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Ver productosA constructive response to “Earth in the Balance” Chicago, 1994
1 Feb 1995 - 2min.
El fundamentalismo ecologista sirve de pretexto a los defensores del estado del bienestar, tan necesitados de banderas para sostener una doctrina desprestigiada por los hechos. Es asimismo un moderno ropaje para una ideología vieja, de corte antiindustrialista y pseudoprogresista. Este tipo de ideas elementales, que se enfrentan al núcleo mismo de los intolerantes defensores de lo politically correct, empieza a extenderse con amplitud entre la moderna bibliografía norteamericana sobre política del medio ambiente. Basta citar, entre otros, los textos polémicos y provocativos de Terry L. Anderson y Donald R. Leal (Free Market Environmentalism) o de Dixy Lee Ray (Environmental Overkill).
Últimamente, la defensa de los tópicos al uso ha alcanzado los máximos niveles de la política norteamericana: el vicepresidente Al Gore, en su libro Earth in the Balance, sostiene oficialmente los supuestos méritos del control estatal sobre la industria y la política autoritaria, un control que actuaría como freno a una (al parecer irreversible) degradación del planeta, los recursos naturales y la propia atmósfera. Pero no faltan ya —felizmente— críticas fundadas a esta sedicente retórica científica: entre las más duras, Eco-Scam de Ronald Bayley, cuyo expresivo subtítulo denuncia a los falsos profetas del apocalipsis ecológico
. También, en directa confrontación política, la obra colectiva que aquí comentamos, dirigida por John Baden, presidente de la Fundación para la Investigación Económica y del Medio Ambiente, y que incluye entre los colaboradores a escritores tan conocidos como Robert Balling, Lynn Scarlett y la antes mencionada Dixy Lee Ray.
Los autores de esta respuesta constructiva
sostienen que las tesis de Gore conducen directamente a restricciones al libre mercado, a la vida privada y, en último término, a la propia libertad individual. Ante todo, afirman, deben ser científicamente probados dogmas tales como el calentamiento del planeta o los graves peligros que padece la capa de ozono, y tantos otros que se utilizan como realidades irrefutables, cuando distan mucho de estar garantizadas por datos objetivos. En fin: los autores discuten con sentido común la primacía de los derechos individuales sobre las burocracias armadas de argumentos ecologistas, y alertan sobre los peligros que derivan de los clichés inspiradores de políticas antinucleares y, en general, contrarias a la técnica y a los mejores logros de la civilización occidental.