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Este hecho representa un hito en la historia de las relaciones internacionales, datado al inicio de la guerra fría, y que situó a su autor entre los principales representantes estadounidense del realismo político. Fue la antítesis del idealismo wilsoniano que, desde 1917, y con un intervalo prolongado entre las dos guerras mundiales, había presidido la política exterior de EE.UU. La guerra fría, con todos sus riesgos de devastación nuclear, requería de una nueva estrategia: la contención.

Las reflexiones siguientes no pretenden ser, en ningún caso, un análisis histórico. Aspiran a ser una doble profundización, con ecos del pasado y del presente, en la que se repasan algunas opiniones de aquel estratega de la política de contención. ¿Qué puede aportar George Kennan, con amplios rasgos de poeta en su análisis de la realidad, a un mundo en el que no existe una superpotencia con los rasgos de la URSS, y que se caracteriza por una inestabilidad en la que pretenden asentarse nacionalismos y populismos radicales?

IDEOLOGÍA, CIRCUNSTANCIAS Y PSICOLOGÍA

La tesis fundamental de The Sources of Soviet Conduct es que la política exterior de la URSS está determinada, a la vez, por la ideología y por las circunstancias. Los contemporáneos de Kennan, sobre todo en los primeros años de la guerra fría, solo parecían dar importancia a los peligros de la difusión ideológica del comunismo. Se explica así ese anticomunismo primario, bien representado por la «caza de brujas» del macartismo. En un discurso pronunciado en 1953 en la universidad de Notre Dame, nuestro autor arremetió contra ese populismo, anclado en la sospecha y la venganza, que empujaba a los norteamericanos a los mismos hábitos de pensamiento y acción que sus adversarios soviéticos. Kennan detestaba el macartismo, sobre todo, por ser un antiintelectualismo. Y es que no le gustaban los análisis de trazo grueso como los de la doctrina Truman, que parecía entender el comunismo como un cuerpo ideológico, coherente, unitario y autoconsciente. El anticomunismo elemental no caía en la cuenta de que su rival no era más que un conjunto de teorías vagamente definidas, obsoletas y contradictorias. El comunismo soviético no tenía, ni mucho menos, el alto grado de coordinación que se le atribuía. Por eso, al igual que De Gaulle, Kennan sabía separar lo ruso de lo soviético. Presintió las disensiones de la URSS con China y otros países comunistas. Más allá de las diferencias ideológicas, estaba persuadido de la llegada del día en que EE.UU. abriera canales diplomáticos con dichos países.

Uno de los legados de Kennan en su célebre «telegrama largo» es valedero para todos los tiempos: los adversarios también son seres humanos. Lo hemos visto recientemente en El puente de los espías, ese singular film de Steven Spielberg. Los líderes soviéticos eran los herederos del marxismo-leninismo, pero no cabe buscar en esa ideología, o en cualquier otra de signo radical, un manual de uso, a no ser que nos dejemos encandilar por la propaganda. Antes bien, los dirigentes se mueven en función de las circunstancias, que necesariamente son cambiantes. Cabe, por tanto, el pragmatismo en los mesianismos de todo signo, y muy particularmente en el comunismo. Pragmáticos fueron, sin duda, Stalin y la mayoría de sus sucesores. Y otro tanto podría decirse de todos los gobernantes comunistas chinos hasta la actualidad, incluido el propio Mao.

Con estos planteamientos, cabría llegar a una conclusión asumida por Kennan: en el estudio de las relaciones internacionales no basta con el conocimiento de la historia, ni de las teorías políticas, ni siquiera del ordenamiento jurídico internacional o del interno. El analista internacional tampoco debería privarse de adquirir algunas nociones de psicología, necesariamente incompletas. A este respecto, Kennan señaló que los líderes soviéticos, y me atrevería a añadir que todo líder con alma de ingeniero social, presumían de conocer, mejor que nadie, la naturaleza humana. También a nuestro autor le interesaba la psicología, quizás a partir de sus lecturas de Clausewitz, anticipador de la guerra psicológica, pero a la vez como gran admirador de la cultura rusa, podría haber recordado las limitaciones de cualquier analista por medio de aquel proverbio, alguna vez citado por Turgueniev, de que «el alma humana son tinieblas». De todos modos, la lectura de los clásicos era, para Kennan, un excelente bagaje para la diplomacia, sobre todo la Biblia, Plutarco, Shakespeare y Gibbon, donde se encuentran «las expresiones más sutiles y reveladoras de la naturaleza humana».

LECCIONES DE FILOSOFÍA POLÍTICA Y DE PACIENCIA

Además, Kennan se sentía obligado a dar en su informe lecciones de filosofía política. Recordó que el marxismo proclama su superioridad sobre un capitalismo que, en apariencia, es poderoso e invencible, pero que lleva consigo, según Marx, las semillas de su propia destrucción, pues la clase propietaria capitalista es incapaz de adaptarse a los cambios socioeconómicos. Pero los hechos habían demostrado en Rusia que la revolución proletaria no dio el golpe decisivo al capitalismo, y la batalla continuaba a escala planetaria. El determinismo comunista continuaba su curso, jaleado por sus entusiastas. El problema, como bien observaba Kennan, es que se estaba produciendo un paso progresivo desde el entusiasmo a la impostura. Nuestro autor no pretendía ser original, pues aseguraba haber encontrado un precedente en sus lecturas de la Historia de la decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon. En el comunismo soviético, y en la Roma imperial agonizante, se pasará de las ilusiones al fraude voluntario. Y si es preciso, habría que eliminar al rival, interno o externo, supuesto obstaculizador de la llegada del socialismo. De ahí que la época de Stalin se caracterizara por un gran sentimiento de inseguridad.

Sobre este particular, Kennan subrayó que el líder comunista era demasiado orgulloso y celoso para compartir el poder, hasta el extremo de considerarse infalible en sus opiniones. Su radicalismo le hacía ajeno a la cultura del compromiso, propia, sobre todo, de las democracias anglosajonas. Un radical asentado en el poder nunca cederá, en casi nada, porque existe el peligro de que el régimen, y con él su poder, se venga abajo. Los rasgos mesiánicos de una religión secular se acentúan cuando el líder es a la vez rey, profeta y legislador. En el año del «telegrama largo», Stalin se había impuesto a todos sus rivales, aunque Kennan no dejaría de advertir que las luchas internas de poder son el principal enemigo de los totalitarismos de cualquier signo. Y para que no se cuestione la autoridad del líder, se hace uso con frecuencia del mito de las conspiraciones extranjeras, lo que sirve para justificar un poder interno ilimitado con una disciplina de hierro. Con todo, observaba un punto débil en el sistema comunista: la carencia de un mecanismo para sustituir a sus propios líderes, lo que conduce a la gerontocracia.

Pese a que habían sido aliados de Washington en la gran contienda mundial, Kennan reconocía que negociar con los soviéticos no era fácil. En sus conversaciones apreciaba duplicidad y falta de franqueza porque los interlocutores, más que diplomáticos de profesión, parecían leales servidores del partido. Esto sería válido hoy en cualquier negociación con regímenes autoritarios: no cabe confiar en las promesas, aunque sean bienintencionadas, si no tienen el respaldo último de los dirigentes. Es una diplomacia más de acomodo que de consenso. Kennan estaba en lo cierto: las ideocracias, los mesianismos políticos practican a menudo el tacticismo.

En tales circunstancias, y en el caso soviético, el «telegrama largo» proponía para EE.UU. «políticas inteligentes de largo alcance». Esto se traduce en el containment, la política de contención de las tendencias expansivas de Rusia, siempre «a largo plazo, paciente y vigilante», y que conllevaba «una lucha de duración infinita». ¿Cabía, entonces, albergar alguna esperanza? Kennan confiaba, pese a todo, en las generaciones más jóvenes, al estar convencido de que los rusos son un pueblo con talento. Tarde o temprano, los jóvenes estarían disconformes con un desarrollo económico precario, que daba prioridad a las industrias pesadas, y precisamente estas deficiencias económicas harían que la urss no pudiera vencer a la pobreza. Llegaría el tiempo en que se pondría de manifiesto el tremendo contraste entre la exportación de la vitalidad política del sistema comunista y la incapacidad para exportar éxitos o evidencias reales de que haber logrado para su pueblo la prosperidad material. Cuatro décadas después, los hechos dieron la razón a Kennan sobre la vulnerabilidad económica de Rusia. Sin embargo, el periodista Walter Lippmann, responsable del término «guerra fría», criticó aquella estrategia cimentada, en gran parte, en la paciencia, pues podía suponer dejar la iniciativa a Stalin.

ESPEJISMOS DE VICTORIA Y CONSTELACIONES QUE SE DESVANECEN

Pero la paciencia de la doctrina de la contención nada tiene que ver con ilusorias esperanzas de victorias definitivas, de esas que exigen la rendición incondicional del adversario. Kennan era enemigo de cualquier maximalismo, seguramente porque añoraba la diplomacia del siglo XVIII anterior a las devastadoras guerras napoleónicas. En uno de los capítulos de su libro American diplomacy (1951) no tuvo reparo en cuestionar la actitud intransigente del presidente Wilson en la primera guerra mundial, pues él hubiera preferido algún tipo de acuerdo de paz con la Alemania del Káiser. Una victoria total, con duras condiciones para los vencidos, solo podría arrastrar a un conflicto mucho peor. Esto explica la admiración de Kennan por el estratega suizo del siglo XIX Henri Antoine Jomini, que señaló que el problema fundamental de la guerra era dejar al enemigo dos opciones: la retirada o el combate en condiciones desfavorables. De hecho, la política de equilibrio, preferida por un realista como Kennan y que se impuso en Europa con el sistema de Westfalia, nunca apostó por las victorias definitivas. A este respecto, en los últimos años de su vida, casi centenario, el maestro de la contención no mostró ningún entusiasmo ni por la ampliación de la OTAN, ni por las intervenciones militares en Kosovo, Afganistán e Irak. Sus lecturas históricas le previnieron acerca del espejismo que de las victorias rápidas alcanzadas por el monopolio de la tecnología. Y esas mismas lecturas le podían servir para conocer mejor las lecciones del pasado antes de dar pasos en dirección hacia el futuro. Al leer a Gibbon, le gustaba recordar que la ocupación de los territorios trae como consecuencia el espíritu de resistencia de los pueblos sometidos. Se debía castigar a los líderes, pero no destruir la administración del país representada por los antiguos miembros del partido gobernante, y todo con objeto de evitar posteriores convulsiones sociales. Era necesario un cierto grado de estabilidad para preservar el orden. No cabe duda que lo sucedido en Irak con el partido baasista de Sadam Hussein habría dado la razón a Kennan.

No deja de ser llamativo que los argumentos de Kennan sean, en bastantes ocasiones, más de índole cultural que política. La realidad estrictamente política se le quedó siempre corta. En el «telegrama largo» hay, por ejemplo, una referencia a la novela Los Buddenbrook de Thomas Mann, crónica de la decadencia de una familia, que le sirve para comparar el momento externo brillante que ofrecen las instituciones humanas, lo que no impide que la decadencia pueda estar muy avanzada. Y lo ilustra con un toque literario: «¿Quién puede asegurar que la potente luz que todavía proyecta el Kremlin sobre los insatisfechos pueblos del mundo occidental no es el poderoso resplandor crepuscular de una constelación que, en realidad, se desvanece?». Una llamativa imagen para recalcar que el poder soviético, al igual que el capitalismo en las teorías de Marx, llevaba consigo las semillas de su propia destrucción, y que el brotar de dichas semillas se hallaba bastante avanzado. •


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