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A lo largo de la historia, la herejía constituye una de las formas de libertad, ya que su característica principal es que el hombre se refugia en su consciencia frente a los dictados del poder. Antonio Pau, autor de este hermoso ensayo titulado Herejes, describe la herejía como un refugio necesario en épocas de pensamiento único. Pau intuye con acierto que las lindes entre las ideas son porosas y que, por eso mismo, no sólo las herejías resultan peligrosas para la ideología dominante -ensanchando el espacio de la libertad-, sino que además la propia doctrina necesita ser confrontada para poder clarificarse. «Se trata –escribe– de una constatación histórica: la fe se fue perfilando a golpe de herejía».

"Herejes". Antonio Pau. Trotta. Madrid, 2020. 144 págs, 13 € (papel), 9'99 € (digital)
“Herejes”. Antonio Pau. Trotta. Madrid, 2020. 144 págs, 13 € (papel), 9’99 € (digital)

 

Muy resumidamente, en el libro se esboza, con un estilo diáfano, la biografía de veintidós heterodoxos que arriesgaron la vida por sus ideas. Herejes tiene, por tanto, algo de invitación a la lectura y de reconocimiento de unos hombres y mujeres que se atrevieron a cruzar determinadas fronteras en nombre de unas ideas.

Pau concluye  que no sólo las herejías resultan peligrosas para la ideología dominante, sino que además la propia doctrina necesita ser confrontada para poder clarificarse 

El primero de estos herejes fue Marción de Sínope, un transportista naval que vivió en el siglo II d. C. No se ha conservado ninguno de sus escritos, aunque sí el entramado de su pensamiento. En su predicación descartó que el Dios del Antiguo Testamento pudiera ser el mismo Padre amoroso que predicó Jesucristo. Pensó pues que había dos dioses: uno malvado, que creó la materia y otro bondadoso, que es el Señor del alma y el espíritu. «La vitalidad y pujanza del marcionismo –comenta Pau– hizo que la Iglesia de Roma se apresurara a configurar el contenido del Nuevo Testamento, a formular el credo o Símbolo de los Apóstoles, a valorar las cartas de san Pablo y a desvincularse del judaísmo».

El segundo de los heresiarcas seleccionados es Valentín el Gnóstico, del siglo II, de quien tampoco ha quedado ninguna obra. Antonio Pau lo caracteriza como un existencialista avant la lettre, un buen filósofo fascinado por el abismo y la libertad. Distinguió entre tres tipos de hombres: los hylicos, los psíquicos y los pneumáticos, según predominara en ellos el materialismo, el temor metafísico o el equilibrio espiritual. Su mitología personal, sin embargo, era poco cristiana y anunciaba un mundo de pureza reservado para unos pocos. Muchas herejías posteriores –como la de los cátaros– beben de su inspiración.

El tercero es Apolinar de Laodicea, condenado en el siglo IV por el concilio de Constantinopla. Muy poco se sabe de su vida, pero sí de las ideas que defendían sus seguidores. La clave aquí reside en la negación de la doble naturaleza –divina y humana– de Jesucristo, de quien aceptan únicamente la primera. «Cristo –observa Pau, ilustrando las ideas del pensador griego– adoptó la apariencia de hombre, pero solo la apariencia, en ningún caso su espíritu y mente». A pesar de la condena conciliar, Apolinar no se retractó. Su desobediencia le costó el destierro.

El cuarto es Joviniano, un monje del siglo IV al cual san Jerónimo tildó de “Epicuro de la cristiandad” por defender que no había más virtud en el celibato que en el matrimonio y que comer moderadamente no era menos virtuoso que el ayuno estricto. ¿Por qué privarse de los bienes de la Tierra, si al Cielo pueden llegar todos por igual? Roma lo excomulgó en el año 393.

Pau percibe en Pelagio un precursor de modernidad, del humanismo que se abre paso en su reivindicación de la autonomía humana

El quinto caso elegido reviste una especial importancia por su actualidad; se trata de Pelagio.  Era un hombre culto, amable, optimista. Su herejía consistía en negar el pecado original y en defender a ultranza la voluntad. Podemos prescindir de la gracia, venía a decir, porque nuestra propia razón y nuestra fortaleza son suficientes para discernir el bien del mal. Pau percibe en este hereje un precursor de modernidad, del humanismo que se abre paso en su reivindicación de la autonomía humana. San Agustín, más pesimista, fue su gran rival teológico. Las diferencias entre ambos iluminan la disputa. «Pelagio –leemos– fue un hombre de una pieza, con lo bueno y con lo malo que eso puede llevar consigo. Su conducta moral fue siempre la misma. Su firme voluntad le mantuvo siempre a salvo. Agustín conocía todas las bajezas y luego las mayores alturas. Por su propia experiencia, Agustín confió poco en el hombre, en su naturaleza y en sus fuerzas. Para el santo de Hipona, el libre albedrío es poco fiable; solo la gracia es firme».

El sexto de los herejes, Vigilancio, se enfrentó a san Jerónimo en Belén de Judá. Frente a su época, intuyó que había algo especialmente perverso en la veneración de los santos y de las reliquias: un exceso que respondía menos al cristianismo original que a la superstición popular. Antecesor de Lutero, lo cierto es que la Iglesia nunca lo condenó oficialmente, a pesar de que san Jerónimo le había tildado de “monstruo que habría que desterrar a los confines de las Tierra”.

Ya en el siglo XII, Pedro Valdo, fundador de una corriente de espiritualidad itinerante que todavía hoy perdura –el movimiento valdense–, invitaba a sus discípulos a una pobreza radical. El obispo de Lyon los acusó de contar con mujeres predicadoras y de negar la autoridad de la Iglesia. Fue convocada una cruzada contra ellos y se vieron obligados a refugiarse en los valles alpinos. Milagrosamente sobrevivieron. Con el tiempo negarían el Purgatorio, las indulgencias, la jerarquía eclesial y el culto a los santos. En 2015, el papa Francisco los visitó en Turín y les pidió perdón en nombre de la Iglesia católica. «En nombre del Señor Jesucristo –les dijo– perdonadnos».

Amaury de Bène es el octavo de los apóstatas seleccionados. Fue condenado después de su muerte, desenterrado su cuerpo y sus cenizas esparcidas. Su pecado fue doble: creer en el panteísmo y creer que al final de los tiempos tendría lugar una reconciliación universal, de modo que el Infierno desaparecería.

¿Fue hereje o no Arnau de Vilanova, el noveno de nuestros hombres? No lo sabemos. «Lo que se ha llamado la cuestión arnaldiana –sostiene Antonio Pau– ha consistido, a lo largo de los siglos, en desbrozar el grano de la paja, las obras que escribió Vilanova de las obras que, escritas por otros, le han atribuido». A medio camino entre médico de prestigio, astrólogo medieval, alquimista y teólogo, se sitúa en la frontera misma de la herejía.

Fray Dulcino de Novara y sus mil quinientos seguidores se refugiaron en una fortaleza, donde fueron masacrados a causa de su defensa extrema de la pobreza evangélica

El italiano fray Dulcino de Novara amó a la bella Margherita, pero su condena no fue por ese amor sino por sus ideas. Defendía una Iglesia sin propiedades ni autoridad y una igualdad absoluta entre todos los hombres. Él y sus mil quinientos seguidores se refugiaron en una fortaleza situada en el monte Rubello, donde fueron masacrados a causa de su defensa extrema de la pobreza evangélica.

Una figura fundamental entre las escogidas por Antonio Pau, es el místico dominico Maestro Eckhart. En 1329, el papa Juan XXII lo declaró hereje con la bula In agro dominico. El cardenal Ratzinger, sin embargo, nada encontró en su obra impropio de la fe católica. Eckhart ha sido uno de los grandes místicos de todos los tiempos, además de un enorme poeta que ejerció una profunda influencia en los románticos alemanes y, ya en el XX, en Rainer Maria Rilke. «Para Eckhart –explica Pau–, el hombre es como una puerta que se abre hacia dos lados. Los grandes símbolos de la obra de Rilke –la ventana, el umbral, el espejo, la balanza– tienen siempre dos lados, son el eje de dos realidades continuas, solo tenuemente separadas».

El siguiente ejemplo nos sitúa en la España inquisitorial y la persecución que sufrieron los conversos acusados de judaizar. Es el caso de fray Diego de Marchena, fraile jerónimo que ocultó su origen judío al ingresar en la orden. Aquí la herejía no es tanto el fruto de unas ideas, sino de su propia sangre, convertida en culpable. Brutalmente torturado, confesó que nunca había sido bautizado, de modo que quedaba paradójicamente fuera de la jurisdicción inquisitorial. Tuvo tiempo aún de bautizarse y entonces, ya sí, ser declarado “un verdadero hereje”. Ardió poco después en la hoguera.

Isabel de la Cruz fue una costurera toledana del siglo XVI, una mujer culta que leía la Biblia y a Erasmo. Defendió una espiritualidad fundada en el recogimiento: había que acallar las pasiones y la mente para dejarse llenar por Dios. Fue denunciada y condenada. Permaneció diez años en prisión y confiscaron su casa. Cuando salió finalmente de la cárcel, “llevó una vida miserable y errante” de la que poco sabemos.

Los sucesores del decimocuarto hereje han llegado hasta hoy. Menno Simons fue un sacerdote católico que en 1536 renunció públicamente a su ministerio. Predicaba el bautismo de los adultos (y no de niños) y la lectura de la Biblia en lengua vulgar; negaba la separación entre laicos y consagrados, además de defender un pacifismo radical. Iglesias cristianas actuales como los menonitas son herederos directos de las predicaciones de este hombre, que fue perseguido por católicos y protestantes a la vez.

La muerte cruel de Miguel Servet en Ginebra, a manos de Calvino, provocó una de las grandes polémicas sobre la libertad de conciencia que han tenido lugar en Europa

Miguel Servet, el decimoquinto de los mencionados en el libro, fue perseguido también por católicos y reformados. Se le acusó de negar la Trinidad. Para el aragonés, sólo el Padre es Dios y Cristo, por su condición de Hijo, ni es ni puede ser eterno. Su muerte cruel en Ginebra, a manos de Calvino, provocó una de las grandes polémicas sobre la libertad de conciencia que han tenido lugar en Europa.

Tras Servet, la atención de Antonio Pau se fija en la figura del teólogo italiano Fausto Socino, quien en el siglo XVI defendió un racionalismo religioso extremo que dejaba de lado el misterio de la fe. Socino rechazó «el misterio de la Trinidad, y rechazó que Cristo naciera misteriosamente de la Virgen María y que fuera a la vez Dios y Hombre, que la comunión fuera un sacramento y no una mera conmemoración». Forzado por las persecuciones religiosas, terminó sus días como fugitivo en Polonia.

El siguiente inconformista, Andreas Karlstadt, contemporáneo de Lutero, fue también sospechoso para todos. Perteneció al extraño movimiento de los abecedarianos, una secta cristiana que defendía que los hombres debían regresar a un estadio de vida casi animal, lo cual incluía obviamente no saber leer y, por tanto, desconocer el abecedario.

El zapatero Jakob Böhme, místico de Silesia, tuvo enorme influencia sobre el Romanticismo alemán y, en concreto, sobre la obra del gran poeta Novalis

Otra figura crucial en la historia de la cultura es el zapatero Jakob Böhme, el místico de Silesia. Su influencia sobre el Romanticismo alemán y, en concreto, sobre la obra del gran poeta Novalis fue enorme. Defensor del pluralismo religioso, Böhme podría pasar por relativista, dualista, gnóstico o panteísta. Es probable que ninguna de estas etiquetas sea apropiada del todo. Entendía que la luz necesita sombra para emerger y que sólo en Cristo hallan reconciliación todos los contrarios. «Vio en la naturaleza –explica Pau– una doble presencia de Dios, la presencia invisible de su ser espiritual y la presencia visible de una creación que había emanado de él, y era, por tanto, también Dios mismo».

El caso del siguiente hereje, Antonio de Rojas, responde a una tentación no del todo ajena a nuestra época. La finalidad de su tratado Vida del espíritu, publicado en 1628, era facilitar la contemplación de Dios a través de un método libre de esfuerzo. ¿Es posible llegar a tan altas cimas sin una ascesis dura, persiguiendo lo que llamaba “atajos”? La respuesta del sacerdote español era afirmativa: “Te has de quedar sin pensar, sin discurrir, sin saber: como si te hubieras muerto”. La nada, en definitiva, como alternativa espiritual. Fue condenado.

La personalidad de María Jesús de Ágreda, monja visionaria y consejera del rey Felipe IV –a quien asesoraba a través de sus cartas–, tiene un interés menor en el contexto de la cultura universal, aunque no en el de nuestra historia: es el caso singular de una monja que fue declarada Venerable por la Iglesia a su muerte y que, poco después, su obra pasó a figurar en el Índice de libros prohibidos.

Mayor recorrido tiene la figura de Miguel de Molinos, autor de una conocidísima Guía espiritual. Las dos acusaciones principales contra el padre Molinos se sustancian en su recomendación del silencio y del desapego conducidos al extremo. “El silencio lleva a la aniquilación y a la nada”, dijo, “y el desapego puede conducir al olvido de Dios”. Pero, como observa Antonio Pau, estas proposiciones se pueden entender en un sentido favorable o desfavorable. Hoy tendemos a leer a Molinos como un maestro de la espiritualidad mística. La inquisición romana, en cambio, hizo la lectura opuesta y lo condenó a la cárcel.

Finalmente, el último de los herejes mencionados es una mujer: la inglesa Janet Horne, a quien se acusó de brujería. La mayoría de ejecuciones por tal motivo se dieron en el norte de Europa y en los países protestantes. ¿Fueron técnicamente herejes? No parece, aunque se las culpase de adorar al demonio y de practicar las artes oscuras.

Se diría que no hay escapatoria a la libertad. Este breve ensayo de Antonio Pau nos muestra tanto el horror de la Historia como la importancia de no desligar la conciencia del deber. De la lectura de este libro salimos, sin duda, más sabios.


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