«Anatomía de la esperanza», de Francesc Torralba

¿Es ridículo estar esperanzado cuando nunca conseguimos colocar la roca en la cima de la montaña?, como le pasaba a Sísifo. Responde el autor: «Cuando hay un horizonte, el esfuerzo tiene sentido porque apunta como un vector a una tierra prometida»

Travesía del Mar Rojo, pintura de Poussin. CC Wikimedia Commons
Alfonso Basallo

Francesc Torralba. (Barcelona, 1967). Doctor en Filosofía, Teología y Pedagogía, ejerce como catedrático de Ética en la Universitat Ramon Llull. Traductor de la obra de Kierkegaard. Es miembro del Dicasterio para la Cultura de la Santa Sede. Cuenta, entre otros galardones, con el premio Joseph Ratzinger y el premio Josep Pla. Autor de un centenar de ensayos y artículos.

Avance

El autor se sirve de Tomás de Aquino para definir la esperanza como «una tensión del alma que nace de un deseo del corazón y de un discernimiento intelectual que vislumbra posibilidades de éxito». Es un combate que se entabla en cada persona, entre dos voces: una clama «¡No hay nada que hacer!» y otra, «¡todo es posible!». La esperanza no es una evidencia sino «una apuesta» que se puede ganar o perder; así que «no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza», como decía Spinoza. Su objeto es el bien y obtenerlo requiere cierto esfuerzo, es decir la esperanza no consiste en quedarse cruzado de brazos aguardando que llegue, como los personajes de Beckett respecto a Godot. Y todos la necesitamos —creyentes y no creyentes—, pues se trata de «un valor transversal que no es patrimonio único de la esfera religiosa, sino también del humanismo laico».

¿Es ridículo estar esperanzado cuando nunca conseguimos colocar la roca en la cima de la montaña?, como le pasaba a Sísifo. Todo depende del horizonte, responde Torralba. Cuando «hay un horizonte, el esfuerzo tiene sentido porque apunta como un vector a una tierra prometida», como los israelitas del Éxodo. El antídoto contra el desencanto es «la reconstrucción de nuevos horizontes». Pero siempre acecha la tentación del nihilismo, que es la raíz de la desesperación según Gabriel Marcel. La consecuencia del nihilismo es lo que Torralba llama «el cinismo posmoderno» que empuja a quienes caen en él a mentir o falsear la realidad para garantizarse las máximas cotas de poder y bienestar. Otros, se refugian en las evasiones para llenar el vacío que produce la falta de sentido; pero ante la muerte, de nada sirven, no se puede «esconder la cabeza debajo del ala». La llegada de «la dama fúnebre aniquila toda esperanza humana» constata el autor, que vivió la experiencia en primera persona, al perder a un hijo de 23 años en un accidente de montaña. No pudo eludir el dolor profundo y se apoyó en la fe en Dios y en su familia para mantener la esperanza. En la segunda parte, titulada El susurro del espíritu, desarrolla este anclaje trascendente y afirma que hay «una semilla de eternidad» en el hombre, que «se niega a ser abatido por el dragón del desencanto». Se trata del espíritu, cuya metáfora más adecuada es el viento. Entendida así, la esperanza es capaz de transformar al mundo y a las personas, pues existe «un hilo invisible que une la esperanza con la acción y, por extensión, con la transformación». Pero conlleva una exigencia: el compromiso, que es «la traducción de la esperanza en hechos».

Para esperar es preciso armarse de paciencia y rechazar el pesimismo que nos hace creer que todo va a salir mal. No siempre. En las travesías del desierto que jalonan la vida a veces «irrumpe lo inesperado, y no siempre ha de ser lo negativo, también puede ser positivo y luminoso». Por ejemplo, «el acto de perdonar no puede predecirse, es la única acción que actúa de manera inesperada» escribió Hannah Arendt, a la que cita Torralba. Y al hombre siempre le queda ese «susurro del espíritu», que es «el último baluarte de nuestra libertad» con el que encarar los acontecimientos de la vida. Con palabras de Ernst Bloch, «los hombres pueden ser los guardagujas de su vida, que no se ha decantado aún hacia la salvación, pero tampoco hacia la perdición».

ArtÍculo

Francesc Torralba comienza su ensayo describiendo un combate entre dos voces. Una clama «¡No hay nada que hacer!» y otra, «¡todo es posible!». Para la primera es inútil bregar contra el veredicto fatal del destino; para la segunda, todo está abierto. Ese campo de batalla anida en el interior de cada persona y unas veces vence la voz del desencanto y otra la de la esperanza. Menos mal, que «¡hay tanta terca esperanza en el corazón humano!» como nos recuerda Albert Camus.

¿En qué consiste esa terquedad secreta, ese «a pesar de todo»? El autor toma como referencia la Summa Theologica, de santo Tomás de Aquino, para definir la esperanza como «una tensión del alma que nace de un deseo del corazón y de un discernimiento intelectual que vislumbra posibilidades de éxito».

Francesc Torralba. Anatomía de la esperanza. Destino, 2026

Su objeto es el bien, se proyecta hacia el futuro y obtenerlo requiere cierto esfuerzo, es decir la esperanza no consiste en quedarse cruzados de brazos aguardando que llegue, como los personajes de Beckett respecto a Godot. Y «la necesitamos todos para vivir (tanto creyentes como no creyentes)» porque, aunque la esperanza sea una de las tres virtudes teologales —junto con la fe y la caridad—, se trata de «un valor transversal e intercultural […] que no es patrimonio único de la esfera religiosa, sino también del humanismo laico».

Mas como la esperanza no es una evidencia, sino «una apuesta» que se puede ganar… o perder, lleva aparejado «el miedo», «la inquietud», y viceversa: como dice Spinoza, «no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza». Eso sí, advierte Torralba, no cabe la esperanza egoísta: «No puede darse sin confianza en los demás. Es coral».

El anciano que perdió las ganas de vivir

¿Es ridículo estar esperanzado, cuando nunca conseguimos, pese a nuestros esfuerzos, colocar la roca en la cima de la montaña?, como le pasaba a Sísifo. Depende del horizonte, responde el autor. Cuando «hay un horizonte, el esfuerzo tiene sentido, al igual que la entrega personal a una causa, porque apunta como un vector a una tierra prometida». El antídoto contra el desencanto es «la reconstrucción de nuevos horizontes», ya que cuando un ser humano tiene un para qué es capaz de vencer cualquier resistencia, como contaba Viktor Frankl  en su famoso libro El hombre en busca de sentido, tras su estancia en Auschwitz. Y todos los seres humanos «estamos ungidos de sentido».

Torralba pone un ejemplo elocuente: el de un hombre de 90 años internado en una residencia de ancianos que, estando con plenas facultades físicas y mentales, se negaba a comer. Había perdido las ganas de vivir. Hasta que la psicóloga se enteró de que, antes de su jubilación, se había dedicado profesionalmente al cuidado de parques; así que le propone trabajar en el jardín de la residencia para que aporte su experiencia. El anciano lo hace y al poco tiempo come motu proprio, incluso con apetito, porque se lo pide el cuerpo y porque «necesita estar en forma para ver como crecen los tallos». Lo que le salva del cansancio vital no son los fármacos sino la forja de un nuevo sentido.

Y ¿dónde encontrar el propósito de una vida? Hay «algo indestructible dentro de uno mismo» aunque permanezca oculto a sus ojos. Y «una de las posibilidades de expresión de esa existencia oculta es la fe en un Dios personal». La frase es nada menos que de Franz Kafka, cuyos cuentos La metamorfosis o la Pequeña fábula (del ratón y el gato) resultan, a priori, tan desesperanzados. A pesar de todo, en ese universo de incomunicación en el que parece no haber horizonte, Camus nos hará ver que «Kafka introduce la esperanza, de forma singular, […] por medio de la humildad» de la persona, en el conocimiento de los propios límites.

La victoria póstuma de Maquiavelo

Enemigo de la esperanza es el nihilismo, al que Nietzsche considera «el más inquietante de los huéspedes que pueden alojarse en el alma humana». Es la tentación de la nada: nada tiene sentido, nada merece nuestro esfuerzo. Es la raíz de la desesperación, según el filósofo Gabriel Marcel, uno de los grandes estudiosos de la esperanza.

La consecuencia del nihilismo es lo que Torralba llama «el cinismo posmoderno»: si tanto nacer como morir son actos efímeros que sellan un paréntesis absurdo —la existencia— entonces ni la lucha por un mundo mejor ni el sacrificio por un ideal tienen sentido. Lo grave es que el cínico posmoderno se aprovecha de la situación: si nada tiene sentido, no tiene reparos en mentir o falsear la realidad para garantizarse las máximas cotas de poder y bienestar. Ese cinismo posmoderno vendría a ser «la victoria póstuma de Maquiavelo», como lo han calificado algunos.

Recurre Torralba a El grito (1893), el famoso cuadro de Edvard Munch, porque expresa sin palabras, con trazos de colores rojo y negro, y un rostro que «parece estar a punto de partirse en mil pedazos», la idea de la desesperación. El pintor noruego muestra, de forma elocuente, lo que esta tiene de «claustrofobia existencial […] un ahogo, pero no en el sentido físico del término, sino en el espiritual». Y es que el artista llevaba una pesada carga sobre los hombros: de niño vio morir a su madre y a una hermana y solo un año antes de El grito, otra hermana había sido recluida en un psiquiátrico por trastorno bipolar.

Cuando se pierde el horizonte y sobreviene el vacío, un rasgo típico de esta época —sobre el que alertaba Gilles Lipovetsky—, solo quedan dos opciones: o bien construir una nueva narrativa de sentido o refugiarse en un catálogo de evasiones. El problema es que este catálogo «tapa un agujero, pero no sacia la sed de sentido que late en el corazón de la persona». Sobre todo, no sirve para eludir el final inexorable que a todos nos aguarda. Ante la muerte, de nada sirve el espejismo de las evasiones, no se puede «esconder la cabeza debajo del ala», porque la muerte «se impone con toda su crudeza y resulta imposible ignorarla. La llegada de la dama fúnebre aniquila toda esperanza humana». Visto así, habría que dar la razón a Jean Paul Sartre cuando dice que la existencia es «una pasión inútil».

Torralba no habla de oídas. El zarpazo de la muerte —perdió a un hijo de 26 años en un accidente de montaña— puso en jaque al temple de su esperanza hace tres años. Como ha contado en una entrevista, «lo difícil es tener esperanza cuando se desmorona la vida cotidiana […]. Es entonces cuando se pone a prueba si eres una persona con esperanza, entereza, serenidad o fe». En su caso se apoyó en la fe en Dios y en la familia, y reflejó su vivencia en el libro No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo (Now Books).

En la Antropología de la esperanza, el filósofo se pregunta «¿hay motivos reales para pensar que todo acabará bien?». Y ofrece dos opciones que no son excluyentes: la esperanza en el género humano, en su moralidad y su capacidad creativa, de suerte que «aunque la muerte interrumpa la vida individual, no podrá quebrar el anhelo de la humanidad hacia un horizonte de paz y plenitud». La segunda opción es la esperanza en un Dios que no sólo es creador, sino que «no es indiferente al destino de los humanos» y «no los deja en la estacada, sino que vela por ellos, de forma discreta pero fiel».

Torralba retoma la pregunta de Sigmund Freud en El malestar de la cultura, ¿vencerá eros, la fuerza vital, el anhelo de crear y edificar o lo hará thanatos, el instinto de muerte y destrucción? «Tener esperanza -—responde el autor— es creer que el amor es más fuerte que la muerte, que la potencia edificadora del ser humano es superior a su potencia corrosiva», pero advierte que no hay evidencias de ello, solo «conjeturas, apuestas; en definitiva, fe».

El filósofo desarrolla este anclaje trascendente en la segunda parte, titulada El susurro del espíritu, donde explica que hay «una semilla de eternidad» en el hombre, que «se niega a ser abatido por el dragón del desencanto». Se trata del espíritu, cuya metáfora más adecuada es el viento: «sopla, limpia la atmósfera, aclara la visión, no se deja encapsular, […] es el último baluarte de nuestra libertad» y nos hace aspirar «a lo que es bello, verdadero, uno y bueno», si nos dejamos impulsar por su soplo.

Compromiso: entrega de uno mismo a fondo perdido

Así entendida, la esperanza no es ingenuidad, tampoco se detiene como la mujer de Lot en la nostalgia del pasado, ni es una «especie de espera adormecida», como advertía Gabriel Marcel, sino que es capaz de transformar al mundo y a las personas, pues existe «un hilo invisible que une la esperanza con la acción y, por extensión, con la transformación».

Pero conlleva una exigencia: el compromiso, que es «la traducción de la esperanza en hechos», «la entrega de uno mismo a fondo perdido». Por desgracia, observa el autor, el compromiso ha perdido vigencia en la sociedad actual, debido a la epidemia de desencanto. Sin embargo, subsiste minoritariamente, «de forma callada y discreta, en muchas personas, sin hacer ruido en las redes sociales ni exhibirse con un selfie»; un compromiso «hecho de piedra picada» […] «que se nutre de la pequeña gran virtud de la esperanza, en palabras de Charles Péguy».

La esperanza se construye sobre la paciencia, indica el autor, porque el paciente «tolera el tiempo; sabe que debe atravesar un largo desierto antes de obtener el objeto de su deseo». Lo ilustra con el ejemplo iluminador del Éxodo bíblico: los israelitas se han sacudido el yugo egipcio, pero pasan cuarenta años por el desierto, padeciendo calamidades. Algunos, nostálgicos del cautiverio, querrán regresar, pero otros cultivarán la paciencia y resistirán. Y quienes llegan a la tierra prometida no son quienes fueron liberados sino sus hijos o sus nietos.

A veces surge lo inesperado: el perdón

La narración resulta sumamente inspiradora porque «las obras bellas requieren tiempo» subraya el autor. Es necesaria la paciencia porque en las travesías del desierto que jalonan nuestra vida a veces «irrumpe lo inesperado, y no siempre ha de ser lo negativo, también puede ser positivo y luminoso». Por ejemplo, el perdón que es, por definición, inesperado. «El acto de perdonar no puede predecirse —escribe Hanna Arendt— es la única acción que actúa de manera inesperada». Ante una ofensa, quien la ha cometido espera una respuesta violenta, el castigo o la venganza, lo sorprendente es que el ofendido no devuelva mal por mal y nos perdone. «La vida a veces nos da un puñetazo; pero otras veces nos acaricia» apostilla Torralba. Es otra razón para despojarnos de los prejuicios negativos que nos condicionan y ser flexibles ante los acontecimientos pues, como decía Laín Entralgo, es preciso «dar tiempo a lo real, esperar el futuro con la confianza puesta en la realidad, que siempre merece crédito».

En cualquier caso, nos recuerda Torralba en el epílogo, con palabras de Ernst Bloch, «los hombres pueden ser los guardagujas de su vida, que no se ha decantado aún hacia la salvación, pero tampoco hacia la perdición». Esto significa que «nuestro tiempo verbal es el gerundio y no el participio» subraya el autor. Lo cual requiere rechazar la resignación y el conformismo. El futuro no está escrito, ni está fatalmente determinado, pero «la verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo en el presente», como dejó dicho Albert Camus.


Algunas frases destacadas de Anatomía de la esperanza

El hombre es capaz de elevarse por encima de sí mismo

Como dice Max Scheler, el ser humano es el único que puede elevarse por encima de sí mismo. Esto lo hace capaz de expresar ironía y humor. Esa toma de distancia es la raíz de la libertad.

El ser humano es el ser que sabe decir No, el asceta de la vida, el eterno protestante contra la mera realidad. Podemos decir no a lo que exigen los instintos y trascenderlos para hacer realidad algún ideal que consideremos noble.

Los profesores, enfermos de esperanza

Un maestro sin esperanza es una contradictio in terminis, una especie de oxímoron con dos piernas, porque la condición sine qua non para serlo es confiar en que el discípulo puede aprender.

«Un profesor es siempre —escribe George Steiner— un enfermo de esperanza»

Y vale para todos los niveles y estamentos educativos. El maestro confía en que el discípulo puede aprender, pero también en que él mismo tiene la capacidad de transmitir aquello que sabe, lo que ha aprendido a lo largo de su vida.

El anhelo de otro mundo

El ciudadano se siente afligido por la multiplicidad de noticias que muestran el drama del mundo […] Siente la tentación de escapar hacia una esfera imaginaria y olvidarse de la realidad, porque percibe que esta es demasiado pétrea para ser transformada. A pesar de todo, permanece en lo más profundo de su corazón el anhelo de otro mundo.

Mientras este anhelo subsista hay motivos para la esperanza

Cada nacimiento, una rendija de esperanza

El hijo no es la mera prolongación de los genes de los padres. Es un ser nuevo, único, diferente e irreemplazable, un universo de posibilidades y de necesidades. […] El nacimiento de un niño abre una rendija a la esperanza en el mundo.  El recién nacido es una promesa para la humanidad

Diálogo entre generaciones

¿Es posible transmitir la experiencia vivida para que el diálogo entre generaciones sea posible? […] Se requieren dos condiciones previas. Es necesario que el joven esté dispuesto a escuchar y aprender de quien sabe porque ha vivido más. A esta disposición anímica se le llama humildad.

También es indispensable […] que la persona madura tenga la generosidad de regalar su experiencia, de compartir lo que le ha sucedido y lo que ha aprendido de las derrotas y frustraciones con las que ha tenido que lidiar. A eso se le llama generosidad

Aprender de las noches oscuras

Quien tiene esperanza cree que es posible aprender de los errores, de los fallos históricos, de las noches oscuras de los tiempos pasados. El desencantado, en cambio, cree que no aprendemos nada, que repetimos el mismo gesto […] y que tropezamos con la misma piedra una y otra vez.


Imagen de cabecera: «El paso del Mar Rojo», pintura de Nicolás Poussin. (1634). El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.