Libertad y conciencia en Francisco de Vitoria: frente al emperador y al papa

El profesor Leyra-Curiá presenta a Francisco de Vitoria como un pionero en la limitación del poder político y religioso, capaz de enfrentarse a Carlos V, a Clemente VII y a Pablo III

Congreso Internacional Francisco de Vitoria
Santiago Leyra-Curiá

Santiago Leyra-Curiá es doctor en Derecho Eclesiástico del Estado por la Universidad Complutense de Madrid y académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Es autor de libros y trabajos sobre derechos fundamentales, objeción de conciencia, libertad de expresión, populismo y movimientos sociales. Imparte clases en la Universidad Villanueva, donde dirige el grupo de investigación Resam (Religión y Sociedad).

Avance

Del 1 al 4 de octubre de 2026 se celebró en Salamanca el 
Congreso Internacional Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca: Humanismo cristiano y dignidad humana. Tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Teología San Esteban, que organizó el acto en colaboración con la Fundación Universidad Villanueva.

A continuación, ofrecemos la intervención de Santiago Leyra-Curiá en la mesa redonda Dignidad humana en la Escuela de Salamanca, celebrada el 2 de octubre de 2026. Estuvo moderada por Jorge Machín Mezher y en ella también participaron Idoia Zorroza y David Torrijos.

Leyra-Curiá presenta a Francisco de Vitoria como un pionero en la limitación del poder político y religioso, frente a Carlos V y frente al papado. Sus ideas se anticiparon al reconocimiento de los derechos humanos, la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado, desarrollados siglos después por el Concilio Vaticano II. Vitoria buscó limitar tanto el absolutismo estatal como las pretensiones políticas de la Iglesia para devolver a ambos a su verdadera misión, colocando en el centro la dignidad inviolable de la persona.

ArtÍculo

Para comprender la magnitud del arrojo intelectual de Francisco de Vitoria, debemos situarnos en la primera mitad del siglo XVI. El mundo se ensanchaba repentinamente con el descubrimiento de América, y las estructuras políticas y teológicas medievales crujían ante esta nueva realidad. En este contexto, dominado por dos figuras con inmenso poder —el emperador Carlos V, señor de un imperio donde no se ponía el sol, y el papa, primero Clemente VII y después Pablo III, que reclamaba para sí el dominio temporal y espiritual del orbe—, se alza la voz serena, pero implacable, del teólogo universitario español.

Vitoria, frente al emperador

El primer gran frente de Vitoria fue la contención del poder imperial. Carlos V justificaba la conquista de las Indias basándose en títulos de invención humana o en el supuesto derecho de descubrimiento. Vitoria, guiado por una conciencia insobornable, se opone a esta visión de raíz.

En su célebre Relectio de Indis (1539) establece un principio revolucionario: la vigencia de los derechos humanos no está sometida a las decisiones políticas, ni a la raza, ni siquiera a la religión. Vitoria argumenta que los indígenas americanos son verdaderos dueños (veri domini) de sus tierras y bienes. El dominio, la libertad y el derecho a la propiedad provienen del derecho natural, es decir, de la misma condición de ser humano creado a imagen de Dios, y no de la gracia divina ni de la concesión de un monarca. Por tanto, un pecado o la infidelidad religiosa no anulan el derecho a la propiedad.

Más aún, al argumentar con firmeza que la fe cristiana no puede ser impuesta mediante la coacción o la guerra, y que el acto de creer debe ser enteramente libre, Vitoria defiende la inviolabilidad del sagrario interior de la persona. Con esta audaz postura, se revela también como un clarividente precursor de la Declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, anticipando en cuatro siglos el solemne reconocimiento eclesial del derecho a la inmunidad de coacción en materia religiosa.

Con esto, Francisco de Vitoria le dice al hombre más poderoso de la tierra, su propio monarca, que su poder tiene límites. Que el Estado y el Imperio están sometidos a una ley superior: la ley natural y el derecho de gentes (Ius Gentium). Se erige así en un defensor pionero de los derechos humanos, desligando la dignidad de la persona de la coyuntura política y de los caprichos del poder temporal. Es una valiente posición intelectual que le llevó a defender los derechos humanos universales por encima de los intereses del Imperio español.

A pesar de que las conclusiones de Vitoria suponían un límite evidente a las ambiciones imperiales, Carlos V no lo censuró de manera definitiva. De hecho, el emperador respetaba profundamente el prestigio teológico y moral de Vitoria y de la Escuela de Salamanca, llegando a consultarle en diversas ocasiones sobre «los asuntos de Indias» e incluso intentando enviarlo como teólogo al Concilio de Trento (al que Vitoria no pudo asistir por su precaria salud).

Vitoria, frente al papa

Pero la valentía de Vitoria y la agudeza de su conciencia no se detuvieron en la crítica al poder temporal. Su amor por la Iglesia y su verdadero deseo de servir al papado le llevaron a acometer una empresa aún más delicada: la delimitación del poder pontificio.

Durante siglos, la teoría teocrática había defendido que el papa era el Dominus Orbis, el señor temporal de todo el mundo. Basándose en esta idea, los teólogos palatinos argumentaban que el papa podía donar tierras o deponer monarcas a voluntad.

Vitoria, desde una profunda lealtad filial, pero con la libertad de los hijos de Dios, desmonta esta teoría. En su Relectio de potestate Ecclesiae (1532) y en la Relectio de Indis (1539), establece con claridad meridiana que la misión del papa es estrictamente espiritual. Jesucristo no confirió a San Pedro un dominio político sobre el mundo. Por lo tanto, el papa no tiene jurisdicción temporal directa sobre los reyes ni sobre los infieles, a los que no puede despojar de sus propiedades.

Entre estos dos escritos fundamentales de Vitoria, el propio papa Pablo III promulgó en 1537 la bula Sublimis Deus. En este documento pontificio, el papa defendía (en gran sintonía con lo que Vitoria enseñaba en Salamanca) la racionalidad de los indígenas, declaraba que no podían ser privados de su libertad ni de sus propiedades, y condenaba su esclavitud, sentando un precedente eclesial fundamental para la defensa de los derechos humanos que Vitoria desarrollaría académicamente.

En este punto, los escritos de Vitoria demuestran con creces que el reconocimiento de la legítima autonomía de los Estados tampoco es una novedad de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. Cuatro siglos antes, nuestro dominico ya dejaba fundamentado que esta sana autonomía de las realidades temporales constituye el mejor seguro contra las consecuencias del clericalismo. Supone un inmenso bien tanto para la propia Iglesia como para el Estado, pues permite no confundir ámbitos. De este modo, cada uno puede centrarse en su misión propia y específica —el orden civil en el bien común terrenal y la Iglesia en su labor espiritual—, colaborando, eso sí, de manera leal y fecunda entre ellos al servicio de la vocación integral del ser humano.

En definitiva, con sus valientes intervenciones en estos dos ámbitos —frente a las ambiciones del emperador y ante las concepciones de dominación del papado—, Vitoria pretendía algo mucho más trascendente que un mero ordenamiento jurídico: pretendía, y sin duda consiguió, ser radical y verdaderamente fiel al Evangelio. Su titánico esfuerzo intelectual fue, en última instancia, una labor indispensable de purificación. Vitoria logró limpiar el mensaje de Cristo de un sinfín de ideas ajenas, lógicas de dominación y adherencias mundanas que los cristianos habían asumido indebidamente a lo largo de los siglos. Al querer despojar a la Iglesia de las tentaciones del poder terrenal y al Estado de su pretensión de absolutismo, permitió que la luz genuina del Evangelio volviera a brillar.

La pervivencia de su legado

La visión teológica y jurídica de Francisco de Vitoria no es un mero fósil erudito destinado a las bibliotecas. Su separación entre el poder temporal, garante de los derechos civiles e inherentes, y el poder espiritual, enfocado al destino trascendente del hombre, trazó el camino de la modernidad política y eclesiológica.

Y no hace falta irse muy lejos para constatar la profunda actualidad de este humanismo cristiano. Todos los aquí presentes tenemos muy recientes y vivas en nuestra memoria las palabras pronunciadas este mismo mes de junio de 2026. Me refiero, por supuesto, a los históricos discursos de Su Santidad el papa León XIV, tanto en su recepción en el Palacio Real de Madrid, como en su alocución ante las Cortes Generales de España.

Quienes escuchamos al papa León XIV en Madrid hace unos días, pudimos descubrir en sus palabras el espíritu de la Escuela de Salamanca. Cuando el Santo Padre, dirigiéndose a nuestros representantes políticos en las Cortes Generales, enfatizó que «la Iglesia reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia», estaba haciendo eco, letra por letra, de aquel Evangelio purificado que defendió Francisco de Vitoria.

León XIV, en su visita a España, ha validado magistralmente aquella intuición vitoriana de hace cinco siglos: la Iglesia es más fuerte, más creíble y más evangélica cuando se despoja de las pretensiones de dominio político, abandona los bandos ideológicos y se centra en su genuina misión espiritual. Y paralelamente, el Estado solo es justo cuando reconoce que los derechos humanos son prepolíticos, inherentes e indisponibles para el poder de turno.

Conclusión

Libertad frente al poder político para defender los derechos inviolables de todo ser humano. Conciencia y fidelidad evangélica frente al poder espiritual para purificar a la Iglesia que tanto amaba de herencias ajenas a su Fundador. Esa es la lección perenne de Francisco de Vitoria. Un legado que, como atestigua este Congreso y como nos ha recordado la propia Iglesia hasta llegar a nuestros días, sigue siendo el faro indispensable para construir un mundo donde el centro de todo sea, siempre, la inalienable dignidad de toda persona.

Foto: Universidad Pontificia de Salamanca @ Fernando Prada Sanroman, dominio público, vía Wikimedia Commons.