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Dentro del conjunto de factores que configuran la misión de la universidad están, según García Morente, formar profesionales, transmitir saber culto, hacer investigación científica y educar a los grupos dirigentes. Permítanme detenerme brevemente en esta última por lo sugerente que es la propia definición que de los mismos da el autor. Según el filósofo, son aquellos hombres que se destacan de los demás por sus gustos, formas de vida, sus gestos, sus pensamientos, sus preferencias, su tabla de valores. No tiene nada que ver con la profesión de dirigir organizaciones, si no con la de gobernar la propia vida. Sobre ellos pesa una fuerte responsabilidad: la de ser imán de otros. Su historia es la realización de futuros anhelos para muchos. Esta concepción es toda una declaración de principios acerca de su ideal de universidad, compartida por otros autores como Newman o MacIntyre. Y es que la misión institucional no puede prescindir de buscar la excelencia en aquellos que pasan por sus aulas.

Muchas son las virtudes que deben conjugarse, entre los docentes y los propios alumnos, para llevar a cabo cumplidamente ese deseable objetivo. El tesón, la laboriosidad, la generosidad, la paciencia con uno mismo y con los demás, entre otros, son pilares en los que sostener aquel ideal de educación. Quizás esta última sea la que requiera de más atención dado el sentido del tiempo, excesivamente restrictivo, que hoy impera en la formación superior. En efecto, considerado como mero recurso para hacer cosas, hemos dejado en un segundo plano, reducida a una dimensión casi puramente instrumental, una de las virtudes más conectadas con nuestra naturaleza y que más nos ayudan a poseernos a nosotros mismos. La paciencia —combinación armoniosa de paz y ciencia— es clave para hacer que el tiempo supere al simple barrido del minutero por una esfera.

La biografía, el tiempo biográfico, no es solo suma de momentos, sino crisol en el que se destilan las lecciones aprendidas a lo largo de la vida. No es solo algo cuantitativo sino también y especialmente cualitativo. El mero amontonamiento de experiencias no garantiza que se cincele la persona de manera plena. Hace falta que la sucesión de hechos dejen poso, que permitan conocernos, reconocernos. Hanna Arendt afirmaba que el ser humano no es un qué, sino un quién. Que no se agota en un cúmulo de información, sino que se desvela a través de su relato. En su libro El hombre en tiempos de oscuridad glosa la figura de Karen Blixen (más conocida por su pseudónimo, Isak Dinesen). Ante la pregunta «quién es Karen Blixen», la escritora danesa contestó: «Para responderla no tengo más remedio que narrar la historia de mi vida». Ser filosofo o ingeniero, ser de tal o cual región, tener una edad u otra, no desvela nada sustantivo de nosotros, solo algo accidental que será más o menos relevante dependiendo de su grado de integración con nuestra identidad. En la medida en que el yo no es substancia, no puede ser definido pero sí relatado, y relatar es dar sentido a lo heterogéneo, dar unidad a lo que, de otro modo, quedaría disperso, nos recuerda el profesor Alvira.

La experiencia de una vida plenamente vivida, plenamente consciente de su carácter singular, lleva a transformar la información en conocimiento y este en sabiduría. En español conjugamos los verbos con una magnífica precisión: decimos que «estamos» informados, que «tenemos» conocimientos y que «somos» sabios. Estar, tener y ser reflejan, cada uno, un distinto grado de afección —de lo más epidérmico a los más intrínseco—, y analizados dentro del contexto del tema que planteamos en el presente artículo, nos pueden ayudar a precisar cuál es el alcance de la misión universitaria. En efecto, como docente, como miembro activo de la comunidad educativa, cuál es la tarea ¿transmitir información, conocimientos o sabiduría? El docente ¿es instructor, profesor o maestro? El instructor transmite meros datos, mucha información, muy objetiva y completa, pero no vinculada adecuadamente a la realidad de la que nace, fuera de contexto. Es el alumno el que debe buscar los referentes para hacerla útil. En cambio, el profesor es aquel capaz de darle textura a esa información. Elabora conocimientos a través de la combinación de ingredientes, dando coherencia a aquellos datos, de manera tal, que permite comprender la realidad de una forma más profunda. Por último, el maestro ahonda en la búsqueda de la autenticidad personal. No escudriña respuestas, más bien preguntas. Se preocupa no solo de transmitir saber científico sino, especialmente, prudencial.

Y es que, como bien ha visto García Morente, en la universidad se enseña demasiada ciencia pura a los profesionales. «Se piensa que transmitir ciencia es hacerlo tal y como lo saben los científicos. Al profesional le falta una porción de conocimientos importantes vinculado no tanto a su rol, sino a su ser hombre»: falta experiencia, sentido de misión, de cultura fundamental. Hay un exceso de «cantidad» de saber científico, que ha llegado a ser casi inabarcable. Pero es que, además, este saber está desordenado. «El hombre universitario sabe solo una cosa, de manera admirable, pero solo una. Se considera culto al que solo es especialista». Hay que diferenciar entre el saber especializado y el saber culto. Este último tiene sus raíces en la unidad del conocimiento. «La exactitud del saber no consiste en su minuciosidad, sino en la confección de síntesis integradoras que hagan que el alumno universitario tenga ideas claras sobre el conjunto unitario del saber y una sensibilidad adecuada a la cultura de su tiempo».

Carlos Llano ha identificado dos tipos de problemas, de retos intelectuales, que pueden ser abordados en las aulas: aquellos que él califica como operativos —se conoce la secuencia de procedimientos que, aplicada, es capaz de resolverlos— y los no operativos —se trata de saber definirlos adecuadamente a partir de un conjunto de síntomas que indican la existencia de los mismos—. En los primeros, se pone el énfasis en lo terapéutico, en los segundos en el diagnóstico. Plantear cómo resolver un problema dado requiere de unas habilidades y de la conjunción de unos saberes de carácter más instrumental que aquellos que deben combinarse para abordar el desafío de desbrozar la realidad y descubrir dónde están las aparentes aporías. No solemos disponer de un manual donde vienen tasados los dilemas profesionales y vitales que, complementado con el vademécum que nos recomendó el instructor, nos permita encontrar la solución a los mismos. La vida tiene una permanente capacidad de sorpresa y solo desde un pensamiento creativo, fomentado desde el diálogo sistemático sobre situaciones reales con fines de aprendizaje, desde una enseñanza por descubrimiento y no solo por recepción, se pueden generar las condiciones para que el maestro transmita verdadera sabiduría. Esta nos lleva a entender por qué somos como somos y por qué otros son de otra manera. En este ejercicio por decantarse uno a sí mismo, la paciencia es la clave.

Respetar el tiempo y los tiempos lleva a dar un fruto más jugoso, más dulce, con más sabor. No somos productos de invernadero, del que salen varias cosechas al año por una explotación intensiva, sino de temporada. Algunos maduramos más lentamente que otros. Algunos lo hacemos en invierno y otros en verano. Es aquí donde radica nuestra novedad.

En los años de formación universitaria se lleva a cabo una intensa labor de aprendizaje enfocada en saber para hacer. Pero a partir de cierto momento, especialmente cuando se empiezan a dar los primeros pasos profesionales, todo el esfuerzo se cifra en saber para ser. Este es el gran cambio que se da en el proceso de madurez intelectual y al cual el alumno debería estar preparado a enfrentarse sin que le entrara vértigo, característico de la sensación de inseguridad ante lo que no se conoce. Si le acostumbramos a pensar sobre los fundamentos de las cosas, si dejamos que el tiempo universitario tenga un ritmo distinto al impuesto por una sociedad enfocada a la eficacia, si dejamos que fluya su personalidad acompasadamente a la adquisición de un peculiar aire de familia, conforme a la cultura de cada universidad y propio de la educación superior, si hacemos que el claustro docente esté compuesto por más maestros y menos instructores, se minimizarán esos riesgos y se dará un soporte sólido para mirar al futuro profesional con más peso.

La institución universitaria debe recuperar el necesario «pararse y pensar», ese sentido del tiempo que permite analizar las cosas desde una perspectiva distinta, no sometida a la disciplina de la producción. Desde el otium —característico de la skholé, de la universidad entendida como escuela, como el lugar donde se imparten y adquieren conocimientos— se favorece el aprendizaje de los fundamentos de las distintas ciencias, se hace una reflexión pausada de las exigencias del ejercicio profesional, se profundiza en los valores y se dan las condiciones para que la cultura, la verdadera cultura, deje su poso.

Para Gomá, la modernidad ha traído, como uno de sus logros, el haber puesto los acentos sobre lo que nos hace distintos, una recuperación de la persona sobre las instituciones, un énfasis mayor —más que en cualquier otra época histórica— de la conciencia individual, de la necesidad de dar respuesta de uno mismo y de sus actos sin apelar a terceras instancias sino a nuestra naturaleza única. Pero una insistencia en definirnos en lo que nos separa del resto puede llevarnos al esperpento, al ridículo de la caricatura: exageramos tanto los rasgos distintivos de nuestro carácter que aparecen artificialmente agigantados ante los ojos de los demás. Una vez superada la conquista de una mayor autonomía, de mayor libertad y responsabilidad, ha llegado el momento de aquilatarla con lo que nos une, con lo que nos identifica como seres humanos. Saber por qué pienso como pienso y por qué otros lo hacen de otra manera, desentrañar los verdaderos factores que definen la multiculturalidad es tarea de la que uno no puede eximirse, y menos alguien que ha formado parte de la comunidad universitaria. Pero una cosa es asumir que existen diversas culturas y otra muy distinta pretender vivirlas todas personalmente. No existe un ser multicultural, eso sería esquizofrénico, sino una comunidad que combina distintas procedencias y tradiciones culturales. No se puede forjar una sociedad desde un pensamiento débil y desde lugares comunes.

Solo desde el convencimiento de la relevancia de las propias convicciones y de las de los demás, se puede construir una comunidad de personas soberanas. Newman no tenía dudas a este respecto. Tanto en su Apología pro VitaSua, como en sus Discursos sobre el fin y la naturaleza de la universidad, insiste en la necesidad de velar por el respeto a la identidad propia y a las de los demás. Él era muy celoso por defender la imprescindible intimidad que se daba en su núcleo de amigos y compañeros universitarios ya que era el vehículo para forjar mentes libres. En distintos pasajes de estas dos obras vuelve, como en un constante martilleo, sobre la misma idea: «Cuando una multitud de jóvenes, agudos, generosos, cumplidores, se ven juntos y entran en libre contacto unos con otros, aprenderán, sin duda, recíprocamente […] la conversación de todos es para cada uno como una serie de lecciones en las que adquiere nuevas ideas y puntos de vista, fresca materia de pensamiento y principios precisos para juzgar y actuar día a día». Y lo apostilla en su famosa descripción del caballero: aquel que se ocupa de remover los elementos que obstaculizan la libre acción de quienes lo rodean, evitando cuidadosamente ocasionar sobresalto en las mentes de quienes trata. Escrupuloso para comprender los motivos con los que interfiere, trata de interpretar todo de la mejor manera posible.

El maestro no se puede dispensar de facilitar al discípulo el acceso a lo que es él, a su naturaleza común con el ser humano respetando la singularidad de su individualidad: ser persona, no recurso o individuo. La conjunción de lo singular y lo común, la consciencia de saber lo que tenemos de igual y de distinto al resto, es el ejercicio que nos hace madurar, también intelectualmente. La unidad del ser no se fractura. El pluchrum es resplandor de la verdad y del bien. Estar, tener y ser: solo se es cuando se es sabio. La sabiduría, consiste en ocuparse por acceder a lo más propio e íntimo de la persona. En la universidad, mediante el acceso a la belleza (entendida como la adecuación y armonía de los aspectos tangibles, materiales, de la realidad que se estudia), se «toca» el ser en su unidad: se trata la verdad y el bien pero sin hablar directamente de ellos, solo a través de su resplandor. De este modo se respeta la libertad individual sin sacrificar ni eludir un cierto ideal de excelencia humana. La universidad, por tanto, no solo informa, sino forma: no da única y exclusivamente información, ni siquiera conocimientos, aspira a hacer sabios, maestros de la propia vida.

El fanatismo de algunos llevó a perderse la intervención que tenía preparada J. Raztinger durante su visita a la Sapienza, Universidad de Roma (afortunadamente, podemos disponer del texto que tenía previsto compartir para aquella ocasión). Esta, junto a su discurso a los jóvenes profesores universitarios en El Escorial el 19 de agosto de 2011 y sus palabras en la Universidad de Ratisbona en septiembre de 2006 son, a nuestro juicio, tres documentos básicos sobre los que cincelar un ideal universitario que, más allá de creencias, supere la visión chata y utilitarista que nos invade. Ante preguntas del alcance como las que se plantean, a saber, qué es la universidad, cuál es su tarea, cuál es la misión del docente, las respuestas no pueden quedar reducidas a un mero lugar común. «Un docente no debe ser exclusivamente un formador de profesionales competentes y eficaces». Esto sería tanto como doblegarse a la presión de los intereses y al aparente atractivo de lo útil, descomponiendo y fragmentando la verdad, haciéndola cada vez menos razonable. Y es quela racionalidad tiene dos componentes, lo racional y lo razonable. Lo racional rige las relaciones con los objetos y lo razonable con los sujetos. Se ha impuesto una visión de la racionalidad estrecha, íntimamente ligada a un cientifismo empirista, asumiendo con demasiada ligereza que solo desde esa dimensión se pueden explicar y proponer modelos que expliquen el devenir humano. El problema surge, y ahora lo estamos padeciendo, cuando en la formación de las mentes jóvenes solo tiene cabida el primero pero no el segundo. Nuestra tesis es que el individuo debe dejar paso a la persona, recuperando un terreno que nunca le debió ser usurpado.

La universidad, nos dice Ratzinger, debía reconocer «como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Pero la verdad nunca es solo teórica, el puro saber produce tristeza. Los retos sobre la relación entre teoría y praxis, sobre la correcta relación entre conocer y obrar, forman una peculiar pareja de gemelos, en la que ninguna de las dos puede separarse totalmente de la otra». Para que esta unión no se dé artificialmente se ha de recuperar el diálogo con la verdad.

MacIntyre, en su libro God, Philosophy, Universities, mantiene esta misma tesis. La universidad se ha convertido en una multiversidad, ha dejado de abordar problemas universales para tratar solo una multiplicidad de temas desconectados entre sí. Se intenta comprender la realidad desde la visión que nos proporciona un caleidoscopio. Hay que recuperar el debate de los temas trascendentales, y hay que hacerlo con la solvencia que nos da el dominio de las propias áreas de competencia y desde la perspectiva de los fenómenos de superficie, de lo que simultáneamente une y separa cada una de ellas. Aquí es donde se producen los fenómenos de ósmosis, es aquí donde puede surgir una nueva fuente de innovación y desde donde se recupera el relato de lo que nos es más íntimo y genuino. La ciencia avanza de manera analítica, el ser humano de forma sistémica.

Definía Alfonso X el Sabio a la universidad como «el ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes». Descomponiendo esta definición en sus cuatro elementos básicos, ninguno de ellos exento de profundidad, obtenemos un ideario de total vigencia y actualidad: ayuntamiento —conjunto de personas unidas a fin de satisfacer un objetivo común—, maestros —docentes preocupados en transmitir sabiduría—, escolares —miembros de una escuela, con tiempo para adquirir reposadamente los conocimientos que les harán mejores profesionales y más ellos mismos— y saberes—no solo información científica, sino también formación para hacerse con lo más humano de los conocimientos recibidos—. Recuperemos este sentido de misión para enfocar con nuevos bríos el gobierno de la universidad que necesitamos. _


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