El fantasma de Lenin recorre Europa ¿Qué hacer con el PCE?

Miguel Ángel Gozalo

Cuando a Julio Anguita le propusieron suceder a Gerardo Iglesias al frente del Partido Comunista de España, como responsable supremo de una aguerrida tropa política que sólo había conocido hasta entonces cuatro secretarios generales -José Díaz, Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo, además del minero paisano de éste último, tardó un tiempo en decidirse. Ante sus dudas, alguien le preguntó que quién era su candidato para el puesto. La respuesta del que, tras su paso por la alcaldía de Córdoba, es conocido como el «califa rojo», fue: «Lenin».

Hoy quizá Anguita no hubiera dicho tanto. Ahora, hasta el nombre mítico de Lenin, que encarnaba las esencias de la visión y audacia revolucionarias, es un nombre cuestionado. Aquel ruso llamado Vladimir Ilich Ulianov, que amaba los gatos y usaba chaleco, y que parecía haber conseguido domar el tigre de la historia en nombre de los desheredados del mundo, es también, como hace unas décadas José Stalin, una figura no sólo objeto de revisión, sino de ofensas. El bronce y el mármol de sus poderosas estatuas, símbolo de la fortaleza soviética, son derribados estrepitosamente. La ciudad que llevaba su nombre vuelve a llamarse, como en la época de sus enemigos los zares, San Petersburgo. Su mausoleo de la Plaza Roja corre el riesgo de ser echado abajo por la ola de anticomunismo que, como un nuevo fantasma, recorre Europa.

Ese fantasma hha llegado también a España. El golpe del 19 de agosto fue un test para los partidos comunistas europeos, y también para el PCE.

Algunas formaciones comunistas ya habían hecho en su momento la correspondiente reconversión. Achille Occhetto, en Italia, llevó su instinto previsor a conseguir que sus camaradas comunistas aceptasen el cambio del nombre del partido, que ahora se llama Partido de la Izquierda Democrática. Occhetto ha leído a Maquiavelo y sabe que un cambio precede a otro cambio: desde hace cinco años, la «perestroika» de Gorbachov no era sino el reconocimiento de una impotencia, el fin de un trayecto de trenes blindados con asaltos a Palacios de Invierno que en la Europa de la prosperidad carecían ya de sentido, y un anticipo de algo que resulta evidente: que la revolución mundial había perdido la partida frente a la fuerza tranquila de la democracia. Carrillo lo había sabido ver cuando patentó, a medias con otros dirigentes europeos, el «eurocomunismo». Ahora, tras sus últimos tumbos electorales, proclama sin disimulo que lo que tienen que hacer los comunistas es disolverse y entrar como corriente organizada en el PSOE.

Cambiar de imagen

Pero no es probable que sus ex-camaradas le hagan caso. No parece que Carrillo tenga ya el menor ascendiente sobre lo que queda del PCE, liderado por Julio Anguita, y que, para mejorar su declinante imagen entre el electorado, hace cinco años articuló en torno suyo a ciertos grupúsculos de rebotados del PSOE, republicanos, extraparlamentarios y ecologistas, con la intención de que, bajo unas nuevas siglas —Izquierda Unida—, el mensaje marxista pasase mejor la prueba de las urnas.

Tras el experimento de Izquierda Unida, lo que tenía que producirse se ha producido: que los minoritarios de la coalición desean rebajar el tinte comunista de la misma y tener algo más de progatonismo. Sólo con microscopio es posible ver en puestos relevantes de la política española, salvo alguna excepción que es imposible camuflar, como Alonso Puerta o Pablo Castellano, a miembros de Izquierda Unida que no sean militantes del PCE. Pero la caída del PCUS les ha dado ánimos: ¿por que no convertir Izquierda Unida en un partido nuevo y enterrar definitivamente unas siglas, las del PCE, que evocan un movimiento históricamente en almoneda?

Naturalmente, ello no es fácil. Una de las características de los partidos comunistas es fervor burocrático y vocación gerontocrática. Todos los partidos comunistas tienen sus Gromykos y sus Mikoyanes. El portugués cuenta con Alvaro Cunhal, el francés con Georges Marchais, septuagenarios ambos e incapaces de renunciar a su pasado. Aquí en España no faltan sus equivalentes, los veteranos del aparato, como Marcelino Camacho o Sánchez Montero, que cuando oyen decir a Yeltsin en una emisión de la cadena de televisión norteamericana ABC que «el comunismo fue un experimento trágico para la URSS» y que «poco a poco se irán dando cuenta de ello quientes aún creen en él», suponen que eso no va con ellos.

En el PCE sí que hay, sin embargo, quien cree que eso sí que va con ellos. Son un grupo de renovadores, entre los que destaca el portavoz parlamentario de Izquierda periféricos como Ribó en Cataluña o Saborido en Sevilla, o el secretario general de Comisiones Obreras, Antonio Gutiérrez. Pero, como los mencheviques frente a los bolcheviques, están en minoría. En la reunión de la comisión política del partido, la votación favorable al mantenimiento del PCE no ofreció demasiadas dudas: 18 a favor, 4 en contra. Marchais, en Francia, obtuvo un marcador aún mejor en su Comité Central: 128 a favor, tan sólo 13 en contra.

Y es que, como ha señalado el presidente del Partido Popular, José María Aznar, «aunque haya caído el comunismo, sigue habiendo comunistas». Y en España, con el apoyo de muchas personas que opinan que, por sus servicios durante la transición a la democracia, el Partido Comunista no merece ser eliminado del mapa por un golpe de viento siberiano, muchos comunistas se preparan para resistir. Anguita, que en tiempos encarnaba la renovación y era visto con desconfianza por la «nomenklatura», parece haberse plegado, al menos hasta el XIII Congreso del partido, que se celebrará en diciembre, a una corriente que resulta, por ahora, mayoritaria. Uno de sus hombres, el diputado Antonio Romero, ha asegurado que el Partido Comunista se comerá los mantecados de este año, y también los del próximo… A la imagen gastronómica ha unido un toque científico: según él, el hecho de que el PCE no salga a la liza electoral y sea IU la marca que está en el mercado es un proyecto político de tecnología punta.

Al nombrar a Stalin, en 1922, secretario general del Comité Central —lo que permitió al ex-seminarista de Tiflis proponer y controlar a todos los candidatos a funcionarios del partido y le abrió las puertas de par en par a su futuro y tiránico poder—, Lenin dijo de él que «este cocinero nos preparará platos picantes». Los cocineros políticos, desplazado Alfonso Guerra del «office» de la Moncloa, han perdido en España relevancia, pero siguen ahí. Algunos, como Antonio Romero y los bolcheviques del PCE —partido al que su primer secretario general, José Díaz, llamaba así, «partido bolchevique»— han cambiado el picante por el azúcar de los mantecados, esperando tiempos mejores y, de momento, que no les quiten el postre.