Hacia una teoria integradora de la recepción

Juan Gracia Armendáriz

Título: De la interpretación a la lectura
Autor: Wenceslao Castañares
Editorial: Iberediciones S.L.
Colección Parteluz, Madrid 1994
382 páginas, 4.200 pesetas


Comienza a ser un lugar común recurrir al mito de la Torre de Babel como símbolo e imagen del momento de confusión que vive la filosofía desde que Nietzsche firmó al acta de defunción de la metafísica, de tal suerte que a partir de aquella «sospecha» según la cual, no era posible ya la construcción de un edificio metafísico blindado (Kant, Hegel…) la filosofía viró su interés hacia aquello a partir de lo cual se constituye: el lenguaje y los textos en los que éste se encarna. Desde otras perspectivas, autores como Schleiermacher sistematizaban la hermenéutica moderna como ciencia de la interpretación, labor que Gadamer amplió al campo ontológico y del conocimiento del mundo. Diferentes planteamientos convergieron en un cambio a partir del cual el mundo puede ser leído e interpretado como texto.

El llamado «giro lingüístico» abrió a los filósofos, los lingüistas, los semiólogos y comunicólogos un terreno común de reflexión y de búsqueda de nuevos caminos de interpretación y de conocimiento. Las propuestas han sido tan variadas como numerosas: la hermenéutica de Schleiermacher y Gadamer, la «estética de la recepción» de Jauss, la semiótica de Ch. S. Peirce, Eco o Greimas, el postestructuralismo de Michael Foucault, el «deconstructivismo» de Derrida o Paul de Man, el “pensamiento débil» de Vattimo, entre otros autores y tendencias, no son sino los intentos, más o menos sectarios, más o menos profundos, más o menos retóricos, por estudiar cuáles son las posibilidades de esa metafísica encarnada en lenguaje y conocedora, finalmente, de sus propios límites.

Afirma Octavio Paz que «toda crisis de la cultura se inicia con una crítica del lenguaje que la sustenta», y así, desde perspectivas diferentes, las llamadas “ciencias del texto» están ocupando un territorio que si bien se establece en los límites del discurso, las consecuencias que se extraen de su estudio, afectan a cuestiones que se localizan en las bases de la epistemología. Estos estudios fronterizos entre la reflexión ontológica y el análisis del signo, entre el estudio de las formas estéticas y de los límites del conocimiento, establecen un tipo de reflexión no-ingenua en donde categorías como «ficción» y «no ficción», «realidad» y «mundo imaginario», comienzan a ser revisadas y puestas en tela de juicio. Dichos planteamientos merecen cuando menos un tiempo de reflexión y de crítica serena.

El acto de la lectura -el más intelectual de cuantos es capaz un ser humano, en palabras de Borges- y de la interpretación que siempre le acompaña, se inscriben dentro del ámbito «textualista» que domina el terreno de la reflexión (todo es susceptible de ser analizado como signo, como lenguaje, como retórica: un relato, un telediario, un artículo periodístico, un poema, una conversación, un lienzo) siendo la lectura y la interpretación los actos finales que dan sentido a la escritura y al discurso; máxime cuando el paradigma de análisis ha sido trasladado del objeto (texto, discurso) al sujeto (lector, receptor) que es quien «ejecuta» la obra, la juzga, la somete y en última instancia la interpreta. Las preguntas que a partir de las reflexiones del círculo hermeneútico como de la estética de la recepción, de la semiología o del deconstructivismo se han planteado, abarcan puntos no poco problemáticos: ¿es posible recuperar la intención del autor de un texto?, ¿tiene límites la interpretación?, ¿qué papel juega el receptor en la obra?, ¿qué constituye a un texto como literario?… Por otra parte, en última instancia cualquier reflexión sobre el signo deviene en ontología, y por tanto, las consecuencias de una revisión a fondo de nuestra capacidad interpretativa, así la feroz crítica nietzscheana al concepto de verdad, la crítica de la cultura que comparece en las reflexiones de Foucault o el proyecto desenmascarador de la metafísica de Derrida, son teorías que bajo una apariencia de sofisticados artefactos teóricos, sustentan proyectos muy serios de reflexión que apuntan a la médula de nuestra forma de interpretar el mundo, y por tanto de conocerlo y relacionarnos con él. La importancia y necesidad de dichas reflexiones queda subrayada en un periodo histórico finisecular, en el que la incidencia de los medios de comunicación ocupa un fuerte protagonismo y un peso cada vez más determinante.

Todos estos aspectos, entre otros, son tratados en De la interpretación a la lectura, obra en la que Wenceslao Castañares, profesor de Teoría General de la Información en la Facultad de CC de la Información de la UCM, autor de numerosos artículos sobre comunicación y semiótica y coautor de La sensibilidad moral (1989) y de un Diccionario de citas (1993), realiza un repaso de los autores y teorías que se han ocupado del problema de la interpretación. Sin embargo Wenceslao Castañares no se ha limitado a una mera exposición de reflexiones, sino que ha diseñado un auténtico mapa del estado de la cuestión en el que los diferentes territorios teóricos se explican y aclaran a la luz de la proximidad que los emparenta o de la distancia que los separa, de tal suerte que el lector asiste a una lectura que finalmente se propone integradora de los campos afines a las diferentes escuelas y superadora de unas diferencias que aunque en ocasiones son insuperables, en otras responden más a un interés estratégico de sus respectivos mentores que a una auténtica incompatibilidad metodológica o conceptual.

Lejos de aspirar a un ingenuo sincretismo de las «ciencias del texto», y aun cuando reconoce y subraya «la ausencia de diálogo entre las distintas líneas de investigación», así como «la heterogeneidad del movimiento hermenéutico», el autor propone «el ideal de la interdisciplinariedad» como paso previo hacia una teoría integradora de la lectura y sus efectos.

Y todo ello expuesto con una prosa didáctica y sugestiva, algo que es sin duda de agradecer, especialmente cuando son objeto de su exposición los puntos de vista de autores tan «esotéricos» para el profano como Derrida o Paul de Man, cuyos presupuestos teóricos resultan en ocasiones de una irritante oscuridad. Asimismo dedica un capítulo completo a la teoría de Ch. S. Peiree, autor especialmente querido y reivindicado por Wenceslao Castañares.

En De la interpretación a la lectura el lector «iniciado» asiste a la exposición de un entramado de relaciones teóricas realizado a partir de un conocimiento y estudio de los diferentes autores y escuelas francamente envidiable. El resultado es una obra que se revela como un instrumento de trabajo y herramienta de consulta imprescindible para cuantos de una manera u otra nos vemos involucrados en el mundo de la información, la comunicación, la literatura y el pensamiento.

Así, a partir de un ejercicio de síntesis y claridad expositiva, el autor plantea una visión tan personal como necesaria del tema, con un valor añadido: ése que trae consigo todo texto que asume el riesgo de una nueva lectura y de indicar posibles caminos en la aventura de la interpretación de los textos. En este sentido la obra de Wenceslao Castañares se plantea como pórtico de una reflexión integradora y novedosa que a buen seguro añadirá nuevos senderos de investigación y de debate.

En De la interpretación a la lectura el autor ha dado el primer paso hacia la consecución de su objetivo, despejando el camino de posibles obstáculos, ponderando las diferentes teorías y estableciendo puentes de comunicación y diálogo -así las comparaciones entre la perspectiva de Umberto Eco o Peirce- que pueden dar lugar a un nuevo mapa de la cuestión, en el que los diferentes territorios teóricos abran un espacio común de reflexión. Una tierra de nadie y de todos en la que se pueda establecer una tregua con vista a la comprensión de nuestro entorno.

En el capítulo 6 de la obra, acaso el más novedoso en relación a lo que venimos apuntando, Wenceslao Castañares afirma: «La hipótesis inicial de este trabajo apostaba por la posibilidad de extraer de las distintas teorías sobre la interpretación y la lectura, los suficientes elementos como para poder articular una teoría unificada de la actividad interpretadora (…) las aportaciones realizadas en este campo desde las distintas perspectivas permiten ir más allá y empezar a formular hipótesis de mayor alcance.

Tales podrían ser aquellas que apuntan hacia una teoría de los efectos que no se centre exclusivamente en la lectura, sino en la recepción de cualquier tipo de textos, incluyendo, por tanto, a todos aquellos que se producen en el intercambio comunicativo que se lleva a cabo a través de los medios de comunicación de masas».

Ese es el objetivo, tan ambicioso como valiente, en el que el autor pone su punto de mira y que es de desear, cristalice en una próxima entrega. El propio Wenceslao Castañares así lo deja entrever en la última palabra de la obra, que es a su vez un futuro y una promesa: «continuará».