Contra el «manifiesto de los cien»

Constantino García

Qué decir de la Universidad, aquí y ahora. Ni siquiera los campeones de las ideas nuevas -aquellos individuos que andaban transportados por las luchas políticas de los años 60 y 70- tienen mucho que predicar. Por lo visto, feliz o infelizmente, la realidad social es muy tozuda y tiende a poner las cosas en su sitio. Será eso mismo lo que produce tanto malestar entre nuestros más notables idealistas. Hace poco más de un mes, a todos se nos ha hecho notar -desde el periódico mas eminente su rechazo por la Universidad actual: cien profesores denunciaban la «crisis profunda» de la Universidad (El País, 29 de enero de 1991). Dicha centuria, con una reforma pendiente, se hallaba desmoralizada en este medio universitario chato y sin relieve. Tal como si encontraran a faltar los tráficos heroicos con las dictaduras, el oscurantismo y otras hermosas ocasiones de sobresalto.

Estos amigos me parecen de la misma cepa que aquellos viejos intelectuales engolfados en el problema de España. Una raza a la que «le duele España» y que suele encarnar en dos tipos de energúmeno: el que está en que somos los mejores y los demás nos tienen envidia, o el que piensa que no tenemos arreglo. Tal que los centuriones que nos han explicado cómo debe ser la «verdadera universidad».

Democracia

Una de las cosas más sorprendentes del Manifiesto de los Cien es la oferta con la que comienza el escrito: una declaración dirigida «a los directamente implicados en la democratización de la Universidad». Cómo es posible que haya quien crea en la democratización de la Universidad y lo que da más risa en que existe alguien con esta competencia expresa.

Una de las cosas más sorprendentes del Manifiesto de los Cien es la oferta con la que comienza el escrito: una declaración dirigida «a los directamente implicados en la democratización de la Universidad». Cómo es posible que haya quien crea en la democratización de la Universidad y —lo que da más risa— en que existe alguien con esta competencia expresa.

La Universidad ofrece un servicio público que presta el Estado, es parte de la Administración Pública y, por lo tanto, está confiada a los funcionarios. No debería extenderme más en el asunto, pero quisiera recordar que si la Administración es alguna cosa, es principio jerárquico y escalafón: precisamente lo más opuesto a la democracia. No tener presente este serio obstáculo es no entender nada. Claro está que algunas cuestiones —aunque no las más relevantes— se acometen con maneras democráticas, pero, desgraciadamente, los redactores del Manifiesto tampoco aquí acaban de entender otra obviedad: que la democracia es, precisamente, el gobierno de la mayoría. A pesar de tal evidencia, los inspirados autores del texto -que son una minoría- insisten en la siguiente apreciación: «Democracia no quiere decir dominio de la mayoría, sino respeto a las minorías». Si la democracia es una de las más importantes conquistas del mundo contemporáneo lo es precisamente porque gracias a ella ya no se acaba con los que pierden en los enfrentamientos políticos, en esto consiste el derecho de las minorías: en que pueden ir a la confrontación sin ser objeto de posteriores persecuciones. El derecho de las minorías no es el de participar en el gobierno, sino el de poder esperar —sin mayores sobresaltos— a mejor ocasión.

Otra cosa es que las maneras de las mayorías sean menos estimulantes, más acomodaticias o estúpidas, y que quienes las gobiernan sean arribistas sin demasiados escrúpulos o individuos ambiciosos cuya característica más relevante sea la zafiedad. Estas denuncias de torpeza son una constante en la literatura política antidemocrática, desde el Pseudojenofonte, de manera que el dichoso asunto no parece tener un remedio fácil. Por otra parte, la tesis de las «minorías egregias» ya sabemos a dónde condujo, en los años 20, a los moralistas más ásperos y exigentes. Está uno por aceptar como buena la conocida presunción de que cierta dosis de corrupción y miseria moral le sienta bien a la vida pública: es como ese engrudo que se aplica a los ejes de las máquinas, para engrasarlos, con unos excelentes resultados.

Competitividad

También se denuncia en estas páginas la existencia de una competitividad, introducida por la LRU, que establece unas relaciones de guerra en las que juegan un destacado papel las «autoridades naturales» —para seguir en la jerga castrense— y los numerosos clanes. Estas relaciones hobbesianas son particularmente visibles en la conducta de los candidatos a cualquier promoción en la carrera académica. Hay aquí un importante asunto a destacar: se trata de una concepción russoniana de la existencia que carece del más mínimo fundamento. Más bien habría que recordar que contra lo que piensan los redactores del Manifiesto la sociedad es fundamentalmente conflictiva y que la bronca es una actividad normal de los hombres y no una enfermedad de la que haya que curarles. Si compartiéramos las concepciones de estos ahijados de Rousseau daríamos por bueno que —salvo en el período de la armonía original y en el estadio prometido de la reconciliación— los hombres nunca se hallan en el estado normal.

Otro bloque de afirmaciones hace referencia a cuestiones que tienen que ver con la ciencia. En el Manifiesto se dice que «se percibe una tendencia a la fragmentación de las disciplinas y se ven promocionadas unas materias troncales que son casi siempre la expresión de relaciones de fuerza». Es verdad, es tal cual. Los planes de estudio tienden a la fragmentación porque todo el mundo quiere ser catedrático y actualmente no hay materias para todos. Esto es lo que obliga a la incesante división o a la creación de asignaturas artificiales a las que con toda propiedad podríamos calificar de disciplinas políticas». Después de esta última apreciación hay que admitir que los planes de estudio están obsoletos.

Modernización

También lo están porque no responden a las exigencias de la modernización. El caso es que la modernización —por la que claman nuestros amigos— no es algo tan excitante como pudiera pensarse. Probablemente la voz modernización admite bien, como sinónimos más próximos, los siguientes: rendimiento, utilidad, eficacia, aprovechamiento, rentabilidad y otros aún más ruines. Por esto, frente al despilfarro de recursos o la falta de adecuación de la Universidad a las necesidades actuales, se solicita la racionalización y la modernización de la Universidad.

No nos engañemos, las demandas sociales son muy ratoneras y escandalosamente pragmáticas. Si buscáramos satisfacer estas demandas tendríamos que abandonar las dedicaciones que dan grandeza al oficio universitario: la filosofía, la literatura, la filología, las bellas artes y todas las otras dedicaciones tenidas por rancias, para dar paso a la contabilidad, el marketing, la informática, la publicidad y otras «manualidades».

La condición académica debe mucho a la gente de Iglesia y la sombra de los eclesiásticos puede percibirse con una claridad escandalosa en estos amigos nuestros. En la Universidad todavía permanecen los vocablos de los clérigos, sus maneras, incluso la ropa solemne y los atributos que se lucen en los actos académicos. Esos iluminados pretenden que en la sociedad democrática —o sea, en ésta, porque no hay otra— no existe ninguna grandeza. Desde luego, no caben ni los héroes ni los santos ni otros seres extraordinarios: que, como los cien «abajofirmantes», no son de este mundo. La democracia, al mostrar a los hombres y las situaciones, con todas sus bajezas, acaba por parecerles un proyecto obsceno y repugnante. Supongo que es esto mismo lo que lleva a nuestros queridos «abajofirmantes» a rechazar este mundo como algo insoportable.

ALUMNOS MATRICULADOS EN EDUCACIÓN UNIVERSITARIA POR CURSO ACADÉMICO

Curso académicoAlumnos matriculados
1863-648.305
1920-2120.388
1930-3138.947
1940-4137.286
1950-5154.605
1960-6176.458
1965-66127.704
1970-71216.552
1975-76538.142
1980-81649.098
1985-86854.189
1986-87902.380
1987-88966.007
1988-891.027.018
1989-90 (*)1.067.874

(*) Avance del Anuario Estadistico.

FUENTE: Ministerio de Educación y Ciencia. Instituto Nacional de Estadística.