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Ver productos1 Nov 1991 - 4min.
La situación socioeconómica de los países del Este de Europa, tras la caída del sistema socialista, brinda al observador un conjunto de enseñanzas de gran interés. La experiencia -la triste experiencia- se enriquece, además, por la asimetría que han seguido los acontecimientos en la felizmente extinta República Democrática Alemana, reunificada con el resto de Alemania, con respecto a los otros países de la zona.
La primera gran experiencia derivada de los acontecimientos del Este de Europa se refiere al importante papel que el marco institucional desempeña en el quehacer económico. Me refiero a cuestiones como la existencia de un orden jurídico justo (expresión desgraciadamente no redundante), unos derechos de propiedad perfectamente definidos, unas reglas de juego económico claras, un calendario de reformas preestablecido, una política económica sensata y, dentro de ella, una moneda estable.
Salvo los Länder orientales de Alemania, los restantes países del Este de Europa carecen en absoluto de todas las instituciones mencionadas, por lo que, obviamente, la ayuda económica que puedan ahora recibir de los países occidentales equivale a poco menos que a echar agua en un cesto de mimbres, pues apenas podrá paliar las situaciones.
La primera tarea que, en definitiva, deben acometer los países del Este de Europa es construir una infraestructura institucional sobre la que pueda ejercitarse la función económica, una infraestructura que sustituya a la del superado y mal llamado «orden» comunista. Y digo «mal llamado» porque, como escribió Ortega y Gasset en «Mirabeau o el político», «orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior».
La gran suerte de los Länder orientales de Alemania es que han contado, de entrada, con un marco institucional bien definido y realmente adecuado para el progreso económico.
La gran suerte de los Länder orientales de Alemania es que han contado, de entrada, con un marco institucional bien definido y realmente adecuado para el progreso económico como es el orden liberal de la República Federal de Alemania y de la Comunidad Económica Europea, a la que —no lo olvidemos— se han integrado los Länder orientales alemanes desde el mismo momento de la Reunificación, desde el histórico —y no sólo para los alemanes— 3 de octubre de 1990.
La segunda gran enseñanza de la liberación del Este europeo se conecta directamente con la experiencia económica alemana. Ciertamente, la situación de los Länder orientales alemanes es deplorable, con cifras escalofriantes de descenso del Producto Interior Bruto, aumento del paro, incremento de la inflación, déficit de infraestructuras y —lo que resulta más sorprendente— grave deterioro ecológico, con lo que se concluye que las críticas ecologistas a la economía de mercado se habían equivocado de dirección, tal vez porque era pedir demasiado que se dirigieran contra sus posibles instigadores.
A la vista de los datos de paro, inflación, etc., de los Länder orientales, ¿hay que concluir que su situación económica ha empeorado? Ciertamente no. Lo que ha tenido lugar ha sido un saneamiento drástico, gracias al cual las previsiones apuntan hacia una pronta recuperación económica, puesto que ya se dan las condiciones para un crecimiento estable y sostenido, sin más dirección que la que inexorablemente impone la brújula del mercado.
El país que se encuentra en mejo siguación, que es Hungría, a a ver cómo en 1991 su Producto Interior Bruto decrece en un 5 por ciento en términos reales y su tasa de infacción se eleva al 40 por ciento.
La gran enseñanza de los Länder orientales alemanes es, en definitiva, el alto coste inherente a la gran mentira de los precios intervenidos, de las subvenciones mal dirigidas, del paro encubierto, de las regulaciones de todo tipo y, por qué no decirlo, de la corrupción inherente al sistema socialista de planificación central.
Peor suerte van a correr, por las razones antes apuntadas, los restantes países del Este europeo. No quiero abrumar al lector con datos estadísticos, pero, para que tenga una idea de su situación económica, baste con decir que el país que se encuentra en mejor situación, que es Hungría, va a ver cómo en 1991 su Producto Interior Bruto decrece en un 5 por ciento en términos reales y su tasa de inflación se eleva al 40 por ciento. En el otro extremo, los peores situados, Bulgaria y la Unión Soviética, van a experimentar este año tasas de reducción de la producción del 15 y del 13 por ciento, y ritmos de inflación del 300 y del 135 por ciento, respectivamente, de acuerdo con las previsiones más optimistas.
A diferencia de lo que ocurre en los Länder orientales de Alemania, el resto de territorios del Este de Europa aún no saben bien ni cuándo ni cómo esclarecer la gran mentira económica del sistema socialista, aunque, desgraciadamente, sí saben a ciencia cierta por qué dicho esclarecimiento es necesario.