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Ver productosUn análisis de una de las grandes claves de la condición humana

15 Oct 2026 - 8 min.
Rafael Domingo Oslé es jurista y catedrático, especialista en Derecho Romano, Derecho Comparado, Derecho Global, Derecho y Religión, y Teoría del Derecho. Actualmente, Domingo Oslé es titular de la Cátedra Álvaro d’Ors de la Universidad de Navarra. Coedita el Journal of Law and Religion (Cambridge University Press) y la colección Raíces del Derecho (Aranzadi).
Avance
El catedrático de la Universidad de Navarra Rafael Domingo Oslé acaba de publicar el libro El perdón. Una sabiduría silenciosa (La Esfera de Los Libros). En él, considera el perdón como una de las grandes claves de la condición humana y como el corazón secreto de la justicia: la sabiduría de quienes no se entregan al rencor.
A través de la obra y el testimonio de filósofos, políticos o supervivientes de ese Mal absoluto que fueron los campos de exterminio, se analizan los presupuestos del perdón y se concluye que el sentido más pleno de la clásica fórmula «dar a cada uno lo suyo» reside en dar a cada uno su perdón.
ArtÍculo
Ulpiano definió la justicia como «la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo» (D. 1, 1, 10 pr.). En El perdón. Una sabiduría silenciosa, que acaba de publicar La Esfera de los Libros, sostengo que esa fórmula, tomada en su sentido más pleno, exige también dar a cada uno su perdón. Ningún tribunal puede imponerlo, aunque forme parte de lo que se le debe a cada persona. La tesis empieza por quien pide perdón.

Agustín de Hipona es el gran maestro del arrepentimiento, el paso que precede a toda petición de perdón. En las Confesiones, escritas hacia el año 397, cuando ya era obispo, recuerda cómo durante años supo lo que debía cambiar en su vida y lo fue aplazando. De joven lo resumía en una oración: «Dame castidad y continencia, pero no todavía» (Confesiones, VIII, 7, 17). Cuando por fin se arrepintió y volvió la vista atrás, se descubrió ciego, un hombre que había buscado fuera lo que tenía dentro: «Tú estabas dentro y yo fuera, y fuera de mí te buscaba» (Confesiones, X, 27, 38).
Nietzsche vio en el arrepentimiento cristiano un resentimiento sublimado, la astucia del débil que, incapaz de devolver el golpe, rebautiza su impotencia como bondad. Max Scheler le contestó que el arrepentimiento es la fuerza de autorregeneración del mundo moral. El resentimiento vive pendiente del ofensor; el arrepentimiento se pregunta por el daño que uno mismo ha causado. Los juristas romanos sabían que quien confiesa cambia de posición: confessus pro iudicato est, escribió Paulo (D. 42, 2, 1), el confeso queda como juzgado. Quien se arrepiente y lo confiesa se pone en manos del ofendido, único dueño del perdón. No puede exigir que su petición sea atendida, pero permite que el perdón, si llega, actúe sobre quien lo necesita.
Muchos perdones fracasan por falta de verdad. Se pronuncian demasiado pronto, se confunden con el deseo de pasar página y dejan intacto, bajo una apariencia de reconciliación, el daño que se prefirió callar. Desmond Tutu lo sabía cuando aceptó presidir la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica. La Comisión obligó a escuchar a las víctimas y exigió a quienes pedían amnistía que reconocieran en público lo que habían hecho.
La verdad rara vez llega entera. Comparece tarde y rota, o se pierde con los muertos. Un perdón que esperara la transparencia completa no nacería nunca, de modo que necesita amar la verdad sin quedar rehén de una verdad exhaustiva. El perdón puede brotar de la libertad interior del herido aunque el ofensor no lo pida ni reconozca su culpa. La reconciliación pide más: verdad compartida y alguna forma de justicia.
Hannah Arendt vio en el perdón una de las dos facultades que permiten a los hombres seguir actuando juntos; la otra es la promesa. Sin perdón, escribió en La condición humana (1958), quedaríamos atados para siempre a las consecuencias de un solo acto. Atribuyó a Jesús de Nazaret el descubrimiento del papel del perdón en los asuntos humanos y, en el mismo capítulo, le marcó un límite: los hombres no pueden perdonar lo que no pueden castigar, lo que se ha revelado imperdonable. Pensaba en los crímenes de los campos. Jean Améry, torturado por la Gestapo en Breendonk y deportado a Auschwitz con el número 172364, llevó esa objeción a su forma más severa. «Quien ha sido torturado, permanece torturado», escribió (Más allá de la culpa y la expiación). A su juicio, el resentimiento era un deber contraído con los muertos, y la virtud del perdón, un lujo reservado a quien no ha pasado por la tortura. Murió en Salzburgo en 1978 sin haber perdonado. Ningún cristiano tiene derecho a absorber esa vida en su sistema ni a suponerle, desde fuera, una conversión secreta.
En el otro extremo de la misma alambrada está Etty Hillesum, joven judía holandesa que pudo esconderse y prefirió compartir el destino de su pueblo en el campo de Westerbork. En el verano de 1942 escribió: «Puedo perdonar a Dios por permitir que las cosas sean como seguramente han de ser. ¡Imagínate tener tanto amor dentro de ti para poder perdonar a Dios!». Murió en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, con veintinueve años.
Entre Améry y Hillesum sirve una distinción de Tomás de Aquino entre lo que es de precepto y lo que es de perfección (Suma teológica, II-II, q. 25, a. 8-9). Perdonar al enemigo que pide perdón es de precepto: obliga en conciencia, aunque ningún juez pueda exigirlo. Perdonar al que no lo pide pertenece a la perfección. Leída en clave cristiana, esa perfección es gracia recibida, nunca deber que otros puedan reclamar. Quien dice a la víctima de un campo de exterminio «tienes que perdonar» añade a su sufrimiento una segunda violencia y traiciona la propia teología cristiana de la gracia.
Nadie puede tampoco marcar plazos a una víctima. En 1972 asesinaron en Milán al comisario Luigi Calabresi a la puerta de su casa. Su mujer, Gemma Capra, tenía veinticinco años, dos hijos pequeños y esperaba el tercero. Durante años, cuenta en La grieta y la luz, el perdón fue para ella una teoría de buena cristiana; intentarlo le parecía traicionar a su marido, y se quedó inmóvil. La salida le llegó como una certeza recibida: «Dios ya había perdonado a los responsables de la muerte de Gigi, y yo tenía tiempo, mi propio tiempo, para hacerlo». Cuando en 1988 uno de los que participaron en el atentado, Leonardo Marino, confesó y le pidió perdón, Gemma ya lo había perdonado.
La pregunta cambia de escala cuando el sujeto del perdón deja de ser un yo y pasa a ser un nosotros. Después del genocidio de 1994, Ruanda tuvo que inventar un modo de juzgar a decenas de miles de culpables y, a la vez, un modo de seguir viviendo con ellos. Más de doce mil tribunales populares, las gacaca, funcionaron sobre las colinas del país entre 2002 y 2012. El acusado confesaba ante las víctimas y sus vecinos. Allí se cruzaron tres planos que la lengua confunde: la justicia transicional, que es tarea del Estado; el perdón colectivo, decisión pública de no dejar que el pasado dicte el porvenir; y el perdón individual, que ocurre ante el rostro de una persona concreta y ningún Estado puede decretar. Willy Brandt, antinazi probado y exiliado durante la guerra, se arrodilló el 7 de diciembre de 1970 ante el monumento a los héroes del gueto de Varsovia. No tenía nada personal que expiar y pidió perdón por su pueblo sin decir una palabra.
En el centro del libro está el perdón del Crucificado. Un viernes de primavera del año 30 o 33, a las afueras de Jerusalén, Jesús de Nazaret fue clavado en una cruz. Pronunció entonces la primera de las tres palabras que Lucas recoge en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Perdonó en el instante mismo del crimen, a quienes lo estaban matando, sin esperar su arrepentimiento ni reparación alguna. En su vida pública enseñó a perdonar setenta veces siete, unió en el Padrenuestro el pedir perdón y el perdonar, y contó la parábola del padre que corre al encuentro del hijo pródigo y no le deja terminar sus disculpas. En el Calvario, aquella enseñanza se cumplió en su propia muerte. Para el cristiano, Dios mismo entra ahí en la historia del perdón asumiendo la condición de víctima, y abre una corriente de amor en la que cualquier corazón puede recibir lo que por sí solo no sabría dar. El perdón cristiano es, antes que nada, respuesta: se perdona porque antes se ha sido perdonado.
Christian de Chergé, prior de los trapenses de Tibhirine, repitió aquellas palabras en su testamento espiritual más de dos años antes de que lo asesinaran, dirigiéndose al «amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías» (testamento espiritual, 1 de enero de 1994). El pasado 13 de abril, ante el Maqam Echahid de Argel, en la misma tierra que guarda la sangre de aquellos monjes, León XIV pidió no añadir «resentimiento al resentimiento, de generación en generación».
El perdón que mantiene el mundo en pie no sale en los periódicos. Juan de la Cruz, encerrado más de ocho meses en un calabozo de Toledo por sus propios hermanos de hábito, nunca dijo una palabra contra sus carceleros. Pocos meses antes de morir escribió a una carmelita de Segovia: «Y adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor» (carta a la madre María de la Encarnación, 6 de julio de 1591). En el Cántico espiritual había dejado escrita la raíz de esa serenidad: Dios, después de limpiar al alma, «nunca más le da en cara con ella… pues él no juzga dos veces una cosa».
Ese mismo perdón silencioso ocurre en una cocina a las diez de la noche, cuando alguien se calla una réplica que no merecía la pena, o en un pasillo después de una discusión, cuando la pareja vuelve a abrazarse sin haberlo planeado. Los tribunales administran una parte de la justicia que definió Ulpiano. La otra, la que da a cada uno su perdón, se ejerce casi siempre así, sin testigos ni sentencia.
La foto que ilustra el artículo muestra la escultura Reconciliación de Josefina de Vasconcellos, erigida en las ruinas de la catedral de Coventry. Su autor es Martinvl y tiene licencia Creative Commons vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.