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Ver productosEl pasado mes de febrero, Frederich De Klerk abrió el segundo período de sesiones del Parlamento sudafricano con un importante discurso que inició con una afirmación rotunda: «Las elecciones generales del 6 de septiembre de 1989 han situado irreversiblemente a nuestro país en el camino de un cambio drástico». Desde entonces, De Klerk ha impulsado con firmeza las reformas que tímidamente habían comenzado y ha mantenido hasta la fecha la iniciativa en un proceso que pretende colocar a Sudáfrica entre los países democráticos del mundo.
1 Dic 1990 - 7min.
Hoy ya nadie defiende en Sudáfrica el «apartheid»; a partir de aquí los acuerdos generales son más difíciles y la tarea que tienen entre sí los responsables políticos del país es precisamente encontrar puntos de coincidencia respaldados por una mayoría suficiente que haga viable un proyecto nacional: la «Nueva Sudáfrica», algo de lo que también todos hablan.
Las transiciones son siempre difíciles, y la sudafricana no va a ser una excepción. Durante las últimas décadas la política gubernamental ha ido dirigida a mantener, e incluso profundizar, las diferencias entre aquellos que viven en su territorio. Baste como ejemplo el que blancos, negros, indios y mestizos no sólo tienen que vivir en zonas rígidamente delimitadas, sino que en los «townships» negros los alumnos son obligados a estudiar en su lengua materna, habiendo para ello clases en dieciséis lenguas africanas distintas. Buena parte de los disturbios de los últimos años han tenido como detonante protestas contra el sistema educativo, incluyendo, paradójicamente, la reclamación constante de más y mejor enseñanza del idioma inglés en las escuelas.
La pluralidad racial y cultural, fruto de cuatro siglos de inmigraciones sucesivas, es, sin lugar a dudas, la principal característica de Sudáfrica, y la posibilidad de encontrar un modelo cohesionado de convivencia, lo más difícil y atractivo del reto planteado. Sin embargo, la crisis económica interna, la misma que ha acelerado el final del sistema y la situación económica internacional, dificultan el proceso de reforma iniciado.
Pese a todo lo dicho, tres factores pueden jugar a favor de la transición sudafricana: el hundimiento del comunismo, la situación de los países vecinos y la infraestructura material y humana de un país que, con muchísimas diferencias y desigualdades sangrantes, no encaja bien en las características habituales del Tercer Mundo.
Sudáfrica es uno de esos sitios donde aún se pueden encontrar comunistas clásicos, pero lo ocurrido en los países del Este europeo hace que el comunismo no pueda ser la alternativa que muchos deseaban o temían al apartheid. No obstante, la imposibilidad de acceder a la propiedad de bienes inmuebles para todos los no blancos, las dificultades enormes para disfrutar de la enseñanza universitaria o la reserva de determinados puestos de trabajo para personas de raza blanca son hechos que hacen inviable optar sin más por la economía de mercado. A pesar de que las leyes segregacionistas han sido ya derogadas o van a serlo en los próximos meses, es innegable que la actual distribución de la riqueza entre la población tiene su fundamento en la vigencia de determinadas normas radicalmente injustas. Aun confiando en un fuerte proceso de expansión económica y en una cuantiosa ayuda internacional, es absolutamente necesario acompañar las reformas políticas de unas medidas políticas y económicas con carácter redistributivo.
No menor que el fracaso del comunismo lo ha sido el de los países del Sur de África que, pretendiendo implantar regímenes «progresistas», sólo han creado tiranías y miseria. A medida que la crítica mundial deje de centrarse en Sudáfrica, su situación será cada vez más difícil de disimular. Para la población sudafricana, que tradicionalmente se ha relacionado con sus países vecinos y que puede ver en las chabolas de los «townships» o en los barracones de las minas cómo un modo de vida mísero es la única alternativa de supervivencia para miles de inmigrantes, esos países van a ser una buena muestra de lo que hay que hacer.
Al viajero español le sorprenden sobremanera las autopistas y, en general, las buenas redes de comunicación existentes en Sudáfrica. Con las actuales instalaciones, el suministro de energía eléctrica está garantizado hasta fin de siglo, contando con un desarrollo industrial importante. La experiencia comercial y financiera, tanto doméstica como internacional, es grande, y la formación de la minoría blanca, casi cinco millones de personas, es comparable a la de la población de cualquier país desarrollado. Es cierto que la situación de la mayoría negra se aleja mucho de los mínimos que en nuestras sociedades occidentales consideramos aceptables, pero tampoco es comparable a la del resto de los países del Africa subsahariana.
| Raza | Población (miles) | % |
|---|---|---|
| Negros | 21.105 | 69,9% |
| Blancos | 4.979 | 16,5% |
| Mestizos | 3.168 | 10,5% |
| Asiáticos | 941 | 3,1% |
| POR RAZAS | ||
| (Composición de la población sudafricana en 1989, excluida la población de los «Estados independientes» de Transkei, Ciskei, Baphuthatswana y Venda.) | ||
| Fuente: Ser. Central de Estadísticas de la República Sudafricana. | ||
Junto con las terribles carencias de vivienda y la dramática escasez de servicios sociales básicos, la educación de la población negra es un problema de primera magnitud cara al futuro del país. Fruto de una política tendente a mantener la segregación, exigida por los sindicatos blancos de los años treinta, se ha dificultado sistemáticamente la formación a los negros. Los planes de estudio, las condiciones escolares e incluso las fechas de las vacaciones son distintas para cada uno de los grupos raciales que coexisten en Sudáfrica.
Resulta frecuente entre los blancos escuchar que la falta de educación de los negros es una dificultad insalvable para que Sudáfrica se convierta en una democracia basada en el sufragio universal. Sin duda no va a favorecerlo, pero conviene recordar que en países como la India o, recientemente, el Brasil, las altas tasas de analfabetismo no han impedido que la democracia, aun con grandes dificultades, haya funcionado.
De igual modo, la falta de preparación de la mayoría de los negros va a constituir un gravísimo problema económico. Pero aquí también hay que decir que el haber vivido en un sistema industrial desarrollado, aunque sin participar plenamente en él, permite que una buena parte de la población negra esté habituada o al menos conozca el funcionamiento básico de una economía de mercado (cheques, tarjetas de crédito, operaciones bancarias, etc.), cosa que, por ejemplo, no ocurre en algunos países del Este europeo. De hecho, en cuanto se ha empezado a abrir el sistema, han surgido como setas furgonetas privadas de transporte, pequeños comercios o talleres de reparaciones, aunque sea aún prematuro hablar de la existencia de una clase media que podría ser un importantísimo factor de estabilidad.
El Gobierno sudafricano ha optado por un proceso de reforma, evitando que el país entre en ningún momento en un vacío de legalidad. Recientemente se ha anunciado que el objetivo final es una Sudáfrica de ciudadanos libres e iguales, con un sistema electoral basado en el sufragio universal, y este proceso ha sido calificado públicamente como irreversible. Algo que hoy parece elemental y que era tan difícil de prever hace un par de años, como la unificación alemana o la celebración de elecciones libres en los países del Este europeo.
De Klerk tiene la intención de convocar una mesa de negociación con todos los grupos políticos del país, con la intención de que allí se elabore una Constitución que sea comúnmente aceptada. El objetivo va a ser difícil de alcanzar, si no imposible, teniendo en cuenta las posiciones extremas que hay a un lado y otro del espectro.
Mientras que el Congreso Nacional Africano (ANC) y los grupos a su izquierda cuestionan el procedimiento y reclaman una Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal mediante un sistema de representación proporcional, el Partido Conservador (escindido del Partido Nacional en el poder) afirma públicamente que sólo acudirá a una mesa de negociaciones para determinar la forma de ejercicio del derecho a la autodeterminación de los distintos pueblos que hay en Sudáfrica.
Da la impresión de que el ANC acabará aceptando la propuesta del Gobierno, ya que, de abrirse un proceso electoral, no se sabe quién podría ser su futuro interlocutor blanco; en este sentido, De Klerk representa indudablemente una garantía. Paralelamente, De Klerk necesita a Nelson Mandela, aun a sabiendas de que no representa a toda la población negra, ya que sin el respaldo de su gran prestigio nacional e internacional la reforma sería difícilmente creíble.
No parece probable que de la mesa de negociación, caso de reunirse, salga un acuerdo; tal vez sea posible un acuerdo con el ANC y quizá otros grupos menores. En cualquier caso, el presidente De Klerk, que goza de un enorme prestigio incluso entre la población negra, tendrá que mantener la iniciativa y convocar un referéndum para someter a la aprobación de los sudafricanos, ya una Constitución, próxima a una carta otorgada, ya una norma instrumental, al estilo de la Ley para la Reforma Política, que recoja de manera sucinta una declaración de derechos y los criterios de elección del Parlamento, así como la estructura territorial del Estado y su sistema económico.
La transición sudafricana va a estar plagada de dificultades. Hay recelos, desconfianza y mucho resentimiento, y éstos no son precisamente los mejores materiales para construir un Estado con proyección de futuro. Pero si en Sudáfrica se logra implantar una democracia, será el único país en todo el continente que lo haya logrado. Su ejemplo puede ser de capital importancia. Es ésta una razón más para ayudar al Gobierno sudafricano en sus reformas. Las acciones decididas y valientes que está adoptando De Klerk deberían ser apoyadas con el levantamiento de las sanciones y el inicio de una cooperación de los países occidentales orientada a favorecer el desarrollo de un país con enormes posibilidades. Una Sudáfrica libre y próspera es la última esperanza para el África negra.