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Ver productos1 Abr 1992 - 11min.
El odio compartido une mucho. Más que el amor, sin duda. Sin odio y sin miedo —dos caras de la misma moneda— el ser humano es incapaz de organizarse socialmente en formas más amplias que la pareja o la horda familiar. Un puñado de hombres que viva en un bosque ideal —es decir, lleno de animales inofensivos y comestibles, y vacío de competidores humanos— no sentirá miedo a la escasez ni odio al vecino, por lo que no necesitará inventar la ganadería, la agricultura ni el ejército, los tres gérmenes de asociación humana. Simplemente, al multiplicarse la estirpe, irán desgajándose nuevas familias y ocupando otros territorios vírgenes, como hacen ciertos animales familiares pero no gregarios.
El propósito de estas líneas no es más que recordar cómo la palabra patriota era de izquierdas, se hizo conservadora y ahora vuelve a ser revolucionaria, y mostrar cómo el triunfo ideológico del nacionalismo a partir de 1789 no impidió la pervivencia residual de formas arcaicas de solidaridad muy ajenas al patriotismo.
Ocurre, empero, que esa situación edénica nunca se ha dado en la historia y casi nunca en la prehistoria. Por eso los hombres han ido aglutinándose en grupos más o menos numerosos, de variadas formas, por motivos distintos y con diversos eslóganes (slogan quiere decir «grito de guerra» en gaélico), hasta llegar hace un par de siglos a la fórmula mágica, nación, que parece haber borrado con su escueto lema, patria, las demás estructuras históricas de ligazón humana. El propósito de estas líneas no es más que recordar cómo la palabra patriota era de izquierdas, se hizo conservadora y ahora vuelve a ser revolucionaria, y mostrar cómo el triunfo ideológico del nacionalismo a partir de 1789 no impidió la pervivencia residual de formas arcaicas de solidaridad muy ajenas al patriotismo.
El antiguo régimen —y lo pongo con minúsculas porque me refiero al orden tradicional de cosas en nuestra civilización europea, no sólo a la monarquía absoluta— se caracterizaba por el delicado equilibrio que mantenían entre sí los diversos mecanismos sociales. Cada uno de esos mecanismos a su vez descansaba en el principio tácito o expreso de la solidaridad.
Por supuesto se violaba ese principio sin cesar, como todos los principios, pero no hasta el punto de destruirlo. Se exigía una fraternidad estrecha dentro de cada extensa estirpe familiar. Existía una fuerte solidaridad gremial en cada oficio, con obligaciones y derechos mutuos entre aprendices, oficiales y maestros. Había una cierta solidaridad religiosa dentro de la Cristiandad occidental. Se mantenía una fidelidad eclesiástica a Roma. Se creía en la igualdad dentro de la nobleza europea. La universidad era universal. El militar tenía mucho de guerrero, con deberes de lealtad recíproca entre jefes y seguidores. Incluso el sentido del honor, tan individualista, tenía en última instancia un lazo de unión con Dios: «Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar; pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios».
Las cosas parecían claras, y lo más claro de todo era que casi nada en ese complicado entramado de solidaridades tenía que ver con la nación, palabra que entonces quería decir otra cosa, y mucho menos con el patriotismo, término que ni se había inventado aún. Dos primos, uno aragonés y otro napolitano, tenían las mismas obligaciones entre ellos que si hubiesen nacido ambos en el mismo lugar. Un maestro cantero en Aquitania podía enseñar a su aprendiz de León. Juan Luis Vives dio clases en la Sorbona, en Lovaina y en Oxford, pero rechazó una cátedra en Alcalá. A nadie extrañaba que un borgoñón fuese arzobispo de Toledo, o que un flamenco o un italiano fuesen embajadores del Rey de España. En cuanto a los militares —quizá el caso más significativo de todos— estaba fuera de toda duda que su lealtad había de ser personal y feudal, no nacional. No constituían el brazo armado de un país sino de un príncipe, que era además quien les pagaba.
Esto último ha dado lugar a curiosos malentendidos modernos, puestos de manifiesto en el uso peyorativo de la palabra mercenario. En rigor no es más que quien «percibe un salario por su trabajo» (DRAE, tercera acepción). O sea, todo trabajador, cualquiera que sea un profesional y no un aficionado rentista. Matar también es un trabajo. No veo por qué quien mata por deber contractual ha de ser moralmente inferior a quien mata gratis y por gusto. Pero ocurre además que quien a hierro mata a hierro muere, y no hay dinero en el mundo que baste para pagar a un hombre su vida. Hace falta, pues, contar con el honor del mercenario, que es el honor tradicional del soldado (soldado viene de sueldo) y consiste en no flaquear cuando las cosas vienen mal dadas, en seguir luchando hasta el final por respeto a la palabra empeñada y por respeto a sí mismo.
Es evidente que eso no tuvo relación con el patriotismo hasta la batalla de Valmy, que en 1792 inauguró la nueva era (bestial, por cierto) del «pueblo en armas». Pero lo interesante es observar cómo todavía hoy abunda la motivación premoderna y prenacionalista entre los militares. Abunda más de lo que creen los políticos de derechas (que piensan que el militar actúa sólo por patriotismo) y los de izquierdas (que piensan lo mismo pero preferirían que actuase por obediencia al poder civil). El viejo sentido del honor militar —una de las pervivencias arcaicas que mencionaba antes— es menos infrecuente incluso de lo que creen muchos militares poco dados a escudriñar el fondo de sus corazones. El militar sentimental —y todo buen militar es a la vez sentimental y racional— se emociona sin duda a la vista de la bandera patria, pero inconscientemente acaso se conmueva tanto o más cuando vea el emblema de su Arma de Caballería o de Artillería, o el estandarte propio de su unidad, o cuando piense en la historia de su regimiento o de su barco y se sepa obligado por ella y por la solidaridad con los muertos (tradición) y no sólo con los vivos (patriotismo). Quizá, llegado el momento del sacrificio y si es hombre púdico, prefiera ocultarse a sí mismo esos sentimientos y se encoja de hombros con gesto a la vez estoico y cínico, diciéndose «para esto me pagan». Pues bien, esa mezcla obscura de orgullo personal y de amor a la obra bien hecha, de lealtad al jefe y al compañero, de fatalismo y de astucia, esa vergüenza torera que constituye la esencia de todo buen ejército, es un residuo moral de otros tiempos, anteriores al nacionalismo decimonónico y contemporáneo.
Matar también es un trabajo. No veo por qué quien mata por deber contractual ha de ser moralmente inferior a quien mata gratis y por gusto. Pero ocurre además que quien a hierro mata a hierro muere, y no hay dinero en el mundo que baste para pagar a un hombre su vida. Hace falta, pues, contar con el honor del mercenario, que es el honor tradicional del soldado (soldado viene de sueldo) y consiste en no flaquear cuando las cosas vienen mal dadas, en seguir luchando hasta el final por respeto a la palabra empeñada y por respeto a sí mismo.
Algunos restos del antiguo andamiaje social perduraron incluso en pleno incendio patriótico europeo, durante la Primera Guerra Mundial. La solidaridad académica no se esfumó del todo. En cierto colegio de Oxford se colocaba cada domingo en la capilla la lista de antiguos alumnos muertos en combate, pero no sólo los británicos sino también los alemanes. La realeza europea multiplicó vanos intentos de mediación aprovechando sus parentescos internacionales. Por similares motivos de cosmopolitismo familiar, la nobleza —pese a ser con mucho la clase social que proporcionalmente sufrió más bajas— nunca depuso por completo una leve sonrisa escéptica ante el frenesí xenófobo. Sir Osbert Sitwell, escritor exquisito y teniente de granaderos en el frente de Flandes, cuenta que en la sala de banderas londinense de su regimiento de la Guardia Real —entonces como ahora coto cerrado de la aristocracia británica— no se descolgó durante toda la guerra el retrato del Kaiser Guillermo II, su coronel honorario aunque soberano enemigo. También recuerda haber vislumbrado la insondable estupidez de la propaganda periodística al leer en las trincheras un diario inglés según el cual el Kaiser había robado personalmente un piano en una aldea francesa ocupada. Dice que percibió la mentira no ya porque los emperadores no suelen robar pianos sino porque ningún alemán querría un piano francés.
En cambio, la supuesta solidaridad sindical por encima de las fronteras —heredera del viejo internacionalismo gremial— no resistió las calenturas de aquel verano patriótico de 1914. Jaurès, el único pacifista de peso en la Internacional, fue asesinado, y por toda Europa los grupos parlamentarios socialistas fueron votando con entusiasmo a favor de los créditos de guerra extraordinarios. El escenario quedaba listo para la trágica muerte de nuestra civilización a manos de los nacionalismos. Y sin embargo, cuando todo estaba perdido, aún hubo gestos para salvar el decoro. Sir Edward Grey mandó una nota de excusas al embajador austrohúngaro, que al salir de Londres tras la declaración de guerra había sido injuriado por el pueblo enardecido. En general los diplomáticos, otro vetusto oficio esencialmente ecuménico y poco suicida, hicieron lo que pudieron por templar el arrebato general, antes y después del inicio de las hostilidades.
Pero lo más notable es que los militares profesionales, en esa y en otras modernas guerras patrióticas, tampoco perdieron un cierto sentido tradicional de la mesura, o lo perdieron menos que sus amos políticos ungidos por el voto popular. «Don’t cheer, men, those poor devils are dying», gritó el almirante Philip a la marinería que vociferaba después de hundir los barcos españoles en Santiago de Cuba. Cuando el estado mayor de la R.A.F. abrió el pliego de órdenes políticas de calcinar Dresde, en febrero de 1945, exigió la confirmación personal del Primer Ministro, que tuvo que telegrafiar desde Yalta reiterando las instrucciones atroces. Una vez ejecutadas, tan sólo hubo un reproche político y fue en la Cámara de los Lores. Así es que fueron dos instancias no electas las únicas que manifestaron reservas humanitarias ante la decisión implacable del poder democrático. Como explica Jouvenel, en la historia no surge la guerra total hasta el advenimiento del gobierno de masas. Ni el nacionalismo absoluto, añadiría yo.
El viejo sentido del honor militar —una de las pervivencias arcaicas que mencionaba antes— es menos infrecuente incluso de lo que creen muchos militares poco dados a escudriñar el fondo de sus corazones.
Incluso las etimologías son sincrónicas. La vieja expresión sinónima de guerra total, «el pueblo en armas» —el pueblo, es decir un ente abstracto luego irresponsable— surge con la Revolución Francesa, el mismo fenómeno histórico que acuña el uso moderno de la palabra patriota. Los patriotas no eran sino los partidarios de la Revolución. La palabra cruza los Pirineos y los españoles, que hasta entonces usaban patriota como equivalente de compatriota, adoptan la nueva y exaltada acepción, utilizándola en la Guerra de la Independencia, una guerra que enfrentó a patriotas y patriotes, pero también opuso fratricidamente a los patriotas españoles entre sí.
En la lengua inglesa el vocablo patriot se empleaba en el sentido actual desde mucho antes, pero la desconfianza ante la Revolución Francesa le dio un nuevo tufo a chamusquina subversiva, aunque por poco tiempo. El patriotism, como el patriotismo y el patriotisme, fue a lo largo del siglo XIX azuleando hasta casi convertirse en marca registrada de la derecha (no tanto de los conservadores, si me permite apuntar tan útil distingo). Ya a finales del siglo pasado, el patriotismo era antónimo del humanismo liberal y del internacionalismo proletario. Pero he aquí que la política internacional vuelve a desbaratar los esquemas semánticos cuando a mediados del siglo XX se enciende el ardor anticolonialista. El nacionalismo vuelve a ser intelectualmente respetable en los círculos progresistas, siempre que los nacionalistas no sean europeos. Por consiguiente también puede haber patriotas buenos, mientras se limiten a poner bombas al ejército británico o al francés. E incluso, más tarde, a la Guardia Civil española. Por último, cuando ya el patriotismo empezaba a inclinarse otra vez hacia la izquierda, se derrumba el imperio soviético y de nuevo afloran viejos y virulentos nacionalismos en Europa Oriental, en general derechistas. Todavía las lenguas no han reaccionado, pero trabajo les doy a los lexicógrafos historicistas.
Ante tal barahúnda, mejor será refugiarse en el sarcasmo. Para eso no faltan recursos en los diccionarios. En todas las lenguas existen caricaturas despectivas del patriota. Patriotero es una. En francés hay chauvin desde 1830, en que apareció una sátira cuyo personaje era Nicolas Chauvin, ingenuo soldado napoleónico. Sin duda por inconsciente venganza hemos adoptado los españoles y los ingleses chovinismo y chauvinism. Pero en inglés hay otro término autóctono, jingoism, desde que en 1878 ciertos patriotas belicosos aplaudían el envío por Disraeli de una flota británica a las aguas turcas para detener la expansión rusa, y lo hacían con estas palabras de un coro de revista:
We don’t want to fight, yet by Jingo! if we do,
We’ve got the ships, we’ve got the men, and got the money too.
Sólo me queda aclarar que by Jingo! equivale a ¡pardiez! O sea, como si en español jingoist (patriotero) se dijese pardiecero.
En fin, todo esto está muy lejos del antiguo decoro. Habrá que recordar cual sombra lejanísima al coronel Cadalso, no como precursor del romanticismo literario sino como protagonista de la última muerte militar clásica. Estaba en primera línea del asedio a Gibraltar en 1782. Vio venir una granada enemiga. No se echó cuerpo a tierra por no ensuciar el uniforme, por no perder la necesaria compostura física y moral del militar. Perdió la vida. Los ingleses suspendieron las hostilidades para permitir unas exequias dignas por su enemigo. Está claro, aún faltaban diez años para que apareciese la guerra total. Y el patriotismo moderno.