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Ver productosLa preocupación por la falta de habilidad lectora ha llevado a varios centros británicos a crear cursos para conseguir que los alumnos asimilen los grandes libros, imprescindibles para su desarrollo intelectual

17 de marzo de 2026 - 4min.
Avance
«Declaro que, después de todo, no hay placer como el de leer», escribió Jane Austen en Orgullo y prejuicio. Quizá empiece a ser un placer olvidado, porque las universidades británicas han sentido la necesidad de enseñar a sus estudiantes de literatura inglesa a leer libros largos. Lo cuenta Nicola Woolcock en The Times y lo certifican los propios centros, preocupados por el declive de las habilidades lectoras de sus alumnos, incapaces en un elevado porcentaje de sostener entre sus manos un buen novelón.
La fórmula elegida para combatir este mal son los cursos de «resistencia lectora», que no tiene nada que ver con el bosque de los hombres libro de Bradbury, sino con la facilidad con que a los jóvenes se les atragantan los textos extensos. Por supuesto, esto no solo ocurre en el Reino Unido, pero allí se han dado cuenta del problema y están decididos a combatirlo, aunque para ello sea necesario hacer algunas concesiones.
La preocupación por lo que Riemen llama el «analfabetismo literario» tiene su fundamento. Varias universidades empiezan a cerrar sus grados de Literatura Inglesa, ante la falta de demanda. Otras optan por ofrecer facilidades y recompensas, como algunos padres para conseguir que sus hijos terminen la comida o los deberes. En un bien número de centros, permiten a los alumnos que adapten o diseñen sus propios grados y les ofrecen apoyo para que aprendan a escribir ensayos o leer de forma crítica.
La Universidad de Kent, por ejemplo, les deja incluir en sus estudios medios audiovisuales, pantallas para hacer más llevaderas las páginas, porque no solo de poesía, teatro y novela vive el estudiante. En la de Hull, tienen un módulo obligatorio donde los alumnos eligen los libros que quieren leer. Incluso en Oxford, símbolo de excelencia, están tan preocupados que dedican especial atención a estructurar sus listas de lectura.
John Mullan, profesor de Literatura en la Universidad de Londres, justifica estas facilidades y las compara con las que él no tuvo: «Cuando yo estudiaba, no creo que mis profesores le dieran demasiada importancia a las opiniones de los estudiantes, y estos tampoco lo necesitaban… Ahora, si queremos que algo funcione, tenemos que hacer el trabajo de explicar o persuadir». El problema está diagnosticado y no merece la pena insistir en las causas: «Muchos alumnos no están acostumbrados a sentarse a leer un libro durante cinco o seis horas. Cuando planificamos el curso, tenemos que pensar un poco más en eso», añade el maestro.
También es preciso ofrecer consejos de lectura que parecen de primaria, como dejar el teléfono fuera de la habitación, dividir la lectura en fases y organizar el tiempo para crear hábitos de lectura sostenida. El objetivo último es que sean capaces de leer los libros más antiguos y difíciles, ahora fuera del alcance de la mayoría. No es tan fácil y por eso es preciso pulsar las teclas exactas. En la revista Times Higher Education ofrecen una paradoja en forma de recomendación: «Si quieres que los alumnos lean más, plantéate pedirles que lean menos».
Esta «moda», por otro lado, no es exclusiva del Reino Unido. Varias universidades de Países Bajos han introducido cursos obligatorios de lectura académica y escritura en su primer año. En la de Utrecht, por ejemplo, los estudiantes de primer curso reciben formación sobre cómo leer artículos académicos, cómo analizar argumentos complejos, cómo sintetizar capítulos de libros y cómo gestionar listas de lectura extensas. En algunas universidades escandinavas, como la de Stavanger (Noruega), han experimentado con seminarios de slow reading, inspirados en investigaciones sobre atención y comprensión.
No hay recetas mágicas, pero sí una necesidad de conseguir que los cerebros de los jóvenes no se atrofien con la multiplicación de estímulos y los atajos que les proporciona la inteligencia artificial en su vida académica. Como dice la neurocientífica Maryanne Wolf, el cerebro lector necesita tiempo y concentración para desarrollar procesos complejos como la inferencia, el análisis crítico y la reflexión. Ella, al menos, es optimista en su libro Reader, come home (Lector, vuelve a casa).
El artículo está ilustrado con el cuadro La lectora, de Jean-Honoré Fragonard. Tiene licencia de dominio público, vía Wikimedia Commons, y se puede encontrar aquí.