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El humalismo y el mito de la transformación

Corría el año 1914 cuando Víctor Andrés Belaunde pronunció su famoso discurso La crisis presente con motivo de la apertura del año académico en la centenaria Universidad Mayor de San Marcos, primogénita de América. Por entonces, el horizonte de la realidad peruana empezaba a oscurecer y los peruanos del novecientos no confiaban en el porvenir risueño que esbozó el arielista Francisco García Calderón en Le Pérou Contemporaine (1907). La decadencia del país era patente y el joven Belaunde sostuvo que ella se debía a dos grandes males iniciados en el Virreinato y prolongados a lo largo de la República: la crisis moral de la sociedad peruana y la incapacidad de la clase dirigente.

En las elecciones presidenciales de 2011 los peruanos decidieron escoger entre estas desviaciones, hoy convertidas en sendas fuerzas políticas. Por un lado, la inmoralidad del fujimorismo resucitó en la persona de Keiko, hija del autócrata Alberto Fujimori. Por otro, la debilidad e indiferencia de la clase dirigente permitió la irrupción en el escenario público del humalismo, un militarismo cesarista que ha logrado unir en torno a la figura de su líder, Ollanta Humala, un exteniente coronel golpista, a la vieja izquierda peruana que sostuvo la dictadura de Juan Velasco Alvarado. Humala, al igual que Keiko, encarna una vieja tradición política antes que un nuevo programa ideológico.

¿Cómo ha sido posible que estos dos males republicanos coloquen al Perú al borde del abismo? Los responsables políticos fueron, lamentablemente, los líderes del centro y la derecha, incapaces de unirse en torno a un proyecto común sin renunciar a sus pequeñas ambiciones o a la antipatía que cada uno proyectaba sobre el otro. Alejandro Toledo, expresidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski, su ministro de economía, y Luis Castañeda Lossio, exalcalde de Lima, disputaron el voto del centro y se hundieron al dividirlo. Cuando la opinión más genuina los instó a la unidad, se encerraron en la soledad de sus ambiciones, entregándole a Fujimori y Humala la oportunidad de gobernar. La división del centro-derecha ha permitido que el Perú contemple el ascenso de un presidente que durante once años —prácticamente desde que nació a la vida pública— defiende sin ambages la aplicación a la realidad peruana del socialismo del siglo XXI, una ideología promovida por Caracas con el dinero de los petrodólares chavistas.

En efecto, si la primera reflexión que emana de la contienda electoral peruana es que en ella se enfrentaron dos viejos males republicanos, la segunda radica en que la victoria de Humala se debió, en gran medida, a dos factores esenciales. En primer término, al apoyo de su antiguo enemigo, Alejandro Toledo, con el beneplácito de Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro. Estos nuevos y sorprendentes aliados —nadie olvida los insultos de Toledo a Humala, al que llegó a tildar hace solo un par de meses de «salto al vacío»— provocaron el endose del voto toledista a la candidatura de Gana Perú, el partido de Ollanta. Y el soporte de los Vargas Llosa otorgó cierta legitimidad internacional a la candidatura de Humala, a la que los medios de comunicación globales siempre identificaron, correctamente, con el chavismo. En segundo lugar, el acercamiento de Humala al modelo brasileño de Lula da Silva permitió que gran parte del electorado de centro se inclinara por la opción nacionalista. Brasil encarna, para los peruanos, un país próspero en el que la pobreza ha sido reducida de manera considerable y el liderazgo carismático de Lula es percibido de manera positiva en toda Sudamérica.

De esta forma, apelar a ese «modelo brasileño» que combina programas sociales y una ortodoxia liberal en el plano macroeconómico resultó un punto fundamental de la estrategia humalista para alcanzar el poder. No por nada el nuevo presidente peruano ha sido asesorado por Luis Favre y Valdemir Garreta, personajes vinculados al Partido dos Trabalhadores (PT) brasileño. Ahora bien, el humalismotiene deudas con Caracas y Brasilia que tarde o temprano tendrán que ser honradas.

El Perú como escenario geopolítico

El Perú, por la historia y su importancia económica, es plaza fuerte en Sudamérica. Desde el punto de vista geopolítico, para controlar el Pacífico es preciso influir sobre el Perú o, al menos, conjurar su posible oposición. Esto fue comprendido a cabalidad por Simón Bolívar y José de San Martín, quienes fueron conscientes de que la consolidación de la independencia americana solo se llevaría a cabo cuando el Perú estuviese totalmente sometido. Así, a pesar del original antiperuanismo de Bolívar —en el Perú solo hay «oro y esclavos» afirmaría en su Carta de Jamaica—, el libertador no dudó en desplazar a San Martín tras la entrevista de Guayaquil y sellar la independencia americana en dos campos de batalla peruanos: Junín y Ayacucho.

La importancia histórica y geopolítica del país se ha visto complementada durante los últimos años por su creciente relevancia como socio económico. En efecto, el gobierno de Humala recibirá un Estado en forma, en pleno desarrollo, creciendo a tasas quinquenales cercanas al 6%, la más alta en los últimos cincuenta años. El Perú lleva aplicando veinte años de políticas promercado y mejorando lentamente la calidad de vida de sus habitantes. La tasa de pobreza ha pasado del 54,8% en 2001 al 31% el 2010, lo que implica una reducción de más de 20 puntos porcentuales. El coeficiente de GINI, que mide la desigualdad, se ha reducido de 0,54 a 0,48 entre el 2002 y 2009,lo que convierte al Perú en el segundo país con menores tasas de inequidad, solo superado por Uruguay. La liberalización de la economía ha sido constante y hoy el país se encuentra en el puesto 41 de 180 países en el ranking de la libertad que elabora la Heritage Foundation. Ollanta Humala hereda una sociedad en proceso de apertura con una economía robusta: de la inversión total de 2010, el 78% fue nacional. Además, entre el año 2000 y el 2010 la dolarización de la economía se redujo del 80% al 45%, demostrando la fortaleza del nuevo sol, lo que, para el economista peruano Juan José Garrido Koechlin, es un «referente inconfundible de una economía sana». Pese a estas cifras positivas, un tercio del país continúa en la pobreza extrema y eso, sumado a la imagen corrupta del fujimorismo, ha permitido el ascenso del proyecto de Gana Perú. La gran transformación que en un inicio propuso Humala se encuadraba perfectamente en la estrategia chavista. Luego, mediatizado por sus aliados liberales, el humalismo sostiene que mantendrá una política mixta en la que, sin dejar los logros obtenidos, el Estado se centre en la lucha contra la pobreza.

La riqueza y el desarrollo del Perú convierten al país en un socio distinto a los que normalmente abundan en la órbita de la política sudamericana. No es tan pequeño como para ser convertido en un satélite más, al estilo de Ecuador, Uruguay, Paraguay o Bolivia, y tampoco se trata de un Estado lo suficientemente grande como para poner en peligro el liderazgo de Brasil. Ahora bien, ¿Lima se inclinará por Caracas o por Brasilia? La experiencia bolivariana señala que los países que se han sometido a la férulachavista antes de ser gobernados por líderes adscritos al socialismo del siglo XXI atravesaron graves crisis de institucionalidad. No es el caso del Perú. Empleando el viejo concepto de José Matos Mar, «el desborde popular», aunque importante, no se compara en absoluto a esa «emergencia plebeya» que tan bien describe Marc Saint Úpery, y que permitió la irrupción de Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Por eso, aunque Chávez pretenda someter al Perú a una influencia extrema, en el mejor de los casos solo logrará una relación similar a la que mantiene con la Argentina de Cristina Kirchner, es decir, una entente cordiale con relativa intervención en la política interna.

Pese a ello, Hugo Chávez es consciente de que la expansión de su proyecto continental, hasta antes de esta elección, contaba con tres barreras en apariencia afianzadas: Colombia, Perú y Chile. La caída del Perú en su esfera es, desde cualquier punto de vista, una buena noticia para el chavismo, salvo que el estado de salud de su líder obligue a concentrarse en el ámbito interno y en el juego de poder dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). No hay que olvidar que Alan García, un presidente converso al neoliberalismo, a lo largo de su segundo mandato, guardó un perfil internacional inusitadamente bajo con respecto a su primer gobierno, concentrándose en el frente interno. Pero cuando actuó a nivel regional siempre fue para frenar la intromisión de Caracas en los asuntos internos de sus vecinos. García no ha dudado en retar y desmentir a Chávez en diversos foros regionales. El triunfo de Humala abre las puertas a una nueva relación entre Venezuela y Perú, fortalecida por la camaradería ideológica entre Chávez y Ollanta, una amistad que se alimenta de un pasado común: el cuartel, la vida militar y la insurgencia golpista. La Venezuela bolivariana, a partir de ahora, y en la medida que lo permita su debilitada capacidad de influencia, hoy mermada por la zarabanda económica que atraviesa el país, intentará sumar al Perú a su eje antiimperialista aplicando una geopolítica del petróleo, sin que ello implique el total sometimiento de Lima al socialismo del siglo XXI.

Distinto es el caso de Brasil. El lulismo que heredó Dilma Rousseff se presenta como la alternativa válida para los dos grandes aliados que buscan centrar a Humala: el toledismo y el minúsculo grupo de liberales que acaudilla Mario Vargas Llosa. Además, por primera vez desde el siglo XIX, una coyuntura favorable envuelve a los dos países. Por un lado, el liderazgo brasileño es indiscutible y la plataforma sudamericana, que sus estrategas defienden siguiendo la estela del barón de Río Branco, se impone a la utopía indicativa iberoamericana. Desde Getulio Vargas, Itamaraty, el Ministerio de Relaciones Exteriores, es consciente de que la fortaleza regional de Brasil pasa por la paulatina conquista del Pacífico, el gran mito movilizador de su geopolítica. Para ello, su zona de influencia natural es el Perú. Sin embargo, abocados a la lucha contra la miseria de su pueblo, solo en esta década el capitalismo brasileño ha logrado el objetivo de expandirse regionalmente con posibilidades reales de liderazgo económico. Así, capitaneadas por el gigante Odebrecht, las empresas brasileñas se convierten, poco a poco, en los socios preferentesde la economía peruana. Este proceso, iniciado en la década de los setenta ha llegado a su máxima expresión durante el segundo gobierno de García y sin lugar a dudas continuará durante el humalismo, cuya candidatura le debe mucho al PT de Lula y Dilma. Aunque Petrobras ha descubierto petróleo en el mar, es de muy difícil extracción. Brasil necesita 4.000 megavatios nuevos al año para satisfacer su demanda interna y por eso pretende construir seis hidroeléctricas en el Perú habiéndose firmado un memorándum para los proyectos de Inambari, Sumabeni, Paquitzango, Urubamba, Vizcatán y Cuquipampa. Dilma Rousseff, antes de ser presidenta, fue ministra de Energía de Lula y estuvo involucrada directamente en esta iniciativa. La geopolítica de la energía es vital para el futuro brasileño. Por eso, la mayor influencia en la política humalista provendrá de la embajada de brasileña. No por nada Darcy Ribeiro llamó a Brasil, «la Roma tropical».

El Ecuador de Rafael Correa se encuentra debilitado por sus problemas internos. Humala ha demostrado que su política gubernamental no busca una restauración nacional que someta al Ecuador a los objetivos nacionales peruanos, como siempre anheló su padre, Isaac Humala, auténtico ideólogo del etnocacerismo. La camaradería política de la que Alan García ha hecho gala con Correa se mantendrá intacta. Por lo demás, Correa, probablemente el más astuto de todos los líderes del socialismo del siglo XXI, es consciente de que el enfrentamiento con el Perú, históricamente, ha ocasionado la ruina de su país. Retroceder al antiperuanismo de Velasco Ibarra, cuando tiene ante sí el enorme reto de mantener a flote una administración corrupta, no tendría sentido. Unidos por una economía que favorece a ambos países en el desarrollo fronterizo, es de esperar que la presidencia de Correa se mantenga al margen de la política peruana, concentrándose en destruir a la oposición y controlar a los mass media.

Caso distinto es el de Bolivia. Mientras en la frontera peruano-ecuatoriana se ha creado un polo de desarrollo que enriquece a ambos países, la delicada línea roja que divide el altiplano peruano de las tierras aymaras bolivianas es una zona en plena ebullición. El reciente estallido social del departamento peruano de Puno, provocado por la alianza entre las comunidades aymaras, los camaradas de Patria Roja y los Ponchos Rojos bolivianos, denota hasta qué punto la política del próximo quinquenio girará en torno a dos extremos: o la total sumisión de Lima a la agenda neoindigenista de los departamentos del sur o el permanente conflicto de Humala con una de sus bases electorales más poderosas. Evo Morales, que hace poco tuvo que ceder ante la hidra que él mismo alimentó por años, mantiene canales abiertos con el movimiento aymara y puede utilizarlo para presionar al humalismo en pos de una estrategia común en el Altiplano. El problema es, por tanto, binacional. Solo que allí donde Andrés de Santa Cruz quiso unir dos países en una gran confederación andina, la distopía indigenista pretende desintegrar y dividir en pos de quimeras raciales. Veremos si el gobierno de Humala, que tanto favoreció el fortalecimiento de estos movimientos, cambia de estrategia en un ámbito que afecta directamente al ejecutivo de la Paz.

Pero lo que de verdad demuestra la decisión del humalismo de concentrarse en la política interna antes que en el liderazgo regional es la postura que el nuevo presidente ha asumido durante su reciente viaje al Chile. Reunido con Sebastián Piñera, Humala ha sepultado su viejo antichilenismo familiar, apostando por una relación armónica con un país que se ha convertido en uno de los socios comerciales más importantes del Perú. Pese a la existencia del contencioso fronterizo marítimo, en vías de resolución en La Haya, la relación con Chile se mantendrá de manera amistosa, sin perjudicar el poderoso lobby chileno empresarial, aunque ralentizando las inversiones en beneficio de los grupos brasileños. La Moneda es consciente de esta situación y apuesta por una política amistosa que no perjudique los intereses comerciales de Chile en Perú aunque cabe esperar que el desenlace de La Haya altere de manera sustantiva la relación geopolítica entre los dos países. Tal vez por eso Humala, aconsejado por diplomáticos cercanos a su gobierno, busca reforzar el equipo peruano que se encarga del litigio incorporando a tecnócratas de su entorno, con el fin de participar del futuro rédito político.

A modo de conclusión

Por mínimas que sean las alteraciones de poder en Sudamérica siempre repercuten en las relaciones empresariales y geopolíticas de la región. Más aún tratándose de un país como Perú, socio fundamental en el ámbito político, económico y diplomático. La presencia del capital español en el mercado peruano y el lazo cultural que nos une para siempre con América Latina son razones suficientes para observar el proceso peruano con interés y responsabilidad política, so pena de apostasía y traición al hispanismo. Nada de lo peruano le es ajeno a España. Ambos países comparten trayectoria y destino. Cientos de miles de peruanos viven en nuestro país. Por eso, el futuro político del Perú no solo incidirá directamente en sus vecinos. También, por extensión, y gracias al nuevo paradigma global, en la realidad económica y diplomática del viejo reino español.


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Martín Santiváñez Vivanco es investigador del Navarra Center for International Development de la Universidad de Navarra y doctor en Derecho por la misma universidad. Miembro Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y miembro del Observatorio para Latinoamérica de la Fundación FAES.