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Desde que llegó hace ya años a las páginas de opinión de The New York Times, David Brooks se ha convertido en uno de los columnistas conservadores más leídos en los Estados Unidos. Moderno y moderado a la vez, atento siempre a las últimas tendencias sociológicas y neurocientíficas, Brooks ha cultivado una imagen de conservador con matices, muy del gusto de los demócratas y de las clases altas urbanas, lejos del  histrionismo habitual en las guerras culturales que dividen el país.

Educado en la Universidad de Chicago, izquierdista en su juventud y posteriormente convertido al conservadurismo por el mítico editor y ensayista estadounidense William F. Buckley Jr., Brooks ha ido trazando a su alrededor un nítido perfil de pensador interesado en la crisis moral y cultural de la sociedad y en su vínculo con nuestra comprensión de la naturaleza humana.

En “El animal social”, Brooks abogaba por dejar de lado ciertas patologías del pensamiento liberal mientras reivindicaba la urgencia de la comunidad, los ritos, la estructura y el orden

En El animal social, uno de sus libros más elogiados (reseñado en Nueva Revista) abogaba por dejar de lado ciertas patologías del pensamiento liberal –el individualismo extremo y la destrucción de instituciones mediadoras como la familia–, mientras reivindicaba la urgencia de la comunidad, los ritos, la estructura y el orden. Son las virtudes burguesas del autocontrol, la disciplina, la austeridad y la cohesión social –tan bellamente definidas por Deirdre McCloskey en Las virtudes burguesas. Ética para la era del comercio–, cuyo éxito paradójicamente habría repuntado al extremarse una especie de proceso que amenaza con disolver la arquitectura de valores occidentales.

En este sentido, Brooks reivindicaba la tradición ilustrada escocesa y británica –con pensadores como Edmund Burke y David Hume en primera línea– frente al racionalismo agresivo de la Revolución Francesa. “Muchos de nuestros problemas –declaraba ya en aquellos años– son consecuencia de un capital social insuficiente”. Es decir, de la fragilidad del papel educador de la comunidad.

The second mountain, Random House, 384 págs.

A este tema crucial –el de la comunidad y el sentido del deber– le dedica David Brooks su último libro: The Second Mountain. The Quest for a Moral Life, seguramente el más espiritual de todos los suyos y en el que se nos muestra de una forma más abierta.

La tesis principal se basa en la metáfora de dos montañas que dibujan dos moralidades distintas. La primera tendría un carácter nietzscheano y nos hablaría del éxito individual y de la voluntad de poder. Llegar a la cúspide requiere un esfuerzo titánico y sirve para satisfacer las necesidades inmediatas del ego. Es el camino, diríamos, que siguen los triunfadores encantados de contemplarse como Narcisos a sí mismos y a la obra que tienen entre manos.

Pero detrás de esa primera montaña surge otra cima, aún más alta, de signo casi opuesto: es el reino del deber, de la entrega, del servicio a los demás, de la primacía de la comunidad sobre el logro individual. Entre una montaña y otra –y aquí nuestro autor se muestra claramente deudor de las teorías psicológicas de Carl Gustav Jung, a partir de la lectura divulgativa que Joseph Campbell hizo de las mismas–, aparece un valle sombrío en el que el hombre debe plantearse las grandes preguntas.

Son los períodos críticos: bien la adolescencia, bien el mediodía de la vida ya en la cuarta o en la quinta década, cuando el fracaso, el vacío existencial o la pérdida de un ser querido nos enfrentan con el misterio. Es ahí, si damos la respuesta correcta, cuando nuestro egoísmo puede ceder en beneficio de los demás. Las sociedades saludables son aquellas cuyo sentido comunitario es rico y donde el ciudadano se construye no contra los demás sino con ellos y junto a ellos.

Poco hay de original en el pensamiento del columnista norteamericano, lo cual no quita valor a su planteamiento sino que simplemente lo enmarca dentro de una determinada tradición. Con mayor brillantez, el profesor Patrick J. Deneen explica en su fundamental ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? cómo al colapso del fascismo y el comunismo en el siglo XX se ha añadido ahora la crisis sistémica del liberalismo como ideología triunfante, por motivos muy similares a los que plantea Brooks en The Second Mountain.

Sin instituciones intermedias y mediadores fuertes; sin familia, iglesia, asociaciones cívicas, colegios o universidades; sin relatos compartidos sobre el origen, sin una vocación integradora y una cultura del esfuerzo común y el servicio a los necesitados, las sociedades inician una rápida decadencia. Diagnosticar la patología, sin embargo, resulta más sencillo que dar con el tratamiento adecuado, y más aún en una época como la nuestra definida por los cambios radicales.

 ¿Es cada uno de nosotros el foco de nuestra propia verdad, como sugiere la imagen de la primera montaña?

La solución que ofrece Brooks pasa por renovar nuestro compromiso en cuatro grandes campos: la vocación moral, el matrimonio, la fe y la sociedad civil. De todos ellos, el más interesante y vívido es la confesión que nos ofrece el autor acerca de la fe: desde el judaísmo familiar y desde un racionalismo agnóstico, pasa a redescubrir –ya mediada la cincuentena– su herencia judía primero y poco después el cristianismo. Son páginas intensas que nos muestran al desnudo su camino de conversión y la lectura moral, política y social, que hace de la misma. Porque, efectivamente, como leemos en The Second Mountain, “la religión dirige a las personas hacia determinadas visiones de bondad”. O lo que es lo mismo, hacia determinados modelos humanos de ejemplaridad y excelencia que tienen mucho más ver con la segunda montaña que con la primera.

Pero, en definitiva, la cuestión que se impone es el sentido último de la verdad. ¿Es cada uno de nosotros el foco de nuestra propia verdad, como sugiere la imagen de la primera montaña? O, por el contrario, ¿son los demás los que nos dicen realmente quiénes somos, precisamente porque nos ponen a prueba y nos iluminan? Es una pregunta que nadie puede eludir y que Brooks responde claramente: sin la segunda montaña no hay vida moral llamada a perdurar.


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