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Hace casi medio siglo, cuando era un joven estudiante de Filosofía, me sorprendió fuertemente un reportaje sobre las universidades que leí en el Time Magazine americano y que incluía una afirmación que entonces me pareció chauvinista, pero que en muchas ocasiones me ha parecido más acertada que la primera vez que la leí: el autor decía que la universidad alemana era la mejor universidad del mundo… del siglo XVIII. Cámbiese alemana por europea, un trueque que no garantiza ninguna mejora, y nos toparemos con el problema de fondo de nuestras universidades, que seguramente no reside tanto su vejez, como en su resistencia a determinado tipo de cambios.

La elección del siglo XVIII como referencia de la afirmación del reportaje no carece de fundamento porque en esa época se sentaron las bases para que las universidades alemanas pudiesen adaptarse al nuevo modelo de conocimiento centrado más en la investigación que en la lectio, la vieja herencia de la universidad medieval que aún subsistía en muchas partes. Lo que ahora conocemos como la revolución científica del siglo XVII se desarrolló, como es bien sabido, en buena parte fuera de las universidades, y la universidad alemana encabezó la renovación metódica que permitiría a esa universidad enarbolar la antorcha del progreso en el conocimiento científico, lo que le conduciría hacia sus enormes éxitos del siglo XIX y la primera mitad del XX, hasta el ascenso y la derrota militar del nazismo, con su consiguiente desguace y desprestigio moral.

A diferencia de lo que ocurría en Europa en esa misma época ilustrada, en el momento de su fundación las universidades americanas no tenían apenas nada que heredar y pudieron permitirse el lujo de empezar desde abajo, de manera que a ellas les cupo la misma suerte histórica que a la gran nación americana. Si los Estados Unidos tuvieron la fortuna de crearse como nación al tiempo que fundaban su democracia, lo que les otorgó una indiscutible ventaja competitiva, sus universidades tampoco tuvieron que empeñarse en transformar viejas estructuras académicas y doctrinales, sino que pudieron empezar con el ímpetu innovador y el atrevimiento que suele negarse a las edades maduras. Es verdad que la creación de Harvard se remonta a 1636, pero su erección como universidad tuvo lugar en 1780 al ser reconocida como tal por el nuevo estado de Massachusetts, mientras que su conversión en el centro ejemplar e indiscutible que, según infinidad de criterios, es ahora mismo, se cimentó, sobre todo, en los años finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, de manera que ese modelo americano cuya superioridad reconocen ahora mismo todos los rankings, es muy reciente, y ha tardado tiempo en consolidarse aun partiendo de un impulso renovador.

Si damos por cierto el brevísimo bosquejo histórico que acabo de traer a colación, no será difícil establecer una correlación evidente entre el ascenso de las universidades americanas y el predominio económico, político, militar y tecnológico de los EEUU, y tampoco será fácil sustraerse a que el hundimiento del prestigio de las universidades europeas se funda, inversamente, en las mismas razones, lo que implica reconocer que el declive económico, político, militar y tecnológico de Europa es el factor decisivo para entender el relativamente escaso atractivo de nuestras universidades en un mundo muy abierto a la competencia y en el que las distancias cuentan cada vez menos.

Puesto que este cuadro peca de excesivamente esquemático, resulta interesante precisar un poco más las razones de las desventajas de la universidades europeas, un fenómeno general, con excepciones en cualquier caso, tratando de hacer algo más que constatar hechos históricos para ver si efectivamente pueden subsistir y cultivarse ventajas competitivas en las universidades de Europa y qué se debería hacer para ello, muy especialmente en el caso de las universidades españolas.

El predominio de una opinión crítica sobre esta clase de asuntos no es precisamente muy reciente. En su curso sobre la técnica de 1933, Ortega y Gasset hizo varias afirmaciones bastante rotundas sobre la crisis europea y su relación con la crisis de la universidad. Procede atenderlas: «Una lección es una peripecia de fuerte dramatismo para el que la da y para los que la reciben. Cuando no es esto, no es una lección sino otra cosa —tal vez un crimen— porque es una hora perdida y la vida es tiempo limitado y perder un trozo de él es matar vida, practicar asesinato blanco. Como en la universidad actual —y conste que no me refiero solo a la española— las lecciones no suelen ser eso que he llamado peripecia, quiere decirse que la Universidad es un lugar de crimen permanente e impune. […] La desazón, la desmoralización reinante en todo el mundo y la fulminante pérdida de prestigio de las universidades son dos hechos tan patentes y crudos que abren camino a la sospecha de si no estarán en cierta relación el uno con el otro; es decir, de si los defectos sustantivos de la institución universitaria no serán una de las causas que han producido el terrible desconcierto de la vida europea»1. Si Ortega estuviese en lo cierto, cosa que es muy discutible, la crisis de las universidades sería previa a un desconcierto más general, pero no cabe duda de que, hace ya casi ochenta años, una de las mejores cabezas de la época partía de que la universidad del momento estaba en franco proceso de decadencia. Si se piensa en todo lo que ha sucedido en estos ochenta años de Europa es fácil ver que apenas ha habido circunstancias que pudieran permitir la retroversión de ese proceso. Llevamos, pues, un largo periodo de queja y parece llegada la hora de pasar de los lamentos a las reformas, aunque en cualquier asunto que afecte a tantos, y la situación universitaria lo es, el proceso resultará ser, por fuerza, inevitablemente confuso, tedioso y lento.

Vamos, en primer lugar, a las diferencias más perceptibles entre el modelo europeo y el modelo anglosajón hoy dominante. En comparación con las universidades americanas, las universidades europeas de este último siglo han padecido, con escasas excepciones que todos los rankingsdetectan con nitidez, una serie de limitaciones que es conveniente enumerar, aunque la justificación de cada uno de esos motivos sería algo mucho más largo de lo que nos autoriza tanto el espacio como la ocasión.

1. Las universidades europeas han renunciado a ser competitivas y a prestigiar sus propios títulos, sometidas como están a controles de carácter estatal y a un régimen de financiación extraordinariamente poco sensible a la diferenciación.

2. En Europa, las titulaciones profesionales constituyen una competencia del Estado y a las universidades les ha bastado con acreditar ante las autoridades políticas el cumplimiento de una serie de criterios, de modo que han podido concentrarse en el crecimiento vegetativo, que ya ha empezado a decrecer como consecuencia de la crisis demográfica, lo que ha facilitado que se hayan podido desentender del valor de mercado de sus enseñanzas. Esto ha traído consigo que muy buena parte de los alumnos se centren exclusivamente en obtención de títulos, lo que ha contribuido de manera muy poderosa a que cualquier intento académico de llevar a cabo actividades, digamos, liberales, desde este punto de vista, se haya tropezado con una genérica falta de interés por parte de los alumnos. En España, la dedicación de la enseñanza médica a preparar el examen de MIR es un ejemplo extremo de la virulencia de este proceso.

3. La falta de competencia ha traído consigo una merma de la movilidad del profesorado y un acusado descenso de la calidad de su docencia y de su dedicación a la investigación, lo que se ha traducido en un nuevo predominio de la enseñanza basada en lecciones que ha supuesto la casi desaparición de los seminarios centrados en la investigación que fueron la gran innovación de la universidad ilustrada.

4. Los alumnos han acabado por identificar el estudiar con el mero asistir a clase, desterrando el estudio personal como un extraño vestigio del pasado, proceso que puede llegar a su colmo con la implantación de los sistemas de evaluación continua desarrollados al socaire del llamado Proceso de Bolonia.

5. Las universidades europeas se centran en modelos basados en planes de estudio, frente a la tendencia americana a favorecer la elección de los alumnos. Esta actitud no estimula en nada el interés de los alumnos que se ven obligados a cursar materias cuya existencia se funda únicamente en conveniencias del profesorado, y permite a los profesores olvidarse del esfuerzo para ganar el interés de los alumnos, lo que no facilita la calidad ni el atractivo de su trabajo docente. Ante este panorama, las universidades europeas han disminuido grandemente sus niveles de exigencia, confeccionando planes de estudio cada vez menos estimulantes desde el punto de vista de la calidad intelectual. Todo este proceso ha traído una progresiva devaluación del valor de las titulaciones que se han debido de sostener, únicamente, en su función de requisito ineludible para acceder a determinados puestos de trabajo, lo que, en consecuencia, ha causado en muchos titulados una frustración, ya que las titulaciones han dejado de ser, hace tiempo, motivo suficiente para obtener un buen empleo.

6. Los sistemas de gobierno de las universidades no han sabido evitar adecuadamente la burocratización, la politización de las universidades y su sometimiento a intereses sindicales y gremiales, que se han ido consolidando como factores decisivos de la vida universitaria a medida que se ha producido su masificación.

7. Una consecuencia inmediata de la masificación ha sido el descenso de nivel de formación y de la capacidad de los titulados, que han debido complementar su CV con la obtención de títulos más específicos. La masificación, con universidades de decenas de miles de estudiantes, hace casi imposible la puesta en marcha de procesos de competitividad y de incremento de la calidad porque impone una dinámica homogeneizadora que lo impide.

El panorama someramente descrito está en la raíz del descontento que se ha hecho muy común entre el profesorado más comprometido con un ideal universitario que parece alejarse y hacerse más imposible. Que se trata de un problema grave y hondo es evidente aunque solo sea por los repetidos esfuerzos de las autoridades europeas para tratar de ponerle remedio, pero no parece fácil hacerlo. En particular, es inevitable que los procesos de homologación y armonización que impulsan las autoridades europeas, la creación de nuevos espacios, vayan acompañados de mayor burocracia y de intentos más o menos afortunados de medir la calidad de lo que se está haciendo, algo que, como es fácil de adivinar, difícilmente puede a resultar satisfactorio a quien, además de superar las dificultades propias de su tarea y soportar un reconocimiento social decreciente, se ha de enfrentar a intentos de objetivación de su trabajo que no siempre resistirían un proceso de homologación como los que pretenden implantar.

Europa debería evitar un peligro muy obvio, pero no fácilmente esquivable, a saber, que los procesos de incentivación, control y mejora educativa sean percibidos más como procesos de afianzamiento de una nueva instancia de poder político que como intentos serios de introducir mejoras reales en la educación universitaria. El hecho de que se parta de sistemas muy distintos, que afectan a más de veinte viejas naciones, no ayuda a disipar esa sospecha ni a apostar porque los controles de la Unión Europea vayan a resultar más eficaces y más inteligentes que la tutela de los Estados miembros. La solución podría estar en encontrar una fórmula intermedia que apostase por criterios de homologación amplios y encomendase al mercado y a la competencia la culminación de la tarea. Lo que es evidente es que el modelo napoleónico y estatal de las universidades no está menos en crisis que el supuesto modelo universitario humboldtiano basado en la idea de autonomía, ya que es inevitable que la autonomía en las decisiones sea imposible si no está basada en una autonomía en la financiación, en una competencia de las universidades dentro del mercado del conocimiento y de la educación, mercados ambos en los que las viejas universidades ya no pueden pensar en seguir siendo actores exclusivos.

La solución para que las universidades europeas puedan recuperar su empuje y competir en prestigio exige de manera inevitable la adopción de medidas que lleven a su diferenciación. Esto es lo primero que llama la atención cuando se habla de las universidades americanas, que nadie pretenda que allí todas las universidades sean iguales, las hay excepcionales y las hay francamente malas, pero, dentro de un orden de libertad, cada una de ellas procura mejorar para abandonar el pelotón de los torpes y encaramarse a posiciones de cierto prestigio. Nada de esto se podrá hacer mientras no se deje a las universidades competir, mientras no se camine hacia una autonomía real, lo que implica, indiscutiblemente, dejar de ser financiadas exclusivamente por las autoridades públicas mientras que, al tiempo, se sientan las bases para que la titulación deje de ser el único motivo real que atraiga a los alumnos a acudir a una determinada universidad. Muy poco a poco esto está ocurriendo ya, incluso en España, y no solo con las titulaciones, con el hecho de que algunas de entre ellas no valgan literalmente para nada, sino con la novedad incipiente de que algunas empresas empiecen a discriminar a los candidatos a determinados puestos de trabajo en función de la universidad en la que han cursado sus estudios.

Tanto la diferenciación como la competencia exigirán modificaciones que traerán consigo conflictos entre el personal académico, pero debería ser obvio que sin competitividad interna no se puede conseguir nada. En España, en particular, la forma de regular el acceso a las plazas docentes deberá experimentar profundas modificaciones, y sería un error continuar poniendo el acento en calificaciones otorgadas por tribunales, sean en concursos y oposiciones, sean en sistemas de agencia acreditadora. La razón es muy simple: hoy en día es perfectamente posible conocer los méritos y el trabajo académico y de investigación de cada aspirante a una plaza, así como la calidad científica e intelectual de sus publicaciones conforme a criterios bastante objetivos, al menos en la mayoría de las especialidades. Siendo esto así, es evidente que se puede prescindir por completo del criterio de los pares, tanto de la propia universidad como los de sorteo, y que se podría encomendar la elección de los profesores a los gestores que estuviesen dispuestos a conseguir que la universidad mejore su calidad, su reputación y su prestigio académico.

Poder hacer lo anterior exigiría un cambio bastante drástico de los sistemas de gobierno universitario y es rigurosamente incompatible con la pretensión, supuestamente democrática, que está detrás de un modo de elección de órganos rectores como el vigente en España. Pretender que quien debe su puesto, y su deseable continuidad, al favor de ciertos grupos actúe con criterio independiente es enormemente ingenuo o completamente cínico. Las universidades tienen que ser actores destacados en un mercado muy competitivo que es el mercado del conocimiento, y o se transforman o morirán. En tanto son corporaciones muy viejas es lógico que traten de evitar el trauma que supondrá una serie tan profunda de transformaciones, pero el proceso que está en marcha, la revolución tecnológica, la globalización, la economía del conocimiento, no podrá ser detenido por intereses gremiales o por la invocación de viejos privilegios.

Sería un grave error pensar que la mayoría de los universitarios no están dispuestos a cambiar. Los universitarios más jóvenes se han educado ya en un mundo que ha roto completamente las barreras de idioma y las geográficas, y están perfectamente adaptados a un entorno mucho más competitivo que el que hemos vivido hasta la fecha. El obstáculo más importante para el cambio no está, a mi modo de ver, en las universidades, ni en los profesores, ni en los alumnos, sino en el factor político, en la defensa a ultranza de una versión imposible del Estado de bienestar que exigiría igualdad y gratuidad en la educación como el óptimo de la política educativa. Esta política es la que ha padecido la universidad española desde la transición y no creo que nadie esté demasiado dispuesto ni a defender en serio sus supuestas virtudes, ni a negar el hecho palmario de que las ha carcomido. Jesús Fernández Villaverde citaba en una reciente conferencia el titular del periódico El País que daba cuenta de la elección reciente del rector de la Universidad Complutense: «La izquierda mantiene el control de la UCM». Es sobradamente evidente que todo esto tiene que cambiar de arriba abajo y deprisa, pero, de momento, no parece que los cambios en serio ni siquiera se atisben.

Para que las universidades puedan competir tendrán que esforzarse en ser diferentes y la legislación tendrá que dar facilidades porque estamos ante un punto en el que es imposible avanzar sin que se realicen cambios legales significativos, lo que nos lleva a tropezar de lleno con la política. Lo que es absurdo es una situación como la española en la que tenemos un enorme número de universidades generalistas sin apenas diferenciación y compitiendo unas con otras con el mero criterio de la cercanía geográfica al alumno o, lo que suele ser peor, por unos absurdos criterios de entrada que acaban exigiendo una mayor capacidad a alumnos de carreras no excesivamente complicadas, que no concretaré para no molestar, mientras se fomenta la entrada de alumnos con mal expediente a estudiar Matemáticas, por ejemplo, lo que supone un disparate y, ciertamente, la dilapidación de un dinero del que últimamente andamos escasos.

Otra dificultad, tampoco menor, es la que plantea el ambiente cultural dominante, los últimos coletazos de la posmodernidad más roma y demagógica, la pretensión de que nada hay que esforzarse para entender y poder hablar de ciertas cuestiones que, en tiempos algo más exigentes, se consideraron de la competencia de unos pocos a los que, incluso, se llegó a admirar. Este desparpajo del que cree que todo lo sabe se mezcla ahora, chapuceramente, con un cierto prestigio de lo útil y con un rechazo hacia la paja, la retórica y los considerandos que siempre se tienen por pretenciosos. Como he escrito en otra ocasión2, la consagración del principio del derecho a saber se ha convertido en una línea de demarcación entre lo útil y comprensible y lo perjudicial, de manera que no hay oídos atentos a lo que se considera abstruso o difícil.

Las universidades europeas, y muy señaladamente, las españolas, se encuentran ante el mayor reto de su historia, ante la necesidad de volver a convertirse en algo que, o no han sido plenamente nunca, o han dejado de ser hace tiempo, en el espacio privilegiado de la investigación científica y de la libertad intelectual, y hacerlo no bajo el amparo de un estado providente y más que generoso, sino ante la atenta mirada de un mercado muy movido y competitivo. Tienen también otra opción, convertirse en centros de excelencia en la formación de profesionales de diversas materias, y han de optar por alguna fórmula en el abanico definido por la divergencia entre esas dos líneas básicas, o centros de excelencia investigadora, o centros de excelencia académica en la formación de profesionales competentes y capaces de obtener el éxito en su posterior aventura profesional, cosa que será medida con rigor creciente en los próximos años.

Cualquiera de ambas opciones, en un grado o en otro, les exigirá alterar profundamente sus sistemas de captación de profesorado y lanzarse a obtener financiación por méritos propios, más allá del reparto de la sopa boba del Estado o de otras beneméritas entidades públicas. Por supuesto, se verán obligadas a repercutir la mayor parte de los costes en la matrícula, y dado el alto importe de sus servicios, los estudiantes se volverán mucho más exigentes y empezarán a no tolerar los restos de incompetencia académica más propios de La Casa de la Troya que del siglo XXI, antiguallas que aún quedan por muchas partes. Solo hace falta que les dejen hacerlo, que les estimulen a hacerlo. Se trata de un reto enorme a medio y largo plazo, pero la única alternativa a aceptarlos será la consunción. Estoy convencido de que la parte mejor de nuestras universidades está más que dispuesta a emprender esta reforma radical, solo falta que se rompa de una vez con la burocratización y el oscurantismo que gobiernan la vida universitaria.

Decía Eugenio d’Ors que lo que no es tradición es plagio, y si algo tienen las universidades europeas es tradición de la que pueden sacar abundantes ejemplos de excelencia para apoyarse en un salto hacia delante que exigirá grandes dosis de valor, de imaginación, de austeridad y de sacrificio, pero que permitirá recuperar un orgullo intelectual hoy muy malherido y reverdecer un pasado no tan lejano ni tan perdido. Si aciertan a hacerlo sin crear un vacío peligroso se ganarán una estima duradera de la sociedad, pero lo alternativa no es en ningún caso seguir como hasta ahora, porque todo, hasta las universidades europeas, puede llegar a su fin si no se acierta a evitarlo.

Al fin y al cabo, si las buenas universidades americanas son mejores que la mayoría de las universidades europeas es porque se pusieron a conseguirlo, no por otra razón. Es posible que Europa en su conjunto esté en estos momentos ante una encrucijada que nadie habría sospechado hace cien años, menos aún, pero no debiéramos olvidar que Europa se hizo grande super humerum gigantium, sobre los hombros de la convicción, griega y cristiana, de que el mundo era comprensible y que la vida humana podía organizarse sobre bases de libertad y de dignidad y que ese legado, difundido por todo el mundo, no ha perdido vigencia y podrá reverdecer con más facilidad allí donde dio sus primeros frutos. Se trata, sin duda, de una esperanza, pero apunta a una de esas metas que se pueden alcanzar con

esfuerzo. Sin duda, merecerán la pena los sacrificios que se hayan de hacer para lograrlo porque, además de lo que nos entreguen a cambio, ellos mismos supondrán una mejora moral, un abandono de la atmósfera en la que se ha podido legar a creer que el derecho a saber pudiera sernos garantizado prescindiendo del esfuerzo y de la cooperación, renunciando al denodado ejercicio de la razón y a la virtud de la generosidad al desplegar los dones con los que fuimos agraciados.

 

NOTAS

1 José Ortega y Gasset, Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y filosofía, Revista de Occidente, en Alianza Editorial, Madrid 1996, pp. 13-14.

 

2 José Luis González Quirós, «Repensar la universidad: el valor del conocimiento», en Debats, número 114, 2012/01, pp. 76-89.


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