Susan Neiman: «El mal en el pensamiento moderno»

Lo imposible deviene realidad y la realidad pronto se hace rutina. Ante el mal, lo importante es la reacción, según la autora

La Plaza del Castillo Real (Varsovia), en una foto del 31 de enero de 1945. Varsovia fue arrasada por los nazis.
La Plaza del Castillo Real (Varsovia), en una foto del 31 de enero de 1945. Varsovia fue arrasada por los nazis. Archivo: Wikimedia Commons
José Manuel Grau Navarro

Susan Neiman (Atlanta, 1955) es una filósofa y escritora estadounidense. Estudió Filosofía en Harvard y en Berlín y ejerció como profesora de Filosofía en las universidades de Yale y Tel Aviv. Actualmente dirige el Foro Einstein de Postdam (Alemania).

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Como principio organizador para comprender la Historia de la Filosofía, el tema del mal es mejor que otras opciones, según Susan Neiman, la autora de este ensayo. Porque, ya sea expresado en términos teológicos o en conceptos seculares, «es fundamentalmente un problema sobre la inteligibilidad del mundo como un todo». Para Neiman, «no pertenece a la ética ni a la metafísica, sino que constituye un vínculo entre una y otra». 

Se suele distinguir entre mal natural y mal moral. Algunos pensadores, de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) a Hannah Arendt (1906-1975), y Neiman con ellos, insisten en que la moralidad exige que hagamos al mal inteligible. Otros, en la línea de Voltaire (1694-1778) a Jean Améry (1912-1978), subrayan que la moralidad reclama que no lo hagamos.

Neiman, Susan: El mal en el pensamiento moderno. Una historia alternativa de la filosofía.
Neiman, Susan: El mal en el pensamiento moderno. Una historia alternativa de la filosofía. Barcelona: Debate, 2026.

El mal en el pensamiento moderno, confiesa su autora, no ofrece criterios para distinguir las acciones malignas, perversas, de aquellas que simplemente son muy nocivas. No compara males, pero sí los identifica. «Si designar algo como el mal es una manera de señalar el hecho de que despedaza nuestra confianza en el mundo, es ese efecto, más que la causa», lo que le interesa. «Aclarar las diferencias no acabará con el mal, pero puede contribuir a evitar nuestras peores reacciones en su contra». Por ejemplo: establecer similitudes entre el terremoto de Lisboa (1755) y el genocidio de Auschwitz (1940-45), advierte Neiman, se acerca no al yerro, sino a la monstruosidad, «pues se corre el riesgo de ver el segundo como un desastre más o menos natural, lo cual excusa a sus autores, o de comparar al Creador con criminales de la peor ralea».  La falta de discernimiento «puede ser más peligrosa que la perversidad».

Con Auschwitz aprendimos que los mayores crímenes pueden ser cometidos por gente capaz de suscitar, más que pánico y terror, repugnancia y desdén. «A menudo nos amenaza más la egoísta resistencia a ver las consecuencias de acciones convencionales que el deseo manifiesto de destrucción», según Neiman. Los sucesos auténticamente malignos «se hallan a merced de la manipulación y la distorsión». El mal ha servido muchas veces «para justificar una declaración de guerra».

Mientras que en la actualidad pocos reconocen principios éticos generales, afirma Neiman, «la mayoría tiene bastante certeza sobre paradigmas éticos particulares». Hace trescientos años la tortura en público hasta la muerte era ampliamente aceptada. «En la actualidad es bastante universalmente condenada, por encima de las diferencias sobre los principios». 

Lo imposible deviene realidad, y la realidad pronto se hace rutina. «No hay nada falso en calificar un asesinato masivo como algo malo, pero, si nada más nos viene a la mente ante una pila de muertos, habremos visto tanto y tan poco como un hombre que diga de un retrato de Vermeer que es bonito».

El genocidio que era impensable antes de Auschwitz se volvió después un lamentable trozo de la realidad. Y si antes del 11-S fuimos lentos a la hora de imaginar la amenaza del terrorismo global, «a partir de entonces podemos vislumbrarlo imaginando futuras situaciones que compitan para ser más terribles, una tras otra, en escala y amplitud». Lo decisivo es la reacción, más que el suceso mismo; ya sea la reacción a los informes sobre un campo de la muerte en Polonia, a un linchamiento en Misisipi o al ataque terrorista en Nueva York. Por eso, «tal vez el peor legado de los nazis fue dejarlo todo ensombrecido por los campos de exterminio; Ausch­witz fue hasta tal punto extremo que, a su lado, demasiadas cosas pueden parecer benignas. Pero concentrarnos en su singularidad es no menos peligroso que cualquier otra forma semejante de concentrarnos. El mal llega en demasiadas formas para confinarlo en una».

Al escribir El mal en el pensamiento moderno, confiesa Neiman, «lo que busqué fue dar ejemplos; ofrecer modelos de análisis de manifestaciones del mal que puedan servir para otras futuras, así como un armazón histórico y conceptual en el cual ubicarlas». El armazón histórico muestra que los cambios en nuestras concepciones del mal «no han sido arbitrarios». A través de la comprensión de los desarrollos intelectuales que han rodeado a determinados sucesos alcanzamos a ver por qué, por ejemplo, el terremoto de Lisboa fue considerado como un mal en cierto momento, y como una desgracia poco después.

El mapa trazado en El mal en el pensamiento moderno, concluye la propia Neiman, «está lejos de ser completo». Ella misma espera «que otros puedan ampliar el armazón que aquí se ofrece».

La foto de la Plaza del Castillo Real en una Varsovia arrasada por los nazis tiene como fuente (1969) Warszawa – o zniszczeniu i odbudowie miasta, Varsovia: Interpress Publishers, pp. 60, según se cita aquí.