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Ver productos1 de marzo de 1990 - 3min.
Ante el torrente de información y comentarios desatado por el affaire Guerra durante este comienzo de año, un escritor asiduo de la Bodeguiyao ha dicho que, si alguien repasa en el futuro los periódicos, pensará que este episodio de enriquecimiento ilícito por parte de un hermano del vicepresidente del Gobierno es más importante que el famoso asunto de Alfred Dreyfus, el militar francés que fue condenado por traición en 1894, pero rehabilitado 12 años después, en medio de una violenta campaña de amores y odios.
El caso de Juan Guerra se parece más al de los señores Strauss y Perlowitz, aquellos ingeniosos promotores de juegos con trampa que, en 1935, enriquecieron nuestro idioma con la palabra estraperios y provocaron la caída del Gobierno Lerroux. Pero, a juzgar por el volumen que ha ido adquiriendo la historia, la referencia a Dreyfus resulta muy adecuada. Juan Guerra, hermano menor del número 2 del PSOE, ha conseguido, como Dreyfus, dividir a su país en dos bloques: a un lado, el partido del Gobierno, encabezado por el presidente González que ha unido temerariamente su suerte a la del vicepresidente, para el supuesto de que Alfonso se vea obligado a dimitir porque se ponga en duda su honorabilidad, con los aliados captados en el Parlamento (centristas de Suárez, catalanes y vascos), y, al otro, el resto de los españoles, con una prensa especialmente mortificante al frente, y la oposición política sin ceder en el cerco.
El PSOE repite el esquema del marqués de Bradomir: él, en un campo, y en el otro, todos los demás. Camilo José Cela, dolido por las cornadas de la envidia española, ha confesado que clasifica a la gente en dos bloques: amigos, e hijos de p… Y que fuera de esos dos campos, sólo queda un pequeño grupo de gente sometida a observación…
La aparente incapacidad de los máximos responsables del Partido Socialista para reconocer cualquier error, por mínimo que sea, ha elevado el asunto de Juan Guerra a la categoría de cuestión de Estado. Se ha hurtado al Parlamento su función de respiradero de la vida nacional, síntoma de la realidad pública y signo de cosas externas, vivas y orgánicas, como decía Ortega y Gasset, con lo que, el debate ha saltado a la calle. No hablan los diputados, pero el pueblo canta unas escandalosas sevillanas. Se hace intervenir al nuevo fiscal general del Estado contra la prensa, y se recibe un revés jurídico. Se decreta por la ministra portavoz que el tema está zanjado, y las investigaciones periodísticas se convierten en una riada imparable. Se habla de campaña orquestada contra el PSOE, como en los mejores tiempos de la dictadura, y el contagio alcanza a la prensa extranjera. Nadie sabe hasta dónde va a llegar este escándalo, que en un país menos visceral se hubiera resuelto con una simple dimisión y la exigencia de responsabilidades penales, en el supuesto de que las hubiese, para el hermano del Gran Hermano que hizo negocios desde un despacho de la Delegación del Gobierno en Andalucía.
Si el caso Guerra-Dreyfus acaba llevándose políticamente por delante a Alfonso Guerra y a Felipe González, además de al propio interesado, habrá que resucitar en este país, en el que todo el año es carnaval, otro título de Larra: «Los tres no son más que dos, y el que no es nada vale por tres».