España en Estados Unidos: lo desconocido

Luis Marañón

Cuando Juan Ramón Jiménez escribe en su Diario poético, que va «a orillas de los ríos Hudson, el Sherandoa y el Potomac a ver si les oigo el romance español, rumor de los ríos españoles, y no me suenan a inglés, sino a río español traducido a río inglés», no se está ajustando a la nostalgia poética, sino a la realidad histórica. Esta recuperación lírica de uno de nuestros andaluces universales viene a desempolvar una realidad que muchos ocultan, otros devalúan y los más ignoran. Ocurre que aunque esta verdad histórica -la presencia española en las hoy tierras norteamericanas- se haya extendido en el tiempo y dejado una huella perceptible aparece recogida en los manuales escolares con parquedad desconcertante, por no calificarla de radicalmente simplificadora, interesada e incorrecta. Por ello, la memoria colectiva de los norteamericanos se ha forjado de forma incompleta.

¿Acaso se puede negar la contribución de Carlos III a la independencia de las Trece Colonias -con unos 30.000 colonos ingleses-, embrión de los Estados Unidos?

Son varios los factores que, en mi opinión, han contribuido a tratar esa presencia española de tapadillo y como algo irrelevante: el enfásis anglo puesto al inventariar y analizar el recorrido histórico de los Estados Unidos de América del Norte; el impacto causado por la guerra de propaganda que fue la circulación de la Leyenda Negra, con la que se intentó negar la totalidad de la empresa española en el Nuevo Mundo; el nacimiento en nuestro país del movimiento antinorteamericano y la mala conciencia de Estados Unidos derivados ambos de la impresentable guerra imperialista de 1898, materializada por la pérdida española de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; y, por último, la guerra civil española y su prolongación política -la dictadura del general Franco-, estas dos últimas como excusas para desarrollar unos comportamientos ambiguos por ambas partes, aun para el momento político en que se dieron. Las relaciones hispanonorteamericanas han estado siempre entintadas de suspicacias e incomprensiones mutuas no siempre claras ni confesables, a pesar del Tratado de Amistad de 1953.

Prejuicio

Marcelino C. Peñuelas se produce de manera contundente al respecto cuando manifiesta: «los norteamericanos han heredado la actitud de los países sajones europeos en todo lo relativo a España y al mundo hispánico. El prejuicio contra todo lo nuestro, salvo contadas excepciones, es general». Esta actitud -despectiva y de superioridad- general ha determinado la aparición de unos posicionamientos negativos no sólo en las relaciones intergubernamentales sino entre las de los pueblos. Aquí dejó de operarse ese fundamento intelectual que los historiadores y los antropólogos no olvidan en sus tareas investigadoras: conocer el hombre es tener presente su pasado. O como dice Fustel de Coulanges: «el pasado no muere nunca del todo para el hombre. El hombre, es cierto, puede olvidarlo, pero continúa albergándolo en su interior. Pues el hombre, tal como se ofrece en cada época, es el producto y resumen de todas las épocas anteriores».

Benjamín Franklin dijo que «gran parte de la historia de Estados Unidos es española, y, por tanto, está escrita en esta lengua»

Nada más contrario al rigor histórico que minimizar los hechos tal como sucedieron y procurar que se difuminen en la nebulosa de una cronología más o menos apretada e intensa. Pero fue Benjamin Franklin quien en el pasado siglo vino a decirlo muy claramente: «gran parte de la historia de Estados Unidos es española, y, por tanto, está escrita en esta lengua». A pesar de tan rotunda afirmación, hoy por hoy, España en Estados Unidos se limita a vender una imagen desvaída, desdibujada. Por ello, mi reflexión se ciñe a facilitar una serie de claves de la aventura española en territorio estadounidense, por entender que forma parte -ya indisoluble- de su patrimonio cultural e histórico. Se ha dicho repetidamente: compartir una historia, aunque sea una porción de ella, lleva implícito compartir un patrimonio cultural común, en este caso el de la civilización occidental. Conviene recordar una vez más que esta civilización occidental fue llevada por los españoles a la otra orilla: desde las Antillas y Nueva Es España esa civilización «viajaría», con penas y glorias, y de modo desigual e inconstante, a las tierras del Norte, las que son hoy los Estados Unidos.

Se olvida incomprensiblemente que al establecerse la primera colonia inglesa en Jamestown, en 1607, y al arribar los «pilgrim fathers» del Mayflower a Plymouth, en 1620, muchos españoles se les habían adelantado en el territorio: Ponce de León en las Floridas (1512); Alonso Pineda en las bocas del Mississippi (1519); Hernando de Soto y Coronado por el sur y el centro (1540 y 1541, respectivamente); Cabrillo y Ferrelo subiendo por las costas del Oeste hasta el actual estado de Oregón (1543), etc.

Presencia y poblamiento

Desde que se iniciaron, las expediciones fueron seguidas de asentamientos, porque como señaló López de Gómara, «quien no poblare no hará buena conquista». Esta afirmación, general para todas las tierras del Nuevo Mundo, se ve magistralmente coronada por otra de Bernal Díaz del Castillo: «todo lo trascendemos e queremos saber». Así, el territorio norteamericano quedaría encajado en el sistema civilizador de las Capitulaciones de Santa Fe: soldados, clérigos, colonos, animales domésticos, utillaje, semillas diversas y técnicas agrícolas e industriales fueron llegando para quedar asenta

El territorio norteamericano quedaría encajado en el sistema civilizador de las Capitulaciones de Santa Fe, manente en San Miguel de Guadalupe, en 1526; Menéndez Avilés fundó San Gabriel en 1598, etc., a los que continuarían otros hombres y mujeres levantando pueblos, misiones y fuertes militares. En suma, cuando los ingleses se establecen en Estados Unidos para configurar las Trece Colonias, ya los españoles llevan casi un siglo trajinando por cayos, ríos, cañones, desiertos y praderones, y tenían puesto el trazado de un espectacular sistema víal -los «spanish trails»-, una gran parte del cual está hoy todavía en uso, si bien con autopistas y redes ferroviarias.

Estados Unidos, invento español

Corría el año 1822 cuando España abandona el territorio norteamericano: son 24 los Estados que han conocido una prolongada fase española, y en particular Texas, Nuevo México, California y Arizona y, algo menos, las dos Floridas y Luisiana. El núcleo civilizador básico de tan extenso período radicó en las misiones -franciscanas y jesuíticas, fundamentalmente- que se constituyeron en centro religioso, educativo, cultural, artesanal y económico del espacio que controlaban. La opinión del historiador norteamericano Charles F. Lummis viene a reforzar el sello español en la formación de su país: «de no haber existido España hace 400 años, no existirían hoy los Estados Unidos». En cierta medida, y aunque suene a pedantería etnocéntrica, Estados Unidos «fue» un invento español.

El territorio norteamericano quedaría encajado en el sistema civilizador de las Capitulaciones de Santa Fe.

Un legado fecundo

Pero ¿qué queda de toda la prolongada estancia española? Bastante, según recuerda Carlos Fernández-Shaw. Sólo en toponimia existen más de 2.000 nombres españoles en la geografía estadounidense. Los códigos de Luisiana (1806) y Nuevo México (1846) se dictaron incorporando sus textos una buena parte del ordenamiento legal de Castilla; y las actuales comunidades de regantes -en Arizona, Colorado, Nuevo México y Texas- y las asociaciones de ganaderos -en Colorado, Texas y Nuevo México- tienen su origen en instituciones españolas. El inglés -el coloquial- en Estados Unidos, contiene más de 500 palabras españolas, cuyo sustrato hay que buscarlo en el castellano de los siglos XVII y XVIII. Romances, adivinanzas, canciones, coplas, cuentos, refranes y fiestas populares continúan vigentes en el acervo hispánico del suroeste norteamericano. Tampoco se puede silenciar que la harto divulgada «cultura del vaquero», el «cowboy» de las películas, cuenta, en su lenguaje, su vestimenta, sus artes y su técnica, con un origen específicamente andaluz. Nada extraño esto último, puesto que fueron los españoles los que introdujeron los caballos y las reses en el colosal espacio norteamericano, y de su lejana introducción depende buena parte de la actual riqueza agrícola y ganadera de la economía norteamericana.

Establecimientos civiles y militares

Cuando, más atrás, expresé que la presencia española en Estados Unidos había sido desigual, la afirmación tenía su fundamento científico: los asentamientos realizados a partir del siglo XVII, aparte del componente de expansión geográfica, se hallaban vinculados a una política defensiva concreta, cual era la de que a la Corona le preocupaban las incursiones inglesas -las de sus piratas, sobre todo- francesas y holandesas, también dedicadas a la piratería, y las rusas, venidas de Alaska con apetencias mercantiles (pieles y pescado.) Junto a la ocupación del territorio, tarea de carácter civil, se añadía por tanto la necesidad defensiva, cuyo fin último era el proteger las producciones ultramarinas para el envío, posterior, por vía marítima, a la metrópoli, muy ocupada con los contenciosos bélicos europeos. De ahí -y de las incursiones de las tribus nativas- surgió la conveniencia de levantar -casi paredaños a las misiones- establecimientos militares y presidios en el suelo norteamericano. Este elemento militar contribuyó decisivamente a que el número de españoles llegados no fuera muy elevado por temor a posibles enfrentamientos. No es de extrañar, por tanto, el que Francis Bacon dejase escrito, en 1625, en sus Essays or counsels, civil and moral: «me he maravillado a veces en España, cómo abarcan y encierran tan vastos dominios con tan pocos españoles nativos, pero ciertamente, la extensión total de España es un grandísimo tronco de árbol, muy por encima de Roma y Esparta». Tampoco se puede silenciar el que los españoles en territorio norteamericano, partiendo de Nueva España y la Habana, se vieron acompañados, desde los primeros momentos, por indios y negros y sin distinción de sexo.

Los latinoamericanos nos sustituyen

Parece conveniente resaltar que la escasa población española, comparativamente hablando, que siempre ha habido en Estados Unidos, engrandece lo realizado y conseguido. Hubo, esto sí, núcleos migratorios concretos: canarios en Texas y Luisiana, en el siglo XVIII; menorquines en Florida, en el mismo siglo; asturianos y gallegos en Las Floridas y vascos en California, Nevada, Idaho y Oregón, a partir de la segunda mitad del siglo pasado; a lo que hay que añadir la fructífera labor docente y científica llevada a cabo por los intelectuales y profesionales liberales republicanos pertenecientes al exilio del 39, así como por los docentes que, en la época franquista, escogieron los «campus» norteamericanos para ejercer su profesión. Pero si la población española, en su conjunto ha estado remisa históricamente a una aventura norteamericana masiva no ha ocurrido lo mismo con los latinoamericanos que, por motivos políticos y económicos, decidieron afincarse dentro de las fronteras norteamericanas. El déficit poblacional español ha ido siendo saldado con creces, -a partir de 1800- por los latinoamericanos, de tal modo que Estado Unidos es hoy el quinto país del mundo de habla española detrás de México, España, Argentina y Colombia; y la californiana Los Angeles se ha convertido en la segunda ciudad mexicana. Como reza el eslogan de una entidad bancaria: «lo hispano marcha» en Estados Unidos.

El espíritu de frontera y sus derivados

Joaquín Roy habla de que la segunda genialidad de Occidente ha sido la de «introducir en una Constitución norteamericana una utopía europea: la búsqueda de la felicidad». Efectivamente, en la Carta Magna de Estados Unidos, esta búsqueda de la felicidad queda redactada de manera explícita. Tal proclamación utópica se produjo cuando todavía la sociedad norteamericana no había abandonado su condición agraria, es decir, continuaba inmersa en una mezcla de aislacionismo autosuficiente, de extender la frontera hacia el Oeste, rasgos estos que permanecen determinando la cultura y los comportamientos de los norteamericanos de este siglo XX. El dinamismo inherente al «espíritu de frontera» se perfila sobre unas claras bases de autosuficiencia: sólo cuando ésta se sublima, por la ideología radical o por razones religiosas, adquiere la categoría de arrogancia y de prepotencia para insertarse en el contexto imperialista. Juan Ramón Jiménez sostenía que «Europa, en general, es vieja para Estados Unidos, pero, cuando éstos copian a Inglaterra, es seca e inferior». El tantas veces aplicado imperialismo norteamericano viene a ser una droga dura sin haber pasado antes por el tamiz de la prudencia política de los británicos. Tengo para mí que la historia norteamericana no se completa si no tiene en cuenta

Entenderse para actuar

Aun cuando se hayan producido avances con respecto a épocas pasadas, es de lamentar el desconocimiento mutuo, y por tanto la ausencia de diálogo, entre el pueblo español y el norteamericano. Las actuales relaciones -a pesar del nuevo Tratado de Amistad y Cooperación firmado en 1988- continúan partiendo de un conocimiento epidérmico y parcializado o, cuando menos, no superan el vulgar estereotipo. Tal carencia llama poderosamente la atención, por cuanto vivimos en un mundo cada vez más interrelacionado en todos los órdenes. Por otra parte, en Estados Unidos lo español -lengua y literatura- atrae a un número elevado de estudiantes universitarios y de enseñanza media, y los círculos académicos poseen expertos en hispanismo de reconocido prestigio… pero para los medios de comunicación de masa norteamericanos «España no es noticia», lo que propicia una metódica ignorancia popular.

Las actuales realciones España-USA continúan partiendo de un conocimiento epidérmico y parcializado.

Convendría, por tanto, recomponer esta situación e impulsar el interés público y privado en ambas direcciones, así como establecer una política global con objetivos claros y medios adecuados, que sea coherente, se extienda en el tiempo, y reciba un seguimiento y una evaluación puntuales. Habrá que sacudirse viejas perezas de encima y procurar que nuestro país se ilusione por lo que los publicitarios titulan «vender la propia imagen». España vende mal su propia imagen: es una constante en nuestro devenir histórico, tal vez derivado de la propensión al cómodo y provinciano aislacionismo.

Recuperar lo ignorado

Existen razones políticas, económicas, históricas y culturales que aconsejan una mayor dedicación a esta operación recuperadora. Ortega se quejaba, en 1921, de que «hablar de la historia de España es hablar de lo desconocido». Parece, pues, obligado dar a conocer lo desconocido, y lo desconocido aflora eliminando absurdos y ridículos resabios ideológicos y, siempre, partiendo de un planteamiento histórico veraz y riguroso. Es el modo más sólido de reafirmar la identidad cultural a la que se pertenece y de promover un entendimiento beneficioso para las partes. Hay que ser positivos y destapar lo desconocido: la historia de una nación -en este caso, Estados Unidos- tiene que ser recuperada y asumida por sus ciudadanos en su totalidad, sin sesgos ni maniqueísmos apriorísticos. ¿No dijimos que Estados Unidos «es» un invento español?