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¿POR QUÉ LEER A DANTE? El profesor y columnista Paco Sánchez nos cuenta una anécdota de categoría. Varios profesores y alumnos de Periodismo tuvieron un encuentro con Ben Bradlee, el mítico director del Post que capitaneó el equipo de investigación del caso Watergate (Bob Woodward y Carl Bernstein). Los profesores aprovecharon la ocasión para preguntarle qué haría él, si enseñase en la universidad, para formar mejor a los periodistas del futuro. Bradlee contestó: «Hacerles leer todo Shakespeare».

T. S. Eliot, que consideraba que William Shakespeare nos da la mayor amplitud posible de la experiencia humana, estaría de acuerdo. Y Eliot añadió que, ría de acuerdo. Y Eliot añadió que, a su vez, la máxima altura del espíritu humano y la máxima profundidad la daba Dante. Quizá nosotros podamos sugerir, para completar las tres dimensiones, que la hondura la ofrece Cervantes. Más allá del respetable prurito intelectual de haber leído tres cumbres de la literatura universal, ¿quién se resiste a habitar un mundo mucho más grande en cada una de sus dimensiones? En Dante, merece la pena resistir la presión en lo hondo y el vértigo de la altura. Las vistas serán inmejorables.

¿QUÉ DE QUÉ? Puede ocurrir que alguien lea la Divina Comedia sin saber qué lee. Que vaya buscando, por la fama, un libro oscuro, lleno de misterios y soteriologías, cuando es una obra clarísima y didáctica. Habla de misterios, por supuesto, pero para explicarlos.

“En Dante, merece la pena resistir la presión en lo hondo y el vértigo de la altura. Las vistas serán inmejorables” 

También puede acudir el lector, cegado por el tópico, a ver un «espectáculo dantesco». Pero la Divina Comedia es una obra de misericordia, donde, ciertamente, aparecen tormentos infernales, pero todos, como avisa Dante expresamente, hechos por el amor y la justicia, y orientados a la felicidad absoluta del Paraíso. Hay algo de gore en Dante, aunque nunca es lo fundamental. También hay, y mucho más, lirismo, naturalismo, misticismo, humor (de trazo grueso y muy fino), sátira, teoría política, filosofía, psicología… Todo cabe y todo lo tiene que encontrar el lector.

¿CÓMO HAY QUE LEER? Quien tiene un porqué para leer es capaz de encontrar y de disfrutar cualquier cómo, pero hay cómos más cómodos que otros. La forma de leer la Divina Comedia viene ejemplificada —si nos fijamos— en la propia Comedia. Dante, para hacer su viaje a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso necesita un guía, como mínimo, y, en realidad, recurre a varios. Un maestro literario, como Virgilio, más la compañía ocasional de algunos habitantes de la ultratumba y Estacio y Matelda y, finalmente, Beatriz, que encarna el amor y la belleza.

El lector, por tanto, no se tiene que sentir intimidado si necesita la ayuda de un buen prólogo y de muchas notas a pie de página. La bibliografía sobre la Divina Comedia es infinita, o casi. Yo tengo especial debilidad por los Nueve ensayos dantescos de Jorge Luis Borges y por los prólogos que escribió Dorothy L. Sayers (sí, sí, la creadora del detective Lord Wimsley).

Aconsejaría disfrutar de las aclaraciones a pie de página como lo que son: microrrelatos, retazos históricos, pequeñas lecciones de Política, de Teología, incluso de Geografía, artículos de opinión o atisbos de astronomía. Siendo una obra grandiosa, está construida, como un mosaico, de pequeñas teselas; o mejor, como una vidriera, de fragmentos de luz coloreada. Hay que rechazar la tentación de creer que recurrir a las notas informativas es una distracción de la lectura o un reconocimiento de lagunas culturales. Son parte de la Divina Comedia.

Lo que nos lleva a la segunda instrucción de lectura que nos da Dante. Hay que ir a pie, tranquilos, sin apresurarse. Un buen ritmo de lectura es un canto al día. Una lectura compulsiva, tipo novela romántica, es más propia del agita-do siglo XIX y aquí nos agotaría al primer repecho. La Comedia pide comedimiento. Alternarla con lecturas más ligeras.

¿CUÁNDO? Hay que apartar de un manotazo enérgico la lectura historicista. Lo fácil es pensar que la Divina Comedia es un poema épico que tuvo su sentido en los siglos XIII y XIV que ha quedado obsoleto. Pero las grandes obras nos hablan siempre hoy. También hay que espantar la lectura perspectivista, como la del que se pasea, curioso, por las ruinas de Pompeya sin sentirse personalmente implicado. El ascenso de Dante del Infierno al Paraíso pasando por el Purgatorio es un ascenso moral y el lector tiene que involucrarse hasta el punto de ascender él.

El mejor momento para leer a Dante es ahora, hoy, porque nunca es tarde si la dicha es buena y los clásicos no pasan. Además, y sobre todo, hay que leerlo desde hoy, en el hoy, para el hoy. Pensar a quiénes, de nuestra más rabiosa actualidad, condenaría Dante (y purgaría [y salvaría]) es un ejercicio lúdico y travieso que ayuda mucho a leerle en nuestro aquí y ahora.

¿QUIÉN HA DE LEERLO? En principio, Dante escogió escribir su obra en toscano, llamado «lengua vulgar», en vez de en latín, para llegar a un público amplio, total. En esto hay un paralelismo con la Suma Teológica de santo Tomás, que, aunque en latín, tampoco se pensó para especialistas. Luego, el tiempo siempre deja, como en los cuadros, una pátina de oscuridad. Por ejemplo, esas historias, como de revista del corazón de nobles y de ilustres que va contando Dante, eran muy conocidas por todos sus contemporáneos. Dosificar la información fue un recurso literario muy efectivo para avivar el interés de sus lectores, como jugando a las adivinanzas: Dante retrasa decir el nombre propio del protagonista de una anécdota (o ni lo dice) porque sabe que sus curiosos lectores lo van a adivinar con los datos que adelanta. Con personajes de nuestra actualidad, Andrés Trapiello en sus diarios hace casi lo mismo con idéntica intención. Ese juego, en la Divina Comedia, se ha perdido irremediablemente, y hay que recurrir a las notas; pero aún queda un poso de ingenuidad lúdica que trasluce la intención de que no haya que ser un erudito para transitar por la Comedia.

Otra cuestión es la doctrina. Estamos ante una obra tan católica que ha sido llamada «el quinto evangelio». Juan Pablo II y Benedicto XVI la citaban con reverencia. Y Benedicto XV le dedicó nada menos que una encíclica: In praeclara Summorun (1921). Francisco ha definido a Dante como «un profeta de la esperanza, heraldo de la posibilidad del rescate, de la liberación, del cambio profundo de cada hombre y mujer, de toda la humanidad». ¿Puede leérsele sin fe o, incluso, sin un conocimiento teológico elemental?

Puede, aunque la creencia ayuda. No es lo mismo pensar que estamos ante una fantasía de ciencia ficción que ante una obra literaria meticulosamente respetuosa con la explicación tomista (ya se sabe, la de la fe y la razón). Los coetáneos de Dante lo señalaban por la calle y decían: «Mirad, el que visitó el Infierno». Tantísima credibilidad no hace falta, pero la creencia en que hay un infierno y un purgatorio y un paraíso nos impele a entender la obra, a sentirla y a vivirla.

“El mejor momento para leer a Dante es ahora, hoy. Además, y sobre todo, hay que leerlo desde hoy, en el hoy, para el hoy”

Lo que se puede y se tiene que aplicar siempre es la suspensión de la incredulidad que exigía Coledrige para disfrutar de cualquier libro. En toda obra hay que meterse. En la Divina Comedia, en concreto, incluso quien no crea, tiene que sentirse moralmente aludido y, de reojo, examinar su conciencia, dispuesto a no dejarse pasar ningún vicio ni permitirse no aspirar a toda virtud. El lector ha de meterse, ay, en el Infierno, uf, en el Purgatorio y, oh, oh, en el Paraíso. Se sale en la gloria.

¿DÓNDE LEER A DANTE? La Comedia es un poema. Lo recordaba, a menudo, Eugenio d’Ors: no es que haya que disculparle a Dante el capricho de los tercetos encadenados, sino que los tercetos construyen esta obra magna y en su ritmo (que imita, acento tras acento, el rumor de los pasos y de las conversaciones) está una de las claves.

Por eso, mejor una traducción en verso, y que mantenga la rima. En España disponemos dos. La de Ángel Crespo y la de Abilio Echeverría. La segunda es más fiel y ofrece, además, unas notas a pie de página muy medidas, claras, amenas e informativas. En verso blanco, la traducción de Fernando Gutiérrez fluye con impagable naturalidad.

Lo ideal, aprovechando la cercanía del italiano al español, es cotejar de vez en cuando la traducción con una versión original. A algunos versos o pasajes que nos hayan conmovido hay que ir a leerlos en toscano, y resultarán aún mejores, y nos volverán a la memoria para siempre


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.