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Ver productosDecir que el sociólogo Daniel Bell se ha jubilado sería prácticamente una contradicción. Ya no pertenece al cuerpo docente de la Universidad de Harvard, pero el hombre que acuñó términos como «postindustrial» y «la economía de la información», además de haber escrito libros como El fin de las ideologías y Las contradicciones culturales del capitalismo, apenas ha disminuido su ritmo.
1 Jun 1991 - 6min.
Todavía sigue recibiendo a los estudiantes graduados en su soleado cuarto de estar y todavía le interrumpen las llamadas telefónicas de gente interesada en hablar de manuscritos. Es un generalista que habla con igual soltura de la filosofía del siglo XVIII o de la Polonia de nuestro siglo, y tiene la bien merecida reputación de ser uno de los verdaderos intelectuales de su era.
¿Qué hizo que se interesara por la sociología? «Crecí en el Lower East Side de Nueva York (una barriada obrera) durante los años de la Depresión (1929-1940)», comenta el profesor. Perdió a su padre cuando aún era un niño; su madre trabajaba en una fábrica de ropa y el joven Bell creció viendo a la gente que vivía en las chabolas de chapa a lo largo del East River escarbar en la basura para encontrar comida.
En 1932, con 13 años, se unió a la Liga de las Juventudes Socialistas -una «extensión natural» de su vida, recuerda, porque su madre pertenecía a un sindicato y muchos de sus amigos eran también miembros. El Partido Socialista «tenía lo que llamaban una Escuela Dominical Socialista y también cursos nocturnos. Y allí estaba yo, estudiando la sociedad…».
Complementó estos primeros estudios, junto con su formación religiosa, en un colegio hebreo, en el City College de Nueva York: de su clase saldrían valores de las ciencias políticas y la sociología como Irving Kristol, Irving Howe y Seymour Martin Lipset. Allí, inmersos en «debates intensos y acalorados» entre comunistas, disidentes de izquierdas, socialistas y anarquistas, los estudiantes se iniciaron en los temas sociales.
Ahora, Bell se considera un «socialista de derechas». Su progresiva tendencia hacia el centro, comenta, tiene una explicación: el temperamento de uno es más importante que su ideología, a la hora de dar forma a las convicciones. «El modo de creer es más importante que aquello en lo que uno cree. Si alguien ha sido un comunista radical, se convierte en un anticomunista radical, siendo el radicalismo la constante».
La eclosión social de los años 60 no supuso ninguna novedad para Bell. «Aquellos muchachos hablaban de reaccionar contra el mundo burgués cuando de hecho estaban reproduciendo lo que ya había ocurrido antes de la I Guerra Mundial en Greenwich Village (la bohemia de Nueva York)».
La lección que aprendió de aquella experiencia, prosigue, es que «no hay nada nuevo bajo el sol, tal y como afirma el predicador en el Eclesiastés. Existe un principio de posibilidades limitadas en las relaciones humanas. Pero las cosas pueden presentarse sólo de un número limitado de formas».
No obstante, esto no quiere decir que la sociología pueda predecir el futuro. «Casi siempre podemos indicar cuando las cosas están escapando a nuestro control», comenta. «Pero lo que vendrá después es mucho más aleatorio».
Por ejemplo, en la Rusia prerrevolucionaria era evidente que «el régimen zarista iba a derrumbarse debido al atraso de la sociedad, al patrimonio y torpeza de la burocracia y al control de las fuerzas industrializadoras. Pero las consecuencias no son previsibles. Uno desconoce cuál será el resultado de las diversas fuerzas en juego».
En Europa del Este ha ocurrido hoy lo mismo que en la Rusia de los zares. Bell dice que en los años 60, cuando escribía sobre los acontecimientos en la región, ya podía prever al colapso. «Nunca se trató de un comunismo en el sentido clásico. Fue una industrialización forzosa», observa. «Lo que había era una serie de regímenes impuestos con cierto grado de control directo, pero carentes de respaldo popular».
¿Por qué no puede la sociología predecir mejor las consecuencias de tales colapsos? La respuesta es que, a pesar de pertenecer a las llamadas ciencias sociales, la sociología no es una ciencia. Aunque en su origen comprendía la «noción de que pueden descubrirse leyes sociales», Bell afirma que «ya nadie lo cree». Tampoco puede ser como «las ciencias naturales, en las que uno aísla unas variables concretas, controla otras variables y termina por establecer el peso causal de estas variables».
El problema, dice, es que la sociología está atrapada «entre la historia, por un lado, y la economía por el otro». El historiador, que explica la cultura de una manera narrativa y humanista, alude a predicamentos existenciales: ¿Cómo abordar la muerte? ¿Cómo definir la valentía? ¿Qué significa el amor? En las respuestas, por el contrario, el economista «intenta establecer generalizaciones aplicables a través del tiempo y el espacio. Es muy parecida a la mecánica clásica, donde uno toma ciertas propiedades generales (de la materia) y busca ecuaciones que las relacionen».
Pero la economía tiene «un patrón de medida que es el precio de las cosas». Con una tabla de precios «se podría coger un kilo de patatas y un kilo de automóviles y situarlos en un sistema métrico común. El problema es que no hay ningún sistema métrico que pueda aplicarse en la sociología. Si tomamos los problemas más importantes en la sociología —la riqueza, el poder, la posición social—, ¿cómo convertir la riqueza en poder o éste en posición social?
En lo que respecta al futuro, Bell encuentra dos tipos de «problemas cruciales». «El primero consiste en que la mayoría de las estructuras conceptuales de la filosofía occidental podrían ser cada vez menos adecuadas para las sociedades no occidentales».
Entonces, ¿adónde se dirige la sociología y cuáles serán los temas fundamentales a los que ha de enfrentarse en el siglo XXI?
Las metodologías, comenta, «han tomado tres caminos diferentes». El primero está caracterizado por una «investigación muy meticulosa» de temas muy específicos. El segundo trata de reconstruir el comportamiento a través del estudio de la elección racional y produce «una generalización más amplia que uno relacionaría con Marx, Max Weber o Emile Durkheim». El tercero, que emplea la narrativa, comporta un «rasgos interpretativo más próximo a las humanidades».
En lo que respecta al futuro, Bell encuentra dos tipos de «problemas cruciales». «El primero consiste en que la mayoría de las estructuras conceptuales de la filosofía occidental podrían ser cada vez menos adecuadas para las sociedades no occidentales». La filosofía occidental tiene un «marco de evolución» centrado en ideas racionales sobre desarrollo y progreso. Pero algunas sociedades están caracterizadas por la irracionalidad —y la sociología, comenta Bell—, tiene muy pocos recursos para explicar el comportamiento no racional.
El segundo problema es que «las unidades sociales están experimentando divisiones de muchos tipos: religiosas en Irlanda del Norte, lingüísticas en Bélgica, tribales en Nigeria…».
El segundo problema es que «las unidades sociales están experimentando divisiones de muchos tipos: religiosas en Irlanda del Norte, lingüüísticas en Bélgica, tribales en Nigeria…». El elemento común en estos cambios, afirma, es que «la unidad política no se adapta a la situación económica, que el Estado-nación es demasiado pequeño para los grandes problemas de la vida y demasiado grande para los pequeños problemas de la vida».
Bell plantea una incógnita: qué pasará a medida que se hace más obvio que «el capital tiene libertad de movimiento pero los seres humanos no: ¿protegerán los gobiernos al capital o a las personas?».
Hoy en día, comenta, «cada vez más gente forma unidades políticas para protegerse del peligro de los movimientos de capital. El resultado es que estas unidades se están resquebrajando de un modo que no alcanzamos a comprender».
En resumen: «Cuando me preguntan cuáles son los temas espinosos, yo diría que son temas que ya han perdido sus espinas».