Doña Violeta amenazada

Carlos Alberto Montaner

Doña Violeta está hundida en su silla. La veo profundamente preocupada. Esta vez no es la osteoporosis, ni la maldita rodilla, que duele tanto, ni el desgarrón de la familia dividida, que duele más. Esta vez la abate comprobar la desproporción que existe entre las enormes responsabilidades contraídas y los pocos medios que tiene para enfrentarlas. Los sandinistas se han ocupado de desvalijar minuciosamente al país antes de entregarle la banda presidencial. Se han apoderado de las casas, de los edificios, de las tierras, de los automóviles, de los muebles. Y con un asombroso frenesí caligráfico todo lo han inscrito apresuradamente en los registros públicos a nombre de la dirigencia o de los apparatchik con una codicia acaparadora que no se había visto en el Planeta desde las incursiones de los vándalos en los años más oscuros de la Edad Media (Marx nunca supuso que el peor feudalismo iba a ser la última etapa del peor comunismo).

Pero hay cosas aún más graves que una horda de salamuros y saqueadores en el albur de arranque. Al fin y al cabo, con el trabajo y el sacrificio del sufrido pueblo se pueden reponer los bienes materiales sustraídos a la nación.

Si ése es el coste final para que acaben de largarse, se paga el precio, y hasta se les entregan las campanas de la iglesia, como se hacía con los piratas de «el Drake» cuando exigían el rescate de alguna población aterrorizada.

El problema es que realmente no se van. Estos piratas cobran el rescate y se quedan. Y la tragedia es que doña Violeta aparentemente no tiene cómo controlarlos porque carece de recursos, de tropas leales, y hasta de un sólido respaldo partidista. Doña Violeta no ganó, realmente, unas elecciones al frente de un partido indiscutible, sino triunfó, con toda claridad, en un plebiscito contra el sandinismo, acaudillando un mosaico de grupos e intereses diversos. Y ahora teme, con bastante fundamento, ser una prisionera del adversario a quien venciera en las urnas.

Ella tiene el cetro, pero los sandinistas se quedaron con los guardias, las armas, la garita, la capacidad de intimidación, y además el infinito rencor de los derrotados.

¿Qué hacer? La tentación más inmediata, dictada por la cautela es intentar apaciguarlos con el propósito de irlos reduciendo poco a poco a la obediencia. De ahí la decisión de confirmar en su puesto a Humberto Ortega. Mala cosa. El momento exacto, tal vez el único momento de acabar con el militarismo sandinista es ahora, ya, de inmediato, guarnecida por la cóncava solidaridad de la comunidad internacional, porque nunca doña Violeta tendrá más poder que en el período inmediato a su toma de posesión. Y es la desmilitarización de Nicaragua el gran legado histórico, probablemente el único que doña Violeta podrá otorgarle a sus conciudadanos.

Es cierto que ha heredado un país en ruinas, pero el caudal de su autoridad moral y de su legitimidad interna y externa es hoy mayor que el que tendrá a medida que la desgaste la labor de gobierno.

Las amputaciones no se pueden hacer poco a poco, y el Ejército sandinista es un órgano al que hay que arrancar de cuajo para que la sociedad civil nicaragüense consiga superar la crisis por la que atraviesa. No se trata de pasarle la cuenta a nadie, ni de atropellar a los soldados, sino de retornar la promesa electoral de prohibir los cuerpos militares, como hizo Costa Rica tras la revolución del 48, y como está haciendo el Panamá de Guillermo Endara.

Los países de Centroamérica no necesitan ejércitos aguerridos, sino cuerpos policiacos de silbato y bicicleta. Y el único punto en que eso puede lograrse está en el instante posterior de una sacudida revolucionaria, más o menos como sólo se llega a la decisión de abandonar el alcohol tras el primer cólico del hígado afectado. Ese morning after, pastoso y con dolor de cabeza con el que comienzan todos los propósitos de enmienda.

Es hoy, ahora, cuando doña Violeta puede conseguir más tropas de Naciones Unidas, o de la OEA, o del Ejército de Salvación Democrática de San Jimmy Carter, para desarmar al país —la contra incluida—, y patrullar las calles durante un difícil período de transición. Y es ahora cuando el lobo no se ha quitado todavía la piel de oveja, y quiere que lo admitan en la Internacional Socialista, cuando entregará los fusiles sin ofrecer demasiada resistencia.

Porque el problema no es ya que el sandinismo vuelva mañana al poder para intentar de nuevo la aventura castrista -esa etapa pertenece a un pasado irrescatable- sino que ese ejército desproporcionado, muy corrompido por la rebatiña de última hora, infinitamente mayor que el resto de las instituciones del país, si se mantiene vigente va a convertir a la sociedad civil nicaragüense en su permanente rehén. Ese Ejército, si no lo eliminan, será un vivero del que saldrán los Somoza, los Noriega, o los Velasco Alvarado del futuro. Y los nicaragüenses tienen derecho a algo mejor que a ese miserable destino.