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Resulta extremadamente propio de Gilbert Keith Chesterton que el comienzo de los trámites de su beatificación en Northampton haya sido una noticia bomba, y que a la vez nos resulte lo más natural del mundo. Y no sólo por su persistente predisposición personal a la paradoja, sino por esa idea tan suya de que lo más milagroso es lo más normal y viceversa. Para paradigma de novedad continua, él mismo. Como su personaje Domingo de El hombre que era Jueves, Chesterton no para de crecer y de crecer y de crecer y de crecer. Cada vez que uno lo mira, ve que su envergadura como periodista, como apologeta, como narrador, como filósofo incluso, ha aumentado. ¿Ha caído ya alguien en que su caso se asemeja muchísimo al del invitado de la parábola de Jesucristo que se sentó en los últimos sitios del banquete, y le dijeron: “Amigo, sube más arriba” (Lc 14, 7-11). Él hizo todo lo que estuvo en su mano por quitarse importancia. Se autorretrató como un “jolly journalist” sin más. Y más: llegó a afirmar que sus libros eran su forma de estropear algunas buenas ideas. De hecho, según confesión propia, lo suyo valioso era apenas un puñado de buenas ideas maltratadas.

Chesterton es un juego de matrioskas en las que cada nueva muñeca es mucho más grande que la anterior.

Mucha gente le creyó, aunque desde luego no los más listos, y mucha gente le sigue creyendo, aunque cada vez menos. Siempre le admiraron gigantes como Hilaire Belloc, Evelyn Waugh, T. S. Eliot, W. H. Auden, Jorge Luis Borges, entre otros. En cualquier caso, colosos o corrientes, crédulos o perspicaces, todos llevamos más de 75 años diciéndole, tras cada nueva visita a sus libros: “Amigo, sube más arriba”. Chesterton es un juego de matrioskas en las que cada nueva muñeca es mucho más grande que la anterior. (Es una imagen muy buena, ¿verdad? Yo estaba muy orgulloso de ella hasta que he recordado que no es tan mía. ¿Acaso no llamó la atención el gran inglés sobre las casas familiares, que son siempre mayores por dentro que por fuera?)

Esa continua e irremediable minusvaloración de Chesterton, que siempre estamos corrigiendo, y que vuelve siempre a cogernos por la espalda, adquiere proporciones aparentemente liliputienses en su teatro, dimensiones que acaban siendo —como verán tras La Sorpresa— gigantescas a poco que uno se pare a medirlas. Indudablemente, el teatro es el gran tapado de su obra completa. La Sorpresa, traducida por primera vez en España, será fiel a su nombre, y no sólo porque, desdeñosos de su teatro, le hayamos puesto tan fácil el sorprendernos.

Entre los que le han quitado importancia a su teatro, el mismo Chesterton, el primero, por supuesto, como no podía ser menos. Magia (1913) fue un éxito de público y crítica, alcanzando las 165 representaciones, pero él se empeñó en criticarla: «Magia fue escrita originariamente en forma de narración breve. Es una comedia mala porque era una buena narración breve».

Para mí, que lo poco que se prodigó en este género se debió más a un movimiento reflejo de humildad, como evitando acercarse a los terrenos del gran Shakespeare, pero pudo dar la impresión de que lo hacía, unido a sus auto deprecatorios comentarios, por falta de confianza en sus habilidades teatrales. Tengo la sospecha de que eso ha convencido un poco a sus lectores. El prólogo a la primera edición de La sorpresa, escrito por Dorothy L. Sayers, nada menos, y que por su indudable interés ofrecemos como epílogo (lo ofrecemos como epílogo, sobre todo, porque contiene spoilers), a pesar de la inmensa admiración y el agradecimiento desplegados hacia G. K. Chesterton, “bomba benéfica para su generación”, a pesar de todo, ya verán, contiene quizá un ligero desdén hacia lo específicamente teatral de Chesterton. Era en esto muy chestertoniana Dorothy L. Sayers, y no está sola.

El especialista Bernard Shaw no pensaba igual en absoluto, e hizo todo lo posible para acercar a Chesterton a las tablas. Nos lo contó muy bien, como suele, Felipe Benítez Reyes:

“En 1908, George Bernard Shaw le escribió una carta a Gilbert Keith Chesterton en la que, en registro de broma, le amenazaba con afanarse en arruinar su prestigio como ensayista, como periodista, como crítico y como persona de talante liberal si no se decidía a hacer alguna contribución al teatro británico. La amenaza se extendía a robarle el amor de su esposa «mediante alardes intelectuales y atléticos» y a someter a tortura a Hilaire Belloc”.

Al año siguiente, le insistió, ya incluso en términos empresariales, con una oferta concreta, aunque también en vano.

“Se ve que su empeño no era circunstancial: en 1912, Shaw le escribía a Frances, la mujer de Chesterton: “‘Deseo leerle a Gilbert una obra teatral. Empezó con el propósito de ser un simple sketch, de modo que no durará, como de costumbre, tres horas y media; puedo despacharla en hora y media. Deseo insultar, vituperar y estimular a Gilbert con ella. Es algo que él podría escribir y debería escribir: una arlequinada religiosa… Mi propuesta es la siguiente: yo le leo la obra el domingo (o en otra ocasión cualquiera) y usted cae en raptos de admiración, declara que jamás podrá amar a un hombre que no escriba algo como aquello y anuncia resueltamente que si en el plazo de tres semanas Gilbert no ha terminado una digna sucesora de mi obra, se irá usted, como la dama de La casa de muñecas, a vivir su propia vida'”.

De aquellas maniobras, asombrosamente eficaces, salió Magia, como de una chistera. No quedó Shaw nada descontento del resultado, pues llegó a calificar al personaje del duque como uno de las grandes creaciones de la literatura inglesa, a la altura de Dickens, y escribió, para celebrar el aniversario de la obra, una pieza que le sirviese de telonera. Hay que alabarle el gusto, como hace, lamentándose de forma poco chestertónica, Dale Ahlquist en el prólogo de la edición de Renacimiento de El juicio del doctor Johnson.

Sin embargo, la prueba definitiva del talento teatral de Chesterton está, a mi juicio, en La Sorpresa, escrita en 1930, aunque no se representara ni publicara en vida del autor.Como no quiero caer yo también en los spoilers y que un editor futuro me condene a los epílogos o al pie de página, me andaré con tiento.

Diré, apenas, que la obra se podría llamar igualmente Las sorpresas, si no fuese por la final, que sobrepasa a todas las que sin parar suceden en estas páginas y reclama el nombre en singular y tal vez la mayúscula ortográfica inglesa del título original (The Surprise) por antonomasia y derecho propio y divino. Con un guiño literal, jugando con el falso amigo, que no es tan falso, la mantenemos desde la cubierta del libro. Con todo, cada acto es una vuelta más de tuerca al argumento, y uno no descansa, por fortuna. La tensión sorpresiva es continua y parece insuperable hasta el momento en que se supera.

Y es alterna, porque no terminamos de acomodarnos a una comedia medievalizante, cuando nos hallamos inmersos en una reflexión de crítica literaria, y luego en una obra pirandellesca donde es el actor el que busca y rebusca y suelta y hasta rescata a sus personajes. El teatro dentro del teatro, tan shakespeariano, como puede verse en la recientemente traducida Tomás Moro y, sobre todo, en la clásica Hamlet, alcanza aquí unas dimensiones que desbordan la obra, inundan la sala, que se convierte en otro teatro, desembocan en la vida de cada espectador, y trascienden hasta la génesis de la creación y el sentido de la historia universal, nada menos. En las pequeñas dimensiones de esta obra hay metateatro, metapoesía, metacrítica y metafísica, además de la verdadera meta, que es la Teología.

Que todo eso comparezca, y sin forzar la mano, con una naturalidad de cuento de hadas, en una obra de tan pocas páginas y tan pocas pretensiones aparentes, que el autor, tras escribir, arrinconó y que no se publicó hasta después de su muerte, sólo nos habla, si nos fijamos bien, del tamaño desmesurado y creciente del talento chestertoniano. Vista desde fuera, La Sorpresa es una pequeña curiosidad más que añadir a la obra completa de Chesterton; pero por dentro tiene el tamaño del universo y más allá. Tras leerla, o sea, tras reírnos, emocionarnos, indignarnos, reflexionar, suspirar, volveremos a decir: “Amigo, sube más arriba”.


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FuenteSeptember 2014 - Nueva Revista número 148

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.