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Ver productosEl catedrático de Historia Contemporánea Pablo Pérez denuncia en una ponencia que el reconocimiento del mérito se haya vuelto «más importante que el mérito en sí»

23 de febrero de 2026 - 9min.
Pablo Pérez López. Catedrático de Historia Contemporánea, director científico del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra y autor de largo recorrido. Pronunció la conferencia «Mayo del 68 y la universidad» el pasado 6 de febrero, en las jornadas Universidad, quo vadis?
Avance
La revuelta contracultural de los sesenta, en los Estados Unidos y en Europa, fue en algunos aspectos «conveniente y necesaria», dijo Pablo Pérez en su conferencia en las jornadas Universidad, quo vadis?, pero los resultados hoy, a casi un siglo de distancia, no son satisfactorios. Los estudiantes de los sesenta institucionalizaron el activismo académico cuando se convirtieron en catedráticos, rectores, ministros o legisladores. Ellos han contribuido a diseñar «un mundo igualitario que lo sería por la fuerza» en caso de necesidad. Ahora, la teoría poscolonial deconstruye Occidente y su obra se ve deleznable o maldita. A eso se une la teoría crítica de la raza (blanca), el feminismo (malo), los estudios de género (sesgados) y una teoría de la justicia social dudosamente justa. Todo el que esté contra la imposición de la igualdad «debe ser cancelado».
Pierre Bourdieu, sociólogo francés, introdujo la llamada «violencia simbólica». Según él, se presenta cuando se hace creer a una persona que debe aceptar su opresión. Un concepto parecido empleaba Michel Foucault. La idea de violencia simbólica ayuda a explicar por qué el activismo woke considera un discurso desagradable como una forma de violencia.
ArtÍculo
El historiador Niall Ferguson denunció en 2023, en un artículo titulado The Treason of the intellectuals, la perniciosa labor de muchos intelectuales actuales que con su discurso favorecen políticas destructivas. Ya muchos sabios alemanes, en los años veinte y treinta, prepararon la degradación moral que condujo al Holocausto. Ahora, según Niall Ferguson citado por Pablo Pérez, los intelectuales de la corriente dominante amparan una cultura woke que nos conduce «a un desastre de dimensiones difíciles de prever».
La universidad hoy siente dos corrientes de presión perniciosas: el reduccionismo técnico-económico y el reduccionismo ideológico. Forman «una tenaza que estrangula a la institución». Ya no se admiten más que «las realidades constatables por un empirismo cientificista que oculta los a priori que lo fundamentan, y que pretende crear un mundo perfecto a base de emanar prescripciones de obligatorio cumplimiento».
Pero así caemos en una trampa mortal. Para ilustrarlo, Pablo Pérez expuso un caso paradigmático.
En agosto de 1939, Albert Einstein redactó una carta, con otros dos científicos, Leo Szilard y Edward Teller, en la que pedía al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que ordenara la investigación para la construcción de un arma nuclear. En 1941, con la Segunda Guerra Mundial en marcha y los Estados Unidos camino de entrar en ella, Roosevelt nombró a Vannevar Bush (1890-1974) director de la recién creada Office of Scientific Research and Development (OSRD: Oficina de investigación y desarrollo científicos). Vannevar Bush, ingeniero y gestor científico, precursor de Internet, entre otros méritos, estuvo también al frente del Proyecto Manhattan, el plan para fabricar el arma nuclear, puesto en marcha antes de que los EE. UU. entraran en la guerra.
Alemania capitula en mayo de 1945. Caen dos bombas atómicas en Japón en agosto de 1945. Pero antes, en el mes de julio de 1945, Vannevar Bush y su equipo presentaron al nuevo presidente de los EE. UU., Harry S. Truman, en un escrito titulado Science, the endless frontier, los frutos que podría producir la ciencia: 1) Más empleo en tareas menos penosas; 2) Más tiempo para el estudio y el ocio; 3) Menos enfermedades, gracias a la prevención y al avance en sus tratamientos; 4) La conservación de los recursos de la nación; y 5) Una adecuada preparación para la defensa y la conquista del liderazgo mundial [de los EE. UU., se sobreentiende].
Ese es, según Pablo Pérez, «el estándar de pensamiento tras la Segunda Guerra Mundial». Todo avance depende «de un continuo crecimiento del conocimiento científico», pero, y se trata de un pero muy importante, «lo que más llama la atención en este interesante documento es lo que no dice. No menciona en absoluto la bomba atómica, que fue probada con éxito justamente el mismo mes de julio de 1945 y utilizada dos veces sobre ciudades japonesas a comienzos del mes de agosto». Que ese punto permaneciera ciego para los redactores del informe es «fruto de una mentalidad que mira todo nuevo logro científico técnico como un éxito, sin preguntarse por su sentido. El único sentido es su misma realización».
Los centenares de miles de inocentes muertos como consecuencia de la creación de esas armas, la tensión internacional generada por su existencia y su insensatez «no forman parte del conocimiento científico para estos hombres». Olvidaron completamente que «la ciencia y la técnica siempre tienen detrás, previos a ellas, una concepción del hombre y de la vida que es esencial para nuestro conocimiento». Si eso se pierde de vista, «quien tiene el poder puede hacer lo que quiera y decir que es bueno», algo que contradice a la verdad, al pensamiento occidental y al cristiano.
¿Es loable el esfuerzo científico y técnico que permitió fabricar esa bomba? ¿Supuso un avance moral o un retroceso? Son preguntas muy pertinentes, buenas preguntas universitarias. Si se omiten, reducimos «nuestro quehacer a facilitar instrumentos a los poderosos para ejercer su dominio», renunciamos a «la libertad en nombre de la eficiencia. Solo eso puede permitirnos no sabernos responsables de nuestros propios actos, como si fuéramos autómatas».
Piénsese en las pretensiones de Donald Trump sobre Groenlandia y en las de Vladímir Putin en Ucrania. Piénsese en la utilización de la inteligencia artificial como arma de guerra. No estamos tan lejos de lo que ocurrió con la bomba atómica y ahora las consecuencias sería mucho peores.
El trabajo universitario consiste en elaborar conocimiento y transmitirlo. Pero esa tarea «es inseparable de quién lo hace» .El trabajo universitario, como cualquier trabajo humano, no es automático, «es obra de seres libres y, por tanto, implica una responsabilidad». Si falta, «falta la libertad y falta la humanidad».
John Lukacs, en su libro A New Republic, una historia de los Estados Unidos en el siglo XX, afirma que la publicidad es el gran modelador de nuestras mentes. Implanta en nosotros, con nuestro consentimiento, hasta el criterio sobre si debemos procrear o no. La influencia de la publicidad es en la actualidad más penetrante que la tiranía de la mayoría sobre la que advirtió Alexis de Tocqueville. La publicidad invade las esferas del pensamiento individual, los gustos personales y el juicio propio.
Llevado al terreno universitario, eso se traduce en que «no basta con preparar bien las clases para dar lo mejor a los alumnos, es necesario que los alumnos aplaudan en una encuesta y que rodeen de likes al profesor en las redes sociales», señaló Pablo Pérez. No basta escribir algo interesante que aporte novedades consistentes al conocimiento, es preciso «que muchas citas, en revistas que reciben la glorificación de los índices de impacto, avalen la calidad de lo que has escrito. La publicitación del mérito, su reconocimiento por otros, se ha vuelto más importante que el mérito en sí».
Ante este panorama, Pablo Pérez echó una mirada a la universidad actual y expuso su plan para la universidad. En primer lugar, el buen profesor debe tener conocimientos. Dicho negativamente, es malo quien sabe poco. Eso exige estudiar, la primera tarea del universitario, y «no cejar nunca en el afán de saber más, de ir a las fuentes, de no parar hasta acercarse un poco más a la verdad y, en lo que nos es posible, alcanzarla». Segundo, el buen docente «despierta interés por su materia, el malo, en cambio, es rutinario». En tercer lugar, el buen profesor «debe ser capaz de juzgar correctamente y con equidad. El mediocre y el malo o no corrige o lo hacen mal». La inhibición en este campo es una deserción del deber. El buen profesor «siente y manifiesta un sincero interés por sus alumnos».
El saber produce gozo, pero «el camino para alcanzar el saber pasa irremediablemente por el estudio, una actividad que requiere calma, intensidad en la consideración, paciencia, una apertura a la rectificación permanente y una concentración lo mayor posible». Es una tarea dura. «Tan dura que puede alcanzar el carácter de tortura pasadas unas horas en la tarea». Pero el estudio es la puerta del saber. El verdadero estudio no tiene nada que ver ni con la curiositas («inquietud errante del espíritu») ni con la disipación del ánimo, ambas sinónimos ocultos de la pereza. Piénsese en Internet y en la televisión cuando se utilizan mal. Para Pablo Pérez, estudiar equivale a escuchar: «Prestar atención a lo que suena a nuestro alrededor, especialmente a lo que dicen otros».
El conocimiento es siempre personal y relacional, por eso tiene un carácter moral. Saber más no equivale a acumulación, aunque «necesitamos los contenidos» como se necesita a la leña para que arda. «Una mente vacía o llena de asuntos insustanciales o falsos no lleva buen camino, no arderá, y menos en amor por la verdad». De ahí que en los primeros compases de la formación universitaria «se debe insistir en la adquisición de conocimientos básicos». Pero pronto, si puede ser al mismo tiempo, «hemos de insistir en que se trata de mirar con detenimiento, de considerar, de contemplar, hasta llegar a pensar». Un maestro de historiadores, Jacob Burckhardt, decía a sus alumnos que la historia carecía de método. Lo único necesario era «saber leer». La tarea universitaria, por lo tanto, según Pablo Pérez, consiste en «escuchar con detenimiento, leer, leer el mundo, comprender el mensaje que el Creador puso en él, y traducirlo, en lo posible, al lenguaje de los hombres de nuestro tiempo».
El propósito del conocimiento humano «no es la exactitud, ni tampoco la certeza. Es la comprensión». Porque «el conocimiento no es objetivo, ni subjetivo, que es lo mismo con perspectiva opuesta», sino «personal». Cuando conocemos «nos cambiamos y cambiamos a los demás y al mundo».
Eso no significa que el conocimiento sea confuso, «como tiende a sugerirnos el prejuicio objetivista que se ha sembrado en nuestras mentes». Al contrario, la pretensión objetivista sí que entraña una gran confusión: «Lleva a confundir el conocimiento con lo real, que no son exactamente lo mismo, y a suplantar al final la realidad por un conocimiento que la definiría mejor que ella misma. Ese conocimiento objetivo y súper real nos daría la medida de todas las cosas». Pero no hay tal, «cada ser humano conoce personalmente al establecer relaciones con la realidad».
Pablo Pérez López: «Una mirada a la universidad actual». En: La Universidad. Una propuesta de renovación (2025)
https://www.fuesp.com/producto/la-universidad-una-propuesta-de-renovacion/
(Algunas ideas de la conferencia han sido completadas con este ensayo de Pablo Pérez López).
La fotografía que ilustra este texto, de David Iliff, retrata el interior de la Convocation House, un espacio de la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford que se usó como la sala de reuniones de la Cámara de los Comunes durante la Guerra Civil Inglesa. El archivo tiene licencia CC-BY-SA-3.0, se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí.
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