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Ver productos1 Nov 1991 - 7min.
En un momento en el que la política es más que nunca un combate entre bebidas fuertes, el centro representa un producto «light», que corre el riesgo permanente de ser desdeñado por quienes piden «algo más consistente». A lo sumo, sus grados no superan los de la cerveza, producto de consumo popular, que se enfrenta siempre a la dificultad de ser rechazada como bebida seria por los bebedores avezados y de ser considerada más que un refresco por los abstemios.
El CDS (Centro Democrático y Social), cuyas siglas servían a algunos para decir que en realidad significaban el «Centro de Suárez», era, desaparecida UCD (Unión del Centro Democrático) de la vida política española, una especie de cerveza con etiqueta de centro. Superada la «ley seca» del régimen anterior, UCD, hábil cóctel de fuerzas moderadas, supo presentar suficiente atractivo ante el electorado como para que se le confiara la tarea nada sencilla de pasar de la dictadura a la democracia. A efectos ideológicos, el CDS representó la simple continuación de UCD.
La culminación feliz de la transición fue obra de un político de recetas simples, trayectoria discreta hasta entonces, pero con audacia y visión de futuro, llamado Adolfo Suárez.
La culminación feliz de la transición fue obra de un político de recetas simples, trayectoria discreta hasta entonces, pero con audacia y visión de futuro, llamado Adolfo Suárez. Se ha escrito mucho de él estos días, y se seguirá escribiendo. Sus adversarios rebajan el nivel de sus aciertos con el argumento de que el guionista de la obra fue Torcuato Fernández Miranda; el empresario, el Rey, y él, un simple actor. Pero nadie le quitará nunca al político de Cebreros el mérito inmenso de haber encontrado el hilo con el que sacó a España del laberinto, sin que el minotauro de la reacción o del desquite impidiera realizar los cambios profundos que demandaba la sociedad española.
Como ha escrito Santiago Carrillo, uno de los políticos en los que encontró colaboración para su apuesta por la reforma frente a la ruptura, Suárez es «un hombre de Estado que quizá lleva en su interior una contradicción que puede estar en el origen de sus aparentes vacilaciones: es, en el fondo, un hombre de izquierda al que la historia colocó a la derecha. En ésta no se sintió a gusto y en aquélla no tenía espacio».
También los hombres de Estado cometen errores en la lucha partidista. Suárez, una vez encauzada la democracia, se encontró sin capacidad de maniobra y sin las reservas necesarias para competir con los adversarios de dentro y de fuera de su partido. La izquierda que él había remansado creía llegada su oportunidad histórica. La derecha se atrevía a decir otra vez su nombre. Suárez dimitió, acosado por un PSOE implacable, que olía poder, y por las fisuras de un centrismo en disolución. En el verano de 1982, año y medio después de dejar la presidencia del Gobierno y ya con la corona ducal en la camisa, fundó su propio partido, el CDS.
La historia del CDS, hasta ahora, se confunde con la de Suárez, que ha obligado a esta formación política, anclada en lo que sus ideólogos de plantilla llaman el centro progresista y liberal, a seguirle en sus titubeos y contradicciones. Para conquistar algunas alcaldías -entre ellas, la muy significativa de Madrid- se alió con el Partido Popular de Fraga. Pero después, Calvo Ortega, el nuevo presidente buscando un sitio al sol frente a un Partido Socialista devorador, dio un giro a la izquierda, en el congreso de Torremolinos, que muchos de sus seguidores, procedentes de la antigua UCD, no entendieron.
A la dificultad de encontrar un espacio político propio entre populares y socialistas, que convergen hacia el centro y prácticamente se tocan en sus programas, se le ha añadido al CDS, en los últimos tiempos, una evidente parálisis de sus órganos directivos, empezando por su líder máximo. Adolfo Suárez había escatimado escandalosamente su presencia en la vida parlamentaria y, además, perdido su reconocido tirón electoral: no bastaba su rostro en el «poster» para arrancar votos. El desastre de las últimas elecciones municipales y autonómicas en las que, por ejemplo, el CDS no ha llegado a obtener ni una concejalía en Madrid, a pesar de haber gobernado en coalición durante dos años en la capital y haber realizado el alcalde centrista Rodríguez Sahagún una excea la dimisión y a los militantes a la catarsis de un congreso extraordinario, celebrado en los días 28 y 29 de septiembre.
Mientras en política empieza a estar todo visto, las zancadillas son moneda corriente y el lema de cumplimiento obligatorio es «aquí no pasa nada», el congreso del CDS, para acentuar el carácter diferente de este partido, ha sido un espectáculo: a algunos les ha recordado, por su franqueza e ingenuidad, las viejas asambleas universitarias de los míticos años 60. Parecía que de un momento a otro los compromisarios se iban a lanzar a cantar, como Raimon, el «Diguem no» o el «No nos moverán». Se sabía que el CDS era un partido de cuadros, pero no hasta ese extremo nostálgico y rompedor. Y, puestos a romper, ¿por qué no hacerlo con el propio presidente y fundador?
La pérdida de «sex appeal» de Suárez ha culminado en este congreso extraordinario, al que ni siquiera acudió personalmente y cuyo nombre, al ser invocado por su presunto sucesor en la jefatura, el catedrático Raúl Morodo que se definió a sí mismo como «liberal de izquierdas, progresista y radical» recibió incluso algunos abucheos. Morodo, cuya trayectoria política pasa por el Partido Socialista Popular de Tierno Galván, al que no quiso acompañar en su integración en el PSOE, era el albacea escogido por Suárez como garantía de que el partido por él fundado no se orientaba hacia las playas conservadoras. Un nombre tranquilizador para el PSOE, dispuesto a ser casa común de todo lo que no sea derecha, y que no desea, como es lógico, que se confirmen esos datos que apuntan que, de cada tres votantes del CDS, dos son posibles seguidores del PP y sólo uno apoyaría al actual Gobierno socialista.
Frente a la lista oficial y ante las maniobras orquestales en la oscuridad, el congreso de la contestación cayó en la tentación de parricidio, y dejó a Suárez, dramáticamente, de simple militante de base, mientras hacía de Rafael Calvo Ortega el nuevo presidente. Calvo, ex secretario general de UCD, eurodiputado, antiguo ministro de Trabajo y persona de carácter serio, austero y firme, iba a presentar frente a Morodo un marcador inequívoco: 445 votos por 339. El que, además, el crítico Antoni Fernández Teixidó se alzase con la secretaría general, feudo del poder de uno de los hombres más cercanos à Suárez, José Ramón Caso, completaba el cuadro de rebeldía.
¿Es posible el CDS sin Suárez? Ésta es la pregunta que Rafael Calvo Ortega quiere contestar cuanto antes de manera afirmativa.
¿Es posible el CDS sin Suárez? Ésta es la pregunta que Rafael Calvo Ortega quiere contestar cuanto antes de manera afirmativa. Y para que los parlamentarios centristas único activo, con algunas alcaldías, dell CDS, con unos votos que pueden tener mucho valor de persistir el desgaste socialista- no se pasasen al grupo mixto, ha optado por situar a Caso al frente del mismo, como portavoz, en detrimento de su candidato Rafael Arias Salgado. Aunque ello decolora la imagen de renovación, transmite un cierto clima de unidad y de administración magnánima del triunfo.
Pero todo el mundo coincide en señalar que la tarea que el nuevo equipo tiene por delante es complicada. La pregunta no es tanto si es posible este partido sin Suárez (aunque Raúl Morodo anticipó, sombríamente, tras el congreso, que «contra o sin Suárez no es posible el CDS»), como si hay sitio para el centrismo en la actual vida política española. La sopa de letras de la transición política se ha decantado por la bipolaridad. El bipartisimo imperfecto inicial a un lado, centro y derecha; al otro, socialistas y comunistas- tiende al reparto de los votos, por mitad, en dos grandes bloques que lideran González y Aznar: Los votos útiles son sólo dos. Como las dos Españas de siempre, con sus gitanos y sus payos, su norte y su sur, su campo y sus ciudades, su mar y su montaña.
Por ahora, a lo que sí recuerda el CDS sin Suárez es a la cerveza sin alcohol: una bebida «sui generis», concebida como alternativa de placeres prohibidos. que gana nuevos adeptos cada día. Si la gente se cansa de ingerir cosas a veces inconvenientes y cree, con Leopoldo Calvo Sotelo, que este «partido sin» puede convertirse en «algo como lo que pudo haber sido UCD, o como podría ser aún el CDS, algo que no está de más en el mapa político español, tan escuálido hoy». Calvo Ortega habrá hecho una especie de milagro, además de haber colaborado, con muchos ingratos votantes, a la jubilación definitiva de uno de los españoles importantes de este siglo.