El capitalismo como fuerza moral

El decenio de 1980 ha demostrado ser un punto de división ideológica. Ha estado marcado por un enorme resurgimiento de la potencia y la eficacia del sistema de mercado capitalista y por el colapso correspondiente de la confianza en la capacidad de las "economías autoritarias socialistas". La pérdida de confianza en el colectivismo constituye la culminación de muchas décadas de pruebas y reveses.

Paul Johnson

La verdad es que durante el siglo XX grandes regiones del mundo han probado la alternativa colectivista de una manera prolongada, total y asombrosamente costosa, fracasando por completo en todos lados. En el curso de los años 1960 la conciencia de este fracaso universal despertó incluso en los centros que se mostraban más renuentes a admitirlo: los dirigentes de los Estados de tipo socialista. Ahora, la mayor parte de ellos están retomando, desalentados, casi con desesperación, las despreciadas disciplinas de mercado que habían rechazado.

En el interin, el mundo capitalista sigue su carrera y está creando riquezas a una escala nunca antes soñada. Es claro que el capitalismo, por ser una fuerza natural surgida de los instintos que se hallan en lo profundo de nuestra naturaleza humana y no una ideología inventada, se modifica a sí mismo permanentemente y no podemos prever cómo va a evolucionar durante el próximo siglo. Pero estoy dispuesto a predecir, como resultado de nuestras experiencias en el presente, que ningún cuerpo conceptual importante volverá jamás a dudar seriamente de su capacidad para producir riquezas o a tratar de reemplazarlo con algo fundamentalmente diferente.

Fin de época

Nos acercamos al final de una época histórica en la cual el capitalismo ha sobrevivido al ataque colectivista y se restablece ahora firmemente como la forma primaria en que el mundo lleva a cabo sus cometidos comerciales.

Ahora bien, ¿adónde nos lleva esto? Creo que nos lleva a un considerable dilema moral. Puedo expresar ese dilema en una sola frase: ¿Cómo vamos a darle una dimensión moral a esta reafirmación triunfante del capitalismo? Pues sabemos una cosa: aunque la creación de riquezas resulta esencial para el bienestar, especialmente en un mundo cuya población crece con tanta rapidez, no puede por sí sola hacer felices a hombres y mujeres. Somos criaturas con espíritu además de cuerpo, y no podemos estar en paz con nosotros mismos a menos que sintamos que estamos cumpliendo, aunque sea vaga o imperfectamente, con un propósito moral. Es en este sentido en el que el capitalismo, como tal, resulta inadecuado. La religión y el sexo, la nacionalidad y el credo, el bien y el mal. Es materialista, impersonal e inhumano.

Responde con gran velocidad y exactitud a todos los factores del mercado.

En cierta forma es como una maravillosa computadora natural. Pero no puede hacer distinciones para las cuales no ha sido programada. No posee y no puede poseer un alma y, en consecuencia, carece de inclinaciones morales ya sea en uno u otro sentido.

En realidad, se debe precisamente a que el capitalismo es indiferente en términos morales y, por lo tanto, productor de grandes miserias así como de grandes bendiciones el que muchos idealistas, a principio del siglo XIX, lo consideran como un mal, lo rechazan en su totalidad y tratan de remplazarlo. Hemos llegado al final de esa línea de razonamiento. Hemos descubierto que no existe un sustituto eficaz. Tenemos que aceptar al capitalismo como el medio primario para la producción de riqueza y comenzar el proceso de moralización dentro de sus términos de referencia.

Digo «comenzar», pero en el sentido en que lo hemos estado haciendo durante 200 años: mediante leyes para las industrias y la minería, con la legislación sobre monopolios y comercio leal, y por medio de todas las incontables leyes que creamos para restringir las formas en que el sistema de mercado puede verse distorsionado a causa de la codicia humana.

No porque el capitalismo sea inmoral. Los predicadores que insisten en que lo es, y predican en su contra, se confunden al igual que sus predecesores, que hace cien años insistían en que toda forma de socialismo era inmoral. Se puede ser un buen cristiano y capitalista, como se puede ser un buen cristiano y practicar el colectivismo. El problema con el capitalismo es totalmente distinto. Reside en su neutralidad moral, en su indiferencia a la noción de las opciones morales. El capitalismo, y el sistema de mercados que le brinda su eficacia y su poder, tiene un solo fin en su empuje: por eso es tan productivo. Es ciego a todos los otros factores: ciego a la clase, a la raza y al color, a la religión y al sexo, a la nacionalidad y al credo, al bien y al mal. Es materialista, impersonal e inhumano.

Pero éstos son simplemente intentos negativos de corregir los excesos del capitalismo. Por sí solos no le confieren un propósito moral positivo. Esta es una cuestión muy distinta y mucho más difícil. Cuando se comienza a tratar de conferirle un propósito moral al capitalismo, uno se arriesga a interferir con el mecanismo de mercado básico que le brinda su poder para crear riquezas. Si, por ejemplo, se intenta utilizar al capitalismo para promover una mayor igualdad de la riqueza imponiéndole un sistema de impuestos agudamente progresivo y redistributivo, se frustra la forma como se recompensa a su principal fuerza dinámica, el impulso adquisitivo, y es posible que uno termine por empobrecer a todos.

O si, para dar otro ejemplo, se intenta redistribuir el poder dentro del capitalismo equilibrando la autoridad de la gerencia con los privilegios de los sindicatos, se ahoga al espíritu empresarial o se eliminan los beneficios, el alma del sistema o como regla general, se provocan ambas cosas y, nuevamente, uno termina por empobrecer a todos.

Ese es el precio por intentar obligar al capitalismo a hacer algo que no está en su naturaleza: auspiciar la igualdad. El precio se paga en forma de una reducción de la riqueza y el producto nacional: de niveles generales de vida inferiores, de atención médica inadecuada, de un sistema de transporte ruinoso, de servicios sociales empobrecidos, de escuelas subfinanciadas… Estos resultados se han repetido en todo el mundo, en grados variables, cuando se han hecho intentos de investir al capitalismo de funciones morales positivas.

Debemos aceptar que el sistema de mercado, lozano en exceso cuando queda entregado a sí mismo, pronto se vuelve enfermo y comatoso cuando se trata de forzarlo a realizar cosas contrarias a su naturaleza. Cuanto más se interfiere con su mecanismo imponiéndole objetivos morales, funciona menos eficientemente….

Seis sugerencias

Creo que es posible gobernar al capitalismo en asociación con políticas públicas que hagan uso de su energía mientras lo orientan en una dirección moral.

Permítanme sugerir seis formas primarias en que, según creo, esto se puede hacer:

La primera, y de alguna manera la más importante, consiste en proveer a la economía capitalista de un marco legal general que posea una base moral. Ello sólo se puede realizar si aceptamos que un objetivo fundamental de una sociedad justa es establecer, hasta donde resulte humanamente posible, la igualdad absoluta ante la ley. La igualdad de la riqueza es una fantasía utópica cuya búsqueda inútil conduce por lo regular a la tiranía. Pero la igualdad ante la ley constituye un objetivo razonable, cuya consecución, aunque sea en una forma imperfecta, se encuentra dentro del alcance de las sociedades modernas civilizadas.

Además, esta forma de igualdad responde a una fuerte necesidad humana: mientras que sólo algunos de nosotros queremos verdaderamente la igualdad en las posesiones, o creemos que ella es posible, todos aspiramos a la justicia. La noción de una sociedad justa es un concepto atractivo, e indudablemente se pueden hacer progresos que nos lleven hacia ella.

Asimismo, la igualdad ante la ley constituye un auxiliar necesario para la naturaleza del capitalismo: el resultado último no puede ser la igualdad, sino que de principio a fin las reglas deben aplicarse a todos de manera uniforme.

¿Qué queremos decir con igualdad ante la ley? Estamos significando que la ley no debe hacer ninguna distinción de nacimiento o casta, raza o color, sexo o linaje, riqueza o pobreza. Debe sostener la balanza de la justicia con los ojos vendados. Similarmente, y de un modo curiosamente paradójico, el sistema capitalista no hace distinciones con respecto a la naturaleza de los hombres y las mujeres. De aquí que si la ley hace tal distinción, interfiere gravemente con el mecanismo de mercado y disminuye su eficiencia.

La igualdad ante la ley fortalece el poder natural del capitalismo, de modo que en este caso el propósito moral y la creación de riquezas van de la mano. La desigualdad ante la ley adopta muchas formas, algunas sutiles y otras grotescas. Incluso en sociedades donde el principio se halla bien comprendido y establecido, la capacidad de comprar más ley que el vecino constituye una fuente omnipresente de desigualdad. En ninguna sociedad que yo conozca, la igualdad ante la ley se encuentra establecida cabalmente en la práctica, y no estoy diciendo que se la pueda instaurar de un modo perfecto e inmediato en todas partes. Pero es una forma de igualdad que puede ser alcanzada a nivel general sin efectos secundarios destructivos, y el progreso sistemático hacia ella constituye un objetivo esencial de toda sociedad que aspire a ubicar el capitalismo en el contexto de la justicia.

La segunda forma es que la sociedad respalde el concepto afín aunque más amplio de la igualdad de oportunidades. Uno de los milagros de la condición humana consiste en que todos nosotros, no importa cuán humildes seamos, poseemos talentos de uno u otro tipo, a la espera de sernos útiles. La gama de talentos es tan infinita como la misma variedad de seres humanos, y la sociedad que los identifique más rápidamente en cada uno de nosotros, y que los ponga en práctica, será indudablemente la más eficiente (además de justa). En este aspecto, nuevamente el capitalismo y la justicia persiguen los mismos fines, pues el capitalismo prospera bajo el régimen del mérito —una de las funciones principales del mercado consiste en identificar y recompensar al mérito objetivo y crea riquezas a mayor velocidad cuando se suprimen todos los obstáculos a la igualdad de oportunidades, tanto sociales e históricos como puramente legales. Este aspecto de la igualdad es un elemento vital en la legitimación moral del capitalismo, pues no puede sostenerse que una estructura económica en la cual todos los hombres y mujeres, al menos en teoría, pueden progresar desde los niveles más bajos hasta los más elevados, sea injusta intrínsecamente.

Educación

Dije en teoría. ¿Qué pasa en la práctica? No es realista hablar de igualdad de oportunidades sin tomar medidas drásticas que hagan posible, en términos generales, una educación de alta calidad para quienes puedan beneficiarse de ella.

Sé que de hecho no vamos a llegar a una sociedad en la cual todos puedan sacar provecho de los niveles que brindan las mejores escuelas y universidades. Para comenzar, a lo largo de la historia humana los mejores maestros siempre han escaseado; nunca hay suficientes para todos. En cualquier caso, la cultura, y los hábitos industriosos que los padres transmiten a sus hijos, vuelven inalcanzable la igualdad absoluta de oportunidades, como un ideal abstracto. Pero una cosa es reconocer las dificultades y otra muy distinta es aceptar el presente sistema de desigualdad educativa que existe en grados diversos en todos los países del mundo. Desde mi punto de vista, no existe otro camino con más probabilidades para hacer aceptable el capitalismo en términos morales, para fijar su función en la justicia, que permitir el acceso de los pobres, según sus méritos, a una educación de alta calidad, de todos los tipos y en todos los niveles.

Y en este objetivo se halla implícito que identificamos el mérito, en todas sus variedades, a la más temprana edad posible: otro aspecto en el cual tendemos a ser penosamente ineptos.

Desde luego, educar a los pobres, según sus aptitudes hasta los más altos niveles resulta enormemente costoso. Pero el gran mérito del capitalismo es que produce inmensas cantidades de riquezas para estos propósitos necesarios; y cuanto mayor sea la cantidad de personas a las que eduquemos eficientemente, el sistema producirá una mayor riqueza. El problema resulta cada vez más urgente, pues a medida que el capitalismo avanza requiere de capacidades más complejas en cada nivel. Si la capacitación no se halla a disposición de todos aquellos que pueden sacar provecho de ella, las desigualdades, tanto dentro de las sociedades como al comparar una con otra, aumentarán en lugar de disminuir, y las credenciales morales del sistema se verán sujetas inevitablemente a objeciones crecientes. En suma, debemos educarnos en la justicia, y hacerlo deliberadamente con toda rapidez.

Pero no debemos detenernos en el acceso a la educación. También debemos ver que exista una mayor agilidad en el acceso al mismo sistema capitalista. Creo que la noción de «capitalismo democrático» es genuina y que su realización, al menos hasta cierto punto, está a nuestro alcance. Hay muchas maneras de auspiciarlo. Algunas son viejas. Otras se han descubierto recientemente. Otras tienen que ser ideadas todavía.

En la última mitad de este siglo, e incluso un poco antes, hemos visto que convertir una industria en propiedad pública no la democratiza en absoluto; todo lo contrario. La nacionalización, ya sea bajo la forma de una corporación pública monolítica o por medio de lo que ha dado en llamarse el «control de los trabajadores», coloca a la industria firmemente en manos de las elites burocráticas o sindicales, o de ambas. Pero ahora es posible liquidar las corporaciones públicas de modo que se conviertan en propiedad de millones de pequeños accionistas.

No nos engañemos pensando que esto traspasa su control a las masas. Pero amplía extensamente la propiedad e introduce un elemento de participación financiera masiva en el sistema que resulta nuevo y saludable. Origina en millones de personas humildes, comunes, el sentimiento de que ya no son por entero víctimas del sistema, que actúan, además de ser objeto de acciones; que poseen en un grado modesto cierto interés en la sociedad. Es una fuente de orgullo, de reafirmación, incluso de seguridad, y por lo tanto es moralmente importante.

El capitalismo democrático también se presta a la concepción vieja, aunque nunca realizada, de la copropiedad mediante la facilitación de la entrada de la fuerza de trabajo al mercado de valores. En toda empresa capitalista, la comunidad de intereses entre quienes la poseen, quienes la dirigen y quienes trabajan para ella es o debería ser mucho mayor que cualquier conflicto de intereses.

El acceso de los trabajadores a la bolsa de valores constituye la forma más segura de demostrar esta verdad fundamental, que con frecuencia queda oscurecida porque se la convierte en lema político. Esto resulta particularmente importante en las industrias donde el trabajo es duro y peligroso y las ganancias altas, como la minería y la extracción de petróleo en el mar. El capitalismo democrático, y en especial su faceta relativa a la propiedad de valores por parte de los obreros, sirve para refutar uno de los cargos más graves en contra de la práctica capitalista: que ésta, por su misma naturaleza, es explotadora.

Sin embargo, la propiedad de acciones no es la única forma, ni siquiera la mejor, para alcanzar la noción de capitalismo democrático.

Una de las desventajas más importantes, aunque menos comprendidas, de lo que ha dado en llamarse economía mixta consiste en que, en su inevitable impulso hacia la formación de corporaciones, implica tratos tripartitos entre el gobierno, los sindicatos y el capital en gran escala.

Estos tratos dejan fuera invariablemente a las pequeñas empresas. Ahora que la mayor parte del mundo le vuelve su espalda al campo, comenzar una empresa propia reemplaza a esa urgencia humana fundamental de cultivar la tierra de uno: esto constituye una expresión de la creatividad natural del hombre, y como tal un impulso profundamente moral.

Una asistencia práctica, razonable, para ayudar a la gente a fundar sus propias empresas y garantizar un clima de equidad para que éstas operen, constituye la mejor manera de promover, al mismo tiempo, la igualdad de oportunidades, el capitalismo democrático y, lo que no es menos importante, la eficiencia y la aceptabilidad del sistema en su conjunto. Casi invariablemente se produce una fuerte correlación entre el número de pequeñas empresas iniciadas y la expansión económica sobre bases firmes. Por lo tanto, también en este punto coinciden los intereses de la justicia y el proceso de creación de riquezas.

El acceso del pueblo al capitalismo a escala nacional posee su contrapartida internacional en el acceso a los mercados.

Mi quinta observación es que la promoción firme del libre cambio constituye un medio importante para la legitimación moral del capitalismo. El proteccionismo, en cualquiera de sus formas, suele socavar la eficiencia capitalista al crear industrias privilegiadas, y resulta moralmente inaceptable porque priva al consumidor de los frutos totales del mercado. Siempre parece presentar ventajas para las economías nuevas, pequeñas y débiles, o para las viejas y asentadas que afrontan una competencia nueva y desplazada. Pero a largo plazo, y frecuentemente también de inmediato, estas ventajas se ven superadas ampliamente por los inconvenientes.

Igualmente objetables son los trueques entre Estados o los tratos entre Estados y grandes corporaciones internacionales. Estos intentos de escapar a los rigores de la competencia producen invariablemente corrupción y fraude, y sacan a la luz los peores aspectos de los grandes gobiernos y del propio capitalismo. Lo podríamos expresar de esta forma: el libre cambio internacional es la versión mundial de la igualdad de oportunidades.

Pasemos ahora a mi sexta observación. Exactamente de la misma forma en que resulta improbable que la igualdad de oportunidades dentro de una sociedad se convierta en realidad sin el acceso general a una educación de alta calidad, el libre comercio no se aceptará en la práctica a escala general, especialmente entre los países más pobres, hasta que disminuyan las enormes discrepancias en capacidades técnicas y comerciales entre las naciones. No creo que se reconozca el funcionamiento normal del mercado internacional como justo y razonable hasta que salvemos esta brecha, tanto más importante a largo plazo que cualquiera de las brechas más obvias en los niveles de vida y los recursos financieros. Pero quizá en este aspecto reside la mejor manera en que las naciones ricas pueden ayudar efectivamente a las pobres.

Ayuda internacional

El viejo estilo de ayuda se encuentra ya desacreditado, y creo que por buenas razones: pues ciertamente existen pocas cosas tan absurdas como el hecho de que una nación rica alivie su conciencia transfiriendo dinero en efectivo al gobierno de una nación pobre, con lo cual como regla general mantiene en el poder a una tiranía ineficiente e impopular. Pero otra cosa es capacitar a las masas del Tercer Mundo y de hecho también al naciente mundo ex comunista en las destrezas del capitalismo de mercado.

Con la ampliación de la disponibilidad de esas destrezas, logramos muchas cosas simultáneamente: beneficiamos a los países más pobres al capacitarlos para la competencia; nos beneficiamos nosotros mismos al permitirles abrir sus mercados para nosotros, fortalecemos el sistema al conferirle universalidad, además de justicia; y los consumidores de todo el mundo adquieren bienes más baratos a medida que aumenta la competencia. También en este punto, el proceso de colocar el capitalismo dentro de un contexto moral posee la ventaja adicional de contribuir a su poder de crear riquezas.

Resumiendo mi exposición: la acción correcta en el plano moral demuestra ser generalmente la acción correcta en el orden comercial.

Las soluciones que se intentaron hasta el momento han sido invariablemente colectivistas. Por ello todas han fracasado. Creo que debemos acudir ahora a las empresariales y tratar de usar el mecanismo de resolución de problemas que nos brinda el capitalismo de mercado, el cual nunca nos ha fallado hasta ahora, para que nos proporcione las respuestas.