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Pasados cinco años, resulta que Viena, el Imperio Austro-Húngaro, en vez de ser un ‹‹leitmotiv›› posmodernista, autocomplaciente con el «statu quo» de los años ochenta, lo que está indicado es la configuración de la nueva Europa, liberada del último totalitarismo. Muchos europeos observaron el pasado fin de siglo con escepticismo, con pesimismo por un futuro incierto, y a fe que no se equivocaron. El presente fin de siglo puede muy bien ser justamente lo contrario: una época de recuperación de lo más específicamente europeo, esto es, libertad y los derechos individuales con gobiernos nacionales sometidos al imperio de la ley.

Puede decirse que el siglo XX, entre 1914 y 1990, ha sido fatídico para Europa, que pasó de ser el continente hegemónico a finales del siglo XIX a autodestruirse y decaer hasta niveles desconocidos en el siglo XX. Con todo, hay dos fechas de esperanza, de recuperación de la cultura y el sentido europeo de la libertad: el 25 de agosto de 1944, la liberación de París por los Aliados significaba el fin de la pesadilla nazi y la libertad y reconstrucción de la mitad occidental del viejo continente y el 9 de noviembre de 1989, la caída del muro de Berlín, que simboliza el final de la dictadura comunista.

Porque, ¿hacia qué nueva Europa nos encaminamos? Hacia una Europa muy similar a la del final del siglo XIX y principio del XX, en la que predominaban los ciudadanos sobre los Estados  y en la que la soberanía nacional era una referencia de leyes y territorialidad, pero no del dominio imperialista de un país sobre otro. Aquel modelo totalitario terminó en Europa Occidental con la derrota nazi en 1945 y ahora ha finalizado, en Europa Oriental, con el derrumbamiento de la URSS. Han hecho falta setenta largos años. Han hecho falta setenta largos años para volver a la situación a la que estábamos en 1914. Y esta nueva Europa se parece muy poco a la soñada por los burócratas socialdemócratas de la Comunidad Económica Europea, con un nuevo centro político que reglamenta y controla desde Bruselas una suerte de gran Estado federativo socialista. La Europa imaginada y deseada por Mitterrand, Delors y Felipe González (si me permiten la utilización de la imagen goyesca) no ha pasado de ser un «sueño de la razón» que por esta vez no ha podido «producir monstruos». A continuación, me propongo describir y analizar los elementos más destacados de aquella extraordinaria experiencia cultural que fue la capital del Imperio Austro-Húngaro en el pasado fin de siglo. A la vez sugiero que en el Centro y en el Este de Europa, donde hubo desconcierto, escepticismo y desorientación, hoy emerge una sociedad plural con la experiencia negativa del socialismo en todas sus versiones, pero que todavía se encuentra sometida a tensiones nacionalistas que solamente un poder moderador y arbitral como el Imperio y las monarquías fueron capaces de integrar y canalizar en un proyecto común.

 Viena, fin de siglo

Viena al final del siglo pasado, como señaló Karl Kraus, intelectual clave de aquellos años, fue «una estación meteorológica donde se experimentó el fin del mundo». Y es que en la acepción vienesa, el «fin de siglo», la década de 1890, significó una actitud políticamente pesimista y culturalmente escapista y esteticista cuya mejor muestra es la obra del pintor Gustav Klimt y del grupo de la Secesión. Aquel retraimiento y actitud evasiva fue debida al ascenso de nuevas corrientes ideológicas (antisemitismo, nacionalismo, socialismo) y partidos políticos de masas que cuestionaban no  sólo el sistema de dominación tradicional, sino la propia existencia y continuidad del Imperio. En otras palabras, en Viena, la élite política y cultural observaba la modernidad, el inminente siglo XX, con una profunda desconfianza e incluso con una amenaza según ha puesto acertadamente de manifiesto Cari E. Schorske. Por su parte, Robert Musil, en su novela ‹‹El hombre sin atributos», acertó a definir el ambiente cultural y político vienes de aquellos años con dos conceptos dominantes: desconcierto y desorientación.

Pero el sentido pesimista del pasado fin de siglo fue típicamente vienes. En otros países como Francia, Inglaterra y sobre todo en los Estados Unidos, la década de 1890 no se vivió en cambio como una época de desconcierto y desorientación, sino de esperanza y optimismo. Y aquellos valores de esperanza y fe en el progreso, propios del liberalismo, estuvieron vigentes en aquellos países incluso después de la Primera Guerra Mundial. Muchas de las cuestiones que entonces se plantearon (el nacionalismo; la supremacía del individuo, de la libertad y el parlamentarismo frente a los aparatos burocráticos y el estatismo; la configuración de un nuevo orden europeo…) están ahora de plena actualidad en el presente debate político. A estos temas hay que sumar nuevos problemas como la conservación del medio ambiente, las inmigraciones masivas o la reconstrucción material y moral de aquellos sometidos hasta ahora por el comunismo. Por ello, la Historia no se repite, pero los historiadores tenemos la tarea de rememorar el pasado a los efectos de identificar y analizar los grandes temas del presente.

La transformación de la ciudad

Salvadas las distancias, Viena se parecía en algunos aspectos al Madrid de mediados del siglo XIX. Desde el punto de vista de la estructura económica, existía una hipertrofia de los servicios y de las ocupaciones artesanales. Era una ciudad de escasa e incipiente industria y con un comercio suntuario de alcance local; en suma, una capital política y residencial máscaracterizada por su estancamiento que por su dinamismo. Pero la legislación liberal con la supresión de los señoríos y las transformaciones agrarias produjeron un desplazamiento de población del campo a la ciudad, no sólo procedente de la Baja Austria sino también de Bohemia y Moravia. La población se multiplicó por tres entre 1850 y 1890, alcanzando la cifra de casi un millón y medio de habitantes, y continuó creciendo hasta dos millones y medio en 1914.

La rápida industrialización y la mejora de las comunicaciones hicieron de Viena una ciudad abierta y dinámica. Viena en 1914 no presentaba un atraso excesivamente significativo ni tenía grandes diferencias con la otra metrópolis industrial de Centro Europa, Berlín. Al decir de Gerhard Meissl, Viena era como la cabeza de las dos caras del dios J ano que miraba a la vez al pasado y al futuro.

Por un lado, la ciudad ofrecía esa visión tópica, alegre, de los valses, aprendices, artesanos, lavanderas y cadetes. Pero había otra cara de montadores de la industria electromecánica, empleados de fábricas y bancos, ingenieros y técnicos en fin, elementos propios de la sociedad urbana industrial con un fuerte y moderno movimiento sindical que resolvía sus conflictos por medio de convenios colectivos. Las transformaciones urbanas de Viena se adelantaron a la industrialización experimentada a partir de la década de 1880. Después de la revolución democrática de marzo de 1848, Francisco José cedió el poder municipal y el control del gobierno a los liberales. Éstos accedieron al poder después de los años sesenta, no por su propia fuerza sino por la debilidad y desprestigio del ejército, derrotado primero por los italianos y franceses y más tarde por los prusianos. El nuevo gobierno municipal de Viena convirtió la ciudad en un bastión liberal e hizo de la urbanización de la capital un proyecto colectivo en el que se sacralizaba la perfecta unión entre el Emperador, es decir, el pasado, y las clases medias alemanas y judías de Viena, portadoras del futuro, de la ética del progreso, de la moral y del derecho. La conformación espacial ele la ciudad comprendía, a la altura de los años de mil ochocientos sesenta, un núcleo amurallado constituido por la antigua capital imperial, barroca y contrarreformista; en tomo a ese núcleo se extendía un amplio glacis, un terreno en forma de anillo, concebido inicialmente como zona defensiva estratégica pero que desde el siglo XVII había perdido su función originaria y se encontraba bajo jurisdicción del ejército, quien lo utilizaba para acuartelamiento y maniobras militares; y por último, una tercera zona, los arrabales, donde se fue instalando la incipiente industria vienesa. Los liberales en el gobierno municipal lograron convencer al Emperador y arrebatar al desprestigiado ejército austríaco el segundo anillo que rodeaba el núcleo vienes, conocido como la Ringstrasse, o calle de circunvalación, y se dispusieron a construir un conjunto monumental que expresaba el esplendor de la nueva Viena, regida ahora por la clase media germana.

La idea consistió en construir en torno a la carretera de circunvalación edificios públicos (de función educativa, cultural y política) y aprovechar la nueva urbanización para viviendas de pisos para la clase media y aita. A la hora de decidir los estilos y seleccionar los arquitectos que debían llevar a cabo los edificios representativos (la universidad, el ayuntamiento, el parlamento y el teatro municipal) se optó por el idioma visual del pasado. Y ello fue así porque, como señaló Foster en 1838, "el genio del siglo XIX es incapaz de seguir su propio camino… el siglo no tiene color definido». En efecto, en la década de los sesenta y setenta no había un lenguaje arquitectónico propio del siglo XIX. Pero por otro lado el mensaje ideológico que querían transmitir los liberales se satisfacía plenamente con el historicismo, toda vez que ellos mismos no representaban en absoluto una ruptura con el pasado. Así, Friedrich Schmidt construyó la «Rathaus», el Ayuntamiento, en un imponente estilo gótico, como reconocimiento del antiguo arte burgués de las ciudades medievales; Ferstel construyó el edificio de la universidad en estilo renacentista como un alegato de la burguesía racionalista triunfante sobre el oscurantismo medieval; Semper levantó el Burtheater  concebido en estilo barroco temprano, recordando la época feliz de la Viena contrarreformista que era capaz de generar un espectáculo de estética compartida por lo eclesiástico, lo caballeresco y lo plebeyo. La construcción de la Ringstrasse y las posteriores ampliaciones planteaban problemas de urbanización y puede decirse que en Viena nació el urbanismo moderno sobre la base de la polémica que se estableció entre los arquitectos Camillo Sitte y Otto Wagner. Camillo Sitte era hijo de un restaurador de iglesias y de obras de arte y él mismo desarrolló una actividad similar. Sitte trató de unir la tradición artesanal con el moderno urbanismo; se consideraba constructor de ciudades más que planificador, hasta el punto de que sus ideas las plasmó en un libro titulado "La construcción de ciudades sobre principios artísticos». La ciudad ideal de Sitte tenía que ser de crecimiento orgánico, espontáneo, no planificada, en la que se pudiera caminar y en la que los edificios fueran construidos de forma tradicional. Frente a las grandes avenidas y líneas de comunicaciones y circulación, Sitte propugnaba la edificación de plazas y lugares de encuentro. La propuesta de Sitte era impracticable y anacrónica frente a la opinión de un Ayuntamiento que había apostado por primacía de la movilidad y fluidez que encarnaba la Ringstrasse. En 1983 Otto Wagner ganaba un concurso municipal para un nuevo plan de urbanización de Viena. El objeto del plan era la reordenación e integración de un nuevo y vasto cinturón de edificios, los antiguos arrabales, que pasaron a formar parte de la ciudad en 1890 por el nuevo estatuto municipal. Wagner no sólo fue un arquitecto que desarrolló el funcionalismo y la utilización de nuevos materiales en la construcción durante el levantamiento de la Ringstrasse, sino que estableció un plan urbanístico dominado por las ideas claves del desarrollo y de la circulación. Se trataba de realizar otros tres anillos o carreteras de circunvalación, comunicados entre sí dos carreteras radiales que podían incluso penetrar en el centro del núcleo antiguo de Viena. Además, esa solución miraba hacia el futuro en el sentido de que la progresiva ampliación de nuevas circunvalaciones permitiría un crecimiento ilimitado de la ciudad. Y, efectivamente, la ciudad creció espectacularmente al multiplicar por cuatro su extensión con la incorporación de los arrabales en 1890 y la posterior ampliación a la orilla izquierda del Danubio. El esplendor liberal de Viena coincide precisamente con esos años, hasta el punto de que en la Historia de Austria la «ringsstrassera», la época de la Ringstrasse, tiene un significado conceptual de valores morales y políticos similares a la definición británica de la «época victoriana». Pero ese apogeo liberal, que se puede situar hacia 1890, prácticamente recién finalizadas las obras de la Ringstrasse, fue tan espectacular como efímero ya que la impetuosa incorporación de la población obrera de los arrabales por una parte y el incremento de los electores de ideología pangermanista por otra, puso fin al gobierno municipal de los liberales en lo que era su bastión más significativo, es decir, el Ayuntamiento de Viena. Ello era el anuncio de que nuevas fuerzas políticas (partidos de masas en el sentido moderno del término} estaban desplazando definitivamente a la clase media y a la ideología liberal de los puestos claves de Viena. La cuestión central, después de 1985, era si esos nuevos partidos iban a ser un elemento aglutinador y cohesionador de la estructura imperial (como lo habían sido los liberales) o si por el contrario se abría un periodo de incertidumbre y de crisis irreversible.

La política

El liberalismo, en su versión austríaca, tuvo su período de plenitud entre 1860 y 1890; su base social fue la clase media compuesta por alemanes y judíos. Estos últimos sumaban el 5 por 100 de la población de Viena pero eran muy influyentes por su dedicación a profesiones claves como el ejercicio de la medicina, el periodismo o profesores de universidad.

El sufragio, elemento clave para el ejercicio del poder, era por supuesto restringido y los liberales no se distinguieron precisamente por su interés en que fuera ampliado sin restricciones. Esto era debido por un lado a su consciente debilidad frente a los nuevos movimientos de masas (los nacionalismos de diverso signo y el movimiento obrero).

Por otro lado, los liberales estaban convencidos de que «eran los portavoces y representantes del pueblo en el parlamento» según opinión del escritor Stefan Zweig, uno de los mejores testigos del ambiente político y cultural de Viena en aquellos años. Según este autor, los parlamentarios liberales «cifraban su orgullo en ser gente culta, en lo posible con instrucción académica, y atribuían importancia a la dignidad, a los buenos modales y una dicción correcta; las sesiones parlamentarias transcurrían como las veladas de un club distinguido.

Gracias a su confianza liberal en un mundo infaliblemente progresista por obra de la tolerancia y la razón, aquellos demócratas burgueses opinaban sinceramente que velaban, del mejor modo posible, por el bien de todos los súbditos del Imperio haciendo pequeñas concesiones e introduciendo mejoras paulatinas».

En cierto sentido aquella cosmovisión y cultura política era similar a la de la Inglaterra victoriana: una moral firme, recta y represiva; tenían una confianza sin límites en el imperio de la ley lo que implicaba la defensa de los derechos personales y del orden establecido: intelectualmente seguían un volterianismo moderno y una auténtica fe en el progreso a través de la ciencia, la educación y el trabajo. Smeriing, director del prestigioso Colegio Teresiano y después Jefe del Gobierno, expresó con una frase bien significativa el optimismo y la fe en el futuro propio del liberalismo en ascenso de los años sesenta: «Podemos esperar, el saber nos hará libres». Pero el resultado de la espera no fue un aumento de la influencia liberal, sino su cuestionamiento ya que a partir de la década de 1880 surgieron nuevos partidos de masas que recogían las aspiraciones del campesinado, de los artesanos, de los trabajadores y de los pueblos eslavos. Los nuevos partidos desplazaron a los liberales del poder. Primero en el gobierno del Conde Taafe quien constituyó un gabinete de concentración con las minorías nacionalistas, si bien mantuvo siempre un puesto ministerial para los liberales, hasta su caída en 1893. Posteriormente, los liberales fueron desplazados del mismo Ayuntamiento de Viena, en las elecciones de 1895, que el Emperador no ratificó hasta 1897. En los años noventa, se produjo por tanto una crisis política que generó entre las clases medias una seria preocupación e incluso un sentimiento de desconcierto y angustia por cuanto no se perfilaba una alternativa con un proyecto político ni una fuerza social aglutinadora del Imperio. Robert Musil en su novela El hombre sin atributos, realizó un agudo diagnóstico sobre el ambiente de la ciudad en aquellos años: «En aquella época nadie sabía hacia donde se movía ni nadie sabía distinguir entre lo que estaba arriba y lo que estaba abajo, entre lo que avanzaba y lo que retrocedía».

Contra el liberalismo

Los agentes políticos que alteraron de forma tan decisiva la dorada era liberal de la Ringstrasse fueron el partido socialcristíano de Karl Lueger y el partido pangermanista de Schónerer, Alldeucht, antecedente doctrinal de Hitler y del nazismo. Ambos eran firmes enemigos del sistema de valores liberal, pero había notables diferencias entre ellos. Schbnerer procedía de una familia de la nueva aristocracia enriquecida por los negocios y en vez de seguir la tradición familiar pronto derivó hacia una vocación política al amparo de los clubes austro-liberales. Con ellos chocó por su escasa atención a los asuntos sociales y por su tibio nacionalismo. En 1882, Shonerer rompió con el liberalismo y publicó el programa de Linz en el que propugnaba una democracia radical, una reforma social en el sentido populista y anticapitalista y un nacionalismo alemán absolutamente radical. Un nacionalismo que le llevó a exclamar en el Reichtag en 1882: -‹‹ ¡Ojalá perteneciéramos ya al Reich alemán! » Schónerer vio en el antisemitismo la clave o síntesis de toda una serie de elementos aglutinadores de su ideología, antisocialista, antiliberal y anti-Hasburgo.

Con estos elementos programáticos e ideológicos, Schónerer llegó a tener un grupo parlamentario de veintiún diputados que se veían reforzados por una agresiva acción de violencia callejera. Y fue sin duda esa violencia la que acabó con su carrera política ya que fue encarcelado en 1887 y perdió por cinco años sus derechos políticos. El partido socialcristiano de Karl Lueger tenía elementos comunes con Alldeutch pero también notables diferencias. Lueger, a pesar de proceder de una familia modesta (era hijo de una estanquera) había sido educado en el elitista Colegio Teresiano, el colegio de la aristocracia. Era católico y vienes y eso imprime carácter pues aunque era antisemita y nacionalista, no llegaba al punto de cuestionar la continuidad del imperio austrohúngaro. Sin embargo, su marcado anticapitalismo y antisemitismo le hacían especialmente odioso para la comunidad judía de Viena y para los liberales alemanes. Estos llegaron incluso a presionar al Emperador para que no ratificara la elección democrática de Lueger como alcalde de Viena, en 1885. El progresista Freud celebró aquella violentación de la voluntad democrática fumándose un puro en honor del Emperador. Magnifica escena que recuerda las paradojas y el desconcierto descritos por Robert Musil.

La otra fuerza disolvente del austroliberalismo fue el sionismo, movimiento que nació como reacción frente al creciente antisemitismo. Theodor Herzl era un joven judío, brillante literato, estela de los años noventa en Viena. Enviado a Paris como corresponsal del principal periódico de la ciudad, el «Neue Freie Presse", se sintió conmocionado por el antisemitismo desencadenado en Francia tras el «affaire Dreyfus». Por si fuera poco la alcaldía de Viena había caído en manos del antisemita Lueger y Herlz llegó a la conclusión de que el modelo capitalista, liberal y tolerante en el que había crecido, había fracasado. A partir de entonces escribió su obra fundamental El Estado Judío y fundó el movimiento sionista tendente a encontrar una patria para los judíos. La fe liberal y racionalista de Schmerling, recogida en su frase «el saber nos hará libres» fue sustituida por Herlz, tránsfuga del liberalismo, por otra de tintes irracionales orientada hacia la fantasía y el mundo de los sentimientos: -el deseo nos hará libres».

Lueger, Schónerer y Herlz procedían originariamente del austroliberalismo y los tres apartaron a su modo a bases sociales susceptibles de participar en el proyecto liberal. De esta forma contribuyeron decisivamente a poner en crisis el sistema ideológico y de valores en que se sustentaba el Imperio Austro-Húngaro a finales del siglo XIX. Y lo hicieron apelando no a los niveles racionales, sino a los irracionales, al mundo de los deseos y de los sentimientos. Entonces, más que nunca tomaba sentido la reflexión del poeta Hoffmanstal que a la altura de 1895 escribió: «La política es magia: quien sepa extraer fuerzas de lo profundo será seguido››.

El nuevo partido socialdemócrata, PSD, de Víctor Adler (también judío y de procedencia política liberal) jugó un papel no menos decisivo a la hora de socavar la hegemonía política de los austroliberales. Adter consiguió unir las distintas fracciones socialdemócratas existentes en un Congreso que finalmente se celebró en Hainfeld, en 1889. El austromarxismo consistió a la vez en una práctica política de masas eficaz y en una elaboración teórica de altura con personalidades tan destacadas como Kaustky, Otto Bauer y Karl Renner. En términos generales el austromarxismo se caracterizaba por un radicalismo verbal y estratégico más que notable y una moderación en lo inmediato con gran capacidad para la negociación y la consecución de acuerdos. El crecimiento del PSD fue espectacular en parte debido a lo acertado de su dirección, que reclamaba a la vez el sufragio universal y mejoras en las condiciones de vida, en parte debido al notable crecimiento absoluto y proporcional de la población obrera de Viena. Con todo, el PSD parecía, a los ojos de los liberales vieneses, un partido irrazonable pero no irracional. De hecho, hasta el Emperador Francisco José pensó que los socialdemócratas podrían llegar a ser la nueva fuerza aglutinadora del cada vez más desarticulado Imperio frente al empuje de los partidos nacionalistas eslavos. Y de ahí, según la opinión de todos los analistas, que aquel Emperador ultraconservador se decidiera a conceder el derecho de sufragio universal en 1907. Pero esa maniobra política finalmente fracasó, porque si bien el PSD pasó a ser, después de las elecciones de 1907, la segunda minoría parlamentaría con 87 escaños, poco después las secciones nacionales socialdemócratas reclamaron su propia independencia. De ésta forma, los nuevos partidos socialdemócratas se hicieron portavoces de las reivindicaciones nacionalistas, contribuyendo a la descomposición del Imperio.

El hecho es que la crisis política no sólo afectaba al liberalismo austriaco en general y al vienes en particular. El problema de fondo era la estabilidad, continuidad y gobernabilidad del Imperio. Desde 1879 hasta 1893 el Conde Taafe fue Jefe del Gobierno pero la agudización de las demandas nacionalistas y la negativa de los alemanes a hacer nuevas concesiones a las minorías eslavas, croatas, polacas, etc., rompieron definitivamente la coalición denominada «el anillo de hierro». Desde 1893 hasta 1907, los vieneses asistieron a un prolongado periodo de inestabilidad e incertidumbres debido a que no se encontraba la fórmula para establecer un marco político y electoral en el que pudieran desenvolverse fuerzas tan dispares. Finalmente, el sistema parlamentario se puso de nuevo en marcha a raíz de las elecciones de 1907 pudiéndose votar el presupuesto tal y como estaba previsto. Pero la crisis de Bosnia y las guerras de los Balcanes sumieron al Imperio en un caos de forma que los gobiernos entre 1908 y 1914 fueron en su mayoría no parlamentarios.

La cultura

Así pues, después de 1890 Viena entra en lo que de forma más clara caracterizada un ambiente «fin de siglo-: sensación de confusión; multiplicidad y coexistencia de diversas corrientes artísticas y de pensamiento; ausencia de objetivos claros; transformaciones sociales y políticas espectaculares e inesperadas…Este ambiente «fin de siglo » fue, no obstante, un fenómeno europeo. Así, Shorske considera que al llegar a 1890 se produjo una «fragmentación obicua» de manera que «la cultura superior europea ingresó en un remolino de infinita innovación en el que cada campo reclamaba su independencia del todo y a su vez cada parte se separaba en partes». Stuart Huges sostiene la misma opinión y considera que la década de 1890 tiene el profundo significado de una rebelión o revuelta contra el positivismo y por ello, el profesor norteamericano, aprecia un cierto retorno a actitudes irracionales comparándolas en cierto sentido con el romanticismo.

Pero veamos en qué consistió la originalidad de Viena como centro cultural de primer orden. Más que hacer una extensa referencia de la nómina impresionante de artistas e intelectuales que destacaron en aquellos años y que han ejercido hasta hoy una influencia decisiva, voy a señalar algunos de los elementos que explican el fenómeno vienes. Viena era la capital de un imperio de cincuenta millones de habitantes y ejercía un monopolio cultural similar al que significaba Paris para la sociedad francesa. Pero además, la Universidad se concentraba en un sólo edificio; el núcleo urbano era pequeño y el problema crónico de la vivienda hizo de los cafés vieneses el punto de encuentre de una amplia y numerosa «inteligencia». Junto a esos elementos facilitadores de la actividad intelectual, la singularidad vienesa procede, según Shorske, de un factor cultural y otro político. En primer lugar la cultura aristocrática era la dominante ya que la burguesía austríaca era en la mitad del siglo XIX mucho más débil que la inglesa o francesa. Pero es que además en Viena existía una estética contrarreformista que hacía de la ciudad un lugar realmente singular en relación al resto de Centro Europa donde predominaba una moral rigorista, científica y filosófica. En Austria, y en particular en Viena, la cultura era estética y con claro predominio de las artes aplicadas y escénicas la arquitectura, el teatro y la música. Pues bien, esa cultura aristocrática entró en confrontación con la cultura burguesa liberal dominada por los principios de la razón y de la ley. El resultado fue una fase de asimilación mutua que se plasmó en el mimetismo historicista de las construcciones de piedra de la Ringstrasse y de las artes escénicas claramente recogidas en las obras de Hoffmanstal y Stifter. Pero en el fin de siglo, en la década de los años noventa, aquella pasión del arte por el arte, que comenzó como una forma vicaria de asimilación de un estilo de vida aristocrático, término siendo una escapatoria, un refugio frente a una realidad política crecientemente amenazante. El arte así se convirtió en una nueva religión y esa nueva síntesis artística liberal fue una mezcla de valores individualistas y de valores estéticos del pasado.

Por su parte, Bruno Bettelhein busca la explicación del espectacular desarrollo de Viena como centro cultural en el hecho de que, paradójicamente, mientras comienza la decadencia del Imperio en 1848, a cada nuevo revés internacional, la capital experimenta un impulso de crecimiento y desarrollo casi como una respuesta, como un mimetismo compensatorio. Según Bettelhein la decadencia política del Imperio y la sensación de inseguridad generó angustia y desconcierto entre la élite que tendió a aislarse del mundo exterior y a  reconcentrarse en sí misma y en la ciudad. Viena pasó a ser un bastión de ideales liberales, original, sensual e insólita en el centro de Europa.

El concepto de Modernidad

Jean Clair, Director de la Exposición sobre Viena del Centro Georges Pompidou, opina que la singularidad cultural de Viena procede de una visión pesimista de los efectos de la modernidad. Mientras que en Occidente la modernidad discurría paralela al progreso histórico (democracia, urbanización, progresiva decadencia de lo antiguo) en Viena la modernidad suponía el fin del mundo conocido, del statu quo, que la burguesía liberal había conseguido acuñar en todo su esplendor entre 1860 y 1890. Esos liberales, la clase media alemana y los judíos, observaban que, desde el punto de vista político, la modernidad no discurría paralela a su idea de progreso y seguridad ya que implicaba un aumento del nacionalismo eslavo que cuestionaba los cimientos del imperio. Pero además, el nuevo movimiento político de masas favorecía el predominio del pangermanismo, del antisemitismo y del sionismo. La reacción de los intelectuales vieneses fue por tanto distinta que la que adoptó la «¡ntelligentsia » en el resto de Europa. Allí los artistas eran la vanguardia que coincidía con las ansias de modernización y progreso de los movimientos políticos de masas. En Viena los intelectuales y artistas no se sumaron a esa vanguardia, sino que se separaron y aislaron de una evolución general que no entendían ni querían. Por el contrario, las ideas de la Secesión contenían elementos de purificación (la revista fundacional se llamaba significativamente «Ver Sacrum », Primavera Sagrada) con un mensaje estético impregnado del pasado y dentro del pasado. De ahí que Janik y Toulmin, autores de un importante libro sobre la Viena de Wittgenstein, señalen que los estetas del noventa «eran unos marginados con su clase, no de su clase». Con ello quieren significar la estrecha unión de los artistas e intelectuales de Viena con los intereses de la élite y las clases medias liberales. Buen ejemplo de ello es que los mecenas de la Secesión fueron grandes industriales de Viena tal y como ha puesto recientemente de manifiesto Bernard Michel. La Secesión no era propiamente vanguardista, no se adelantó a su tiempo, sino que se marginó de una modernidad, de un siglo XX que no tenía interés para ellos. Y es que para aquella élite política e intelectual, la modernidad de Viena significaba incertidumbre, decadencia y pesimismo por la presencia y hegemonía de movimientos políticos de masas escasamente atractivos. Es precisamente en ese encerramiento de los vieneses en sí mismos donde cobra todo su sentido una figura como Sigmud Freud quien en medio de aquella incertidumbre histórica (en el sentido del concepto del progreso en la Ilustración) suministró a los artistas vieneses, y en general a sus compañeros liberales, una teoría histórica, del hombre y la sociedad. Una teoría que justificaba la ausencia de responsabilidad individual y que podía volver soportable un mundo político que giraba fuera de órbita más allá de todo control. Freud era un pesimista a quien los hechos terminaron por darle la razón, al menos hasta la mitad del siglo XX. Para él, la civilización liberal, los ideales de progreso y tolerancia eran un delgado barniz que las imponentes fuerzas destructivas del inconsciente podían atravesar en cualquier momento. En otras palabras, Freud negaba la supremacía de la cultura sobre los instintos, al menos a la altura de la época en que le tocó vivir. Coincidía plenamente con la opinión cíe Hoffmanstal cuando éste señalaba la preponderancia de los sentimientos sobre la razón para triunfar en la nueva política de masas. Freud fue a la vez reflejo y responsable alícuota de aquella supremacía de los instintos sobre la razón, de la irresponsabilidad de la voluntad de los individuos. I Escapismo «fin de siglo» Klimt, pintor de formación académica y tradicional, se hizo famoso por la decoración del nuevo Teatro Municipal de Viena. En uno de aquellos enormes lienzos pintó a la élite de la ciudad en un retrato colectivo en el que se individualizaban decenas de relevantes personalidades en una escena que representaba el auditorio del antiguo Teatro de Viena. Apenas ocho años después, en 1897, fundó el grupo la Freud suministró a los artista» vieneses, y en general a sus compañeros liberales, una teoría histórica del hombre y la sociedad. Una teoría que justificaba la ausencia de responsabilidad individual y que podía volver soportable un mundo político que giraba fuera de órbita más allá de todo control Secesión y al año siguiente recibió el encargo de decorar la escalinata y la bóveda de la Universidad. Pero ya era otro Klimt el que pintaba una alegoría de la filosofía interpretada desde un punto de vista psicológico y representando un mundo caótico de ciega energía girando en un círculo infinito de amor, erotismo, muerte y partos dolorosos. La cultura de la Ringstrasse era cosa del pasado y Viena entraba en un mundo de ensoñaciones y de caos. Desvelar aquella realidad a parte de la clase media liberal, todavía ligada al academicismo y al optimismo, costó a Klimt el mismo rechazo inicial que padeció Freud con sus tesis sobre el subconsciente y la primacía de los sentimientos sobre la razón y la cultura.

La Secesión cobró una influencia y desarrollo espectacular en parte debido al apoyo de algunos mecenas como el padre del filósofo Wittgestein, quien incluso financió el edificio de la Secesión diseñado por Olbrich. Pero la Secesión no iba a ser la corriente unificadora y finalmente triunfante de la estética escapista a medio camino entre el hedonismo y el academicismo. Ya he señalado que el «fin de siglo» se caracterizó por la coexistencia y fragmentación cultural. Así, frente al movimiento cultural encabezado por Klimt, Karl Kraus y otros intelectuales se movilizaron con un objetivo común de crítica a la Secesión desde una perspectiva de la ética purista liberal y trataron de arrollar la estética escapista, interiorista y sensual de la Secesión prefigurando un arte nuevo, propio del siglo XX, una de cuyas mejores expresiones fue la estética funcionalista de la arquitectura de Loos, carente de la más mínima ornamentación, Paralelamente, los expresionistas Kokoschka y Shomberg realizaron un arte militante, desgarrado y sin ninguna concesión al hedonismo significando el cierre de un ciclo estético y cultural de fin de siglo. Es lo que Shorske, utilizando una imagen literaria de Stifter sobre un jardín idílico de la época feliz de la Ringstrasse ha denominado como «la explosión en el jardín». Es decir, el final y la fecunda dispersión de una estética y de una época.

Y termino comparando aquel desconcierto y escepticismo vienes del pasado fin de siglo con la esperanza del presente, de una Europa abierta, sin la amenaza totalitaria. Después de ochenta años de la fecunda dispersión iniciada en Centro Europa a principios de siglo, los europeos tenemos de nuevo la oportunidad de retomar aquel impulso cultural, creativo y de libertades en el marco de la nueva Europa democrática del Atlántico a los Urales. En la experiencia de la Historia política europea, el Imperio Austro-Húngaro y las monarquías resultaron ser sistemas de libertad, limitados por constituciones, por la tradición y por el sentido dinástico. Haciendo una comparación con las repúblicas que surgieron en 1918, el Imperio y las monarquías han demostrado una nítida superioridad en el respeto a los derechos humanos y en su capacidad de integrar las difíciles y complicadas tensiones nacionalistas. Sobre el anterior fin de siglo los europeos de Centro Europa no están presionados por el antisemitismo ni por ideologías totalitarias que cuestionen el sistema liberal-democrático. ¿No será éste el momento de apoyar abiertamente el restablecimiento de un nuevo orden europeo capaz de hacer frente a los retos del siglo XXI (la democracia, las inmigraciones, el medio ambiente…) que se inspire en el entramado cultural, político y económico de la época del anterior apogeo de Europa?. •


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