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Ver productos1 Jun 1992 - 6min.
Los años transcurridos desde la muerte de Franco, y el posterior establecimiento de un régimen de libertades políticas, han marcado un período de cambios extraordinario en el mundo de la comunicación.
En realidad han sido unos años auténticamente revolucionarios para la prensa escrita, la radio y la TV en todo el mundo. En la España de Franco el control sobre la prensa escrita «independiente» (la radio y la TV quedaban absolutamente controladas) era por partida doble: por una parte, estaba la censura y, posteriormente a partir de 1966, la caprichosa y arbitraria interpretación de la Ley Fraga. Por otra parte, el control empresarial era total; la concesión de una nueva cabecera era algo potestativo del poder político.
La Constitución Española, en su artículo 20, reconoció y protegió el libre derecho de expresión y difusión de pensamientos, ideas y opiniones; de comunicar y recibir libremente información veraz por cualquier medio; se eliminó todo tipo de censura previa y se admitió la cláusula de conciencia y el secreto profesional en el ejercicio de estas libertades. Esta situación provocó una explosión: entre 1975 y 1976 salieron al mercado más de mil nuevas publicaciones. Los medios informativos fueron testigo, juez y parte del cambio político. Con las cabeceras de tantas publicaciones ocurrió lo mismo que con buena parte de la sopa de letras de las formaciones políticas: que se impuso la selección darwiniana de la supervivencia de los mejores.
Hubos casos aislados de éxitos más o menos fugaces y la apoteosis de un medio –«El País»– que se convertiría primeramente en el más importante diario español y, con el tiempo, en una relevante publicación a nivel internacional y el núcleo original del primer megagrupo mediático nacional.
Hubo, además, un factor que incidió negativamente en la actividad periodística: el régimen anterior marginó al empresario de este sector a cambio de un reparto de mercados, prácticamente monopolizador. En ese período, sin competencia, no hubo esfuerzo empresarial para modernizar el proceso industrial y la calidad del producto. Al final, cuando estalló la libertad, las empresas periodísticas se encontraban descapitalizadas (en un momento, además, de crisis económica), con unas gerencias en precario y unas plantillas sobredimensionadas (cuando estaba irrumpiendo una nueva tecnología que iba a necesitar menos profesionales) y este panorama un tanto sombrío no mejoraba sus tintes en lo referente a los nuevos proyectos, con liderazgo de planteamientos, amateurismo y descapitalización generalizada.
El régimen anterior marginó al empresario de este sector a cambio de un reparto de mercados, prácticamente monopolizador. En ese período, sin competencia, no hubo esfuerzo empresarial para modernizar el proceso industrial y la calidad del producto.
El resultado de esta situación fue una auténtica catástrofe. En el año 1983 sólo tres periódicos del centenar largo que se editan en España obtuvieron beneficios. Se clausuraron muchas cabeceras: «Pueblo», «Informaciones» y un largo etcétera. «ABC» tuvo que soportar una década con pérdidas constantes. El «YA» anduvo de mano en mano arrastrando su precaria existencia. El Grupo 16, especialista en lanzar al mercado productos atractivos y de éxito, no logró nunca superar sus debilidades empresariales.
La fórmula del éxito en Prensa es bien simple y ya la estableció en su día Lord Thomson: hacer la publicación que pide el lector y tener una buena gestión empresarial. A fuerza de golpearse contra la pared, las empresas periodísticas enmendaron errores gerenciales y profesionales y esos cambios, unidos a un ciclo altamente positivo en la economía mundial y sobre todo española, propiciaron en la segunda mitad de los ochenta una etapa de euforia sin precedentes. A partir de 1985 los beneficios de la prensa española se multiplicaron por siete en tan sólo tres años. En 1988 registraron pérdidas sólo tres periódicos, el mismo número que obtenía beneficios una década antes; el vuelco no podía ser más sensacional. Las ventas crecieron lentamente pero los ingresos por publicidad aumentaron vertiginosamente. Entre 1982 y 1988 se pasó de una facturación publicitaria de 48.000 millones a 188.000, un incremento del 293 por ciento.
Esta bonanza animó a diversos grupos a sacar nuevas publicaciones al mercado. Algunas de mano de grupos poderosos, como Zeta o la propia Prisa, editora de «El País», que conoció un estrepitoso fracaso con el semanario «El Globo». Otros proyectos lograron, por el contrario, abrirse camino con presupuestos más modestos pero más inteligentemente proyectados como «Epoca», auspiciada por Jaime Campmany, que se ha convertido en un punto de referencia de cierta derecha española.
Por lo demás el sector de la comunicación se fue acomodando progresivamente a los comportamientos europeos, especialmente en estos tres puntos:
1. Desregulación en la radio y la TV. La proliferación de cadenas de TV es un hecho. De las dos cadenas estatales se pasó a una automática (dos en el caso del País Vasco y Cataluña) y tres canales privados. Al margen de toda clase de regulación legal habría que mencionar los centenares de emisoras locales que algún día habrán de encontrar algún tipo de acomodo. En lo referente a emisoras de radio la proliferación es total; al margen de cuatro grandes cadenas (la estatal, SER, COPE y ONDA CERO) hay varios centenares de emisoras locales, especialmente en la Frecuencia Modulada, que han convertido a las ondas en el vehículo.
2. Consolidación de grandes grupos multimedia. A escala mundial se puede hablar de diez grandes grupos. En nuestro país las proporciones son bastante más modestas. Pero el número uno –PRISA– factura por encima de los cien mil millones al año y es líder en prensa –El País–, radio (Cadena Ser) y su proyecto televisivo (Canal Plus) comienza a consolidarse. Los otros «megagrupos» españoles son: Zeta (con una explosión de títulos en revistas y una cadena de periódicos cada vez más amplia), La Vanguardia (gran accionista de Antena 3 Radio y TV), Bilbao Editorial (que vende en torno a medio millón de ejemplares diarios en una cadena muy atractiva de periódicos regionales), ABC (el gran diario conservador que ha incrementado sus lectores y beneficios, a pesar de la desgraciada aventura de «Claro»). El Grupo 16 (cuyo buque insignia «Diario 16» aguanta el pulso lanzado por «El Mundo» de Alfonso de Salas y Pedro J. Ramírez) y Prensa Ibérica (importante conjunto de diarios regionales propiedad del empresario canario Francisco Javier Moll).
3. Auge de la Prensa regional y local. Lo evidencia el hecho de que dos de los grandes grupos españoles sean exclusivamente regionales. Si el número de ejemplares vendidos ha experimentado cierto incremento en nuestro país (ya estamos por encima de la cien ejemplares por mil habitantes) es debido al auge de la prensa regional y local. El fenómeno autonómico y el protagonismo de los ayuntamientos democráticos en la vida económica y cultural de las comunidades municipales explican también este fenómeno.
Si el número de ejemplares vendidos ha experimentado cierto incremento en nuestro país (ya estamos por encima de la cien ejemplares por mil habitantes) es debido al auge de la prensa regional y local.
Alguna peculiaridad aun resta en la prensa española, como el fenómeno de las «revistas del corazón» que venden dos millones de ejemplares a la semana. Por lo demás el proceso de «homogenización» con nuestro entorno europeo es cada vez mayor: hay un gran interés por la economía (tres diarios y varias revistas), el deporte consume cada vez más espacios y publicaciones específicas, hay una proliferación de cabeceras dedicadas al ocio y la TV y es despiadada la competencia en las revistas de la mujer. Y por supuesto, en nuestro país han aterrizado, y con éxito creciente, los grandes grupos multinacionales como Hachette, Bertelsmann y Rizzioli. En resumen, una largo recorrido desde las miserias comunicativas del anterior régimen.