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Ver productos1 Abr 1995 - 4min.
Alain Peyrefitte
C’était de Gaulle
Fayard
París, 1994, 598 págs.
Un libro de Alain Peyrefitte suscita siempre en el mundo intelectual y político la atención debida a quien ha acreditado saberes universales en tantas obras diversas, escritas siempre con rigor profesional en una prosa magnífica. Pero un libro de Peyrefitte sobre de Gaulle, bajo cuyo mandato presidencial fue secretario de Estado para la Información y portavoz en el Gobierno de George Pompidou durante el período 1962-1965, además de confidente privilegiado a lo largo de una relación ininterrumpida de diez años fundamentales —1959/1969—, confiere a esta obra un valor histórico capital, comparable mutatis mutandis, al Memorial de Santa Elena, fruto de las conversaciones de Napoleón con el Conde Las Cases.
Alain Peyrefitte, político y académico a quien Giscard d’Estaing ofreció en 1974 ser Primer Ministro de Francia antes que a Jacques Chirac, empieza en este primer tomo la publicación de las notas recogidas fielmente tras más de trescientas entrevistas personales con el general de Gaulle, al margen de las sesiones oficiales del Consejo de Ministros. El período contemplado aquí es muy amplio —de 1942 a 1963—, aunque el autor dedica, como es lógico, el mayor número de páginas a los años cruciales de 1958-1962, año este último en que, después del éxito de las elecciones de noviembre, las instituciones de la V República quedan verdaderamente instaladas y se ponen en marcha con el respaldo directo del pueblo.
A cada uno su de Gaulle
, dice Peyrefitte, con plena consciencia de que la propia personalidad de éste y la confianza establecida con aquél, convierten este testimonio en algo específico y distinto, sobresaliente sin ningún género de dudas, a pesar de que sobre el gran estadista francés del siglo se han publicado más de tres mil libros, compitiendo en la gloria de la biografía por excelencia Malraux, Mauriac y Lacoutoure, y glosando los años decisivos políticos de primera fila como Pompidou, Giscard y el controvertido consejero para Asuntos Africanos, Jacques Foccart.
En una referencia tan breve no hay lugar para muchas consideraciones sobre este texto esencial. Hagamos, sin embargo, algunas: De Gaulle era lo contrario de un doctrinario: un pragmático que huía de las abstracciones, la teoría y, más aún, la ideología
.
Su valor supremo era la Patria, para lo cual llegó a acuñar una frase: PRIUM OMNIUM SALUS PATRIAE
. Concedía al Estado un valor sustantivo y consideraba que el Ejército era su columna vertebral
, de cuya fuerza dependía el destino de la nación.
Aunque se le ha considerado nietzscheano, quizá por la constante utilización de la conocida frase sobre el Estado —el más frío de los monstruos fríos
(Zaratustra)—, estaba en los antípodas del filósofo alemán. Para de Gaulle lo permanente eran las naciones y pensaba, como Lord Palmerston, que éstas sólo tenían intereses.
Reconoció a China, aconsejó a los norteamericanos salir de Vietnam, como lo hicimos algunos otros en nuestra pequeña escala de influencia, pensando que esa intervención favorecía al comunismo y resultaría a la postre perjudicial para los propios EE.UU. Predijo el hundimiento del sistema marxista e impulsó sin ambages la reconciliación con Alemania —se hizo amigo de Adenauer, a quien calificó de viejo prodigio—, de cuya alianza —la de los pueblos— dependía el futuro de Europa. A este respecto, habló por primera vez del núcleo duro
, tan en boga ahora, demostrando, como bien indica Paul Johnson, que más que un nacionalista francés era un carolingio. Con su peculiar sentido de la Historia, decía que las armas no se deben apuntar a un sitio fijo porque el enemigo podía variar. Por ejemplo, y no es una boutade, ¿quién puede asegurarnos que los EE.UU., víctimas de una revolución social originada por el racismo, etc., no se conviertan en un país hostil?…
Su manifiesta arrogancia respondía a la conciencia de una representación nacional intuida desde los años ’20, reflejada ya en su libro mayor Le Fil de L’Epée. Como señala Jonh Gunther, es el único estadista que ha salvado a su Patria dos veces. Mantuvo el pulso con los anglosajones y no se doblegó ante un Stalin victorioso que en 1944 terminó por inclinarse frente a un negociador tan duro. Era humano y cometió el error de prolongar su mandato, cuando ya era evidente su decadencia física. Quizá este aspecto —la humanidad del general de Gaulle— sea una de las conclusiones de este volumen.
En 1968 huyó, pavorosamente, a Alemania y sólo volvió reconfortado
por el general Massu. Había dos personalidades en él, pero Charles de Gaulle estaba al servicio del general, subordinando la dimensión privada a la pública. Mantenía la distancia entre ambos siempre. De ahí el desconcierto y la animadversión incluso producida entre sus interlocutores. Cuando falló el atentado contra su coche en septiembre de 1961 se limitó a decir: Une plaisanterie de mauvais goût
. En último término, representó lo que Michelet afirmaba: Francia es una persona
.