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Ver productos1 de abril de 1990 - 3min.
Si consiguen superarse los últimos escollos que amenazan el proyecto conjunto del escultor Rafael Trénor y el ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez, en este verano comenzará a acometerse la realización de un monumento extraordinario, de una estructura viva que sin duda llegará a convertirse en el emblema de Madrid para las próximas generaciones.
Se trata de una construcción metálica en forma de Esfera Armilar cuyos coluros medirán 80 metros de diámetro externo, apoyada sobre un soporte de ocho patas que la eleva otros 12 metros sobre el nivel de la base, con lo que la altura total del monumento alcanza los 92 metros.
Esta estructura metálica contendrá la banda zodiacal y las órbitas de giro de los nueve planetas, sujetos por sus respectivas armillas al eje central de giro, en cuyo centro se encuentra el sol.
El monumento está pensado para ser visitado y recorrido: dispondrá de ascensores panorámicos y escaleras mecánicas que conducirán a los visitantes hasta las cinco plataformas (círculo antártico, trópico de Capricornio, ecuador, trópico de Cáncer y círculo ártico) de observación y paseo. Todo está pensado hasta el menor detalle: desde la iluminación al color de cada uno de los planetas, pasando por la música que para ello está componiendo Cristóbal Halffter.
Pero esta escueta descripción de la Esfera Armilar no traduce en absoluto la impresión o, más bien, el conjunto de impresiones que transmite la contemplación de la espléndida maqueta del monumento a escala 1:30 realizada por sus autores. Ante esta pieza de más de tres metros de altura es cuando se comprende la magnitud y la belleza de la estructura proyectada.
En primer lugar, es una cuestión de dimensiones. El monumento ha de ser grande, porque lo que expresa es inmenso. Con sus 80 metros de diámetro, tiene el tamaño apropiado para comunicar a sus visitantes la sensación de encontrarse inmersos, pero no perdidos en él. Antes bien, la sensación es de encuentro, de ubicación. En realidad, el visitante se halla frente a una reducción del mapa cósmico: está en la habitación solar de la casa universal. En realidad, siempre estuvo ahí: la Esfera no hace otra cosa que recordárselo.
Además, la estructura transmite una profunda sensación de orden y de sobriedad. Sus autores la han concebido exenta de todo tipo de aditamentos externos. Es la idea en sí misma la que resulta artística. El monumento no es (no puede ser) otra cosa que fiel, en el sentido de que su objetivo es reproducir un sistema definido, indiscutible y exacto. Cualquier adorno o aditamento lo afectaría empobreciéndolo. Al lado de la neta representación del Universo, toda metáfora es vulgar redundancia.
Sólo cabe, pues, felicitarse ante la posibilidad de que este proyecto se lleve a cabo con toda fidelidad. Por fin Madrid podrá contar con algo más que la diosa Cibeles o la Puerta de Alcalá como tarjeta de identidad. Y el Quinto Centenario, bajo cuyos auspicios se encuentra el proyecto, dejará en la capital del Estado algo que no caerá con las hojas del calendario ni se llevará el viento como las palabras de un discurso político.