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Ver productosLa vida del novelista estuvo marcada por la pasión de volar y la pasión de escribir, pero también por la búsqueda de Dios y del sentido de la vida

24 de febrero de 2026 - 10min.
Eduardo Caamaño (Río de Janeiro, 1972) es economista, ensayista y divulgador de temas históricos. Especialista en Creación Literaria por la Universidad Camilo José Cela y en Guion de Ficción Cinematográfica por el Instituto RTVE, es autor de las biografías de El barón rojo (Manfred von Richthofen); Houdini; Arthur Conan Doyle; Agatha Christie y Edgar Allan Poe.
Avance
La tensión entre la aventura de sobrevolar los Andes, la gloria literaria y la búsqueda de Dios y del amor aparece plasmada en la detallada biografía que sobre Antoine de Saint-Exupéry ha escrito Eduardo Caamaño. En la primera parte, L’enfant terrible (1900-1928), cuenta que el escritor nació en el seno de una familia aristocrática de Lyon y que con solo doce años tuvo su bautismo de aire al subir a un aeroplano, pero fue en 1921, durante el servicio militar, cuando inició su carrera como aviador, destinado en Casablanca. Tras una etapa en la que se ganó la vida como administrativo en una fábrica de azulejos, consiguió su sueño de dedicarse profesionalmente a volar, primero como piloto de correo postal, con sede en Toulouse, viajando por el África colonial francesa; y después en América del Sur, como jefe de operaciones de la compañía Aeroposte.
En la segunda parte, Un poeta en las nubes (1929-1939), Caamaño cuenta que Saint-Exupéry, tras sufrir una frustración amorosa, se casó con una viuda salvadoreña, Consuelo Suncín, escritora, pintura y escultora; que conoció el éxito gracias a sus novelas autobiográficas Correo del Sur y Vuelo nocturno; y que colmó sus ansias aventureras como corresponsal en Rusia y en la guerra civil española. De esta última dijo que se fusilaba más que se combatía y que no se trataba de conquistar territorios sino de «erradicar el mal».
La tercera parte, El último de los románticos (1939-1944), describe la frustración de Saint-Exupéry al no ser admitido como piloto de combate durante la Segunda Guerra Mundial, por haber superado los cuarenta años, y cómo, estando en Nueva York, la esposa de un editor le pidió un cuento infantil. El resultado fue El principito (1943), la obra literaria francesa más leída de la historia, traducida a un centenar de idiomas. Bajo la apariencia de un relato para niños, el autor hace profundas consideraciones sobre la amistad y la responsabilidad, invitando al lector a mirar más allá de lo evidente, pues «lo esencial es invisible a los ojos».
El escritor despegó con su aparato, el 31 de julio de 1944, en una misión de reconocimiento para las fuerzas aéreas norteamericanas, se dirigió hacia el Mediterráneo y nunca más regresó. Dejó quinientas páginas con reflexiones sobre la condición humana y la relación con Dios, en la que se aprecian influencias de Pascal, san Ignacio de Loyola y Nietzsche. Se publicaron póstumamente en 1948, con el título de Ciudadela.
Hay autores como Hemingway que necesitaban acumular experiencias aventureras para trasladarlas luego al papel, a otros como Cervantes o el propio Saint-Exupéry sus accidentadas vidas les proporcionaron ese valioso material. El escritor francés conoció el riesgo a los mandos de un avión, en la guerra, o en las dunas del Sáhara, donde llegó a rescatar a otros pilotos que habían caído en manos de bandidos. Como decía Umberto Eco, Antoine de Saint-Exupéry debía creer que volar y escribir venían a ser lo mismo.
ArtÍculo
Eduardo Caamaño es un autor especialista en biografías con unas obras caracterizadas por la meticulosidad y el afán descriptivo. En ellas no solo aparecen el biografiado y su época, sino también un sinfín de detalles del pasado y del presente que ayudan a comprender mejor el contexto en el que vivieron los personajes. Hay un cierto toque de misterio en estos libros, pues los personajes tratados se prestan a ello. Tales son los casos de Houdini, Conan Doyle y Agatha Christie. Estos rasgos se encuentran en su reciente biografía del escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). Para ello ha visitado la mayoría de los lugares por los que pasó, además de consultar archivos especializados y bibliografía.

Podríamos calificar a Saint-Exupéry como un hombre sediento de amor y de gloria, que no supo siempre encontrar el equilibrio entre ambas dimensiones. Según Umberto Eco, es probable que creyera que volar y escribir eran lo mismo. Volaba para luego escribir sus vivencias y escribía dejando volar su imaginación hasta que llegara el momento de volar en la vida real. No apreciaba demasiado la vida ordinaria, pues podía resultarle anodina. No veía en ella épica, sino cortedad de miras. Para él, la aventura era otra cosa.
Una infancia transcurrida en el seno de una familia lionesa de abolengo, vivida con frecuencia en los escenarios del castillo familiar de Saint Maurice de Rémens, marcó la existencia del escritor. Tonio, según su apelativo familiar, vivió una niñez «mágica» en la que se acumularon juegos, lecturas, música y un insólito interés por toda clase de artilugios mecánicos. Quedó muy pronto huérfano de padre y se apoyó toda su vida en el ejemplo y el recuerdo de su madre, Marie. De ella heredó una profunda espiritualidad, por no decir sensibilidad, que contrastaba con la disciplina rígida a la que querían someterle otros parientes. De hecho, el espíritu inquieto del escritor le acarreó no pocas incomprensiones, tanto de alumnos como de profesores, en los colegios que frecuentó, aunque no es menos cierto que siempre encontró en ellos a algún profesor que supo comprenderle.
En la primera parte del libro, L’ enfant terrible (1900-1928), Caamaño destaca un episodio de la vida del joven Saint-Exupéry: su primer vuelo en compañía del piloto francés Gabriel Wroblewski desde un aeródromo cerca de Lyon en 1912. Fue un vuelo clandestino donde no demostró temor a las alturas. Luego llegó la Primera Guerra Mundial con su estancia desde 1915 en el colegio marianista de Saint Jean en Friburgo (Suiza). Tiempo después, escribiría que perdió la fe en aquel colegio en el que se habría dado preferencia más a la educación que a la religión. Sin embargo, Caamaño subraya que esa pérdida de fe se debió más probablemente a la prematura muerte de su hermano François.
Vinieron después sus años de estancia en el París intelectual y festivo, en plena guerra y en la inmediata posguerra, en los que frecuentó la escuela católica Bossuet, dirigida por el padre Maurice Sudour, un sacerdote que recalcaba el sentido de la responsabilidad, la pureza de la infancia y la dimensión espiritual de la experiencia humana.
En 1921 Saint-Exupéry tenía que cumplir su servicio militar, lo que aprovechó para solicitar su ingreso en la incipiente fuerza aérea. Curiosamente recibió lecciones de vuelo un tanto clandestinamente y que le sirvieron para obtener una licencia civil. Su primer destino militar sería Casablanca, en el Marruecos francés. Allí conectó por primera vez con la fascinación del desierto. Después, llegaría su relación amorosa con Louise de Valmorin, una joven viuda que frecuentaba los salones literarios parisinos. De ella admiraba su inteligencia y su labor literaria. Llegaron incluso a planificar una fecha de boda, pero no se llevó a cabo porque Louise exigía al escritor renunciar a su pasión por el vuelo. El compromiso se rompió y Saint-Exupéry se sumió en la tristeza. Desde entonces, y para sobrevivir económicamente, nuestro autor desarrolló trabajos diversos como administrativo en una fábrica de azulejos o representante de una empresa de fabricación de camiones.
Sin embargo, a Saint-Exupéry le consumía la tristeza, sobre todo por sus frecuentes frustraciones amorosas y por el distanciamiento de unos amigos entregados a sus trabajos o a sus familias. Finalmente, encontró una labor satisfactoria: la de piloto de correo postal con sede en Toulouse y desde donde realizaría vuelos al África colonial francesa, con frecuentes escalas en España y el Sáhara español.
Fueron años de misiones peligrosas, que a veces terminaron en las arenas del desierto, con el acecho de nómadas hostiles que solían hacer prisioneros a los pilotos para obtener rescates. Una época de camaradería y profunda amistad con otros aviadores como Guillemet y Mermoz, protagonistas de páginas pioneras en la historia de la aviación. Saint-Exupéry vivió entonces experiencias que demostraron su capacidad de superación, al no dudar en aprender nociones de árabe para entenderse y ganar su confianza, lo que le permitió liberar a algunos cautivos.

Caamaño recoge con todo detalle el período 1929-1939 en la vida de su biografiado y le da un certero título: Un poeta entre las nubes. Un tiempo de encrucijada existencial en la que el desarraigo de Saint-Exupéry se acentúa, aunque el escenario de sus vuelos había cambiado. Trabajará en América del Sur, principalmente en Argentina y Chile, como jefe de operaciones de la compañía Aeroposte. En sus misiones de correo aéreo tendrá que superar grandes obstáculos de la naturaleza como la cordillera de los Andes, pero sus aventuras están impregnadas de una cierta melancolía con el convencimiento de que el exilio no es algo temporal sino permanente, y los viajes esporádicos a Francia no lograron apagar la nostalgia de la tierra natal.
En tales circunstancias apareció en su vida una viuda salvadoreña, Consuelo Suncín Sandoval, escritora, pintora y escultora. Consuelo sedujo y se dejó seducir por nuestro autor, aunque no gozó de demasiadas simpatías por parte de la familia del novio. Se casaron, pero no por ello Saint-Exupéry renunció a la aviación y volvió con su esposa a las rutas africanas con base en Casablanca. Fue también el tiempo del éxito literario gracias a su novela autobiográfica Vuelo nocturno (1931), muy pronto llevada al cine por Hollywood, y que superó en ventas a su anterior Correo del sur (1928).
Con todo, esas actividades no podrían sustraerse a una época tan históricamente agitada como la década de 1930. Saint-Exupéry seguía apegado a una vida bohemia en el París de entonces, aunque su temeraria conducción como piloto de hidroaviones le llevarían a perder su empleo y no se le tuvo en cuenta en los inicios de la andadura de Air France. No consintió ser relegado a una tarea burocrática, si bien colmó sus ansias de aventuras como corresponsal de prensa en la Rusia estalinista y en la guerra civil española.
En España comprobó cómo las ideologías transforman a las personas. Aseguraba que era una guerra en la que se fusilaba más que se combatía, en la que no se trataba de conquistar territorios sino de «erradicar el mal». Sin embargo, también fue la época en que Saint-Exupéry publicó Tierra de hombres (1939), un ensayo más que una novela, una reflexión profunda sobre la solidaridad y la fraternidad entre los hombres. Por entonces, el escritor empezó a gozar de fama en Estados Unidos, pero la Segunda Guerra Mundial le hizo regresar a Francia.
Entramos así en la tercera parte del libro, El último de los románticos (1939-1944). Saint-Exupéry había superado los cuarenta años y no se le admitía como piloto de guerra, pese a su veteranía, si bien tampoco le ayudó mucho su negativa a alinearse con la Francia libre de De Gaulle, pues desconfiaba del personalismo del general. Durante una estancia en Nueva York, la esposa de su editor norteamericano le animó a escribir un cuento infantil. Este fue el origen de El principito (1943), con apariencia de relato infantil, pero con profundas consideraciones sobre la naturaleza humana, la amistad y la responsabilidad. Es un libro que invita a mirar más allá de lo evidente, pues «lo esencial es invisible a los ojos». El principito se convirtió en la obra francesa más leída de la historia, traducida a un centenar de idiomas y con cuatrocientas ediciones.
Por entonces, el escritor había producido también más de quinientas páginas de su obra Ciudadela, una serie de reflexiones sobre la condición humana y la relación entre el hombre y Dios. En esta obra, de publicación póstuma, se encuentran influencias de Pascal y san Ignacio de Loyola, pero también de Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche.
Finalmente, tras varias tentativas fallidas, Saint-Exupéry consiguió que las fuerzas norteamericanas le asignaran misiones como piloto de reconocimiento. En una de ellas, el 31 de julio de 1944, tras sobrevolar el valle del Ródano, su avión desapareció en aguas del Mediterráneo. Desde entonces, nuestro escritor entró en la leyenda, pues había vivido desde la aventura y para la aventura.
Al terminar la lectura de esta obra, cabe pensar que Antoine de Saint-Exupéry será siempre un autor por descubrir para quienes se planteen el sentido de la vida y tengan ansias del Absoluto que el escritor continuamente buscó, como supo ver Charles Moeller en el estudio que le dedicó en su obra Literatura del siglo XX y cristianismo.
Imagen de cabecera: Escultura del principito y el zorro, por Stéphane Paret. Foto de Cédric Soulier. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.