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A un lector sin prejuicios, más ávido de conocer que de juzgar, de razonar que de conjeturar, la lectura de este libro del profesor de la Universidad de Turín, Vittorio Mathieu, le producirá sensaciones contradictorias. Tal vez sea más útil empezar con los sentimientos negativos. Al lector interesado en la objetividad del razonamiento le embargará la desazón mientras saborea esta Filosofía del dinero, cuyo título reactualiza la reflexión de Simmel. ¿Cómo no sentirse turbado cuando se comprueba que hay personas que escriben con claridad, que analizan a fondo los asuntos que tocan, que exponen con rigor el resultado de las observaciones sobre el comportamiento económico, pero cuya labor apenas si es atendida? Al igual que hay una propensión a la liquidez, ¿no habrá también una irresistible propensión a negarse a entender cuanto más clara es la explicación? Si ésta es una tendencia general, se agudiza especialmente cuando se discute de materias económicas, y más todavía cuando alguien deletrea la palabra «dinero».
 
El desaliento acerca de la generalizada propensión a no querer entender se torna en delectación cuando, prescindiendocde la recepción que las buenas ideas puedan tener entre los promotores de ideologías, el lector se desentiende del mundanal ruido y se limita a seguir los sutiles y, a la vez, diáfanos pasos discursivos del profesor Mathieu. Esta Filosofía del dinero transpira lucidez, capacidad crítica, ironía y profundidad. Muy bien pudiera haberse llamado también «filosofía de la economía» o bien, «introducción en la economía al profano o al ideólogo». Se trata, en suma, de una dilucidación de la actividad económica como especie discernible de las actividades humanas. Pero llegar a esa separación no es fácil. La dificultad no procede de la complejidad misma del asunto, sino de los torrentes de literatura preconcebida que han contribuido a ocultar lo elemental.
 
Crítica a Keynes y Marx
 
Del libro de Mathieu se desprende que los dos principales enturbiadores del concepto de economía han sido Karl Marx y Lord Keynes. Su condición «enturbiadora» no quita que hayan contribuido a agitar las aguas con singular inteligencia. Mathieu estima que el principal error de Marx fue el de haber confundido el concepto de «producción física» de la mercancía con el de   producción económica». Error que interpreta como un caso de «falacia naturalista»: tomar lo que «es» por lo que «debe ser», o viceversa. Curiosamente esa confusiónse produce a causa del «fetichismo de la mercancía», al cual Marx tanto más se entrega cuanto más pretendió desenmascararlo.
Para Mathieu, como para los economistas clásicos, como para los nuevos economistas, economía y mercado son la misma cosa. No existe, pues, más que una sola economía, la del mercado, aunque se puedan distinguir distintos sistemas de organización de la producción, algunos de los cuales serán más económicos que otros. El sistema mixto de producción es, en este aspecto, más económico que el sistema socialista. El libro es de reciente aparición en castellano, y de su lectura se desprende que también debe serlo la versión italiana. Pero no es anterior a la crisis de la perestroika. Conviene advertirlo porque tiene más valor la afirmación que puede ser contrastada en el futuro que la expuesta tras conocer el desenlace.
La idea, añadida, pero en el libro, inicial, de que la economía representa «un aspecto pero importantísimo» de «la libertad en general», está perfectamente razonada y demostrada. Pero economía es también cálculo aplicado a la consecución de fines humanos por el procedimiento racional más ventajoso. La economía y su fruto, el dinero, son aspectos distintivos de la naturaleza humana, razón por la cual la libertad «no puede conservarse fuera de la economía misma».
 
Consecuencias políticas
 
Escrito con agudeza, ironía y erudición, la Filosofía del dinero no puede ser más clara y profunda. La comparación entre la condición ideal del dinero y del lenguaje y el carácter simbólico de ambos tipos de actividad, la lingüística y la económica, saben a poco. La idea nos remonta a Aristóteles, sin duda; pero una de las virtudes de esta magnífica obra es la de eludir los alardes exhibicionistas.
No pueden ignorarse los aspectos filosóficos del libro, como cuando considera el lenguaje y el dinero como consecuencias de la finitud humana, así como tampoco las consecuencias de carácter moral y político que se desprenden de los propios conceptos. Distinguir entre «trabajar» y «hacer trabajar» permite comprender el papel del «promotor» o del «empresario» en una sociedad dinámica. Ideas que golpean contra los muros de los prejuicios heredados, pero que deberían pertenecer al elenco de verdades de sentido común. «Millones de contables, de escribientes, de programadores morirían de hambre si alguien no hiciera trabajar a otros para ellos, a través de los productos más extraños. Muchos pintores no venderían un cuadro si un mercante (sic) no los contratara a sueldo. Sus productos, por permanecer privados de la capacidad de hacer trabajar, tendrían un valor económico nulo.» Son palabras dificiles de aceptar para fáciles de  entender si se prescinde de prejuicios.
 

Las consecuencias políticas de la clarificación de Mathieu no son menos importantes e inquietantes. Con precisión inobjetable, Mathieu concibe el Estado como un «consumidor», no como «un productor».  De este modo se puede comprender cuál ha de ser  la función económica del Estado: «El Estado puede, además,  sin ninguna duda, constituir un sustrato institucional,  más o menos favorable a la economía; puede, hasta cierto punto, dilatar o contraer el ahorro público, positivo o negativo; pero no puede influir en las cuentas económicas casándose con el ama de llaves, ni mucho menos con los gobernantes.  Es decir: no se puede aumentar el rédito haciendo que lo consuma el Estado en lugar de las personas privadas.  Considerar un consumo como aumento de valor añadido es fraudulento. El Estado no puede hacer creer que se está transformando en un benefactor publico cuando contrata a centenares de millares  de empleados de hogar para que realice servicios que nadie está pidiendo». El estudio del impuesto sobre el valor añadido y las críticas a la política fiscal, completan el panorama.

 

No se trata de un libro de economía, excepto en las discusiones sobre la política monetaria, sino de un libro de divulgación filosófica, casi, podría decirse, elemental, sino fuera por el grado ofuscación de los ideólogos tanto más reacios a admitir la realidad cuanto esta mas se impone por sí misma. La lectura es fácil, pues Mathieu es también un escritor fino, cuya itálica soltura para la ironía no resulta dañina ni mordaz. La traducción es buena, salvo algunos errores de bulto, como el de traducir la «falsación» o mejor «refutación» de Popper, por «falsificación». Aunque se haya prescindido de las citas, la influencia de Von  Mises y de Hayek resulta muchas veces patente.


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