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Crisis, bloqueo, parón… El pasado 17 de junio se clausuraba la última cumbre europea con una dolorosa falta de acuerdo entre los Veinticinco para concluir las negociaciones del presupuesto comunitario y definir los pasos a seguir tras la resaca del no francés y holandés a la Constitución. Los periódicos de toda Europa espolvoreaban un día después la sensación de fracaso y desaliento con que sus líderes volvían a casa. ¿Nos encontramos ante una verdadera crisis en la UE? Sin duda es demasiado pronto todavía para aventurar el alcance de los últimos acontecimientos o proponer soluciones milagrosas, pero sí podemos reflexionar sobre las raíces que han motivado el doble no a Europa y barajar alternativas que puedan servir de respuesta para todos los que hoy miran al viejo continente y se cuestionan: y ahora… ¿qué?

Tras la sorpresa inicial, los principales analistas europeos coinciden hoy en señalar que el rechazo de franceses y holandeses al texto constitucional fue más fruto de un malestar real de los ciudadanos hacia problemas de carácter social y económico, como lo son el paro, la deslocalización de empresas a consecuencia de la globalización, el miedo a una inmigración creciente y el recelo a los nuevos miembros de la UE y a la política de ampliación. Fue, en definitiva, un rechazo al contexto actual de la Unión más que un rechazo del texto constitucional en sí.

Por otro lado, tras una larga época de recesión económica generalizada y falta de líderes de talla en la UE, quizás haya que buscar las razones del rechazo social a Europa como una respuesta a las pulsiones nacionalistas que suelen afectar a los países en tiempo de crisis: los seguidores de Le Pen en Francia, la lista del asesinado Pim Fortuyn en Holanda, el resurgir de partidos más radicales en las últimas elecciones al Parlamento europeo en junio del pasado año —por ejemplo los británicos del partido euroescéptico UKIP; los ultraconservadores polacos de la Liga de las familias  (LPR); o el partido de agricultores Legítima Defensa (Samoobrona), también polaco— podrían ser indicadores de una brecha más profunda en la identidad europea y del avance del populismo en nuestro continente.

En todo caso, el rechazo al texto constitucional en dos de los países fundadores de la UE deja en evidencia la lejanía de los líderes nacionales con respecto al ciudadano: si ambos países hubieran utilizado la vía parlamentaria para ratificar la Constitución en lugar del referéndum, un 85% de los diputados hubiera votado a favor del texto en Holanda y aproximadamente el 80% hubiera hecho lo mismo en Francia.

LLEGÓ EL  «NON»…

El pasado 30 de mayo, el «no» ganaba en Francia con un nada desdeñable 54,87%, sobre todo teniendo en cuenta que la participación fue del 69,74% —más alta que en las elecciones europeas del año pasado—. Si bien debemos admitir que la campaña previa al referéndum consiguió librarse en buena parte de los fantasmas habituales de la política nacional y supo centrar su debate en temas genuinamente europeos —varios libros sobre la UE llegaron a desbancar a otros superventas de no ficción—, la verdad es que la respuesta que motivó al electorado fue más bien un rechazo a los problemas estructurales a los que el país se enfrenta en el terreno socioeconómico y de los que se culpa a Europa: el miedo a una crisis económica, a perder los fondos agrarios de los que Francia es primera beneficiaria y a los riesgos de la globalización de un mercado de servicios que a menudo identifican con la figura del «fontanero polaco». Por otro lado, grupos más radicales, como el liderado por el mítico Le Pen, se encargaron de teñir con tintes xenófobos la campaña de rechazo: «no» a la llegada masiva de inmigrantes, «no» al ingreso de Turquía en la UE, «no» a más ampliaciones.

Las cifras sirven de ejemplo: El «no» ganó en dieciocho de las veintidós regiones francesas, pero fue especialmente contundente en regiones rurales con un alto nivel de desempleo —que ya supera al 10% de media en el país— y mayor presencia de inmigrantes —se estima que uno de cada veinte habitantes franceses es hoy musulmán, y uno de cada doce procede del norte de África—. Así, en Languedoc-Rousillon (región del sur que posee un nivel de paro superior a la media y donde actualmente se sufren las amenazas de deslocalización de empresas como Perrier), el 62,37% optó por rechazar la Constitución.

Sólo en las regiones más ricas —Bretaña, Alsacia, el País del Loira e Isla de Francia— venció el «sí». El apoyo al texto constitucional estuvo también muy presente en las grandes ciudades francesas, como París (donde el «sí» obtuvo el 66%), Lyon, Burdeos, Estrasburgo y Toulouse. Marsella, urbe con un gran núcleo obrero, fue la excepción entre las ciudades, con un rechazo a la Constitución del 80% de los votos.

Por último, el referéndum francés ha dejado también un sabor a desencanto que, para muchos, pone de manifiesto la creciente pérdida de identidad en Francia. «La sociedad francesa está en un estado depresivo preocupante que la convierte en aurista hacia el proyecto europeo», destacaba un editorial del diario Libération. «Esta frustración deriva también de la dificultad de Europa a repensarse y definir el porqué de una unión más allá de intereses económicos». Más dramático fue el escritor galo Nicolás Baverez en un artículo del Abe: Tras el rechazo a la Constitución «se esconde la grave crisis moral y de identidad de una nación que ya no sabe quién es ni a dónde va». El «no» francés, en fin, ha sido visto por el país fundador como una señal de divorcio, de desorientación ante la pérdida de la grandeur francesa, un «no me reconozco en la Europa de hoy».

Y DESPUÉS EL  « NEE »

Tres días después, la victoria del nee en Holanda (61,6% a favor del «no») obedeció a razones parecidas y siempre pragmáticas: los holandeses quieren dejar de ser contribuyentes netos en la Unión en una época de recesión económica generalizada. El miedo a la inmigración que en su día espoleara el asesinado líder populista Pim Fortuyn sirvió también de munición para la campaña del «no». El diputado populista independiente Geert Wilders basó por ejemplo su campaña contra la ampliación a Turquía. También defendieron el «no», por diversos motivos, los grupos de extrema izquierda, así como las plataformas defensoras de animales y los protestantes ortodoxos que defendían «la preservación de su identidad».

Sólo 25 municipios de los 450 que componen Holanda votaron sí al tratado constitucional. En los diarios nacionales, sin embargo, lejos del derrotismo francés, podía palparse cierto orgullo nacional. «El pueblo holandés pega el tiro de gracia a la Constitución», estimaba el periódico Algemeen Dagblad. «Un «no» duro como una roca», titulaba el diario más leído, Telegraaf. Cuando quince días más tarde era el primer ministro Peter Balkenende quien se enrocaba con tenacidad para defender una reducción de la contribución presupuestaria de su país durante la cumbre europea de Bruselas, fue acusado de egoísmo nacionalista en los pasillos por líderes como Chirac. «En casa lo entenderán», fue toda su respuesta durante una rueda de prensa.

PESIMISMO, ESE VIRUS CONTAGIOSO

El sentimiento de pesimismo y el miedo de los líderes al rechazo constitucional se extendieron como la pólvora en los días previos a la cumbre, donde debían negociarse las «perspectivas financieras» que dotarán de presupuesto a la UE del 2007 al 2013.

El Reino Unido fue el primero en anular su referéndum sobre la Constitución, seguido de cerca por Dinamarca —cuyo plebiscito estaba previsto para el 27 de septiembre— y por Portugal —que pensaba celebrarlo en octubre, coincidiendo con sus elecciones municipales—. Tras «el periodo de reflexión» que los Veinticinco decidieron darse para retrasar el proceso de ratificación al menos hasta mediados del 2007, esperando a que concluyan las próximas presidenciales francesas, queda por ver qué harán el resto de Estados miembros que también habían anunciado referendos: Luxemburgo, Polonia, Irlanda y la República Checa. Además, otros seis países deben pronunciarse a través de sus parlamentos nacionales.

Al fin y al cabo, en una Unión de 455 millones de personas estamos hablando de un rechazo al texto de sólo dos países de la UE, que supone el «no» de 76 millones, mientras que otros diez países (que suman 225 millones de ciudadanos) ya lo han ratificado. España es, además, el único país que ha logrado la ratificación por referéndum, pues los demás lo hicieron por vía parlamentaria.

Si bien un éxito a favor del tratado en nuevos referendos supondría un respiro y algo de esperanza para que la Constitución sobreviva al vendaval del «no», también lo es que los líderes de dichos países se lo pensarán mucho antes de utilizar este instrumento democrático de ratificación. En el caso de Luxemburgo, que ostenta la presidencia de la UE hasta el 1 de julio, su presidente, Jean-Claude Juncker, decidió dejar en manos del Parlamento la decisión de posponer o no el plebiscito, previsto inicialmente, y confirmado al cierre de este número, para el 10 de julio. La Cámara deberá pronunciarse este verano.

En la República Checa, la oposición al Gobierno es de carácter conservador, hace campaña contra la Constitución y había pedido un referéndum para finales del 2005. Las últimas encuestas de opinión en el país sugieren otra victoria del «no», con el 29% de los votos. Sólo el 19% votaría a favor y el 27% se siente indiferente. En todo caso, la celebración de un referéndum en dicho país requeriría la adopción de una nueva ley sobre la que el Parlamento aún no se ha pronunciado.

En Polonia, la consulta electoral estaba prevista el mismo día que los comicios presidenciales (9 de octubre). En las elecciones parlamentarias previas (25 de septiembre) todos los sondeos prevén el triunfo de una coalición entre conservadores y liberales —hoy en la oposición—, de marcado carácter euroescéptico. Sin embargo, en una encuesta realizada tras los referendos en Francia y Holanda y publicada el 14 de junio, los sondeos sorprendieron a todos con un triunfo masivo del «sí» en Polonia: 57% a favor frente al 19% en contra. Sin embargo, el Gobierno polaco ha desconvocado temporalmente el referéndum.

Por último, la celebración de un referéndum en Irlanda sería obligatoria para ratificar el texto constitucional, puesto que supone una modificación de su propia Constitución. Los resultados son aún inciertos, aunque una encuesta del 14 de junio habla de un 35% a favor del «no» y 30% por el «sí». Todos recordamos aún con recelo el rechazo irlandés al Tratado de Niza en 2001.

Ni siquiera los países que ya han ratificado el tratado consiguen librarse del virus del pesimismo que reina estos días en la opinión pública. En Alemania —el mayor país de la UE en términos de población y cuyo Parlamento concluyó la ratificación de la Constitución el pasado 27 de mayo— un reciente sondeo de opinión realizado por la televisión pública ha revelado que la mayoría de los alemanes habría votado contra el texto constitucional de haberse celebrado un referéndum tras la debacle en Francia y Holanda.

CONCLUSIONES

Seamos claros: lo que hoy está en juego en Europa es el modelo de unión que queremos, no la Unión Europea en sí. Tras el doble rechazo al texto constitucional, un sondeo de la Comisión Europea demostraba que la mayor parte de franceses (62%) y de holandeses (65%) cree que su particular victoria ayudará a renegociar un texto más social. Además, una aplastante mayoría en ambos países considera positiva su pertenencia a la UE. Otro dato optimista: en los dos países la movilización para acudir a las urnas fue notable, con una tasa de participación de 69,74% en Francia y de 62,8 % en Holanda, ambas muy superiores a la participación registrada en los últimos comicios europeos. Por primera vez en mucho tiempo, los ciudadanos se han interesado, incluso apasionado, por la cuestión europea.

Sin embargo, muchos no han sabido entender las prisas de una ampliación a diez países de golpe y los compromisos prematuros con Turquía. Para resolver estas cuestiones, quizá debamos diferenciar entre la adhesión de países en el pasado reciente (que ha correspondido más al concepto de «reunificación de Europa») y el debate sobre futuras ampliaciones.

Tampoco se ha sabido digerir el descontento de los Estados tradicionalmente más proteccionistas hacia medidas económicas que abren el mercado (recordemos las constantes protestas contra la temida China en el sector textil o del calzado) o que dejan abierta la puerta del sector servicios al «fontanero polaco». De hecho, en Francia hubo dos proyectos de directiva europea que funcionaron como caballo de Troya para introducir el «no» en el corazón de los pesimistas: el proyecto de ley comunitaria sobre la liberalización del mercado de servicios (conocida como la «Directiva Bolkenstein») y otra directiva sobre la regularización de las horas de trabajo en Europa.

España, único país que ha logrado ratificar la Constitución por referéndum, tiene la oportunidad política de servir como elemento catalizador de los países donde existe un consenso a favor de la Constitución y donde aún no se desea enterrar el texto en vida. El proceso, aunque ralentizado por esa «pausa de reflexión», continúa. El eje franco-alemán no funciona últimamente. Toni Blair trata de ganarse la confianza perdida en Irak con una defensa a capa y espada de su cheque británico, y en la lucha se ha quedado aislado, tal y como demostró la cumbre y ya ha reconocido la prensa inglesa. Además, soplan vientos de cambio en Europa y el eco trae los nombres de Sarkozy en Francia, Angela Merkel en Alemania y quizá Prodi en Italia.

En este nuevo paisaje, ¿qué amigos tiene España?, ¿qué aliados supo encontrar a la hora de negociar su parte de los presupuestos? Ciertamente ninguno, excepto el luxemburgués Juncker que ejercía de mediador como presidente de la UE. La escena geopolítica se mueve deprisa en Europa y nuestro país tiene hoy la oportunidad de liderar el optimismo moderado que, tarde o temprano, ha de volver a la Unión cuando la crisis se relaje. Pero necesita más amigos y un mayor esfuerzo diplomático para labrarse su propia red de alianzas.

En definitiva, si deseamos apaciguar el descontento de algunos y el creciente «ombliguismo» de otros que tan fácilmente retoman el discurso del Estado-nación, se impone entre los líderes de Europa un esfuerzo mayor para reconocer que hay problemas —algo que todos supieron escenificar con el fracaso de la cumbre y el bloqueo de las negociaciones presupuestarias—, fomentar el debate público sobre ellos (que no se baje el telón, que no se apaguen los focos), y tratar de definir, con algo más de coraje político, dos preguntas fundamentales: cuáles son las fronteras de Europa y qué modelo socioeconómico queremos.


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