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A mis amigos hermeneutas

Señoras y señores:

«Cuando despertó,
el dinosaurio todavía estaba allí».
Fin del cuento El dinosaurio.

Este microcuento que acabo de   leerles, del escritor guatemalteco   Augusto Monterroso, ha gozado de   fama singular entre los aficionados al   género narrativo. No cabe duda de   que su misma brevedad lo hace interesante, pues quizá sea el más breve   de los cuentos breves que jamás se   hayan escrito. Su valor de originalidad radica no tanto en lo que el cuento dice, como lo que con él se sugiere.   Debido a su parquedad y laconismo   —virtudes clasicistas que de pronto   hacen su aparición en el contexto   posmoderno al que la pieza indudablemente pertenece— queda abierto, no a una, sino a múltiples lecturas   de cuyo larguísimo elenco quisiéramos dar aquí botón de muestra.

PRIMERA LECTURA

Probablemente la lectura más obvia y directa sería ésta: Un personaje (no nos preguntemos ahora si es  hombre o mujer, la diferenciación   sexual del protagonista tendrá más   importancia en alguna de las interpretaciones que quedarán registra- das más tarde) ha estado durmiendo  por un cierto tiempo. Ha soñado que  un dinosaurio, un lagarto terrible  —recuérdese la etimología del término— ha hecho acto de presencia   en su vida. En pleno siglo XX, este   animal prehistórico ha venido a atacarle, y el personaje, tratando de   evitar una muerte horrorosa, ha despertado para librarse de las garras de   su enemigo. Más cuando sale de su   sueño para volver a la realidad, ve   con espanto que el dinosaurio de la   pesadilla es un bicho de carne y   hueso, una presente realidad física   de la que va a ser incapaz de zafarse.   Anticipamos la muerte segura del   personaje, precedida de momentos angustiosos; comprendemos su   pasmo y frustración cuando se da   cuenta de que no hay escape posible. ¿Influencias? Estamos ante un   cuento fantástico en el que sueño y   vigilia se entremezclan para dar un resultado sorpresivo e inquietante,   muy en la tradición borgeana y cortazariana, como muchos de ustedes   habrán sabido colegir.

SEGUNDA LECTURA

Una lectura más graciosa que la anterior, sin abandonar la línea mágica  que hace un momento apuntábamos,   nos presentaría al personaje despertando de un sueño en el que no había  dinosaurio alguno. No, no se impacienten ustedes, porque ahora mismo  voy a explicarme. Pensemos en un   sueño dulce, sosegado, reparador,   poblado de delicadas imágenes. De   pronto el durmiente sale de esta grata   ensoñación, sólo para comprobar  que el dinosaurio, un dinosaurio que,   por lo visto, ya estaba allí cuando  nuestro personaje se echó a dormir,   continúa en el mismo sitio. Esta lectura tiene, como digo, un sesgo  humorístico, en el sentido de que nos   presenta un mundo acostumbrado a   la presencia real de dinosaurios. El   personaje, indiferente a la circunstancia de que un reptil enorme y feroz   está sentado a su vera, se echa a dormir como si tal cosa, sin importarle   en absoluto la proximidad de criatura  tan temible. ¿No es cómico ese contraste? ¿No nos produce hilaridad lo   grotesco de la situación? Ya inmersos  en este discurso —desde luego imposible cronológicamente—, podemos dar un paso más y aventurar que personaje y dinosaurio son amigos. Tal   vez la relación entre ellos es la que   suele darse entre un amo y su perro, o   entre un domador y su fiera. A lo   mejor se trata, en efecto, de un   domador de dinosaurios. Elaboremos   sobre esta posibilidad: poco antes de   la actuación circense en la que ambos   van a actuar, el domador ha decidido   echarse una siesta al lado del bicho; y   cuando despierta, comprueba con   alegría que su inseparable y fiel compañero sigue donde estaba. Imaginemos la desesperación del pobre hombre en caso contrario; su ansiedad y   desconsuelo si el dinosaurio hubiese   decidido abandonarlo para siempre,   comprometiendo así su modus vivendi. Hemos de tener claro que sería   difícil para esta persona buscar otra   manera de ganarse el sustento, sien- do la doma de dinosaurios, muy probablemente, una de las artes más exigentes y sacrificadas que cupiera imaginar, de un especialismo acaparador   y absorbente, incompatible con cualquier otro tipo de ocupación.

OTRAS INTERPRETACIONES

Pero hay todavía más. Caben posibilidades distintas si jugamos con la   identidad del durmiente. Pues, ¿no  podría ser éste otro dinosaurio? En  caso afirmativo, el narrador estaría  limitándose a contarnos un hecho sobremanera trivial: el despertar de   un dinosaurio que, como es lógico,   vive entre otros ejemplares de su   misma especie y cuando abre los ojos   ve cerca de él a uno de sus hermanos.   No es ésta, desde luego, la mejor lectura, pero sí tan legítima como las  otras y como la que nos presentaría   (volviendo ahora a un durmiente  humano) la siguiente situación: la de   un niño, por ejemplo, que tiene un   dinosaurio de juguete, un objeto con   forma de dinosaurio, y que cuando  despierta observa con alegría que el   animalito está todavía allí, en su   mesilla de noche, sin que nadie se lo   haya quitado. Podría muy bien tratarse de uno de esos dinosaurios de   goma, pintados de verde, que se ven  en muchos escaparates y que suelen   estar rodeados de otras especies   igualmente artificiales: tortugas,   culebras, pulpos, ranas, etcétera.

Pero supongamos que el término   «dinosaurio» es una expresión metafórica y que el narrador está refiriéndose a un individuo humano que por   sus características físicas o tempera- mentales merece que se le atribuya   ese nombre. ¿No hemos conocido   todos al tipo dinosáurico? Amenazador, grande, pelmazo, incapaz de   hacer distinciones, dispuesto siempre a reaccionar de manera violenta,  desconocedor de los buenos modales  y de la palabra conciliadora o cortés.  Sí, rara será la persona que no haya tenido contacto con gentes de esa   clase: energúmenos enamorados de   la acción directa, del golpetazo y del   mordisco. Pues bien, el dinosaurio   del cuento bien podría ser uno de   ellos. A lo mejor el durmiente estaba   participando en una reunión de   sociedad a la que habían asistido   varias personas, entre ellas un individuo especialmente agresivo, desagradable y cargante. Aburrido por las   impertinencias de este Heliogábalo,  el protagonista se retira a un rincón y   da un par de cabezadas; y cuando despierta, comprueba con desmayo que   el dinosaurio no se ha marchado, que   todavía está allí, aguando la fiesta y   estorbándolos a todos.

Más esperanzadora sería una lectura policial del cuento: un delincuente ha sido prendido por la autoridad y cumple su condena tras los   barrotes de una celda; el carcelero   dormita a la puerta del calabozo, y   cuando despierta (quizá sobresalta- do por no haber sabido permanecer   alerta durante su turno de servicio),   se tranquiliza al ver que el preso, es   decir, el dinosaurio, no se ha escapa- do. O quizá el valor metafórico del   término no tanto se refiera al carácter y modales de la persona, como   a su asombrosa ancianidad. A lo   mejor el dinosaurio de la historia es   uno de esos vejestorios que todavía  se arrastran por el mundo desafiando toda regla biológica imaginable;  una de esas reliquias prehistóricas   que, a pesar de verse constantemente asaltadas por enfermedades y   achaques, no acaban de hincar el   pico. Vuelvo a preguntar: ¿quién no   ha visto alguna vez estos ejemplares   de museo? ¿Es que no les viene como   anillo al dedo el apodo de marras?   ¿No son, efectivamente, dinosaurios que han sobrevivido milagrosamente a los estragos del tiempo?

DE LA LECTURA SEXUAL A LA PATOLÓGICA

Y llegamos al discurso sexual. Porque   como habrán podido ustedes imaginar, esta opción no podía quedar   excluida de nuestro repertorio.   Hacerlo sería ignorar una constante   que, salvo rarísimas excepciones,  forma parte de toda modalidad con- temporánea de expresión artística.  No soy yo, precisamente, un abogado   del pansexualismo ni un devoto de   Freud. Pero reconozco el acierto,   siquiera parcial, de sus afirmaciones.   Ahora se trata de una mujer que despierta. Su hombre sigue allí, en la   cama; un hombre al que, no sabemos  si peyorativa o afectuosamente, ella  ha dado en llamar «dinosaurio». El  apelativo podría revelar dos actitudes antagónicas: o bien la mujer  detesta la brutalidad y torpeza sexuales de su compañero, o bien se deleita en su extraordinaria virilidad. Puede que la palabra sea un eufemismo para   referirse a la magnitud de los atributos masculinos del tipo. En este   segundo caso, la recién despertada   recuerda el encuentro coitai que   horas antes ha tenido con su voluminoso Romeo, y se afirma en su dicha   de hembra vaginalmente satisfecha.   A su lado, durmiendo aún, descansa   la dulce bestia. La mujer lo siente res- pirar, palpa su enorme cuerpo para   cerciorarse una vez más de que el   titán no se ha ido. Rápidas imágenes   eróticas cruzan el magín de la enamorada: erecciones permanentes, magníficos falos, enormes redondeces  testiculares. En fin, para qué seguir.

Quedan aún por mencionar, en esta provisional enumeración de lecturas, la patológica y la que, por falta de mejor fórmula, podríamos calificar de filosófico-existencial. Si optamos por la primera, tendrán por fuerza que venirnos a la memoria los nombres de Poe y de Quiroga: el dinosaurio como una especie más de la fauna alcohólica, comparsa del ciempiés, de la rata y de la víbora. Todo es desmesurado en el delirium tremens del borracho que da las últimas boqueadas y que ve, entre otras muchas alimañas gigantescas, un monumental dinosaurio presto a triturarlo entre sus fauces.

Y en cuanto al simbolismo suprafísico del relato, nada más fácil que establecer una conexión entre esa fiera que no se marcha, que está fiera que no se marcha, que está todavía allí cuando el personaje despierta, y la pertinaz presencia de   nuestras obsesiones, fobias, vértigos.   El pensamiento temido sólo nos   abandona, y no siempre, durante las   horas de sueño. Mas permanece al   acecho y vuelve a hacérsenos visible   —entiéndase bien, a los ojos de la   conciencia— en cuanto regresamos   al estado de vigilia. Sí, el dinosaurio   está siempre allí. ¿Quién se atrevería a no reconocer la inmensa verdad del mensaje que el cuento de Monterroso conlleva? ¿Quién no ha experimentado en su alma el hondo males tarde tener que vivir con el pensamiento aterrador e insoslayable de nuestra finitud, de nuestra insignificancia, de nuestro fatal abocamiento a una muerte que ansiamos y tememos al mismo tiempo? Resonancias de Quevedo, de Sartre, de Unamuno y de Heidegger pueden apreciarse clara y distintamente en el texto del guatemalteco. Y me detendría yo ahora a desmenuzarlas si no fuera porque ya he dedicado a ellas mi volumen Semiótica del Dinosaurio en el pensamiento existencial europeo desde el Barroco a nuestros días, de próxima aparición.

He dicho.

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