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Ver productos1 Nov 1991 - 18min.
Con el fin de evitar equívocos en una realidad tan necesitada de claridad, voy a comenzar con una mínima precisión conceptual. Una «droga», en castellano, es una sustancia usada sin fin alimenticio ni medicamentoso, consumida para producir efectos modificadores del estado de ánimo, del proceso senso-perceptivo de la realidad, del pensamiento o de los sentimientos, y cuyo consumo ocasiona daño al usuario, a la comunidad o a ambos.
En otros idiomas el concepto incluye siempre a los medicamentos, y por ello se hace más ambiguo en su significado, por lo que con frecuencia suele acudirse a una característica particular del uso repetido de la sustancia: la dependencia, entendiendo como tal la tendencia compulsiva a repetir la experiencia de su consumo por los efectos que produce, con aspectos tanto psicológicos como fisiológicos, y cuya cuantía varía según la sustancia de que se trate y el individuo que la utilice. El problema de la dependencia, para los que la padecen, se caracteriza por:
A) Un deseo invencible o una necesidad de continuar consumiendo la droga.
B) La voluntad de obtenerla por cualquier medio; y,
C) Una tendencia al aumento de la dosis.
El veneno, tras haber atraído por el placer, retiene por el dolor y la trampa se cierra sobre la víctima.
Todos los toxicómanos, una vez son presa del engranaje psicofisiológico, caen bajo la ley enunciada por Dupre y Logre: «El veneno, tras haber atraído por el placer, retiene por el dolor y la trampa se cierra sobre la víctima».
Me interesa destacar que cuando los técnicos tratan de acotar el concepto «droga» utilizan este carácter de la dependencia o, dicho de otra forma, de la carencia de libertad que genera. Se puede afirmar sin ambages que la drogodependencia es la forma particular de esclavitud de las sociedades modernas y desarrolladas, pues si bien es cierto que el consumo es cosa tan antigua como la propia humanidad, en cuanto el «homo sapiens» se libera de la necesidad de la supervivencia inmediata y continuada, sí son absolutamente nuevas la existencia generalizada de su consumo, las características de los consumidores (jóvenes), la transculturización y el haberse creado un mercado de grandes proporciones que no se rige por las reglas mercantiles habitualmente aceptadas, sino en tramas de tráfico de sustancias y capitales sin transparencia y en estructuras relacionadas, en muchas ocasiones, con el crimen organizado y otras formas de marginación.
En relación a las sustancias que originan dependencia y que constituyen uno de los más graves problemas de las sociedades desarrolladas, pueden diferenciarse unos siete grupos de sustancias que se enuncian a continuación:
Los efectos de cada una son variables según la vulnerabilidad e idiosincrasia individuales, el contexto socio-cultural, la vía de utilización, la periodicidad del consumo y la concentración de sustancia activa del producto disponible.
Respecto a la gravedad y amplitud del problema, conviene recordar que en España no menos de 4 millones de personas (en su mayoría jóvenes) tienen o han tenido alguna vez contacto con las drogas ilegales; que las estadísticas más fiables dan un número de adictos a la heroína próximo a las 100.000 personas; que el consumo de cocaína está sufriendo un crecimiento espectacular, a pesar de ser extraordinariamente dañina; y que, por otra parte, también el alcohol y el tabaco, conocidos desde antiguo por nuestra cultura, están sufriendo alteraciones radicales en sus pautas de consumo, convirtiendo a los jóvenes, a los adolescentes e incluso a los niños, en consumidores habituales de tales sustancias. Una reciente encuesta efectuada en Alemania se muestra suficientemente reveladora. La respuesta a las preguntas formuladas es también expresiva.
El Estado del bienestar, que surge en Europa a raíz del término de la II Guerra Mundial, ha entrado en quiebra en los años ochenta.
Explosión demográfica, aumento de la criminalidad, terrorismo, contaminación de los mares y polución atmosférica, agudización de las injusticias sociales, difusión de drogas, conflictos armados. ¿Cuál de estos fenómenos se presentará como más peligroso en los años próximos para los países del mundo occidental? El 80% de los sociólogos han contestado situando los narcóticos en el primer puesto de la clasificación de calamidades públicas.
Por su parte, las encuestas españolas son unánimes al poner de manifiesto que, para la mayoría de nuestra población, las drogas son uno de los tres problemas más graves con los que nos enfrentamos.
No deja de ser una perogrullada decir que se consumen drogas porque existe oferta y demanda de las mismas; sin embargo, es importante discernir si es primera aquélla o ésta.
Para algunos expertos, la raíz del problema radicaría en la facilidad y características de la oferta. Hay una ingente masa de recursos que se mueven alrededor de la droga (algunos hablan de quinientos mil millones de dólares al año); es este tráfico, el narcotráfico —dicen—, el origen del problema; si dominamos el enriquecimiento de los narcotraficantes podemos solucionarlo.
A mi juicio, la clave no está en la oferta, sino en la demanda, teniendo en cuenta que junto al consumo generalizado de las llamadas drogas ilegales (las propias del narcotráfico) ha aparecido el fenómeno de la alteración de las pautas de consumo de las llamadas drogas legales (sobre todo del alcohol), indicándonos que, con independencia de la influencia de los narcotraficantes, existen unas carencias en las sociedades desarrolladas que los jóvenes (como no podía ser de otro modo) padecen y tratan de subsanar acudiendo a estos consumos. Como dato revelador, puede afirmarse que, según las estadísticas, la acción de los traficantes no tiene apenas incidencia en la iniciación al consumo (inferior al 5%).
Pese a todo, hay que estimular y exigir a los poderes públicos que acentúen y mejoren las medidas represoras del narcotráfico, aun pensando que de este modo no atajaremos el problema de modo eficaz.
Recuerdo en cierta ocasión lo sorprendido que me dejó un experto cuando, en una reunión, me espetó: «Si usted acabara con las drogas, no habría resuelto el problema». «Nuestros jóvenes —me dijo— se “escaparían” de otro modo (suicidios juveniles, accidentes de tráfico casi buscados a propósito, alcohol…)». Si admitimos posturas semejantes, habría que preguntarse por qué una parte importante, aunque minoritaria, de nuestros conciudadanos recurren al consumo de drogas. Estas causas son de la más variada índole y de una extrema profundidad y complejidad. Resumiendo entre las diversas escuelas y tendencias, se podría distinguir entre las causas individuales y las causas sociales.
Según las estadísticas, la acción de los traficantes no tiene apenas incidencia en la iniciación al consumo (inferior al 5%).
Teniendo en cuenta lo generalizado del fenómeno, prestaremos mayor atención a estas últimas. Las causas sociales hay que buscarlas en las propias características de la sociedad actual, pues son algunas de éstas las que constituyen el caldo de cultivo propicio para la generación del problema.
Por un lado, vamos a examinar el hecho de la sociedad de masas, pasiva y tecnificada, como una de las características de la sociedad actual, con el tremendo predominio de los medios de comunicación «unilaterales» como la televisión, la prensa, la radio, etc., que disminuye el papel activo del individuo como tal, o, dicho de otro modo, permite el avance incontenible del espíritu gregario.
Ello facilita la dependencia del individuo de distintos elementos sociales: la televisión, los espectáculos de masas, etc.; es decir, la adhesión, prácticamente incondicional, a elementos que superan y trascienden la dimensión humana individual, dejando relegado al hombre al papel de mero espectador pasivo. Es ésta una sociedad que genera un grado de dependencia del grupo mucho mayor del que es habitual en los seres humanos.
Pese a todo, hay que estimular y exigir a los poderes públicos que acentúen y mejoren las medidas represoras del narcotráfico.
Uno de los aspectos en los que la técnica ha crecido más es el de la medicina y, en concreto, el de la medicina química. Hoy existen remedios químicos, muchas veces automáticos, contra un gran número de dolencias y malestares humanos. En este contexto es también más fácil acudir al remedio de las drogas (también de las ilegales) para superar cualquier padecimiento («si cuando a uno le duele la cabeza se toma una aspirina, ¿por qué cuando uno se siente deprimido no puede esnifar una raya de coca?»).
Pero, además de estos aspectos, nos encontramos también dentro de una sociedad competitiva y consumista, que muestra algunos rasgos definidores. Las revoluciones industriales han generado cambios muy profundos en los modos de vida de las poblaciones que las han sufrido. Las sociedades llamadas modernas, y, en particular, las que se gobiernan por economías libres de mercado, postulan como criterios básicos la productividad, la competencia y el consumo de bienes. En menos de cincuenta años el humanismo se ha hecho minoritario, prevaleciendo el «tener» sobre el «ser», de tal manera que los fundamentos filosóficos y humanos de las actividades han ido perdiendo vigencia y actualidad.
La aparición de las nuevas técnicas de estudio de mercado tiene como resultado más tangible la promoción de un modelo de consumidor homogeneizado que se dirige a lo que se anuncia, de tal manera que mueve modas y modos con alta eficacia, de los que es difícil escapar en base a una sólida individualidad, que, por otra parte, en sí misma tiene algo de automarginación. El triunfo del gregarismo se consolida.
Además, la sociedad ha creado estereotipos de las personas, que han de ser agresivas, duras, competitivas, luchadoras, actuales, dominantes, fuertes, activas, ejecutivas, convincentes, etc…, para poder triunfar. El triunfo es el bienestar económico, la posesión de gran número de bienes con «efecto demostración», el dominio sobre el sexo contrario, y la ocupación permanente del tiempo entre negocio brillante y ocio activo más que reflexivo.
Por diversas circunstancias históricas, nuestro país ofrece unas condiciones tan particulares que lo convierten en un verdadero paradigma, puesto que en España este cambio se ha efectuado con una rapidez sin precedentes en el mundo moderno.
Es difícil encontrar un parangón en nuestros días de un cambio social de esta magnitud que ha permeabilizado muy rápidamente todas las capas sociales (recuérdese que España tiene la población más joven de Europa). Todo ello ha hecho que los sistemas de valores religiosos, éticos, morales, sociales, culturales, etc…, en los que se basaba la sociedad tradicional española, se hayan desmoronado en parte, siendo sustituidos progresivamente por otras estructuras de valores (características de las sociedades europeas modernas) todavía no suficientemente implantadas. La «filosofía vital» descrita en los párrafos anteriores aún no se ha incardinado en la sociedad moderna española. Por ello, los roles tradicionales del trabajo, la familia, la mujer, etc…, han caído en desuso, sin que los nuevos roles jugados por estas instituciones estén dotados de las necesarias legitimación y consistencia.
Se puede afirmar sin ambages que la drogodependencia es la forma particular de esclavitud de las sociedades modernas y desarrolladas.
En este contexto, es más fácilmente explicable esa irrupción y extensión en el consumo de drogas del que hablamos al principio.
Algunos datos pueden resumir la experiencia de cambio en esta época.
Entre 1960 y 1973, el producto real de la economía española creció el 7% anual acumulativo, y las exportaciones, el 10%. La estructura de la oferta cambió sustancialmente; el país se industrializó y pasó a ocupar el décimo puesto entre los países occidentales por su volumen industrial; la economía creó unos tres millones de puestos de trabajo; el mercado registró una situación de pleno empleo. En esos trece o catorce años, España dio —como dice Víctor Pérez Díaz— el salto más importante de su historia económica reciente: se convirtió en una economía moderna. Para comprender mejor tales fenómenos, procedo a exponer seguidamente algunos datos que ayudarán a valorar la intensidad del cambio operado en nuestra sociedad.
Por último, como datos compendiadores, me referiré sólo a dos que suelen utilizarse como indicadores del nivel de un país:
En efecto, España, en los últimos veinticinco años, ha pasado de ser un país subdesarrollado, aislado, tradicional, rural, agrícola y con tasas altas de analfabetismo y desinformación, a ser un país desarrollado, inserto en el mundo y la economía occidentales, moderno, urbano, industrial, y con cotas de información semejantes a los de otros países europeos.
Por su parte, las encuestas españolas son unánimes al poner de manifiesto que, para la mayoría de nuestra población, las drogas son uno de los tres problemas más graves con los que nos enfrentamos.
Todo este cambio, primero económico, luego social, que culmina con la transición política, iniciada en 1975, ha hecho que los valores culturales, sociales, éticos y religiosos en que se basaba la sociedad tradicional hayan sufrido un verdadero cataclismo, siendo sustituidos por otros sistemas de valores, parecidos a los de otras sociedades modernas, pero todavía no suficientemente implantados. Como no podía ser menos, estamos viviendo un período de desorientación y perplejidad de nuestra sociedad, que, al carecer del arraigo necesario, sufre el imperio de las modas (entre las que se encuentran las drogas), sin tener apenas elementos de defensa contra las mismas.
El cuerpo de nuestra sociedad está perplejo, desorientado y, en definitiva, asustado. Y el miedo nunca ha sido buena recomendación como inspiración de la vida. Al valorar tales circunstancias, parece evidente la necesidad de un cambio, un cambio tranquilo y mesurado, pero un cambio drástico al fin y al cabo.
En menos de cincuenta años el humanismo se ha hecho minoritario, prevaleciendo el «tener» sobre el «ser».
El problema es que una sociedad como la nuestra, orientada en exceso hacia los valores individualistas y materialistas, que deja poco campo de juego a los valores espirituales y de la solidaridad, corre el grave riesgo de oscurecer la dimensión esencial del hombre de cara al futuro.
En efecto, la potenciación del presente (del consumo inmediato, de la satisfacción de las necesidades) oscurece esa dimensión de proyección que, a diferencia de las demás, según nuestra mejor tradición filosófica, es característica del ser humano y que ha sido recogida en expresiones como «el sentido de la vida» (Victor Frankl), «La vida como proyecto» (Erich Fromm, Ortega). Este último decía que la modernidad había arrancado del hombre ese sentido proyectivo y que en ello consistía la mayor calamidad de nuestros tiempos. En este entorno, me gustaría recordar, por la plasticidad de la expresión, el dicho de Cervantes en la segunda parte de El Quijote: «Es mejor el camino que la posada», o lo que, con expresión más general, consagra Goethe: «Es mejor caminar con esperanza de llegar».
Piensen ustedes lo que sucede con la juventud inmersa en los valores de la modernidad. ¿Cuál es la dimensión de futuro que la sociedad adulta le ofrece? ¿Qué futuro les estamos preparando? ¿Qué y para qué les estamos educando? ¿Qué posibilidades reales les estamos dando para que se incorporen a la sociedad? Prácticamente abandonado el ámbito transcendente y con una exigua dimensión de valores espirituales, queda el campo del desarrollo material, del bienestar. Pero incluso en éste, la conciencia de los límites del crecimiento (ecologismo) proyecta sobre sus cabezas una sombría nube.
El panorama, tanto a nivel colectivo como a nivel individual, se les presenta oscuro, y es explicable que, como respuesta, muchos de nuestros jóvenes prefieran «escaparse». Recuerdo aquella expresión de los años sesenta: «Que se pare el mundo, que me bajo». ¿Y por dónde se puede escapar? La vía no es única, existen varias opciones, pero la oportunidad que ofrecen las drogas en este aspecto es atractiva y tentadora.
Digo que no es la única porque, en verdad, existen otras vías: está la alteración radical en la pauta del consumo del alcohol, a la que me refería antes, o la más tajante de todas, que es la de los suicidios juveniles. Es aquí, a mi juicio, donde radica la causa más profunda de la generalizada demanda de drogas por parte de nuestra juventud.
Pero, no obstante, considero que el problema no es insoluble. Al contrario, estoy firmemente convencido de que tiene soluciones. Si en algún momento hemos sido dueños de nuestro destino y hemos tenido posibilidad de desarrollar nuestras capacidades tanto individuales como sociales, ese momento es el nuestro, siempre que seamos capaces de vivir y transmitir a las futuras generaciones ese sentido proyectivo que es consustancial a la naturaleza del hombre, siempre que les devolvamos el futuro.
Sin embargo, ¿a quién corresponde la tarea? Les adelanto que, a mi juicio, la respuesta, aunque compleja, es terminante: le corresponde a la sociedad civil. Por consiguiente, la acción más eficaz, siquiera sea a largo plazo, debe centrarse en la prevención (así lo ha reconocido en 1990 la Asamblea General de las Naciones Unidas), y, como cualquier otro fenómeno social, atañe a la sociedad en su conjunto y no sólo a los estamentos públicos/representativos; o, dicho en otros términos, no atañe sólo al poder político.
Como explica Víctor Pérez Díaz en su libro El Retorno de la Sociedad Civil, el Estado de bienestar que surge en Europa a raíz del término de la Segunda Guerra Mundial ha entrado en quiebra en los años ochenta, en los que se ha perdido la fe en la virtualidad del Estado para resolver los conflictos sociales, tanto políticos como económicos.
Si aplicamos fórmulas viejas para problemas nuevos, seguro, como diría el clásico, que nos equivocamos. El Consejo de Europa así lo ha reconocido, y entiende que el poder no es la mejor instancia para resolver determinados conflictos sociales, y, en concreto, el de las drogodependencias.
La clase política, los partidos y, en definitiva, el poder público, que tienen un insustituible papel que jugar, no pueden hacerlo todo. Los partidos políticos, pendientes del voto de los ciudadanos, tampoco son el grupo ideal en la solución del problema. Así lo reconoce el Consejo de Europa: «Para evitar cualquier idea de propaganda en relación con el tema de las drogas, no puede ser realizada por la clase política». Por lo que se refiere a nuestro país, la transición política que cierra y culmina el cambio económico y social iniciado años antes se basaba en el criterio de consenso (búsqueda de la mayor unanimidad posible), o, dicho de otro modo, encontrar el máximo divisor común de ideas compartidas.
Así hemos sido capaces de poner en marcha las reglas formales de un moderno sistema de convivencia. Nos corresponde ahora la construcción del nuevo edificio de los principios informadores de nuestra sociedad, que serán lo que hereden nuestros hijos; y, en ese edificio —pienso— deben, tienen que tener cabida no sólo valores individuales sino también valores de solidaridad y de cooperación social. Creo que el dogmatismo puede vivir solo (de ello hay demasiados ejemplos en nuestra historia); la tolerancia, por el contrario, exige la coexistencia con los principios y las convicciones. La tolerancia es como el aceite que debe lubricar las relaciones entre los individuos y las instituciones sociales, pero si no existen estos engranajes formados por principios y convicciones fuertes y robustas, la sociedad no progresaría, sino que se consumiría a sí misma.
Y si el Estado o Poder Político no es capaz de resolver el problema, no queda más remedio que acudir a la sociedad civil, es decir, «al conjunto heterogéneo de actores e instituciones de carácter económico, social y cultural, en relación compleja de articulación de ambivalencia con el Estado y su Clase Política» (Víctor Pérez Díaz, obra citada).
La tolerancia es como el aceite que debe lubricar las relaciones entre los individuos y las instituciones sociales.
En otras palabras, si la solución radical al problema de las drogas tiene que venir de la mano de la prevención, que deducirá o eliminará la demanda, es un problema de todos. Es un problema que debe resolver la sociedad civil. Y lo debe hacer la sociedad civil como conjunto heterogéneo, pero de modo articulado.
Porque el problema de las drogas es, según hemos visto, un problema social y profundo que no puede resolverse sólo con medidas epidérmicas (políticas), sino que requiere el concurso de todos, de la sociedad civil que acabamos de definir y en la que se integran, incluyendo sectores a los que pertenecen:
Sobre el particular, no me resisto a transcribirles a continuación una cita de Ortega y Gasset:
«Los pueblos de Occidente estaban acostumbrados a que conforme iban aconteciendo las vicisitudes que el destino arrojaba sobre ellos hubiese unos hombres que, mejor o peor, procuraban írselas esclareciendo, írselas definiendo, explicándoles sus causas y sus perspectivas. Eran los intelectuales auténticos, y es su misión más humana»… «Por primera vez desde hace diez siglos… los intelectuales europeos han enmudecido, y esa tarea de ir esclareciendo lo que acontece conforme acontece ha quedado sin cumplir».
«España puede decir algo —no presumamos que mucho, pero sí algo— importante a los demás pueblos sobre lo que pasa en el mundo… Es el pueblo más viejo de Europa que… “las ha visto ya todos los colores”… Somos los viejos chinos de Occidente que han acumulado la más vetusta y jugosa experiencia». (Ortega y Gasset, Una interpretación de la Historia Universal).
Sólo mediante la participación cooperativa de la escuela, los padres, la comunidad y los jóvenes mismos se podrán identificar y corregir las causas (de las drogodependencias).
Agilidad, credibilidad y reconocimiento por los grupos sociales afectados o marginados; capacidad de innovación; rapidez en la respuesta; ser pioneras en la detección de necesidades; y me interesa subrayarlo: motivación.
Para finalizar este breve análisis, se podría obtener como conclusión que la drogodependencia es un problema grave; es un problema muy nuevo, aunque ya las víctimas se pueden contar por centenares de miles; pero es un problema que se puede resolver. Para ello, es necesario la colaboración de todos y afrontarlo con decisión, para lo que se exige un mejor conocimiento del problema y voluntad de cooperar en su solución. Me gustaría acabar citando a Virgilio: «Possunt quia posse videntur» «Pueden porque creen que pueden».