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Profesor de Literatura y Filosofía en un colegio, François-Xavier Bellamy (París, 1985) sabe de lo que habla. No ha escrito una defensa de la educación desde la nostalgia, sino desde la urgencia. Avisa con dramática serenidad de los riesgos que arrostramos al no transmitir la cultura a las nuevas generaciones, a las que desheredamos de un riquísimo patrimonio cultural, imprescindible para ellos y para todos. Que su libro se haya convertido en un best-seller en Francia y esté recibiendo excelentes críticas en España es signo de esperanza.


François-Xavier Bellamy: Los desheredados. Ediciones Encuentro, 2018. 171 páginas.


Empieza por el principio, desactivando con suma atención los orígenes intelectuales del descrédito de la cultura, deconstruyendo a los maestros de la sospecha pedagógica, que identifica como Descartes (y su desconfianza hacia el saber heredado), Rosseau (y su mito del buen salvaje) y Bordieu (y su ataque sistemático a la cultura). Bellamy predica con el ejemplo su valoración a las ideas y desmenuza las que han creado el clima anti-cultural que asfixia a nuestras escuelas. Pone en práctica el escolio de Nicolás Gómez Dávila: “No es tanto de la barbarie de esta época de lo que toca hoy defenderse al hombre culto, como de su cultura”.

La segunda parte, cuando hace una defensa de la transmisión cultural, es todavía más emocionante. Muy fundada en teorías y en hechos contrastados, alienta una fe en la cultura, en la exigencia escolar, en la libertad y en la responsabilidad. Escribe, además, con fraseo vibrante. Logra un punto de equilibrio a medio camino (ahí donde está la virtud) entre el manifiesto y el ensayo.

Dice, por ejemplo:

Cuando no somos capaces de hacer vivir una cultura común, la sociedad se disuelve en una vuelta al estado natural que se parece mucho a este “embrutecimiento del mundo”.

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El hombre es, por naturaleza, un ser necesitado; y, en la primera línea de las necesidades que le afligen, se encuentra la cultura.

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Es necesario un léxico desarrollado para aprender a sentir en las emociones las sutiles distinciones entre “amar”, “estimar”, “apreciar”, “admirar”, “agradar”, “adorar”, “querer”, “adular”… La puesta en juego del léxico no es sólo la precisión de la palabra: sin la diversidad de las palabras no sólo no podríamos comunicar de manera adecuada, sino que seríamos incapaces de reconocer en nosotros la singularidad de nuestros propios sentimientos.

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La única aventura verdadera de la existencia: la que consiste en llegar a ser uno mismo.

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Hemos decretado que la lengua era fascista, la literatura sexista, la historia nacionalista, la geografía etnocentrista y las ciencias dogmáticas, y no comprendemos por qué nuestros alumnos terminan por no conocer nada.

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La cultura, por desgracia, no siempre impide que el hombre sea inhumano; pero la incultura sí que le impide ser humano.

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Queremos entrar en nuestras vidas como consumidores en un supermercado: así de indeterminados, así de indiferentes, para mantener abiertas todas las opciones y dejarnos guiar solo por nuestros únicos apetitos.

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[La idealización de la juventud] Genera una gran ansiedad a los propios jóvenes, cuyo futuro solo puede ser vivido como una lenta degradación hacia los complejos de la edad adulta.

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El concepto de “género” inaugura un nuevo campo de batalla en la guerra contra la cultura, esa herencia de alienación y aprisionamiento que debe, según sus promotores, caducar definitivamente.

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Cuando hayamos terminado de condenar a la cultura como una fuente de estereotipos alienantes, ya no seremos capaces de percibir siquiera la naturaleza misma.

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Este mundo de incultura e indiferencia, promesa del cumplimiento de una libertad absoluta, podrá ser el de un salvajismo todavía inédito e, incluso, más amenazante, ya que, por esta misma incultura, seremos incapaces de percibirlo a medida que nos vaya atrapando.

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Hacen falta muchos conocimientos para sorprenderse.

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Aprender es recibir en herencia lo que nos hace sensibles a la infinita belleza de la realidad más ordinaria.

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¡Qué extraña sociedad es aquella que encierra a los adolescentes en la caricatura de su propia adolescencia, de la que se ha hecho un ideal!

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No hay acto de amor más grande que el acto de autoridad.

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Exigimos a nuestros enseñantes todos esos resultados privándoles de su trabajo específico: la transmisión de una cultura. Les pedimos que susciten cualidades que no pueden nacer más que de esa herencia que les impedimos ofrecer.

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[La cultura desactivaría la violencia de género mejor que cualquier eslogan ad hoc] ¿Cómo es posible que, en el país del amor cortés, de las novelas de caballería, de la tragedia clásica y del poema romántico, se pueda hablar mal de una mujer?

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[Nosotros no nos hemos hecho] Por nuestra lengua, por nuestra historia, por los saberes que hemos recibido, hemos sido conducidos hasta nosotros mismos, hasta nuestro propio pensamiento y a la libertad que hemos conquistado.

*

La ingratitud: he aquí de lo que muere una cultura.


Crédito de la imagen: © François-Régis Salefran (Wikimedia Commons)

 


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.