El sentido de la evangelización americana

Alberto de la Hera

La larga guerra de reconquista frente al Islam no se desarrolló de la misma manera en toda la Península Ibérica. El reino de Aragón, después de ceder al de Castilla la zona murciana en tiempos de Jaime el Conquistador, renunciando con ello a proseguir su reconquista más allá del límite sur del Levante valenciano, dedicó sus ambiciones y sus fuerzas a la expansión mediterránea. Portugal por su parte, que también concluyó pronto la labor de recuperar la totalidad de lo que hoy es su territorio, se volcó hacia el Atlántico y las costas africanas. Solamente Castilla hubo de continuar aún por siglos la guerra contra los musulmanes, siendo mucho más extensa la zona que tenía que reconquistar, zona además en la cual estaban situadas las capitales históricas tanto visigoda —Toledo— como islámicas —Córdoba, Sevilla y Granada—.

El Imperio Romano había creado todo un cuerpo de normas y doctrinas que justificaran su propia expansión; la llegada del Cristianismo modificó los esquemas imperiales al introducir un elemento propio, el de la potestad de Cristo sobre todo el Orbe y su transmisión a sus Vicarios, Pedro y los subsiguientes Pontífices

El panorama atlántico y africano, que se abría ante los ojos de Portugal, ofrecía a la mirada de un observador agudo el campo apropiado para la futura expansión territorial, comercial y cultural del Occidente europeo. Cerrados por el Oriente los caminos a esa expansión, al haber cortado los árabes el camino del Asia Menor hacia los imperios orientales, Europa necesitaba perentoriamente la creación de nuevas rutas para la llegada de las sedas, las perlas y, sobre todo, las especias, ingrediente insustituible entonces —en su papel sobre todo de conservación de los alimentos— de la alimentación medieval. Portugal, si lograba doblar por el Sur el continente africano, llegando hasta la India y la China navegando hacia el Oriente, se habría de convertir en la puerta del comercio europeo para aquellos productos. Esta sola posibilidad bastaba para dar un sentido a las navegaciones portuguesas. Pero no era la única: dada su situación geográfica e histórica, solamente Portugal podía acometer esa empresa, cerrada entonces todavía para Castilla, Francia o Inglaterra, ocupadas en guerras por el momento absorbedoras de todo su potencial; pero gracias también a esa misma situación, Portugal iba a poder establecer colonias en la costa africana e incorporar a sus dominios las tierras atlánticas más próximas —Azores, Madeira y Cabo Verde—, lo que iba a permitir iniciar su inserción como potencia en la política europea del futuro. Pese a su aislamiento físico dentro del continente al que pertenece.

Justificación jurídica

Tal cúmulo de circunstancias dio lugar a una labor de expansión que Portugal planifica y acomete cuidadosamente. Pero la conquista e incorporación de nuevas tierras precisa de una justificación jurídica. El Imperio Romano había creado todo un cuerpo de normas y doctrinas que justificaran su propia expansión; la llegada del Cristianismo modificó los esquemas imperiales al introducir un elemento propio, el de la potestad de Cristo sobre todo el Orbe y su transmisión a sus Vicarios, Pedro y los subsiguientes Pontífices. Para la teocracia pontificia —teoría desarrollada fundamentalmente por Hugo de San Víctor, San Bernardo y otros teólogos y que se hizo prácticamente general en el Medievo—, toca al Papa conceder la soberanía temporal en nombre de Dios, y lo hace invistiendo como señores de los pueblos a príncipes cristianos, obligados a su vez a gobernar de acuerdo con las leyes divinas y a facilitar a sus súbditos el camino de la salvación.

Enfrentada con la conquista de tierras sometidas a los infieles, Portugal recurrirá al Papado, y los Papas investirán a sus Reyes como soberanos de las tierras atlánticas, imponiéndoles el paralelo deber de evangelizar. Si no evangelizaran, la razón de ser de la concesión de soberanía dejaría de cumplirse, y con ello se haría nula esa misma concesión.

Cuando Castilla concluye su reconquista, el régimen portugués de descubrimientos y evangelización está ya en marcha, y el sistema aparece consolidado. Castilla no había, hasta entonces, caminado por tal sendero. La guerra contra el Islam no era sino una cruzada, es decir, una guerra de expulsión. El objetivo es desde luego extender la fe cristiana, pero no mediante la conversión del pueblo vencido, sino mediante la sustitución de éste, en las tierras objeto del litigio, por una población cristiana repobladora. Eran tierras que ya habían sido cristianas; se pretendía que volvieran a serlo, habitadas de nuevo por los descendientes de los cristianos que otrora fueron sus dueños. Estamos, pues, ante una labor de expansión del Cristianismo, pero no ante una labor misionera ni evangelizadora.

Al concluir la Reconquista ante los muros de Granada, Colón aparece en el campamento real de Santa Fe. El tenaz navegante genovés, repatriado en Portugal, está recorriendo las Cortes europeas para ofrecer un proyecto: aprovechar la redondez de la tierra para llegar al Oriente navegando hacia Occidente. La nación que patrocine y haga realidad ese plan abrirá una novísima ruta al comercio oriental, tanto más rápida y viable que la ruta portuguesa por el sur de África. Portugal estaba demasiado comprometido entonces con su propia empresa africana. Francia e Inglaterra no eran aún países navegantes ni poseían interés alguno en el Atlántico. Castilla, en cambio, se encontraba realmente en condiciones ideales para aceptar la propuesta colombina. Poseía un espíritu combativo en plena capacidad de desarrollo, en el instante justo en que el fin de la guerra de Granada la privaba de un objetivo inmediato para su dinamismo; la gobernaban unos Reyes que se proponían sacarla de su largo aislamiento medieval y convertirla en una gran potencia, para lo cual ya estaba en marcha la unidad peninsular, al par que se buscaban ligámenes matrimoniales europeos de primer orden; y podía perfectamente asumir —si resultara viable el plan de Colón— el carácter de intermediaria para toda Europa en el tráfico con el Oriente. Y, en fin, la posesión de las Islas Canarias proporcionaba la base y el interés atlánticos imprescindibles.

Estado misionero

Un plan verdaderamente ambicioso, que va a convertir a Castilla en pocos años en el país más interesante de todo el planeta, durante la mayor parte del siglo XVI. Para llevarlo a cabo, se hacía preciso, siguiendo el modelo portugués, convertirse en un Estado misionero.

Los Reyes Católicos, en efecto, apenas el primer viaje de Colón demostró la viabilidad del proyecto de navegación hacia Occidente, se dirigieron al Papa y pidieron la soberanía de las tierras que el Almirante descubriera, comprometiéndose a evangelizarlas. El asentimiento del Pontífice a la decisión castellana de conquistar y cristianizar tales tierras —las que luego fueron América— alteró de forma sustancial el curso de la historia religiosa y política del mundo.

Es cierto que la presencia, separando los dos grandes Océanos, del continente americano, modificó el primitivo plan colombino; Castilla no abrió la ruta occidental de las especias, sino la de los metales preciosos y los demás productos de sus Indias. Pero, al mismo tiempo, en lugar de encontrarse los castellanos con los imperios chino y japonés, de consolidada cultura y de un grado de civilización comparable al europeo, y donde la cristianización hubiese tenido que intentarse de forma totalmente distinta, Colón descubrió pueblos a los que se pudo aplicar un sistema total de transmisión de la religión y la cultura españolas.

Se ha querido pensar que el propósito fundamental de Castilla fue la explotación comercial, quedando en un segundo plano el sentido civilizador y cristianizador de la empresa. Pensar así supone desconocer la historia, ignorar el espíritu y el pensamiento del tiempo en que el Descubrimiento tuvo lugar. Sin duda, personas concretas, conquistadores individuales, aventureros de todo tipo, pasaron a América con el objetivo personal de enriquecerse, a costa de explotar a los indígenas. Pero incluso esos hombres querían la conversión de los naturales. En una época en que el ateísmo es prácticamente desconocido, los católicos españoles —el cien por cien de la población— pueden en muchos casos ser indignos por su conducta de la fe que profesan; pero profesan esa fe, creen firmemente en otra vida, y esperan poder alcanzarla. Y desean lo mismo para todos los hombres. Será difícil de entender hoy, pero es nuestra falta de fe y no la de ellos la que nos dificulta la comprensión de una realidad de las conciencias tan diferente de la actual. Sin embargo, no es la conducta individual de unos pocos, sino la política oficial de la Monarquía castellana, la que dota a la evangelización de su carácter de objetivo fundamental de la empresa descubridora, la que convierte al descubrimiento en una empresa misionera.

No es la conducta individual de unos pocos, sino la política oficial de la Monarquía castellana, la que dota a la evangelización de su carácter de objetivo fundamental de la empresa descubridora, la que convierte al descubrimiento en una empresa misionera

No hay la menor hipocresía en los muchos textos, pontificios y reales, en los que se afirma que el motivo capital del Descubrimiento es extender la fe en Cristo y la conversión de los indígenas. Para la mentalidad teocrática, plenamente compartida por todos los responsables y protagonistas de la empresa indiana, el poder no se justifica si no está al servicio de la salvación eterna de los súbditos. Precisamente por eso puede el Papa despojar de su soberanía a los gobernantes infieles y otorgarla a príncipes cristianos. No hay ni puede haber otro motivo para la conquista de tierras habitadas que el paganismo de sus habitantes y la decisión de llevarles al verdadero Dios. Así pensaban y así actuaban. Mil hechos lo demuestran.

Una y otra vez, los Reyes encargan a sus capitanes que procuren ante todo la conversión de los indígenas, y en cada expedición la Corona incluye misioneros, que ella misma se encarga de costear. Cada vez que llega una acusación de que en Indias no se procede en forma que facilite la evangelización, la Corona interviene, envía personas que comprueben los abusos y los reprima y celebra juntas en Castilla que examinen todas las quejas en este terreno y corrijan todos los errores. Varias veces se detuvieron expediciones hasta poder proveerlas de medios de evangelización más eficaces; hombres como Las Casas tuvieron continua audiencia ante el trono y sus consejos se siguieron una y otra vez. En fin, incluso, Carlos V llegó a ordenar el cese de las conquistas y pensó en la retirada definitiva de América, si la obra evangelizadora no se podía llevar a cabo con suficientes garantías. Y tuvieron que ser el propio Las Casas y Vitoria los que le animaran a proseguir, argumentando que el abandono de las Indias supondría dejar indefensos, frente a los indígenas más numerosos que todavía no habían sido evangelizados, a los que ya habían aceptado la fe de España y puesto en España su confianza.

Sin ese empeño evangelizador asumido por la Corona de Castilla, hubiese sido imposible realizar la inmensa labor de creación de unas razas nuevas —mestizos y criollos— que España hizo surgir en América y que hoy son América

La expresión Estado misionero, que hemos utilizado ya en este artículo, está acuñada y reconocida por la doctrina más digna de atención que cultiva hoy la historia americana en cualquier país del mundo. Sin ese empeño evangelizador asumido por la Corona de Castilla, hubiese sido imposible realizar la inmensa labor de creación de unas razas nuevas —mestizos y criollos— que España hizo surgir en América y que hoy son América. Una América —escribió con orgullo el nicaragüense Rubén Darío— que aún reza a Jesucristo y aún habla el español. Y el poeta no hacía con estas palabras una frase brillante, sino que expresaba brillantemente una verdad histórica. Si España es en el siglo XX lo que es y la América española existe como inmensa realidad cultural, si hay un mundo hispánico con peso y presencia en el mundo, es porque España trasladó a América su cultura renacentista y barroca en un esfuerzo evangelizador y civilizador que no se puede juzgar sino desde la perspectiva histórica en que se produjo. Solamente dos veces ha sucedido eso mismo en la Historia: con el Imperio Romano y con el Imperio español. Las demás colonizaciones o han exterminado a los pueblos aborígenes o los han dejado al cabo del tiempo en la misma prehistoria cultural en que los encontraron. El propósito cristianizador de Castilla salvó a la empresa americana, elevándola por encima de sus propios defectos y dando lugar a la transformación de la propia España y de los pueblos españoles de América en una gran comunidad internacional de naciones.