La calavera de Goya

En la revista Panorama del 29 de julio se publicaba un artículo ante el que me detuve atraído por la foto que lo ilustraba: uno de los últimos autorretratos de Goya. Desde aquella cabeza dolorida, pensativa y profunda salté al título: En el cráneo de Goya, y a la entradilla: «Un libro narra el misterio macabro de la cabeza del pintor desaparecida de la tumba».

Eugenio Gallego

El artículo, firmado por Giorgio Zampa, informaba de la traducción italiana de un librito de Juan Antonio Gaya Nuño, La espeluznante historia de la calavera de Goya, publicado por Edizioni dell’Elefante, que ya lo había editado en español en 1966, en una tirada de 300 ejemplares. A continuación, el artículo resumía el argumento del librito: la misteriosa desaparición de la calavera de Goya, la identificación de quienes, presumiblemente, profanaron el cadáver y cómo la calavera acabó hecha añicos mucho después a causa de un experimento científico. Para terminar Giorgio Zampa recordaba que también a los restos de Leopardi les faltaba la calavera.

Exilio y muerte

Ante una historia tan extraordinaria, en seguida hice gestiones para conseguir el texto de Gaya Nuño, sin ningún resultado positivo, y ya casi había renunciado a ello cuando un amigo me proporcionó una fotocopia de la edición de 1966. El prólogo explica el origen del texto. Enzo Crea, director de Edizioni dell’Elefante, había pedido a Gaya Nuño que pusiera por escrito, para publicarla en Italia, la historia sobre la calavera perdida que le había contado ante el sepulcro de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida. Lo que sigue es una reelaboración de la misma.

Goya se exilió de España en 1824: no podía seguir soportando las vilezas de Fernando VII y de sus camarillas. Se instala en Burdeos, donde sigue pintando, y allí muere en julio de 1828. Se le entierra en el cementerio de la Chartreusse, en una sepultura propiedad de la familia Muguiro, donde también lo había sido su amigo y consuegro don Martin Miguel Goicoechea.

Traslado

Pasan los años. Don Joaquín Pereyra es nombrado cónsul de España en Burdeos. Allí fallece su esposa y se la entierra en la Chartreusse. Y un día de 1880, visitando la tumba, el cónsul descubre la de Goya. Estaba en un estado tan ruinoso que no pudo por menos de sonrojarse «al considerar que los restos de esta ilustre gloria del arte español se encontraran sepultados en el mayor olvido y abandono en tierra extranjera y sentenciados a que un día fuesen a confundirse en el osario común».

Seguramente a Goya no le hubiese importado ese destino, pero sí a don Joaquín, por lo que hizo gestiones cerca de las autoridades españolas para interesarlas en el traslado de los restos. Se iniciaba así una larga correspondencia entre Burdeos y Madrid, que ha sido publicada, según cita Gaya Nuño en la bibliografía, por José Almoyna en un libro editado en México, en 1949, bajo el título La póstuma peripecia de Goya. Libro que no he podido conseguir todavía y que seguramente atesora perlas sobre el funcionamiento de la Administración pública española durante los últimos 20 años del siglo XIX.

Pues en Madrid, con las intrigas políticas de la Restauración, no estaban para huesos ilustres. Sólo en 1884, gracias a los buenos oficios del embajador español en París, don Manuel Silvela, hijo de un afrancesado amigo de Goya, el papeleo, dentro de lo que cabe, empezó a agilizarse. Mas se interpuso un incordio: esas mismas autoridades que hasta entonces habían ignorado el asunto, ahora no se conformaban con un simple traslado, sino que planearon un homenaje nacional, en el que se enterraría a Goya en un panteón que se construiría en la sacramental de San Isidro. Además, con él irían otros dos españoles ilustres, aunque por diferentes motivos: Meléndez Valdés, el poeta y profesor ilustrado, y Donoso Cortés, en ocasiones ideólogo de un Estado Católico casi totalitario.

El panteón para esos tres hombres ilustres no estuvo terminado hasta octubre de 1888. Entonces, desde el Ministerio de Instrucción Pública se ordenó a don Joaquín Pereyra que gestionara con las autoridades de Burdeos la exhumación y el traslado de los restos de Goya. También se libraba una mísera cantidad para los gastos. Pero después de tantos años de espera, para don Joaquín el dinero sería lo de menos y el 18 de noviembre se procedía a la apertura de la tumba de la familia Muguiro. «…Nos encontramos -escribe el cónsul- en presencia de dos cajas, una de las cuales estaba forrada interiormente de zinc y la otra de madera sencilla sin ninguna placa ni inscripción interior, y ambas de igual longitud, por lo que procedieron a abrirse ambas. En la de madera -corrijo el texto, que equivocadamente dice «la forrada de zinc»- se encontraron los huesos de un cuerpo humano, excepción hecha de la cabeza, que faltaba por completo… Y, precisamente, todo induce a creer que los restos enterrados en esta última caja son los de Goya, por ser los huesos de las tibias mayores que los contenidos en la caja de zinc y además haberse encontrado en ella restos de un tejido de seda color marrón que deben ser los del gorro con que se presume fue enterrado Goya, así como porque, estando más próxima de la entrada del «caveau», debió ser la última que en él se colocó. No habiéndose encontrado en la caja de madera traza alguna de que hubiese sido abierta, ni la mandíbula inferior, ni diente alguno, todo induce a creer que a Goya le enterrarían decapitado, bien por un médico o por algún furibundo amador de notabilidades».

Sin embargo, y aun contando con informes favorables de médicos franceses, don Joaquín Pereyra no las tenía todas consigo respecto a la identidad del esqueleto de Goya, así que informó de los hechos a Madrid, aconsejando que se trasladaran los dos esqueletos y poder hacerse entre tanto más averiguaciones. Por otra parte, cualquiera que fuese el de Goya, el otro también sería de un español ilustre pues Goicoechea había sido alcalde de Madrid durante el trienio liberal. Pero con ese contratiempo, el asunto del traslado se complicó. Las autoridades de Burdeos se inquietaron ante una posible reclamación de los propietarios de la sepultura y las de Madrid por tener que gastar más dinero. En consecuencia, se devolvieron los féretros a la tumba de la Chartreusse.

Seis años después, en 1894, el ministro de Fomento crea una comisión encargada del traslado de los restos de Goya. Se gastó dinero, tiempo y papel, pero no se hizo nada hasta 1899, en que el mínistro de entonces, marqués de Pidal, envía a Burdeos al arquitecto Alberto Albiñana para hacer el traslado, asistido por el infatigable don Joaquín, de los restos de Goya y Goicoechea, que por fin salieron para España la noche del 5 de abril de aquel año. Sin embargo, no se depositaron en el panteón de la sacramental de San Isidro hasta el 11 de mayo de 1900, junto a Meléndez Valdés, Moratín y Donoso Cortés, sin que parezca que durante esos meses analizaron los restos de las cajas para identificar el verdadero esqueleto de Goya. O no darían resultados incuestionables, pues en el panteón se depositaron las dos traídas de Burdeos.

El cuadro

No fue ése el destino definitivo de los ya inseparables esqueletos, pues el 29 de noviembre de 1919 se les trasladó a una tumba junto al altar de la ermita de San Antonio de la Florida. Además de las dos cajas, se enterró otra con un pergamino con la siguiente redacción: «Falta en el esqueleto la calavera, porque al morir el gran pintor, su cabeza, según es fama, fue confiada a un médico para su estudio científico, sin que después se restituyera a la sepultura, ni, por tanto, se encontrara al verificarse la exhumación, en aquella ciudad francesa». Es decir, que nosotros no hemos sido.

Había llegado la tranquilidad para los restos de Goya y Goicoechea. No obstante, quedaba el misterio de la calavera desaparecida. En el informe del cónsul se hablaba de que lo enterrarían decapitado y el pergamino lo repetía. Pero eran suposiciones. Que adquirieron nuevos rumbos durante el primer centenario de la muerte del pintor aragonés. Con ese motivo se celebraron exposiciones y conferencias, y en una que se pronunció el 17 de abril de 1928 en la de Bellas Artes de Zaragoza, don Hilario Gimeno, un erudito local, presentó un cuadro, comprado a un anticuario, que representaba la calavera de Goya. Su autor era el pintor Dionisio Fierros, estaba fechado en 1849 y había pertenecido al marqués de San Adrián.

Con lo cual se planteaba una cuestión casi metafísica: ¿era el cuadro, como afirmaba el erudito zaragozano, un retrato de la calavera de Goya o, por el contrario, había sido imaginada por el pintor? Gaya Nuño arranca la primera hipótesis, basándose en un artículo, publicado en 1943 en el número 17 de El Español, firmado por Dionisio Gamallo Fierros, nieto de Dionisio Fierros, y titulado: «¿Robó mi abuelo la calavera de Goya? Probable intervención de un triunvirato político-médico-aristocrático. El parietal derecho y una mandíbula, únicos restos de la cabeza genial», donde se refiere la siguiente extraordinaria historia.

Los garbanzos

El pintor Dionisio Fierros había muerto en 1894 y su mujer se había trasladado con sus hijos junto a su familia en Ribadeo, llevándose también la calavera que aquél guardaba. En 1911, uno de sus hijos, Nicolás, estudia Medicina en Salamanca y, necesitando una calavera para hacer prácticas, se trae la que había en casa. Y un día, después de una clase en la que el profesor se habría referido a la fuerza expansiva de la germinación, él y otros compañeros se deciden a comprobarlo. Llenan la calavera de Nicolás con garbanzos mojados y esperan los resultados. Al cabo de 24 horas la calavera estalla y queda hecha añicos. Sólo se salvaron un parietal derecho y un fragmento del maxilar inferior, que, sorprendentemente, Nicolás no sólo guardó sino que conservó. ¿Será lo único que queda de la cabeza de Goya?

Ahora bien, si el pintor Dionisio Fierros tuvo efectivamente la calavera de Goya, o fue porque se la dieron revelándole la identidad de la misma o porque él fue quien la robó, que es lo que afirma su nieto y también Gaya Nuño. ¿Quiénes eran los otros dos miembros del triunvirato? El aristócrata habría sido el marqués de San Adrián, primer propietario del cuadro, y el médico un frenólogo, que Gaya Nuño supone Mariano Cubí y Soler, propagador por toda España de la frenología en la década de los cuarenta.

Así pues, el motivo del robo habría sido estudiar las protuberancias del cráneo y a partir de ellas el origen de la genialidad por todos reconocida. Concluida la pseudoinvestigación, demostrado lo ya sabido, la calavera quedaría en casa del pintor, a la que retrató para su compinche el marqués, y luego permanecería anónima, hasta que la explosión de unos garbanzos la esparció por el polvo.