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El 30 de abril de 1977, Darío Valcárcel informaba en El País, en relación a la visita de Adolfo Suárez a la Casa Blanca el día anterior, que «un alto funcionario de la Administración Carter» había explicado a la prensa española que «tenemos un gran respeto por el joven presidente [español], pero parece que la persona que esté en el centro del sistema no es él, sino el Rey».
La visita de Suárez a la Casa Blanca del 29 de abril de 1977 había sido la primera realizada por un jefe del Gobierno de España a la residencia del presidente estadounidense en la Historia. Ni Madrid ni Washington habían disimulado su importancia. Suárez acudía a ver a Carter a falta de un mes y medio para que España celebrara sus prime-ras elecciones democráticas —aunque preconstitucionales—, y el presidente de EE UU le recibía cuando justo se cumplían los cien días desde su jura del cargo. Y los primeros cien días, es bien sabido, son el momento clave, de «luna de miel» de los gobiernos con su electorado, al menos desde que así lo decretó un predecesor de Carter: Franklin D. Roosevelt.
Por tanto, ninguno de los dos políticos había jugado con cautela en materia de calendario. La transición española era importante para Estados Unidos. Y que EE UU mantuviera su apoyo a las reformas democráticas y a la estabilidad era fundamental en España.
Casi treinta y siete años después, el 13 de enero de 2014, Mariano Rajoy y Barack Obama se reunían en la Casa Blanca en la que, por ahora, es la última visita de un jefe del Gobierno español a la residencia del jefe del Ejecutivo y del Estado de EE UU. No hubo ninguna referencia al Rey ni cuestionamiento de la autoridad del presidente. «Nos sentimos muy orgullosos de lo que están haciendo», titulaba la primera pagina de ABC, citando a Carter el 30 de abril de 1977. «Obama elogia el “gran liderazgo” de Rajoy», decía de nuevo en su primera página, ABC el 14 de enero de 2014.
Treinta y seis años antes, Carter se había reunido con Suárez para expresar su apoyo ante el momento histórico que vivía España y, más aún, ante lo que se suponía que iba a suceder en el país: una transformación política, económica y social. En esta ocasión, sin embargo, Obama solo se reunió con Rajoy para certificar que la peor fase de la crisis financiera de España había pasado. Es decir, que ya no existía la posibilidad de una crisis bancaria o de la deuda soberana que hubiera obligado al rescate de la economía del país y, casi con toda probabilidad, de la zona del euro y, con ella, de la economía mundial.
De la reunión de Suárez con Carter cabía esperar cautela; de la de Rajoy con Obama, no cabía esperar nada: el éxito era que se hubiera producido. Obama ha roto con la tradición transatlántica de Estados Unidos. Ya en 2009 se autodefinió como «el primer presidente del Pacífico». Después de su primer mandato, su percepción de la política exterior es que «eso es algo en lo que es fácil que las cosas salgan mal, así que nos encontramos con las relaciones exteriores de Estados Unidos más imprevisibles y reducidas desde la Segunda Guerra Mundial», en palabras de Ian Bremmer, fundador y presidente de la consultora de riesgo político Eurasia Group. Y España, inmersa en la peor crisis económica en cinco décadas, no está en situación de realizar grandes despliegues de política exterior.
No solo cuenta la situación política. También las personalidades. Carter y Suárez eran dos políticos al inicio de sus mandatos, con una agenda reformista —o rupturista—. El Obama de 2014 es un dirigente que en las distancias cortas es frío e introvertido, y al que cinco años en el ejercicio del poder le han recortado sus ambiciones «transformacionales», por usar una desafortunada traducción del transformational inglés. En cuanto a Rajoy, la ruptura nunca ha estado en su agenda política. Rajoy y Obama son cerebrales. El primero nunca lo ha disimulado. El segundo, por el contrario, da una imagen muy diferente de cómo es en realidad. En la portada de ABC de 1977, los dos sonríen; en la de 2014, ninguno.
En cierto sentido, las dos visitas cierran el círculo de los catorce encuentros que se han producido entre presidentes españoles y estadounidenses en la Casa Blanca. En ambas, Estados Unidos prestó un cauto apoyo a España. En la primera, más explícito. En 2014, lo que Obama vino a reconocer fue que el apoyo había funcionado (EE UU ha tenido, no lo olvidemos, una actitud mucho más favorable a las economías en crisis de la eurozona que, por ejemplo, Alemania u Holanda). El vocabulario usado por el presidente estadounidense con Mariano Rajoy fue prácticamente idéntico al que había empleado con otros países en crisis de la eurozona, como el italiano Enrico Letta y el griego Antonis Samaras.
En medio de estas dos visitas quedan otras doce. Adolfo Suárez visitó dos veces la Casa Blanca en su calidad de presidente del Gobierno (1977 y 1980); Felipe González, cuatro (1983, 1989, 1992 y 1993); Aznar, seis (1997, 1998, 2001, 2002, 2003 y 2004); y José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, una cada uno (en 2009 y 2014, respectivamente). Por el lado estadounidense, George W. Bush recibió a presidentes españoles en ejercicio (siempre a Aznar), cuatro veces; Bill Clinton, tres; Barack Obama, George Bush padre y Jimmy Carter, dos veces cada uno; y Ronald Reagan, una. El único jefe de Gobierno democrático español que nunca ha estado en visita oficial en la residencia del presidente de Estados Unidos ha sido Leopoldo Calvo-Sotelo, precisamente, también el único capaz de hablar inglés con fluidez. Claro que tampoco ha habido presidentes de EE UU con suficiente dominio del español, pese a que ese es un país con casi sesenta millones de hispanohablantes.
Ningún presidente español, sin embargo, ha logrado una cena de Estado en la Casa Blanca, el mayor honor que puede recibir un dignatario extranjero en EE UU. Eso puede deberse hasta cierto punto a una coincidencia: a George W. Bush, que cimentó una relación personal y política muy estrecha con Aznar, no le gustaban las cenas de Estado. De hecho, solo celebró seis eventos de este tipo en los ocho años que estuvo en la Casa Blanca, mientras que su predecesor, Bill Clinton, hizo 29; Ronald Reagan, 35; y George Bush senior nada menos que 24 en cuatro años, a una media de una cada dos meses. Barack Obama también parece alérgico a este tipo de eventos, como revela el hecho de que, hasta la fecha, solo ha celebrado nueve en seis años. Felipe González cenó con George Bush el 19 de octubre de 1989. Pero no fue una cena de Estado. Al contrario: la cena fue una alternativa al almuerzo previsto de ambos, que tuvo que ser cancelado porque el presidente de Estados Unidos estaba siguiendo las tareas de rescate y desescombro del terremoto que había asolado San Francisco dos días antes.
Las «peregrinaciones» a la Casa Blanca de los jefes del Gobierno español reflejan los cambios en la situación interna de ambos países y del mundo. Primero, la guerra fría. Después, la Guerra del Golfo, la de Panamá y las de Yugoslavia. Y, finalmente, el 11-S y los conflictos de Irak y Afganistán. Las visitas de los presidentes españoles a la Casa Blanca son un repaso de las relaciones bilaterales, pero también de la realidad política mundial y de la situación de ambos países. Y, por último, de las personalidades de los partícipes.
 En este último aspecto, hay una curiosa ley que tiende a cumplirse: normalmente, cuanto más se conocen, los presidentes españoles y estadounidenses mejor se caen. O, al menos, más sintonía política tienen. La primera reunión de Suárez con Carter, por ejemplo, fue cordial, y encaja en la descripción de un país en transformación que pide apoyo a una superpotencia que está respaldando esos cambios. La segunda, el 14 de enero de 1980, fue más propia de un aliado firme que está conduciendo de forma eficaz su delicada situación interna y que se encuentra en condiciones de prestar apoyo a la superpotencia, que se encuentra inmersa en una tremenda crisis nacional e internacional, tras la invasión soviética de Afganistán (apenas dos semanas antes) y el asalto de los fundamentalistas islámicos a la embajada estadounidense en Irán.
Eso hace que el encuentro de 1980 marque una pauta: la política exterior. Y, dentro de esta, dos regiones: Oriente Medio y América Latina. Estados Unidos nunca ha con-cedido importancia a España como potencia europea, sino como puente hacia Iberoamérica y el mundo árabe. En su diario personal, publicado hace tres años, Jimmy Carter anota tras el encuentro que «hemos infravalorado la importancia de España tanto en América Latina como en Oriente Medio», y recuerda cómo Suárez define a algunos países musulmanes como «Alá arriba, abajo, petróleo y, en medio, nada».
Un cambio de tono más drástico es el que hay entre la primera visita de Felipe González a George Bush padre, el 19 de octubre de 1989, y la segunda, el 2 de abril de 1992. Entre las dos se producen la primera Guerra del Golfo, en la que España había sido, junto con Gran Bretaña, el único país que había prestado su territorio a Estados Unidos para lanzar ataques militares directos a Irak, y la Conferencia de Madrid que había lanzado el proceso de paz de Oriente Medio en diciembre de 1992. También habían transcurrido la invasión estadounidense de Panamá, en diciembre de 1989, y la derrota electoral de los sandinistas en Nicaragua, en febrero de 1990, dos acontecimientos en los que González, al contrario que Bush, hubiera preferido acuerdos para repartir el poder entre los gobiernos de esos países y sus opositores. Así lo había manifestado el presidente español en su primer encuentro con Bush en 1989.
A pesar de esas controversias, la reunión de 1992 pareció ser, más que un encuentro entre dos líderes, una exhibición de buen humor y de amistad ante los medios de comunicación. Bush senior, un hombre con una tremenda capacidad diplomática y un toque elitista, había seducido a un líder como González, que había comenzado su carrera política en la clandestinidad y con cierto antiamericanismo. Ahora bien, ¿era solo química a nivel personal? No necesariamente. También existía una cierta alineación de intereses políticos. A medida que se dilataba su tiempo en Moncloa, la indiferencia de González hacia la política doméstica crecía, y su interés por la acción exterior se disparaba. Y a Bush la política nacional nunca le interesó realmente. Así pues, no es de extrañar su buena conexión con Bush y el ambiente casi eufórico de la reunión entre ambos.
El problema es que sin comunidad de intereses no hay química. Eso quedó claro el 6 de diciembre de 1993, cuando González volvió a la casa Blanca, esta vez para reunirse con el sucesor de Bush, Bill Clinton. En su libro En busca de respuestas, González admite que querría tener «la visión del mundo y la capacidad de empatía» del presidente de Estados Unidos. Pero, en aquel momento, la indiferencia de Clinton hacia el resto del mundo era total. Su agenda era interna, y pasaba sobre todo por la reforma sanitaria que la primera dama, Hillary, estaba tratando de lanzar sin éxito. La reunión no produjo resultados visibles. Tampoco las dos veces que Clinton acogió en la Casa Blanca a José María Aznar fueron particularmente remarcables, a pesar de la decidida vocación atlantista del presidente español y de que la segunda se produjo en abril de 1998, en pleno bombardeo de Yugoslavia por la OTAN.
La conexión más clara se produjo entre José María Aznar y George W. Bush. Ambos son políticos introvertidos, poco mediáticos y profundas convicciones, con lo que, a priori, es factible que tuvieran una buena relación. Bush, además, llegó a la Casa Blanca con la intención de centrar la política exterior de EE UU en América Latina. Pero, tal vez debido a las propias personalidades de los interesados, esta solo se produjo cuando la lucha contra el terrorismo, que había sido uno de los ejes de la política de Aznar, se convirtió en el centro de la gestión de Bush a raíz de los atentados del 11-S. Bush un hombre que tiene un incuestionable carisma en las distancias cortas, y que además ve muchas relaciones políticas en términos personales —lo que también le lleva a tener odios acérrimos—, convirtió a Aznar en su amigo personal, al que invitó no solo a la Casa Blanca, sino a la residencia presidencial de Camp David, en las montañas de Maryland, y a su rancho en la localidad texana de Crawford.
Hay otro elemento interesante de las visitas de los presidentes españoles a la Casa Blanca: a pesar del presunto sentimiento antiamericano de la opinión pública española, su efecto electoral no tiene por qué ser negativo. Suárez visitó a Carter un mes y medio antes de las elecciones de 1977, en las que UCD obtuvo el 34,44% de los votos y 166 escaños. La propia Administración Carter reconocería implícitamente que la hora y cuarto que Suárez estuvo con el presidente de EE UU —incluyendo unos treinta minutos a solas— tuvo un efecto probablemente positivo en la actuación de UCD en los comicios. Más sorprendente es que Felipe González visitara la Casa Blanca el 19 de octubre de 1989, a falta de apenas diez días para las elecciones generales.
Si bien es verdad que en aquel momento EE UU gozaba, según los datos de la Agencia de Información de ese país, de una valoración positiva en España, no lo es menos que una parte sustancial del electorado de izquierdas era fuertemente antiamericana. Pese a ello, el PSOE obtuvo 175 escaños y el 39,6% de los votos. En enero de 2004, en medio de la extremadamente impopular guerra de Irak, Aznar visitó a George W. Bush cuando las encuestas situaban al PP rozando la mayoría absoluta o dentro de ella en las elecciones que iban a tener lugar exactamente tres meses más tarde. Si al final el PSOE se impuso en esos comicios no parece que la visita de Aznar a la Casa Blanca tuviera mucho o poco que ver. Una visita que, además, era una despedida de Aznar a un amigo.
Desde ese 14 de enero de 2004 hasta el 14 de octubre de 2009 transcurren casi cinco años en los que ningún presidente español visita la Casa Blanca. Las relaciones entre Bush y José Luis Rodríguez Zapatero fueron glaciales. Obama utilizó algunos aspectos de la política española como modelo, en particular el desarrollo del tren de alta velocidad y de las energías renovables. Buena parte del equipo de Obama, además, procedía del think tank Center for American Progress, que ha tenido relaciones estrechas con la ahora extinta Fundación Ideas. Pero Obama no mostró especial interés en conocer a Zapatero. La visita se produjo aprovechando el viaje del español a la cumbre del G-20 de Pittsburgh. Digamos, en cierto sentido, que Washington quedaba de paso.
Obama, además, ya había realizado dos actos altamente simbólicos que demostraban dónde estaban sus prioridades. Primero, había mandado retirar el busto de Winston Churchill que George W. Bush había colocado en el despacho oval para sustituirlo por otro de Franklin D. Roosevelt. Después, en marzo de 2009, cuando se reunió con el primer ministro británico Gordon Brown, Obama le regaló una colección de 25 DVD, «un regalo tan emocionante como unos calcetines», según el Daily Mail. La reunión, sin embargo, sí produjo un resultado concreto, ya que Zapatero ofreció «una contribución importante» en hombres en la Guerra de Afganistán.
Ese último hecho no debe caer en el olvido. Entre enero 2004 y diciembre de 2013 solo se produjo una visita de un presidente español a Washington (si se excluye el desayuno de oración al que asistió Zapatero en 2010, que no es considerado un acto político o de Estado y en el que además el español no tuvo ocasión de reunirse con Obama a solas). Tampoco ha habido visita alguna de un presidente o vicepresidente estadounidense a Madrid. A lo largo de ese tiempo, sin embargo, ambos países mantuvieron su colaboración en materia de terrorismo y en una guerra en Afganistán. Un presidente socialista que había hecho del antiamericanismo uno de los ejes de su política autorizó el regreso permanente de unidades de guerra estadounidenses a España (los destructores que ahora están llegando a Rota). Los dos países fueron capaces de coordinar sus políticas económicas en medio de la mayor crisis económica en décadas.
Tal vez la cuestión sea que las reuniones entre los presidentes españoles y los estadounidenses son una oportunidad de mejorar unas relaciones bilaterales que, en cualquier caso, se encuentran en «piloto automático». Salvo que se persigan grandes cambios en esas relaciones, como trató de hacer Aznar, las visitas a la Casa Blanca podrían ser menos importantes de lo que se piensa. Como explica Zapatero en sus memorias, tituladas El dilema, las negociaciones de sustancia en los peores momentos de la crisis financiera española corrieron a cargo del vicepresidente Joe Biden.
Lo mismo cabe decir del presidente español que más tiempo pasó en el poder y menos fue a la Casa Blanca: Felipe González. Apenas seis meses después de haber asumido el cargo, el 20 de junio de 1983, González visitó a Ronald Reagan en un encuentro cuyo mensaje público quedó cuidadosamente coreografiado, no tanto por lo que dijeron como por lo que ambos mandatarios obviaron. No hubo declaración conjunta. No hubo referencias a la posibilidad de la entrada de España en la OTAN. Sin embargo, Estados Unidos puso énfasis en que Reagan y González —dos políticos con enorme carisma personal, pero en las antípodas en cuestión de estilo y, hasta cierto punto, en sus creencias personales e ideologías— habían conectado en cuanto al estilo. Cuando dos años después Reagan visitó la Moncloa, Los Angeles Times publicó un amplio reportaje sobre «el divertido almuerzo» entre ambos.
Sin embargo, Reagan era, a ojos de González, «bastante ignorante», aunque tenía la suficiente inteligencia como para «saber que no sabía», por lo que eligió «equipos humanos muy eficaces». Carter había considerado al español cuando este todavía estaba en la oposición «un joven impresionante», pero no sabemos lo que pensaba Reagan. Sin embargo, los Diarios de este presidente —publicados en 2009 y editados por el historiador Douglas Brinkley— revelan que, por debajo de su aire afable, Reagan era sorprendentemente frío y distante, y no pasaba mucho tiempo pensando en las personas que estuvieran fuera de su familia. Reagan no era un teórico, no tenía el más mínimo interés en serlo y no valoraba especialmente a los intelectuales. González tampoco es un teórico —cabe preguntarse si algún político de éxito lo es—, pero sí le gustaba sentirse rodeado de colaboradores con prestigio intelectual.
Es por tanto probable que el presidente de Estados Unidos no se preocupara mucho por analizar a González, pese a que este combinaba un claro antiamericanismo en público con una actitud muy atlantista y favorable a Washington a la hora de tomar decisiones. Y, pese a la antipatía del español por el estadounidense, las relaciones entre ambos países funcionaron sorprendentemente bien. Así lo revelan algunos detalles poco conocidos de su gestión, como cuando ofreció a la Administración Reagan acoger en España «a uno o dos» dictadores de América Latina, que estarían controlados por la Guardia Civil para que no pudieran interferir en sus países, según relató en 2011 Elliott Abrams, un «duro» del Partido Republicano que trabajó con Reagan y Bush junior.
Así pues, ¿qué han conseguido España y Estados Unidos en estas catorce visitas en casi 37 años? Es difícil saberlo. Todo parece indicar que la presencia de los presidentes españoles en la Casa Blanca tuvo, casi de forma sistemática, un efecto positivo en las relaciones bilaterales. Ya fuera por el deseo de agradar al anfitrión —Zapatero y Obama—, por el interés mutuo —Suárez y Carter—, o por la amistad personal —Aznar y Bush junior—, algunas de las visitas tuvieron consecuencias significativas. Otras, sin embargo, apenas fueron más que la rúbrica de acuerdos previos negociados por asesores y ayudantes. Dentro de ese último grupo se debe situar la del 13 de enero. Al menos cabe consolarse con que en esta ocasión ningún portavoz de la Casa Blanca dijo que «nos parece que la persona que esté en el centro del sistema no es él, sino Angela Merkel».

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