Artículo

Cuatro notas sobre "Caballero sin espada" de Frank Capra

por José Manuel Mora Fandos

Profesor del Máster universitario en escritura creativa. Universidad Complutense de Madrid

Publicado en Arte, Cine

December 2011 - Nueva Revista número 136

ABSTRACT

El acontecimiento, la educación y la indignación.

Una forma de enseñar que cada vez posee más adeptos es la proyección de una película en el aula. El escritor José Manuel Mora Fandos cree que el famoso filme de Capra tiene la capacidad de conmover al estudiante y de hacerle vivir una verdadera experiencia estética y moral, lejos de la frivolidad y el sentimentalismo de hoy.

ARTÍCULO

 

I

He vuelto a constatarlo: tiene un «no sé qué», que decía Benito Jerónimo Feijoo, que la hace mágica. ¿Mágica?... más que mágica, graciosa, tocada por alguna gracia, y en este sentido, agraciada. Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington) de Frank Capra, película del 39, blanco y negro, dos horas y diez minutos: bondades que no la hacen, de entrada, un plato apetecible al paladar de nuestros jóvenes, a menudo blindado con el amianto del 3-D, «porque mola y punto», el ultrarrealismo como estilo de representación para la piel de todas la cosas, las gasolineras ardiendo, las tramas rectilíneas y las emotividades tortuosas.

Pero sí, la película parece, además de una fábula de la vida moral en una democracia parlamentaria, una fábula de la misma experiencia de ver cine, de la sana catarsis para todos los públicos, a este lado humano, demasiado humano a veces, de la pantalla. Y espero explicarme y hacer justicia al hecho de que los chavales —hijos de la Logse— a quienes parezco infligir la película en sesiones de cinefórum, van mostrando que Caballero sin espada subvierte las expectativas que estaban a la baja. Y para esta explicación es esencial el concepto de acontecimiento.

II

Paul Ricoeur, al hablar de la dimensión narrativa de la identidad, define el acontecimiento como lo que hace avanzar la trama —de la obra de ficción, de la vida humana—. Yo entiendo que «hacer avanzar» tiene aquí un sentido antropológicamente positivo —o yo se lo quiero dar—, porque hay avanzares que lo parecen y no lo son, que en realidad son estacionarios, apariencia de movimiento, regresares: cuando el senador Paine hace el juego político a los planes corruptos del empresario monopolista Taylor y empuja con fuerza el proyecto fraudulento de la presa de Willet Creek, asistimos a la representación de un estancamiento antropológico: el del auténtico progreso humano. Se agitan las superficies de las aguas para que el fondo siga invisible e inalterado. La corrupción y el egoísmo a plazo fijo sine díe, fijan a la persona en un más de lo mismo, y truncan los proyectos de auténtico progreso personal y comunitario. Se impide la aparición del novum radical, del don inesperado, que sí es capaz de «hacer avanzar» la trama, porque la trama de la vida humana está orientada hacia la felicidad, sin adulterantes ni acidulantes añadidos. Y por eso espera la aparición libre y, paradójicamente, necesaria, del acontecimiento.

El acontecimiento despierta el sentido narrativo, biográfico de la existencia —Marías diría «futurizo»—; rescata al sujeto de esa sorda cadena trófica en que es tan fácil resumir la vida personal e interpersonal. Así, Jeff es un acontecimiento en las narraciones biográficas que van construyendo —como cualquiera de nosotros con su vida— el resto de los personajes: en la de la cínica secretaria Clarissa Saunders, en la del caótico periodista Diz, y sobre todo en la del atormentado senador Paine (Clarissa consigue aclarar la perspectiva de la propia vida que, nos cuenta, ha discurrido siempre como dentro de un túnel; Diz —dizzy: confuso, mareado— descubre un sentido de orden y verdad para su modo de vida y su profesión; el senador Paine —pain: doloralivia in extremis el gran tormento de conciencia que no le deja vivir). Y a su vez, Jeff Smith —Smith vale para la cultura anglosajona como Martínez para la española: el hombre corriente, considerado en su singularidad— necesita el apoyo no previsto de un tú con el que crear una comunión interpersonal: el de la Clarissa ya conversa, en esa escena de crisis entre las penumbras de la desesperación, bajo los dinteles de ambigua luz del Lincoln Memorial; y aun el de la mirada compasiva del presidente del Senado en la escena final, en medio de la noche cerrada del sinsentido político, en el ápice del martirio constitucional y moral. El bien desencadenado genera una comunidad proactiva, una cadena de acontecimientos en irreversible difusión.

III

Evidentemente, se trata de una fábula, como indicaba Graham Greene en su crítica cinematográfica a Caballero sin espada para The Spectator (cinco de enero de 1940). A Greene la película de Capra le recordaba a la atmósfera moralista victoriana y al hacer novelístico de Dickens: Paine, como el viejo Scrooge en Un cuento de Navidad, que se arrepiente tras un fascinante examen de conciencia, y que desencadena el happy-end de la ficción. El redondísimo happy-end contrasta abiertamente con lo que ocurre en la vida real donde, como aduce Greene, la virtud no triunfa necesariamente. Sí, convenimos con Greene: la virtud no triunfa necesariamente según los parámetros del éxito mundano; claro que no terminamos de creernos ese final en cuanto posibilidad en el mundo humano, demasiado humano, cuando dejamos de suspender la incredulidad al terminar la película y cesa el pacto de lectura (ni siquiera los hijos de la Logse, a su tierna edad, tropiezan con esa piedra). Pero la virtud en el mundo real, cuando se da, triunfa necesariamente según sus propios parámetros, según su fin hacia el bien de la persona, de sus «otros significantes» según Charles Taylor, de cualquiera que se abra al diálogo, de la comunidad. Ese triunfo final en Caballero sin espada, inverosímil según el mundo pero verosímil según el fin de la película, muestra algo más: muestra ser metáfora cinematográfica del triunfo (alegría, afirmación) propio de cualquier virtud en el mundo real.

Como hombres y mujeres en el mundo, nuestra experiencia con la virtud nos hace asentir íntimamente al fin, a la intención de la película: guión y espectadores con experiencia en virtudes estamos de acuerdo, no tenemos duda del triunfo de Jeff Smith: triunfo que se va construyendo con ocasión de «acontecimientos» cuidadosamente diseñados por el guión, y que vamos constatando a lo largo de todo el obrar del protagonista, con sus ups and downs, con su autodeterminación libre, con su momento de consunción física y consumación moral, con su palmaria y gozosa conciencia de que en lo que todos condenan está la salvación, de que aquello es una «causa perdida». Constatación que podemos refrendar diariamente en la vida de tantas personas cuyo triunfo virtuoso grande o pequeño, y en contraste último con el horizonte de un mundo adverso e imprevisible, siempre está al servicio, si depuramos el análisis hasta la esencia, de una «causa perdida». (Y eso que no hemos traído a colación a René Girard, que daría para mucho).

Los acontecimientos representados por el arte narrativo inciden como acontecimientos en la vida de las personas (espectadores), y entran así en un circuito de retroalimentación con los acontecimientos de la vida cotidiana, que generan a su vez nuevas narraciones. Todo queda integrado en una vida orientada, dotada con un fin, destinada a un riguroso happy-end existencial. Una vida a la que, verdaderamente, se le «hace avanzar». (Esta tercera sección no podría haber sido escrita sin el acontecimiento de bastantes páginas de Juan José García-Noblejas).

IV

Terminamos de ver la película mis alumnos y yo. Aplausos, alguna lágrima, ojos vidriosos, «Oye... ¡mola!». Esa gracia difusiva de la buena representación buena, alcanza hasta a los hijos de la Logse, que experimentan Caballero sin espada como acontecimiento. No es magia, es gracia, acontecimiento —con su carácter sorpresivo, inesperado y necesario, sobrecogedor—, lo que entra en picado en los corazones.

Un acontecimiento que, entre los educadores, suscita una nostalgia por esas dos realidades que hace ya tanto tiempo exiliamos de las aulas, como hizo Platón pedagógicamente con los poetas de la república: la belleza y las narraciones, y sin las que no puede haber auténtica educación.

Y de esto, un auténtico motivo para la «indignación», habría que escribir en algún otro momento.

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