Artículo

En la estirpe de Tocqueville

por Luis Torras

Publicado en Cultura, Libros | literatura | poesía

April 2017 - Nueva Revista número 160

ABSTRACT

La virtud de los grandes libros es la de forzar al lector a pensar. En “La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig”, la charla entre Ignacio Peyró y el gran autor en catalán y castellano, ese propósito está logrado –en todo lo que va de la literatura a la política. 

ARTÍCULO

 

La virtud de los grandes libros es la de forzar al lector a pensar. Parece fácil, pero no es tan obvio de conseguir. Esto mismo, invitar al lector a la reflexión, es precisamente el propósito que parece que se hayan propuesto Ignacio Peyró y Valentí Puig en La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig, recién publicado por Elba. El libro es una golosina deliciosa que se lee del tirón y permite repasar el pensamiento de Puig, un liberal conservador comme il faut, mediante el placer netamente burgués -síntoma de urbanidad, como recuerda bien Peyró-, de la buena conversación y del que el libro constituye también un poderoso alegato.

 Peyró canaliza con habilidad la potencia de pensamiento de Puig de forma ordenada, lo que facilita la digestión del gran número de valiosas reflexiones que se van sucediendo sobre una sorprendente variedad de temas: desde literatura y poesía hasta los puntos más calientes de la geopolítica internacional o nuestra historia reciente. Peyró aprovecha bien el tiempo, y la conversación entre ambos gourmets de la alta cultura permite no únicamente conocer los puntos de vista del entrevistado -conversado-, sino también explorar su evolución y aproximarnos a su persona. Puig se asoma con valentía y sin complejos al paisaje social actual siempre provisto de una sana prudencia conservadora, y evitando caer en el “redil platónico” (Taleb dixit) que se da cuando el intelectual, “sabiendo cómo han de ser las cosas, da por sentado que sabrá hacerlas.”

 Reflexiones contra el pensamiento único

 Peyró inicia la conversación buceando en las teorías literarias de Puig, marcadas por la temprana lectura del genio Josep Pla, entre otros, y para quién la buena literatura suma instinto, memoria e inteligencia. Siguiendo la mejor tradición hayekiana, Puig pone en valor la memoria, que define como “inmenso deposito orgánico”; Gary Becker hablaría de capital humano, lo que le permite entender, por ejemplo, la importancia de la institución familiar, elemento de cohesión y libertad fundamental que protege los vínculos afectivos más íntimos. La familia es la última línea de defensa del individuo, de ahí que los totalitarismos, especialmente el comunismo, hayan estado siempre preocupados por erosionarla. Si el Estado lo paga todo, se cuestiona Puig, ¿por qué mantener los lazos afectivos que protege la familia?

 El libro contiene otras muchas cápsulas de inteligencia hayekiana –y también tocquevilliana, como corresponde a un buen liberal conservador. Por ejemplo, Puig, sin entrar en tecnicismos, señala bien la relación entre desorden monetario y desorden moral, y pone el ejemplo de Weimar que también Keynes supo anticipar (no así los nuevos keynesianos). Puig señala cómo el dinero fácil durante los años pre-crisis actuó como canto de sirena para muchos jóvenes que abandonaron sus estudios para pasar a ganar dinero en la construcción. Se agudizaban todos los males de la era de la inmediatez y el cortoplacismo, patología en la que seguimos instalados.

 La familia no es el único tema complejo y ajeno a la agenda “buenista” y de lo políticamente correcto, -que dicta qué debe decirse y qué no-, que abordan ambos autores. Peyró y Puig reflexionan sobre el papel de Dios y la fe, -de lo trascendente, si nos ponemos laicos-, en un momento en el que las tecnologías disruptivas han hecho resurgir la vieja idea de “matar a Dios”. El último, el autor Yuval N. Harari en Homo Deus. Puig, sin embargo, nos recuerda los fundamentos del cristianismo, en donde amar a Dios es amar al hombre, -una idea sobre la que pivota parte importante de la obra intelectual de Ratzinger-, y pone en valor los grandes papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el santo y el sabio, que supieron dotar de rumbo moral e identidad a una Europa, que hoy parece despojada, coja, de parte de su sentido existencial y con cierta sensación de dilución en este mundo global cada vez más líquido.

 De Gran Hermano a Gran Madre

 Una de las grandes advertencias de Puig es sobre esta sociedad “facilista”, alérgica a cualquier esfuerzo, adicta a un entretenimiento fácil y una cultura light a la que parece que tendemos irremediablemente. Puig explica cómo hemos mutado el Gran Hermano de George Orwell, -la perfecta metáfora de un régimen totalitario-, a una suerte de Gran Madre que nos cuida y protege: un Estado de Bienestar a expensas de la responsabilidad y que está alumbrando una sociedad cada vez más sierva de sus propias emociones, cada vez más frágil, incapaz y dependiente. Por eso Puig, buen conocedor del género distópico, señala cómo la visión de formas anestésicas de Aldous Huxley en Un mundo feliz encaja mejor en el cuadro sociológico actual que la visión de Orwell en 1984. Ambos autores advierten sobre los riesgos de los totalitarismos: un totalitarismo sutil, similar a la tiranía de lo “políticamente correcto”; otro, un totalitarismo explícito cuya imagen más perfecta es el régimen estalinista.

 El diagnóstico de Puig tiene muchos puntos encuentro con la "pussy society" -sociedad quejica- que denunciaba otro gran filósofo práctico de nuestro tiempo Clint Eastwood, para quien les escribe lo más parecido a un John Ford moderno. Valentí Puig advierte contra el relativismo moral, salida sencilla y engañosa ante cualquier problema, y contra una "cultura fácil", de búsqueda de placer a toda costa y sin esfuerzo y que todo lo convierte en un reality show: exigimos libertad sin responsabilidad, retorno sin arriesgar, y también queremos cultura, ocio y disfrute, pero sin esfuerzo. 

Con claridad argumental, y sin caer en el esnobismo (postureo, en nomenclatura milenial), Puig desmonta este relativismo ñoño que pretende equiparar “Bach con el rap callejero, Dumas con Dan Brown, o Velázquez con un graffiti.” Este camino, concluye, nos lleva hacia un narcicismo cutre. Ante este escenario, Puig reclama una vuelta a la exigencia estética de la alta cultura, algo que el escritor liga con la misma idea de civilización, palabra gruesa que no únicamente está ligada al ocio, -como parece que sucede en nuestro tiempo-, sino que, necesariamente, va ligada al esfuerzo. Todo lo demás únicamente favorece una vulgarización de la sociedad. Síntoma de todo lo anterior es la pérdida generalizada del hábito de la lectura, quizás la forma más sofisticada de disfrute. La lectura, hábito exigente, constituye un pilar fundamental de la alta cultura y casa mal con esta sociedad “facilista” de Gran Madre, hiper-protectora y que a la larga nos vuelve a todos más frágiles y dependientes en un bucle que se retroalimenta peligrosamente.

Poeta, escritor, filósofo y solvente analista político

De las partes que me han interesado más destacaría, por ejemplo (podría citar muchos), los fragmentos en donde se exploran las trazas de la evolución en el pensamiento filosófico-político del autor que arranca, cómo no, con Hayek y Camino de servidumbre: libro escrito con el recuerdo aún vivo que el pensador de Viena tenía de su experiencia como soldado raso en la Gran Guerra. De ahí, Puig describe su formación a través de las páginas de Edmund Burke, y sigue con autores como Revel o Soljenitsin, uno de los gigantes intelectuales del siglo XX. Puig explica cómo quedó fascinado por libros como la crítica al historicismo de Popper -hoy tan olvidada-, o El opio de los intelectuales de Raymond Aron. Este recorrido intelectual acaba con la refinación absoluta: Alexis de Tocqueville; para Puig, y coincido con el maestro, signo de madurez. Es imposible no plantearse cuántos politólogos y demás sonajeros de tertulia habrá ahora mismo que no tienen leída ni una sola línea del pensador francés. 

 Esta trayectoria política da pie a un repaso somero de nuestra historia reciente. En su repaso de la historia de España, Puig rehúye leyes históricas fatalistas, el “excepcionalismo” español, o lo que él mismo califica de “masoquismo del 98”, en línea con otras grandes mentes pensantes del panorama actual como Benito Arruñada. La inteligencia tocquevilliana de Puig, sumad a su independencia y su reverencia por la memoria, permite dibujar una realidad más rica, con más matices, y lejos de simplificaciones tendenciosas.

 En la esfera internacional, Puig no se resigna tampoco a una visión fatalista de los temas y reflexiona sobre cómo Europa debería competir con sus valores en el nuevo escenario geoestratégico. Puig reclama una Europa más cohesionada y articulada, lo que no implica, necesariamente, más Bruselas o más unión política -hoy tan en boga-, impuesta "desde arriba". El difícil contexto europeo -su indefinición, en palabras del siempre pedagógico Robert Kagan (que cita Puig)-, no nace exclusivamente de las dinámicas internas, Putin, Erdogan, el polvorín en Oriente Medio o el auge del "hipogrifo", en palabras del propio Puig, en el que se ha convertido China.

 El poeta mallorquín aporta altas dosis de realismo hacia todas aquellas tesis armadas únicamente con proclamas y buenas intenciones que, como dice el refranero catalán "l'infern n'és ple", y recordando incómodamente que el relato de Europa no se construye con palabras sino trabajando por un modelo que funcione. Para ello hacen falta líderes que no opinen haciendo la media de la sala, -la tiranía de querer agradar a todo el mundo-, sino que sepan liderar en mayúsculas. Ahí esta los modelos de liderazgo de Churchill, Deng Xiaoping, Golda Meir o Lee Kuan Yew. 

 Un punto de vista rico en matices

 Estamos en un complejo cambio de era, un entorno de cambios acelerados al tiempo que cada vez es más difícil apoyarse en un punto de anclaje férreos. Un escenario lleno de paradojas, contradicciones y ruido. Estamos inmersos en un proceso de globalización al tiempo que los nacionalismos se agudizan. Puig, armado con principios claros, se separa del discurso de lo que él mismo llama "intelligentsia" europea, y fuerza la reflexión en el lector más allá del constreñido discurso buenista. El libro, en definitiva, ofrece una interesante y rica vista, un punto de vista audaz, integro, anclado en principios férreos, y dotado de una muy buen calibrada brújula moral en un momento de gran desnortamiento. Quien pueda maridar la lectura con una buena copa de vino, mejor. Un gran regalo para Sant Jordi. 

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