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Cuando las cifras son sólidas es deber de los gobiernos generar políticas basadas en la evidencia. La Alianza del Pacífico, que engloba a más de 210 millones de habitantes, representa el 55% de las exportaciones latinoamericanas, el 35% del PIB latino (13.000 dólares por habitante) y el 26% del total de flujos de inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe. En 2012, la tasa promedio de desempleo de los países de la Alianza fue de 7,6% y la inflación promedio de 3,2%, muy por debajo del 6% regional. Desde el 12 de junio de 2012 que se firmó el Tratado Constitutivo de la Alianza vinculando a los gobiernos de México, Perú, Colombia y Chile, el bloque, caracterizado por su alta estabilidad macroeconómica, ha encarnado un inusual experimento de realismo latinoamericano, radicalmente distinto a los vanos e innumerables intentos que salpican la historia regional.

La Alianza, cuya tasa promedio de crecimiento es del 5%, apuesta por la apertura comercial, la seguridad jurídica y la integración con los grandes espacios de poder global. Para ello fomenta la libre circulación de bienes y servicios, de capitales y personas. De forma agregada, los países de la Alianza son la novena economía del mundo y todos ellos mantienen tratados de libre comercio con la Unión Europea y con Estados Unidos. Su apuesta por la apertura forma parte de una política de Estado.

España tiene un interés estratégico en la Alianza del Pacífico. Por un lado, la seguridad jurídica de las inversiones es un postulado fundacional de la nueva organización y esta dimensión interesa especialmente a España, un país que ha sufrido los embates del maniqueísmo populista, presto a instrumentalizar el Estado de Derecho. Por otro, la Alianza concentra el 40% de las exportaciones españolas (5.000 millones de euros) y el 40% de la inversión española en Latinoamérica (45.000 millones de euros). La Alianza interesa por su importancia para la estabilidad de un país que atraviesa una serie crisis.

De allí que la apuesta por la Alianza del Pacífico sea, sin lugar a dudas, el más realista de los imperativos de la política exterior de Rajoy con respecto a Latinoamérica.

Es mucho más importante que la reformulación del alicaído sistema iberoamericano. Ciertamente, desde hace varias décadas se viene profetizando desde la geopolítica que el área del Pacífico se convertirá en el nuevo escenario del poder global, y aunque ello se está cumpliendo por el ascenso pacífico de China, aún falta mucho camino por recorrer. Sin embargo, los países de la Alianza han alcanzado una madurez política superior a la de otras naciones latinas y por ello es imprescindible sumar esfuerzos en torno a un frente común.

Esto no implica, por supuesto, que los países de la Alianza no puedan involucionar y retroceder al particularismo propio de los populismos latinos. Sin embargo, en este momento, son los aliados más confiables en la región. Para asentar una alianza realista, eficaz y eficiente, es preciso que España abandone, de una vez por todas, el discurso asimétrico en el que se presenta, unilateralmente, como «la puerta» de Europa para Latinoamérica. Este discurso, ensamblado en la torre de marfil de ciertos ambientes académicos, ha sido financiado por nuestras élites políticas materializándose en la construcción de una política ausentista, porque huye de la realidad inmediata y se interna en el terreno de la ensoñación indicativa. Si la percepción ya era esencialmente falsa durante la época dorada del aznarismo, mantenerla en medio de una crisis como la que atraviesa el país equivale a prolongar un espejismo peligrosísimo, porque nos hace perder la oportunidad de redefinir las relaciones internacionales en función al nuevo orden global.

Debemos abandonar la idea de presentarnos ante Latinoamérica como «la puerta» para sus intereses en todas partes del mundo y hemos de dejar atrás esa idea porque los países latinos necesitan aliados eficaces en un plano de horizontalidad, no «puertas» que fallan en abrirse cuando se toca el timbre de la necesidad. Por eso, la diplomacia presidencial tiene que concretarse en dos aspectos: la promoción de la inversión española en los países que ofrecen condiciones de seguridad jurídica y el cambio de discurso de «yo soy la puerta» a «quiero ser un aliado eficaz».

Es el realismo el que debe regir la forma de aproximarnos a la región. ¿Qué lobby medianamente eficaz puede ofrecer España a Latinoamérica si su propia posición en Bruselas está debilitada? España tiene ante sí la oportunidad de sincerar sus relaciones con Latinoamérica apostando por la horizontalidad, lo que implica abandonar pretensiones de liderazgo (al menos momentáneamente) y concentrarse en un nuevo papel: el del socio animoso que aspira a colaborar.

De allí que el gobierno español tenga que redirigir sus esfuerzos no hacia los países más grandes sino hacia los más institucionalizados. El voluntarismo de la comunidad iberoamericana apostó por el tamaño. El realismo de la nueva política exterior española tiene que inclinarse por la seguridad, por la rutina de la calidad institucional. El discurso de «vamos a hacer las Américas inmediatamente» tiene que ser reemplazado por una visión más humilde: «Hemos de construir, paso a paso, con los aliados más confiables de América». La lógica de la utilidad a corto plazo tiene que ceder su lugar a la lógica de la asociación con aquellos que intentan respetar las reglas de juego del Estado de derecho. De lo contrario, tarde o temprano, las expropiaciones llegarán. Y con ellas, la debilidad de España en la región.

Si queremos dialogar razonablemente, hemos de buscar interlocutores que empleen un código basado en la razón, no en ideologías radicales y mesiánicas que sesgan el análisis político. Tenemos que reconocer el hecho de que la racionalidad democrática no forma parte —nunca lo ha hecho— de la estrategia política del socialismo del siglo XXI ni de los populismos asistencialistas de cuño lulista. Por el contrario, ninguno de estos movimientos dudará al momento de liquidar los intereses españoles si con ello obtiene algún rédito político.

Por eso, la estrategia que el gobierno español ha desarrollado para aproximarse a la Alianza del Pacífico es correcta y pertinente. España gana, y gana mucho, al dialogar horizontalmente con los PEMECOCH (Perú, México, Colombia y Chile) porque conversa y negocia en función al realismo y emplea un código seguro e institucional. Por otro lado, cometeríamos un grave error si pasamos del reduccionismo del voluntarismo político al reduccionismo de la ensoñación económica. El enfoque de la diplomacia económica es positivo, pero nunca será suficiente. España tiene que recuperar a los intelectuales latinos y no solo enamorar a los empresarios. Y la cooperación para el desarrollo no puede ser lo que hasta ahora ha sido: la prolongación de esfuerzos con frecuencia mediatizados por la ideología, que no atinamos a medir por resultados.

España puede aprender de la Alianza del Pacífico esa firme convicción por lograr una convergencia reguladora, capaz de eliminar los lastres de una legislación tradicionalmente caótica que provoca la ineficacia en la implementación. Y debe, por supuesto, promover la labor de sus empresas en un régimen de libre competencia para que estas ayuden a sentar las bases físicas de la Alianza, colaborando en la superación de la enorme brecha de infraestructura que padece la región.

Ahora está de moda sostener que la Alianza del Pacífico es el puente por el que podemos llegar a Oriente. España, a pesar de la importancia de la triangulación estratégica, no puede darse el lujo de renunciar a la presencia individual en Asia como eje de su política oriental. Sería un error grave creer que «la triangulación» puede suplir los beneficios de una implantación directa. España tiene que seguir el camino de Francisco Javier: ir para quedarse. Negociar directamente, hasta conocer y dominar la cultura política, administrativa y empresarial del continente asiático.

Por último, si le pedimos a los países de la Alianza que nos abran las puertas, que nos traten con justicia e, incluso, que inviertan en la Península (en este punto las multilatinas son esenciales), valdría la pena hacer un mínimo esfuerzo de introspección colectiva para examinar de qué forma tratamos a los inmigrantes PEMECOCH en la piel de toro, sobre todo ahora que miles de españoles cruzan el mar para afincarse en territorios de la Alianza huyendo de la crisis. El quid pro quo se torna, en este contexto, en una política digna de un Estado que aspira a la regeneración. Sobre todo porque parece que esta vez, al fin, somos capaces de conjurar los viejos temores de Bolívar. Con la Alianza del Pacífico parece que no aramos en el mar.


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Martín Santiváñez Vivanco es investigador del Navarra Center for International Development de la Universidad de Navarra y doctor en Derecho por la misma universidad. Miembro Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y miembro del Observatorio para Latinoamérica de la Fundación FAES.