor antiguo del culto, sino ni siquiera como edificio costoso de mantener en pie. Y, al fin, tenemos que hacernos la pregunta radical: ¿qué se hace con las catedrales tras el enorme acontecimiento histórico y cultural de la «Muerte de Dios» y la secularidad consecuente? ¿Mostrar ahí «el sepulcro vacío»? ¿Convertirlas simplemente en museos de iconos mudos y ámbitos ciegos, mera muestra de antiguos tesoros y patrimonios históricos y artísticos? ¿Vaciarlas, llevando en lo posible su riqueza artística a museos públicos y dejando ahí sus edificios como ámbito de estudio, y dedicarlos a empresas culturales? ¿Desplegar ante el Pantocrátor, Señor del Mundo, el ocio humano en vez del oficio divino, pero sin que la alegría de ese ocio pueda cruzarse un momento con la mirada de aquel Pantocrátor del que en otros tiempos, sin embargo, adquiriría toda consistencia para su alegría y esperanza? ¿Sin ojos, ahora, para la belleza misma de esa figura del Pantocrátor, porque se nos dice que la belleza artística sólo es una especie de patológica inflexión burguesa y humanística que debemos renunciar, incluso si esta nuestra civilización es de una tan horrible fealdad?

De momento, las catedrales pertenecen a las Iglesias -católicas o reformadas, y, en términos generales, se sigue celebrando en ellas el culto público y el oficio divino, y ciertamente disponen de un número mucho menor de servidores que en otro tiempo de esplendor. Aunque en relación con la sociedad civil no son ya la «casa del pueblo», el palacio de cristal levantado por el obispo, la municipalidad y la burguesía urbana para gloria de Dios, desde luego, pero también para la alegría de su mirada y para espacio de culto y recreo el día de la fiesta. Además, todavía en muchos casos, o casi todos, la catedral está asociada de algún modo a los fastos públicos civiles, siquiera en las grandes ocasiones de éstos. Los ciudadanos mismos siguen mostrando su orgullo por la belleza de su catedral, y de un modo quizás imperceptible, ese edificio sigue siendo el centro oscuro, pero todavía firme, de ligazón con los muertos y el pasado común, y es algo así como refrendado cada día por las nuevas peregrinaciones de nuestro tiempo: el turismo, incluso en sus manifestaciones más banales, porque admirar lo bello y recordar no es nada banal para la vida humana.

Conservar el arte

Y, en cualquier caso, los Estados seculares de nuestro tiempo tampoco se muestran indiferentes respecto a las catedrales, y no sólo porque busquen allí un ámbito para sus fastos que los gritos de la cultura laica no puede ofrecer con tal intensidad y riqueza de signos para la inteligencia y el corazón o los ojos y los oídos de los hombres, sino también porque se preocupan de su mantenimiento material, de sus restauraciones, y tienen conciencia de que la catedral es una herencia a defender y algo que sigue hablando de algún modo muy profundo a los hombres de hoy: siquiera como en un susurro oscuro, pero que si desapareciese significaría un plus de brutalidad y horror. De manera que, como decía, no volveremos a ver ahora seguramente demoliciones de catedrales e iglesias con asistencia de autoridades y en medio de un rito civil de conjuración de las tinieblas medievales, como se hizo más de una vez en el XVIII, ni tampoco dedicación de esos edificios sin más a «artes útiles» como igualmente se hizo entonces, o luego, tras la Revolución soviética de 1917: parece que la afirmación retórica del Progreso no necesita tales «autos» simétricos de los inquisitoriales, aunque naturalmente siempre será mejor que perezca una catedral que no que perezca un hombre, y nunca hay razones para que perezcan ni un hombre ni una catedral o la última capillita románica. Pero no cabe duda de que lo que ocurra con las catedrales dependerá en gran parte de un acuerdo o decisión de los poderes culturales y políticos al socaire de una filosofía de la historia y una visión del mundo que ojalá no estén motivadas por los halagos y los resultados rentables de los supuestos de la democracia de masas.

Pervivir como hombres

La pervivencia de la catedral, que por cierto es en cierta medida el primer espacio de religiosidad civil de la cristiandad europea, incluso en la configuración de su diseño y construcción ya no regida por la estética teológica monacal, dependerá sin duda de que en ella sigan celebrándose el culto y las horas canónicas, pero a la vez de que ese espacio, como en tiempos de cristiandad, esté lleno de la vida en torno. Y será suficiente recordar cómo la mayoría de las obras de Shakespeare, por ejemplo, llevan el estampado de «Paul’s Churchyard», que quiere decir simplemente que se vendían en los puestos de libreros que estaban instalados en la catedral de San Pablo junto a otros puestos de mercaderías de cualquier otro tipo y por la que atravesaban los recaderos como antes habían atravesado los repartidores con sus carros de mulas y los abogados buscaban clientes y un gran etcétera de todos los otros bullicios de la vida se daba allí mientras el servicio divino proseguía imperturbable en el coro. O podríamos pensar en el «menu peuple» que cerraba sus tenderetes y pequeños talleres para ir a escuchar las vísperas de Monteverdi, o simplemente en los atajos de calle a calle que la catedral representa hoy mismo en Ávila o en Burgos. Y claro está que no es lo mismo para el «yo» de cada cual tener los ojos acostumbrados a esa pasarela de hermosura que atravesar, para ir y volver de la compra, por entre naves prefabricadas y carteles anunciadores de que, si no consumimos, no somos nadie. La catedral ofrece todo un mundo de resplandor y a los iconos en su propio ámbito de comunicación, en un espacio en el que el hombre de hoy mismo puede sustraerse a las ortodoxias y estereotipos del momento.

La catedral ofrece todo un mundo de resplandor y a los iconos en su propio ámbito de comunicación, en un espacio en el que el hombre de hoy mismo puede sustraerse a las ortodoxias y estereotipos del momento.

Sólo en ese ámbito en el que nacieron y para el que fueron creados, sólo en ese contexto <<<semiótico>> -para decirlo con una palabra casi bárbara y primaria más que pedante- hablarán realmente los iconos y revelarán todo su significado: en medio de la soledad y silencio de su capilla, o en la cristalera, y en el culto y la atmósfera creada por el canto. Lo que no quiere decir que ese significado tenga que ser aceptado como contenido confesional, pero sí quiere decir que está referido a él y así debe ser entendido, si no se quiere deformarlo o versionarlo, o sencillamente no entender sus guiños o sus gritos, su tranquila belleza o su desespero. En el museo, esos iconos mimados en su colocación e iluminación, clasificados y explicados, están, sin embargo, como hermosos cadáveres, tendidos y mudos, en el Instituto Anatómico Forense.

Transcendencia final

El buen burgués que había contribuido a levantar aquel palacio de cristal y hermosura, bien por un aporte personal o a través de los gremios, y los señores de la municipalidad que en esa construcción también se volcaron miraban allí el reflejo de su <<yo>> asociado a la belleza del logro artístico y comprometido en un sueño y aventura que desafiaba al tiempo. Se hacía representar a veces en cuadros, esculturas o vidrieras en compañía de personajes celestiales, y esperaba de hecho sentarse para siempre junto a Agustín o Jerónimo, que eran sabios, y junto a la Virgen, que era un ideal de hermosura, salvando así para siempre su <<yo». Y lo mismo soen un espacio en el que el ñaba y esperaba tanto el artista, hombre de hoy mismo puede sustraerse a las ortodoxias y estereotipos del momento que para su obra sólo admitía el juicio crítico de lo Alto, como el artesano que había fundido las campanas o hecho el entramado de madera como una urdjmbre de materia para lo eterno. Y naturalmente que las ideas y sensaciones del hombre secular de hoy pueden ser y son de hecho muy distintas, pero lo que es seguro es que también hará allí, dentro de la catedral que visita, un ejercicio de su <<yo>>, tan saludable como necesario puesto que tan en peligro está ese «yo» en una cultura como la nuestra de ahora mismo, en la que parece haberse aceptado su tranquila y pacífica eutanasia. La catedral es un ámbito en el que la más alta cultura y la hermosura más acendrada se ofrecía a todos: aquello era algo así como un producto aristocrático, pero se entregaba a todos, y el «yo» del último de los hombres en la escala social miraba y escuchaba lo mismo que el primero de ellos. Y la lección está todavía ahí para nosotros, y quizás debamos leerla a la luz de sus cristaleras, que no fueron ciertamente un obstáculo sino una complicidad de «la otra» o la misma de la Razón de la Ilustración, desgraciadamente fracasada porque se hizo añicos en un montón de razones instrumentales.

Si pese a todo la cultura en su sentido fuerte ha de continuar de todos modos en estos nuestros tiempos de «pensamiento débil», esa lección en torno al <<<yo» y sus consecuencias parece que habrá de proseguir de todos modos; y la aguja de una catedral está ahí como una aguja crítica. Si desapareciese, aunque fuera con el traslado de sus iconos mudos a suntuosas residencias científicas o de espectáculo, que son los museos en último término, quizás o sin quizás ocurrirá como cuando los libros son quemados, según nos avisó Herder, o liquidados de cualquier otro modo con su banalización, por ejemplo, al llamar un libro a cualquier cosa: que los hombres deben comenzar a temer lo peor de su futuro, de su amenazado «yo»: la esclavitud o la muerte, una era de a-ilustración y hielo.