Jon Juaristi: una antología

Jon Juaristi

AYER

A Juan Aranzadi

Odio estos burgos fríos del norte en que demora
su partida el invierno:
plazas enjalbegadas por la nieve
y un letargo levítico bajo el sol macilento.

Viento estepario sopla en sus cantones.
Desde torres tristísimas ruedan las horas, pero
un solo instante llena la clepsidra
y es vano el vano resbalar del tiempo.

Sus bibliotecas públicas conservan
primeras ediciones de El Criterio.
Retratos de Aparisi, Nocedal, Manterola,
cuelgan en las paredes de sus ayuntamientos.

Tiendas agazapadas en sobrios soportales
venden devocionarios, añalejos,
cordones de San Blas, escapularios,
rosarios aromados al humo del sahumerio.

Y cuando cae la tarde, rebaños de canónigos
dejan las catedrales, y en un hosco silencio
se dispersan por calles angostas. Sacristanes
de caderas nefandas cierran los presbiterios.

No digáis que fue ayer. ¿Quién cantará victoria?
Mirad bajo la piel de nuestros pueblos,
allí donde el pasado se hace carne
y es la sustancia del vivir el tedio.

Mirad más dentro aún: la fibra en que dormitan
alcanforadas almas de curas y barberos
soñando un horizonte de boinas escarlata.
Rumor de fronda llega del fondo de su sueño

EN TORNO AL CASTICISMO

A Fanny Rubio, que me desaconsejó escribir en la lengua del Imperio.

Uno quiere a su lengua porque es materia y útil
del oficio escogido, pero no, quede claro,
por su más que dudosa belleza. Nunca he sido
amigo de postrarme ante los diccionarios.

Cabreros y ladrones, no monjes cluniacenses,
forjaron sus palabras sin brillo ni eufonía.
¿Qué cabía esperar de un hato miserable,
quemado por los soles, comido por la tiña?

Jamás tuve por cierto aquello del Espíritu,
del Genio de los Pueblos. Si escribo en español,
no es por Volkgeist alguno que en el albor de España
fluyera entre las barbas del Cid Campeador.

Aunque Rodrigo Díaz el de Vivar debía
fablar un castellano más recio que una aldaba.
Oíanlo los moros al pie de la alcazaba,
y no les alcanzaba al cuerpo la chilaba.

Con todo, no era el pobre un pozo de elocuencia.
Al paso de los siglos, afortunadamente,
nos fuimos refinando, pero la poesía,
de sobra está decirlo, no ha sido nuestro fuerte.

No obstante, hay excepciones. Catad: el Arcipreste.
Manrique. Garcilaso. Quevedo no era manco.
Incluso entre los vascos tuvimos una de ellas,
pero eso antes de Franco.
Detesto sobre todo a la canalla rancia
que hace de esta cuestión cuestión de patriotismo.
Nuestro maestro en estro, Jaume el Conqueridor,
es catalán, inglés y un poco filipino.

En cuanto a mí, la tribu de que procedo, dicen,
moraba ya en los flancos del alto Pirineo
allá cuando Caín sembraba cañamones,
y yo, que me lo creo,

no voy a mendigaros un plato de lentejas
ni un sitio junto al fuego. A ver quién se aventura,
hermanos amadísimos, a negarme el derecho
de primogenitura.

Y si de vez en cuando perpetro un vizcainismo,
que a nadie se le ocurra venir a darme vaya,
y menos a vosotros, pecheros del idioma,
que soy hidalgo viejo del Fuero de Vizcaya.

DEL EPÍTETO HOMÉRICO

A Francisco Castaño

Los feroces hexámetros
en que juegan los héroes con la muerte.
Las naves cóncavas. El azaroso ponto
con reflejos de vino.
Diosas de ojos de vaca.
El oro presentido de la piel de Criseida.

Pero las horas grávidas de tedio
en las aulas plagiadas malamente
al Instituto Escuela.
El dómine insufrible. El lomo gris
del diccionario griego de Sopena.
Repaso detenido de los primeros cantos
ante el cercano junio cebado de amenazas.
Segados por las flechas del hijo de Latona,
caían los argivos en los surcos
de dáctilos sangrientos.
La cosecha del Orco sólo se interrumpía
para el rezo del Angelus (¿o del Regina Caeli?)

El verano venía, y, con él, la nostalgia
de tu piel en la arena,
de tu piel siempre esquiva. Encadenado
a ringleros de aoristos y duales
e inextricables desinencias jónicas,
como te odiaba, Elena,
la de ligeros cascos.

SÁTIRA PRIMERA (A RUFO)

Te has decidido, Rufo, a probar suerte
en un certamen de provincias donde
ejerzo casualmente de jurado,
y encuentro razonable que me llames,
al cabo de diez años de silencio,
preguntando qué pasa con mi cátedra,
qué fue de aquella chica pelirroja
con quien ligué el ochenta en Jarandilla,
cómo siguen mis viejos, si padezco
todavía del hígado y si he visto
a la alegre cuadrilla del Pecé.
Pues bien, ya que deseas que te cuente
de mí y mi circunstancia, has de saber
que un punto de Alcalá me la birló,
en Jodellanos gran especialista,
a quien pago el café cada mañana
y sustituyo volontiers los días
en que marcha a simposios en San Diego,
en Atlanta, Florencia o Zaragoza.
Se casó con Gonzalo. El hijo de ambos
va al colegio del mío, pero en vano
acudo a todas las convocatorias,
reuniones, funciones navideñas.
La pícara me elude, y yo departo
interminablemente sobre fútbol
con el cretino del marido, mientras
asesinan los críos una sórdida
versión del Cascanueces. Bien conoces
al pelma de Gonzalo. Creo, incluso,
que fuiste tú quien se lo presentó.
No pruebo ni una gota últimamente,
después de la biopsia. Te confieso
que añoro aquellos mares de vermú,
aunque el agua es sanísima. Vicente,
antiguo responsable de mi célula,
es viceconsejero de Comercio
por el Partido Popular, y, claro,
se mueve en otros medios. Otra gente
parece preferir ahora Vicente.
Mis padres van tirando. Cree, Rufo,
que nada tengo contra ti. Al contrario,
te recuerdo con franca simpatía.
Sobradas pruebas de amistad me diste
en el tiempo feliz de nuestra infancia.
Es cierto que arruinaste mi mecano,
que me rompiste el cambio de la bici,
que le contaste a mi primera novia
lo mío con tu prima, la Piesplanos.
Eras algo indiscreto, pero todos
tenemos unos cuantos defectillos.
Veré qué puedo hacer. No te prometo
nada: somos catorce y, para colmo,
corre el rumor de que Juan Luis Panero.

LAS VIEJAS AMISTADES

Has subido al desván de ropa de entretiempo
y presagias jornadas
de fastidiosa corrección de exámenes
y eventuales disturbios neurasténicos
cuando te quedes solo en este quinto piso
de una calle con nombre liberal.

Mirando al sesgo los escaparates
compruebas que regresa el rancio estilo
de los años cincuenta (en bañadores)
y alguien te dice que se marcha al Turco
o al balneario castrista.

Entonces te preguntas
cómo será el verano de Rafael Ubierna
en su risueño cementerio cántabro,
sobre el mar que lo arrulla con dolientes peanes;
cómo, el verano de Perico Urquiza,
capitán de mercantes por heladas derrotas;
cómo, el de Antón Eguía, monje en Silos,
que fuera diestro cazador de chochas,
o el de Pepe Lecanda,
asidua carne de hospital psiquiátrico,
de cuyos diez intentos de suicidio
fue cada cual peor
que el anterior.

Sin transición pasasteis, hace un cuarto de siglo
de Karl May a Karl Marx. De marzo a mayo,
vuestras primeras novias buscaron el arrimo
de discretos garzones unidimensionales.

Y acertaron, sin duda, pues vosotros,
ajenos a los usos de la vida,
confundíais aquello
que aliviaros podía del tiempo y sus estragos
(es decir, esa suerte de rutina apacible,
muro de hábitos nimios que los sabios erigen
frente a las embestidas del impulso tanático)
con cierto desarreglo vagamente romántico.

A quién pedirás cuenta de tus años inútiles,
parte maldita que cediste al viento,
hoy, que empieza el verano
y te faltan las viejas amistades.

ELEGÍAS A CIEGAS

A Javier Egea,
que me regaló una rima.

Las dos hermanas ciegas de tu abuelo,
Pepita juntamente y Victoriana,
a contraluz las ves: sombras chinescas
entre el biombo de seda y la ventana.

Huye el año sesenta.
Del parque llega un frío alborotar de pájaros.
Envueltas en sus chales oscuros, estas damas
nonagenarias rezan el último rosario.

No saben que la noche venidera
les depara una suave, dulcísima agonía:
Caerán como dos rosas tronchadas, desde el sueño
hasta el delantal cándido de la Virgen María.

La tía Victoriana, afligido galápago
que se arrastraba apenas por los hondos pasillos
de la casa de Aguirre, será un serafín de alas
veloces por las sendas de luz del Paraíso.

Y la tía Pepita, que daba besos húmedos
y te contaba historias del asedio carlista,
sentirá una caricia de Jesús en los párpados
y, al entreabrirlos luego, lo tendrá ante la vista.

Pero aún sólo atardece.
Reclinada en la mano infantil la cabeza,
persigues soñoliento el paso de las horas
en el reloj de cuco, molino de tristeza.

Imaginas acaso un Bilbao fin de siglo,
y en el balcón las pobres señoritas Juaristi
esparciendo puñados de pétalos a tientas
sobre la procesión del Corpus Christi.

No las turba la pompa de las capas pluviales
ni la custodia de oro donde tiembla el viril,
ni el palio recamado, ni la guardia de gala
de don Antón Pirala, gobernador civil.

Nadie repara en ellas.
En su vasta tiniebla no oirán requiebro alguno.
Tal vez, enternecido, un beso les envíe
su amigo de la infancia, don Miguel de Unamuno.

Su memoria volátil habría dado en nada,
si tú, al poner tus parcos recuerdos en abismo,
no hubieses decidido guardarlas para siempre
en un poema hinchado de falso modernismo:

Sólo un pretexto impuro para un tosco retruécano
en el verso final, pues, aunque tú lo niegas,
como las infelices hermanas de tu abuelo,
entonces -y ahora y siempre- elegías a ciegas.

CAMPOS DEL ROMANCERO

A Diego Catalán

Para mí, por lo menos, fue un tiempo borrascoso
del alcohol, separaciones e indecibles
cabronadas políticas:
a los años ochenta me refiero.

Cómo anhelaba entonces la llegada de junio:
los cursos de Segovia y después las encuestas
por trochas y por tierras de Portugal y España,
recónditas aldeas
donde aún aleteaba el siglo diecinueve,
estratos abisales de cebolla intrahistórica
con mucho aroma de leyenda
y poca flor de Sanidad.

Guímara, tú me diste mi primer Gerineldo.
Un raro Conde Alarcos te robé, Peranzanes.
Por un río de leche descendía la luna
cuando oí el Valdovinos en Palacios del Sil.

Sin embargo, era tarde también para nosotros:
como la ola que rompe
con un estertor tenue frente al viento terrero,
se quebraba la voz en las gargantas
de los viejos cantores
y a un bosque calcinado huía su memoria.

Desde la azul tristeza del verano asistíamos
a una agonía póstuma.
Tras corrales de adobe o en oscuras pallozas
se extinguían perláticos
los últimos guardianes del sueño carolingio.

Pero qué sino aquello me devolvió a la vida
y al amor de la lengua:
fogata de frontera,
Romancero,
moribunda
terminal poesía de un pueblo terminal.

DOS CIUDADES

La ciudad donde vivo, como España,
limita al norte con el mar Cantábrico.
La tuya está enclavada en un terrón brumoso.
Pone el frío a sus puertas un lobo estremecido.
La despueblan los grises cristales del invierno.

Mi ciudad ya no es mía.
Cortaron mis raíces, si alguna vez las tuve.
No sabría decirte por qué no la abandono,
por qué regreso al cabo de errancias sin sosiego,
sabiendo, como sé, que nadie aquí me espera.

Yo viajo a tu ciudad dos veces por semana.
Al trasponer el puerto,
cuando a mi espalda quedan los ríos moribundos,
las parroquias que albergan camadas de asesinos,
una canción estalla entre mis dientes.

Tu ciudad ya es mi hábito.
La ciudad que yo habito me será siempre ajena
como un amor anónimo de noche enloquecida.
Suena a bolero amargo la calle en que nací.
Cada esquina acuchilla mi memoria.

En tu ciudad hasta la nieve abriga.
Paseo por sus plazas contigo de la mano.
Sin prudencia te beso frente a su catedral.
Mi ciudad me lacera infatigable.
No sé por qué regreso dos veces por semana.