Ecología y economía

Luis Pastor

Título: Medio ambiente y crecimiento económico.
Autor: Varios.
Editorial: Instituto de Estudios Económicos. Madrid, 1990, 446 páginas.
Precio: 1.450 pesetas.


El aparente antagonismo entre ecología y economía está convirtiéndose en una de las mayores inquietudes de nuestro tiempo. Mucha gente se pregunta -y no sin fundamento- a cuánto habrá que renunciar del bienestar que promete un desarrollo económico sostenido para conservar el medio ambiente en aceptable estado o, incluso, para evitar una catástrofe ecológica.

Pero cabe un enfoque ecológico de la economía. La clave está en introducir el factor ecológico como una variable económica más, buscar el modo de conocer su precio y repercutirlo en el del producto final. Hasta ahora el medio ambiente sólo ha sido el soporte gratuito de la actividad económica, del que se ha usado y abusado con alegre ingenuidad. Hoy vemos las cosas de otro modo. Conocemos mejor los riesgos para la salud humana de la polución industrial, la contaminación de ríos, mares y tierras, los peligros de la «lluvia ácida» y del «efecto invernadero», la amenaza apocalíptica de la destrucción de la capa de ozono, la molesta compañía de los residuos radiactivos…

¿Cómo traducir esta «conciencia ecológica» en demanda organizativa dentro de la economía de mercado? ¿Cómo valorar los costes del uso del medio ambiente? ¿Cómo calcular el precio que la gente está dispuesta a pagar por un bien tantas veces difuso e intangible?

Los artículos que recoge esta Revista del Instituto de Estudios Económicos -coordinados y presentados por el profesor Angel Ramos, miembro del Consejo Editorial de NUEVA REVISTA- son prueba de las preocupaciones y los ensayos ya en marcha para integrar la ecología en la economía. De momento, el mercado no es capaz de asignar eficazmente los bienes ambientales. Hay que suplirle con la intervención pública reguladora y el desarrollo de tecnologías orientadas prioritariamente a la conservación y restauración del medio natural. Pero esta suplencia no debería rebasar los límites de una inteligente subsidiariedad, de modo que la tutela estatal vaya desapareciendo en la misma medida en que la iniciativa privada vaya siendo capaz de asumir la demanda ecológica. Sin caer en radicalismos, conviene, sin embargo, mantener alto el listón de las exigencias medioambientales, lo que, a fin de cuentas, será una excelente guía por la que se orientarán muchos cambios de nuestro modelo económico.