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Ver productosDiscurso inaugural del congreso a cargo del prior de la Provincia de Hispania de la orden de los dominicos. Carballo expresa su deseo de que el evento contribuya a la «dignificación de lo humano»

13 Oct 2026 - 7 min.
Francisco Javier Carballo Fernández, O. P., es prior provincial de la Provincia de Hispania de la Orden de Predicadores y doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
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Javier Carballo Fernández, O. P., prior provincial de la Provincia de Hispania de la Orden de Predicadores, fue uno de los cuatro participantes que inauguraron el pasado 1 de octubre el congreso internacional Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca: Humanismo cristiano y dignidad humana. Las jornadas se celebraron del 1 al 4 de dicho mes, en el Aula Magna de la Facultad de Teología San Esteban.
En el acto inaugural también intervinieron Pablo C. Sicouly, O. P., vicario del maestro de la Orden de Predicadores; la profesora Ester Mocholí, rectora de la Universidad Villanueva, y Manuel Ángel Martínez Juan, O. P., presidente de la Facultad San Esteban.
Javier Carballo ensalzó la figura de Francisco de Vitoria y explicó el «Sed humanos» del papa León XIV en su visita a nuestro país, una exhortación a que no nos limitemos a vivir o sobrevivir, y a que desarrollemos también formas de vida más humanas. La fragilidad y la vulnerabilidad, dijo, nos hacen dependientes unos de otros y favorecen el cuidado, la compasión y el encuentro. En esa tarea se unen tres dimensiones: la vida humana, el pensamiento y el conocimiento, y la fe y la esperanza.
El autor concluye que la aportación universal de la Escuela de Salamanca reside en vincular la experiencia humana a criterios éticos como la dignidad, la justicia y el bien común. Por último, expresa su confianza en que el congreso impulse una comunidad internacional de personas que busquen juntas la verdad y contribuyan a la «dignificación de lo humano».
En nombre de los frailes dominicos y de la Facultad de Teología de San Esteban, es un motivo de alegría saludar a los participantes en este congreso y agradecer el esfuerzo de conferenciantes y de organizadores y patrocinadores, tanto de esta Facultad como de la Universidad Villanueva, que desde hace tiempo vienen proyectando y planificando estos días de reflexión y encuentro.
Durante este año 2026, están siendo numerosos los eventos conmemorativos de los 500 años de la Escuela de Salamanca y el reconocimiento unánime a su principal referente, el maestro fray Francisco de Vitoria, así como los homenajes a otros miembros de la Escuela por su relevante aportación a diversos saberes. También estamos celebrando en nuestra Orden los 500 años de la llegada de los dominicos a México, la mayoría de ellos hijos de este convento de San Esteban, con la evocación imprescindible de la figura imponente de fray Bartolomé de las Casas. El recuerdo de esta efeméride no es baladí, sino que refleja la simbiosis entre teólogos y misioneros dominicos a la hora de la evangelización y el enorme influjo de los maestros de Salamanca para orientar la praxis de los primeros dominicos en América.
Pero este Congreso tiene algo de único y excepcional, que lo hace particularmente atractivo y prometedor. Me refiero al hecho singular de que nuestro encuentro tenga lugar a escasos metros del capítulo antiguo del convento de San Esteban, donde están enterrados el maestro Vitoria y otros ilustres miembros de la Escuela de Salamanca, y en el seno mismo del convento dominicano donde vivieron, rezaron, estudiaron, discutieron —porque discutir siempre ha sido la especialidad de la casa— y donde, sobre todo, enseñaron y predicaron el Evangelio del amor y la paz, como hijos fieles de santo Domingo.
Hay que reconocer que, a menudo, tomar conciencia de esta tradición de la que somos herederos nos abruma, pero también nos anima a «apuntar algo» en nuestros ideales y proyectos y a seguir esforzándonos por profundizar y dar forma a una comunidad de sabiduría humanista que bebe en los veneros de la fe cristiana. Esta proximidad física a los grandes maestros es una invitación a una cercanía más profunda, intelectual y espiritual, a esta tradición salmantina, que nos motive a escuchar a sus maestros y a reflexionar con ellos, y sobre todo que nos impulse a contribuir más decidida y comprometidamente a la dignificación de lo humano. Porque la dignidad humana no es solo fundamento dado y recibido, sino que además desde ese fundamento se nos lanza hacia un proceso de dignificación de lo humano. Por eso, la dignidad humana es simultáneamente fundamento y horizonte que nos moviliza en acciones y actividades que se expresan bien como «dignificación de lo humano».
Cuando en 1910 se funda la revista La Ciencia Tomista, adscrita a nuestra Facultad de Teología, el P. Getino escribe su primer artículo, largo y programático, sobre el maestro fr. Francisco de Vitoria. Me parecen muy inspiradas sus palabras comparando a Vitoria con Tomás de Vío Cayetano:
«Menos sutil y más práctico, menos dado a escribir libros y más amigo de formar hombres, Vitoria no iguala a Cayetano, ni en la agudeza, ni en la influencia en las opiniones y matices de escuela; pero le excede en la gravedad y mesura teológicas, en la gloria de los incomparables discípulos, en el empuje dado a las escuelas, y, sobre todo, en la aplicación de la teología a otras ciencias»
La Ciencia Tomista 1, 1910, pp. 4-5
«Amigo de formar hombres»: quizá no quepa mayor elogio para un verdadero maestro, sobre todo para un maestro de humanidad. Ciertamente, una «escuela» es el lugar o ámbito donde se forman personas, donde entrar en diálogo y relación con la tradición y la comunidad de sabios que nos ha precedido, donde se atiende a la experiencia y a las cuestiones debatidas de la actualidad, y donde se trata de comprender antes de juzgar y rebatir.
Por ello, en la tradición dominicana el estudio y la enseñanza se conciben —en expresión de san Alberto Magno— como «la dulzura de la vida en común a la búsqueda de la verdad», como la vida compartida de amigos que buscan juntos la verdad. Así reza el salmo 133: «Ved qué delicia y qué dulzura convivir los hermanos unidos»… unidos tras la verdad. La experiencia de comunidad y amistad van de la mano con la búsqueda de la verdad. Claridad y calidez se copertenecen en la construcción de una «escuela de verdad».
Como escribe Vicente Aleixandre: «Yo soy el poeta que fui por los que caminaron a mi lado». En efecto, los principales referentes de la Escuela de Salamanca no son meros personajes del pasado, sino caminantes a cuyo lado hacemos el camino de la vida o compañeros de nuestra propia aventura humana, junto a quienes volvemos a hacernos la misma pregunta que ellos se hicieron por el sentido de lo humano en estos tiempos nuevos y, sobre todo, por la calidad de lo humano hacia la que avanzar con esfuerzo, paciencia y esperanza.
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo se pueda resumir en la sencilla exhortación que el papa León XIV hizo en su visita a nuestro país con estas dos palabras: «Sed humanos». Si Dios mismo se hizo humano, esto de ser humanos debe de ser una aventura interesante y apasionante. Pero ser humanos no consiste solo en el mero vivir, ni en el sobrevivir al que muchos tienen que enfrentarse cada día, sino que lo humano consiste en demandar, proyectar y alcanzar mayores cotas de sustancia humana en nuestra forma de vida. Aunque el ser humano es un viviente que viene a este mundo en condiciones precarias, eso no nos ha venido tan mal: ser humanos es ser débiles, pero la fragilidad y vulnerabilidad ha impulsado a nuestra especie a vincularnos unos con otros y a cuidarnos mutuamente. Somos seres necesitados de ayuda y compañía y eso nos convierte en personas abiertas al encuentro con los otros y con el Otro. El corazón de lo humano ha quedado tocado, orientado y bendecido por la compasión y el amor gratuito y fraterno.
En la aventura de ser humanos confluyen otras dos aventuras: por un lado, la aventura del pensar, estudiar, razonar, reflexionar, adquirir conocimientos y sobre todo sabiduría, entendida como una inteligencia traspasada de valores; y, por otro lado, la aventura de creer, de la fe y esperanza teologales que nos hacen discípulos de la sabiduría de la cruz y la sabiduría del amor. Las tres aventuras, la del vivir humano, la del pensar y la del creer y esperar van unidas como las tres bellas hermanas que se sostienen mutuamente y hacen florecer lo humano.
Termino insistiendo en las palabras de León XIV en las Cortes Generales cuando se refirió a aportación de la Escuela de Salamanca como una de las principales contribuciones de España al patrimonio cultural universal, al vincular la aventura humana a unos criterios éticos que presidan la conciencia personal y las relaciones sociales. Criterios éticos que se concentran principalmente en la dignidad humana, la justicia y el bien común. Criterios que serán objeto de reflexión y profundización, de debate e intercambio, en este congreso, tanto en su perspectiva histórica como en su significación moral actual.
Que este Congreso conmemorativo de los 500 años de Francisco de Vitoria en Salamanca, hijo, hermano y maestro de este convento de San Esteban, de nuestra Orden Dominicana y hasta de toda la humanidad, contribuya a hacer «escuela», a crear lazos que ya no son solo locales, sino internacionales, y a promover una comunidad de amigos y amigas a la búsqueda de la verdad y de la dignificación de lo humano.