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El 2 de febrero de 2010 se estrenó con excelentes datos la sexta y última temporada de Perdidos (Lost, ABC). Las audiencias indican la fuerza del fenómeno: un estreno mundial —a España llegó una semana después— celebrado en miles de watch parties alrededor del globo. Obtuvo las mejores audiencias de estreno de su historia en Estados Unidos, además de un número de descargas imposible de contabilizar. Perdidos se ha convertido así en un fenómeno sin precedentes. Perdidos ha marcado un antes y un después en el consumo serial.

Esta importancia comercial eclipsa las aportaciones de Perdidos en la narrativa. La centralidad del dilema, el dibujo de personajes y, sobre todo, el uso del tiempo narrativo y la «actualización» de mitos hacen que su narrativa sea rompedora. Estos aspectos explican en gran parte su éxito comercial.

La galería de personajes que han pasado y continúan en la isla es amplia. Muchos de ellos, como Jack, John, Sawyer y Kate son carismáticos, pero ninguno tanto como la propia isla. Ésta es un espacio de paradojas: supone, al mismo tiempo, la salvación de los «náufragos» y también su perdición, pues pronto descubren que no pueden salir de ella. Su principal conflicto, es por tanto, el suelo que pisan: librarse de él, escapar a sus hogares.

Algunos entienden que intentar huir es como intentar librarse del propio destino. La isla «elige». De hecho, en la quinta temporada, Jacob, un «hombre» con cualidades sobrenaturales que habita la isla desde tiempo inmemorial, es quien ha «llamado» a cada uno de los personajes. Sean o no conscientes de eso, el cruce de Jacob en sus vidas ha resultado fundamental para que terminen en la isla.

La isla es también la llamada a la aventura. Al contrario de la narrativa clásica de «salida en pos de una misión», como El señor de los anillos, los personajes no son conscientes de que han sido llamados a la aventura. Están en una situación de absoluto desvalimiento existencial. Por eso, la exploración en la serie no comienza por la isla, sino por el pasado de los personajes. Y es desde ese conocimiento propio como se inicia la conquista del terreno y el enfrentamiento a un peligro inesperado: los Otros. La primera temporada indaga en el pasado para explicar el presente.
La entrada de los Otros rompe esta subjetividad. De pronto, los peligros de la isla dejan de ser los del terreno y el principal obstáculo al que se enfrentan los personajes es la presencia de un enemigo humano al que pronto llamarán «los Otros». De eso tratan las siguientes temporadas. Luego aprenderán algo tan sencillo como inesperado: para los Otros, los perdidos son «los Otros».

El descubrimiento y la empatía con los Otros garantiza un grado de conocimiento sobre quién soy: la empírica. Sin embargo, cuando en la quinta temporada Jack decide volver (tras haber logrado salir de la isla), busca en una iglesia la respuesta a cómo volver. Al entrar pasa delante del cuadro de Caravaggio en que Santo Tomás mete los dedos en las llagas de Jesús. Pisar la tierra de la isla o poder tocar las llagas de Cristo es una de las posibilidades de tocar la verdad para un incrédulo que quiere creer.

En cierto modo, la aventura espacial que proponía la isla en un principio revierte de nuevo sobre los personajes y se convierte en una aventura existencial que pone en diálogo el destino —lo que necesariamente ha de darse— con la libertad personal —lo verosímil, lo que puede suceder—.

En el arranque de la sexta temporada descubrimos que dos realidades igualmente verdaderas —los personajes actúan en dos planos de tiempo— pueden darse simultánea- mente. Es como un triunfo de la relatividad einsteniana, el relativismo con aparente base física. En la isla, se ha desatado una guerra entre las fuerzas antiguas y misteriosas que la habitaban: la del Bien —representado en Jacob— y la del Mal —representado en un monstruo de humo capaz de encarnarse en los muertos, John Locke—. Pronto descubrimos que la definición del Bien y del Mal vuelve a cambiar —como sucedió antes con la percepción de los la importancia de estar perdido Otros—, y lo que se pone en primer plano es la recuperación de los mitos para intentar explicar lo inexplicable.

A este respecto hay que hacer una reflexión. Movida por la lógica de la aventura y de lo comercial, la serie ha tomado a veces derroteros extraños que los guionistas han debido «solucionar». Sin embargo, lo que se ha mantenido siempre en Perdidos ha sido la presencia de lo trascendente. Charlie, el señor Echo, Desmond y Locke son personajes con una gran carga trascendente. Por eso mismo se subraya más en ellos la noción de pecado, equivocación y camino.

Pese a sus devaneos con las drogas, Charlie hace referencias constantes a su crianza católica, y muere haciendo la señal de la cruz. El señor Echo, un cruel asesino africano, adopta en la isla la identidad de su hermano muerto, que era sacerdote. Y, al hacerlo, él mismo se ve investido de cierta fuerza mística. En el pasado, Desmond trata sin éxito de encontrarse entre monjes escoceses, y sólo cuando lo expulsan del monasterio encuentra su verdadero des- tino: el amor de Penélope. Locke, por su parte, vive diferentes historias bíblicas: primero es el paralítico que se levanta y vuelve a andar; después, el elegido por la isla, el que saldrá de su grupo y se convertirá en líder de los Otros; y por último, el Mesías que va en busca de sus amigos y, cuando fracasa en su intento de salvarlos, decide descender a los infiernos por amor…

No obstante, la interpretación de la trascendencia no es únicamente católica, por mucho que ésta alimente muchos esquemas narrativos en la serie. Además de la religión católica, la presencia del judaísmo es destacada —Aarón, Jacob, el modo en que se organizan los Otros, similar al de un kibutz—, y también otras filosofías —John se apellida Locke; Desmond, Hume; la francesa salvaje, Rousseau— y protorreligiones: en esta temporada, descubrimos a Jacob bajo una estatua egipcia, entramos en «el Templo» y hallamos imágenes similares a las del reinado de Akenaton…

No hay que buscar en Perdidos un sistema trabado de creencias. Al fin y al cabo, a lo que asistimos es a una aventura de carácter existencial pensada para el gran público. Pero esto tampoco nos puede hacer olvidar la importancia que tiene la búsqueda de sentido la serie. De hecho, los personajes terminan luchando contra ellos mismos para hallarlo. Recién arrancada la sexta temporada, nos encontramos en plena batalla entre el Bien y el Mal. Y aunque aún no sepamos quién es quién, al final uno de ellos tendrá que imponerse.


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