Compartir:

Los primeros cien días del gobierno de Ollanta Humala reflejan el pragmatismo del presidente. La economía continúa por la senda del crecimiento porque Humala ha confirmado en puestos clave a tecnócratas a los que deja actuar. Al principio, no sólo el centro y la derecha desconfiaban de las intenciones del Comandante. Sus propios partidarios consideraban que la moderación en el discurso humalista formaba parte de una estrategia para ganar las elecciones. Una vez en el poder, el verdadero programa sería aplicado con el apoyo de los más pobres y nada detendría la “gran transformación”.

Pero la historia es ironía pura. Ollanta formó su gobierno basándose en dos sectores. El primero, el de los tecnócratas, cumple su labor sin abandonar del todo las políticas mercantilistas. El segundo fue entregado a sus aliados de izquierda, desde antiguos miembros de la dictadura del general Juan Velasco hasta socialdemócratas y radicales etno-nacionalistas. Lamentablemente, el ala izquierdista no ha hecho más que causarle problemas a Humala. Con todo, se trata de sus más cercanos aliados y de la propia familia presidencial. La visita de Pachacútec a Moscú (el hermano del presidente), el escándalo de los alimentos malogrados del PRONAA (protagonizado por la Ministra de la Mujer), el nombramiento de personajes oscuros en puestos clave de la diplomacia (la ginecóloga de Nadine en Francia, por ejemplo) y la destrucción política del vicepresidente Chehade por un caso de tráfico de influencias, son errores que provienen de la cantera izquierdista del humalismo. Por eso, no sorprende que Humala apoye el proyecto Conga, espoleado por su esposa y con el beneplácito de Siomi Lerner, el primer ministro.

Sí, Humala ha abrazado el pragmatismo. “Conga” es una inversión de 4800 millones de dólares, la más grande de la historia del Perú, profundamente criticada por un sector de la población liderado por Wilfredo Saavedra, ex terrorista convicto y confeso del MRTA, los medio-ambientalistas y el ala izquierdista del gobierno. Por eso, un alto cargo del humalismo “puro”, me dijo hace unos días que “el presidente quiere gobernar con la derecha”. Un síntoma de este giro se encuentra en el despido fulminante de Carlos Tapia, un hombre de la primera hora humalista. Tapia abandona el Olimpo porque no comparte la nueva política y acusa al entorno presidencial de favorecer los intereses mineros. Mientras tanto, el Ministro de Medioambiente (el agua) contradice al de Energía y Minas (el oro) y el pleito por Conga parte en dos al gobierno.

Humala ha dicho que “Conga va” y es probable que negocie in situ una salida al problema. “El agua y el oro son compatibles”, sostiene el presidente. Muchos de sus partidarios no opinan igual. Es paradójico que hoy la clase alta y la clase media lo respalden (66% y 64%, respectivamente) mientras su popularidad se reduce 14 puntos porcentuales en los niveles D (49%) y E (57%), tradicional bastión de votos y refrendos humalistas. Tal vez por eso, los detractores de Ollanta sostienen que en poco más de cien días el líder de la “gran transformación” ha completado la metamorfosis convirtiéndose de candidato de los pobres en presidente de los ricos. Se trata de la misma acusación de Ollanta a Toledo y García, líderes que abrazaron la lógica del mercado sin remordimientos. En fin, como reza un viejo lema aprista: “en el poder, hermanos”.


Compartir:

Martín Santiváñez Vivanco es investigador del Navarra Center for International Development de la Universidad de Navarra y doctor en Derecho por la misma universidad. Miembro Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y miembro del Observatorio para Latinoamérica de la Fundación FAES.